Ser profesor de instituto es una profesión de alto riesgo por el elevadísimo nivel de estrés que acumulamos los trabajadores –me dice Pablo. Y se nos nota la tensión -añade.
Por fortuna existen las reuniones de Claustro, que son el lugar perfecto para la sanación. Estas reuniones son como el balneario curalotodo, mágico, donde se entra con una agitación interior y se sale con un alivio y una paz que para sí la quisieran algunos. Por suerte, tenemos a unos directores que, conocedores de la problemática, nos convocan a esas reuniones mágico-curativas. No hay más que acudir a los Claustros o a las Sesiones de Evaluación. Y según me cuenta, no es exclusivo de su centro de trabajo. Aquí -me dice- tenemos un campo de estudio abonado para que un avispado sociólogo pueda obtener su doctorado summa cum laude.
Como es costumbre en el lugar, si los profesores no llegan tarde a la celebración del Claustro, cuando entran en la sala buscan ávidamente a sus amigos para sentarse, bien a su lado, bien en las proximidades de estos. Cuando Pablo me contaba estas situaciones de ansiedad y agotamiento mental, yo no daba crédito. Me cuesta -aún- comprender que su trabajo sea tan estresante, que estas sesiones sean pura y simplemente sesiones de relajación que los directores de los centros escolares aplican de vez en cuando –con excelente criterio- como terapia de grupo. Y es que los directores son unos auténticos Educational Project Manager (o sea, gerentes de proyectos en el campo educativo) que se las saben todas. No en vano hacen un montón de cursillos para ello (ex profeso, que diría Pablo).
Los directores tienen su técnica muy trabajada. ¿Pensáis que se molestan porque los compañeros se retrasan? No, nunca (me refiero a los directores profesionalizados). Ellos comprenden que sus compañeros-profesores tienen necesidad de relajación. Por eso, una vez al trimestre convocan Claustro ordinario. ¿Que ven que el nivel de agotamiento de los profesionales de la enseñanza está en máximos? Entonces montan un Claustro extraordinario, aunque sea con los puntos del día más peregrinos. Alguien no muy ducho en cuestiones de técnicas de dirección de empresas (la enseñanza es una gran empresa) pensará que esto molesta a los compañeros profesores. No, en absoluto. Cierto es que, para alguien no familiarizado, pudiera verse así porque se reúnen en corrillos y critican en voz baja esta convocatoria que les impide acabar la jornada laboral por la mañana a todos, y algunos, encima, deberán quedarse a comer, con el consiguiente dispendio extra en tiempos de apreturas económicas.
En cuando el Claustro comienza, los ecos humanos se van apagando a medida que la secretaria, con voz monótona, desgrana el acta de la sesión anterior. Normalmente, al acabar la lectura del acta apenas quedan cuchicheos. Finalmente, pregunta si se aprueba. Solo un pequeño corrillo de no-estresados ha logrado escuchar con avidez y se halla en condiciones de manifestarse. Como era de prever, queda aprobada por unanimidad.
A continuación, el resto de los puntos del orden del día se va abordando con lentitud pasmosa. Los profesores previsores que han ocupado sus puestos con antelación, aprovechan para charlar con sus compañeros más próximos, hacerse señas, comentar sus cosillas y, de vez en cuando, engancharse como pueden a la alocución.
Cuando llega el turno de “ruegos y preguntas”, la mayoría de los asistentes ya ha conseguido liberar su adrenalina o está a punto de hacerlo. Si se organiza un pequeño alboroto, vamos por buen camino. Posiblemente, a nadie le interese lo que pregunta el demandante de información. Buena señal.
Acabado el Claustro, no hay prisas, salvo para algunos pocos irredentos iconoclastas que salen disparados no se sabe muy bien hacia dónde.
Ya, todo es calma, se ha renovado el karma.
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