Mostrando entradas con la etiqueta Historias de mi Santa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historias de mi Santa. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de febrero de 2014

Yo estuve allí

     Estuve con mi Santa en la convocatoria “Rodea el Congreso” del pasado 25 de septiembre de 2012. No hace falta que os cuente que no pudo ser, ni de cómo estaba aquello de protegido. Posteriormente, a la convocatoria del 14 de diciembre, no pudimos acudir.
     Mi Santa es una persona algo testaruda y perseverante, de modo que aquello, aunque en alguna medida le frustró, le dio argumentos para ver la manera de conseguir el objetivo previsto. Aquel día, ella, como el general MacArthur cuando hubo de abandonar las Filipinas ante el ataque japonés, exclamó: “Me voy, pero volveré”. Y se prometió que lo lograría.
     Yo, en aquel momento, no le di mayor importancia. ¡Cosas de mi mujer!-pensé. Ya se le pasará. Lo mismo que a mí, que se me olvidó completamente.
    Pero la vida sigue, y así, un buen día me invitó a visitar Madrid. Eligió las fechas navideñas porque la ciudad, en esos días está muy bonita, muy adornada, hay mucho  ambiente... 
  Como unos turistas más paseamos por sus calles, recorrimos sus avenidas, caminamos lo que no está escrito, nos dieron las tantas... y caímos -¡mira tú!- por Neptuno. Creo que ya había entrado la madrugada y no había apenas gente. De allí, por la Carrera de San Jerónimo, al Congreso de los Diputados. Ante la puerta principal, el segurata de turno, tocado con tricornio, se paseaba -aburrido- entre los leones de la entrada. Salió de su indiferencia cuando me aproximé (se ve que en exceso) a la entrada con intención de sacar una foto. Se acercó a mí para advertirme, momento en que mi Santa, en un alarde de juventud, arrancó a correr como una loca al grito de “banzai”, a modo de ataque militar desesperado, y se coló por la calle Fernanflor, que está justito a la derecha del edificio según se mira. El guardia civil, sorprendido, intentó en un principio perseguirla. Apenas dio tres o cuatro pasos y regresó donde yo estaba, pero se encontró con que yo ya me había alejado lo suficiente de allí como para que él abandonara su puesto. Con desgana, se encogió de hombros y debió de pensar lo mismo que yo.
   Casi no me había recuperado del susto cuando, por la calle Zorrilla esquina con la Carrera de San Jerónimo, apareció ella exultante. Su rostro, feliz, triunfante...Estaba pletórica e iba haciendo con los dedos el signo de la victoria.
     ¡Lo había conseguido!

domingo, 8 de diciembre de 2013

Pensará el lector...

     Pensará quizás el lector que -con tanto hablar de mi Santa y de mi azarosa vida de pareja   - ésta se halla plena de desaires provocados por nuestra relación tormentosa (?). Quizás el avispado lector sospeche que nuestra vida está vacía y que ya nada nos une. Nada más lejos de la realidad. ¡Ah, las fabadas y los postres contundentes que prepara! ¡Y luego, los regímenes de hambre a que me condena para compensar los excesos previamente cometidos! Tanto lo uno como lo otro unen muchísimo, os lo digo yo.
También une mucho dormir en una cama redonda y giratoria. Tengo vértigo, me mareo y me abrazo a lo que puedo. Así que me pego a ella para no caerme al suelo. Ahí, en ese momento, en el lecho del dolor, se aprovecha de mí y me somete a un tercer grado con sus innumerables preguntas: ¿me quieres..., [...], me amas...? Yo, en tal situación, digo a todo que sí, más que nada por acabar pronto y ver si me pudiera dormir y se me pasara el mareo. Pero ella insiste en seguir haciéndome el amor, aunque yo preferiría dormir o en todo caso algo de sexo. Pero, no; como siempre, ella, a lo suyo. 
     Quiero a mi esposa.
     - ¿?
     ¡¡¡Sí, qué pasa!!! Sí, la quiero. Es cierto que a veces lo que quiero es no verla. Ella tiene sus defectos, como todo el mundo, pero me quiere. Ella también me quiere... Unas veces lejos, muy lejos; otras, aunque no lo parezca, amarrado a su vera; las más -indiferente- me deja hacer lo que yo quiera (siempre y cuando esté dentro de sus esquemas teóricos de la libertad, pues en caso contrario me lo hace saber. ¡Y cómo!).
     A veces, para demostrarme que me quiere (digo yo que es para eso) me abraza muy fuerte, muy fuerte. Tan fuerte y con tanto sentimiento que casi me ahoga. Por eso yo rehúyo el combate cuerpo a cuerpo: porque me gana. Fijo.
     Creo que en un par de ocasiones he tratado en este blog de la posibilidad de deshacerme de mi Santa, tal era la desesperación que tenía en aquellos momentos. Una de ellas fue con la película “El crimen perfecto” y la siguiente con el suicidio sugerido, que casi se me vuelve en contra. Recordáis que también pensé en el divorcio. Y luego, como vi que era muy caro, en la espantada, es decir, en el “ahí te quedas”.
     En una ocasión, viendo que todos los supuestos contemplados para deshacerme de ella eran inútiles, le dije muy serio aquello que había oído en una película: “Aquí sobramos uno de los dos”. Ella, presta, me abrió la puerta y me invitó a salir. Yo, decidido, fui a la habitación y cogí la maleta que tenía preparada hacía tiempo y me dirigí a casa de mi madre.
     A las dos horas oí el timbre de la puerta, observé por la mirilla y vi que era ella. Abrí y, con la sonrisa de quien se sabe vencedor del pulso, le pregunté:
     - ¿Al fin te has dado por vencida?
     Me miró muy seria, de arriba abajo, hizo una mueca de desprecio, me cogió de la oreja y me dijo:
     - Anda, arrea para casa, que te has llevado mi maleta.
     (Si es que...)

domingo, 24 de noviembre de 2013

Quien te entienda, que te compre o, ahí la tienes: báilala

     Confieso que no entiendo a la gente. Yo, como Pablo Neruda, “confieso que he vivido” (aunque menos) y que he visto muchas cosas (menos aún). Incluso he conocido a gente normalita. Pero, o soy muy limitadito, o no acabo de entender a cierto sector del público. Sin ir más lejos, las mujeres.
     Mi mujer, mi Santa, ese pedazo de monumento que Dios (“perdonadme, heterodoxos”, que diría Sábato, D. Ernesto) me impuso como castigo (todo el mundo tranquilo, que ahora está echando la siesta y, por tanto, no es peligrosa) tiene sus cosillas.
     En fin, dicho lo que antecede, paso a explicaros el porqué de lo que procede, de mi estado de ánimo.
     Vivir con mi mujer es vivir en un clima permanente de ansiedad, en estado de sitio, ¡cómo no!  Es una guerra incruenta que vivimos a brazo partido (casi siempre es ella quien me lo parte) luchando por imponer nuestras ideas (es el caso de ella) o por no perder las pocas que me quedan (me defiendo como puedo).
     El viernes pasado me llevó de “rebajas” (¿alguna novedad?... ¡Ah, por eso!). De rebajas aquí y allá  y al “cortinglés”, y se gastó una pasta. ¡¡¡Menos mal que era para ahorrar!!!
     Y digo yo: si era para ahorrar, ¿por qué no nos quedamos en casa viendo la tele como hace el común de los mortales? Y entonces, a lo mejor se fija en mí y me dedica un ratico.  
     Total, se compró dos vestidos (de los cuales uno, mejor desnuda, -con perdón- y el otro, lo va a devolver -¡seguro!-, porque le queda como a un santo dos pistolas).
     Los zapatos – porque también se compró zapatos- los descambiará, pues se empeña en meterse con calzador un 36 (que es una muestra) cuando lo suyo, de normal, es un 38-39.
     Y al final, la cuenta, una “bagatela”, un dinero que, en el mejor de los casos, amortizaré parcialmente con las devoluciones que lo permitan. Y con el resto haremos un monumento a los deseos de lo que pudo ser y no fue por culpa de mi amorcito (creo que se está despertando, así que termino).
     En fin, una pasta gansa.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Fittipaldi

      Querido Pablo:
     Ya sabes que mi Santa se sacó el carné de conducir hace algo más de un año. La verdad es que estoy muy satisfecho con los progresos que ha hecho durante este tiempo. Ya no va pegada al volante, que parecía que quería asomarse al parabrisas como si fuera al balcón de su casa. Por fin ha desaparecido la “L” de principiante del cristal trasero del coche y ahora tiene una seguridad en sí misma que para mí la quisiera yo en algunas ocasiones. Tiene un manejo del vehículo nada comparable al de un piloto de fórmula 1, evidentemente, aunque ya les gustaría a algunos tener su aplomo y su eficiencia en la conducción.
     El peinado no se le mueve mucho porque usa laca en proporciones exageradas pero, aunque así no fuera, tampoco se le alteraría gran cosa debido a los nervios tan templados que exhibe -incluso con la ventanilla bajada.
     Cualquiera diría que ha conducido toda la vida, cualquiera pensaría que nació con un volante entre las manos. Ni que fuera descendiente directa de Juan Manuel Fangio, aquel mítico piloto de los tiempos de Maricastaña ¡Qué desparpajo muestra, qué naturalidad, qué confianza, qué aplomo, qué dominio, qué seguridad...! ¡Qué todo!
     ¡Qué tiempos aquellos en los que no sabían cómo deshacerse de ella en la autoescuela! Aquel dicho machista de los años 70 “Mujer al volante, peligro constante”, no va con ella.
     Si me permites la expresión, te diré que “le he comprado” un cochecillo de segunda mano por su cumpleaños, para su uso exclusivo, para que lo disfrute y vaya a comprar con él, para que vaya a casa de sus amigas, para que sea autónoma, para que me deje en paz, ¡qué caramba!
     Cuando hace buen tiempo baja la ventanilla y apoya el brazo izquierdo sobre la puerta, asomando el codo y sujetando el volante con dos dedos. Porque no fuma, pero con un buen puro en la boca... ¡qué estilazo tendría! Tacos, lo que se dice tacos, no gasta, pues es muy educada pero, al volante, tiene tendencia a utilizar un vocabulario bastante grueso, -como de camionero de los de antes. Cuando se tercia alguna discusión con algún pobre conductor (lo de pobre lo digo porque ya sabes cómo es ella, que no se calla ni bajo el agua) ... ¡que no le pase nada!
     Al volante siempre es “muy obediente” (como ella dice) con las señales de tráfico. Nunca sobrepasa los límites de velocidad permitidos. Recibe de vez en cuando alguna sinfonía sonora cuando, en un exceso – en mi humilde opinión- de celo, pone el coche en mínimos de velocidad aduciendo que ella practica la conducción eficiente (sostenible, que se dice ahora); es decir, ni acelerones, ni frenazos, ni brusquedades que provoquen un gasto innecesario de combustible. A tal punto llega su sentido de la prudencia y del ahorro que al divisar un semáforo ya frena previendo que pueda ponerse rojo. Ello ha provocado en algunos conductores (energúmenos, sin duda), alguna sonora pitada (¡bah, ni caso, cariño!). Con el semáforo en rojo, ella siempre apaga el motor (sentido de la economía, respeto por el medio ambiente, cuidado con la capa de ozono, interés por el cambio climático... y no sé cuántas cosas más).
     Claro que, el otro día, al arrancar después del consabido semáforo, algo falló y el coche no se le puso en marcha. ¡Menuda la que se montó! Hubo que esperar ¡tres (3) semáforos! ¿Crees que perdió los nervios? ¡Qué va! Y mira que escuchó pitidos. Ella -muy digna-, a lo suyo, como siempre. Y como no arrancaba, al final, a empujar. No, no, ella no: los de la orquesta de pito y púa. Luego lo contaba y se reía: “Los que más gritaron fueron los que empujaban con más ganas para sacarme de allí” –decía entre sonoras carcajadas.
     Me lo contaron ayer. Yo no estaba con ella.
     ¡Afortunadamente!

domingo, 13 de octubre de 2013

El gimnasio

     Desde que mi Santa se junta con sus nuevas amigas, se ha apuntado al gimnasio. Así que, para la ocasión, se ha equipado con todo un conjunto deportivo de última moda: camisetas y sudaderas transpirables de llamativos colores, culotte deportivo negro (que hace más delgada, según ella) y mallas ceñidas (que le sujetan y oprimen a modo de faja y le resaltan y exhiben  públicamente sus redondeces, ¡qué ordinariez!), zapatillas deportivas con cámara de aire y carbón activado que controla la sudoración y evita los malos olores. Y para rematar, cinta en la cabeza para recoger su pelo y darle un aire más deportivo, que así se lo parece a ella.
     Pero todo esto no tiene otro objetivo que el muy loable de perder esos kilitos rebeldes que le sobran y tratar de ponerse en forma.
     Pero solo tratar, porque conseguirlo ya es harina de otro costal, ya que, -la verdad- la pobre tiene muy poca fuerza de voluntad, y después de una agotadora sesión de gimnasia, se premia los esfuerzos que realiza con sabrosos homenajes en forma de yogures “bajos en calorías” con frutas del bosque, nueces y miel. Se empeña en argumentar que ese tipo de alimentos no engorda, que come sano y natural y que la vida es muy injusta con ella porque, a pesar de sus esfuerzos y sacrificios, no hay manera.
     A mí me recuerda a las lustrosas vacas del pueblo de mi mujer, a las vacas del tío Miguel, que viven junto a nuestra casa.
     -Ellas se alimentan de hierba -¡fíjate tú!- y la hierba, que yo sepa, no tiene muchas calorías pero, sin embargo, están muy hermosas –argumenta cuando se siente deprimida.
     Claro, lo que no explica es que estos animalitos se pasan el día come que come y, que finalmente, muchos pocos hacen un mucho.
     Como le ocurre a ella.

domingo, 22 de septiembre de 2013

A régimen

     La vida es un bucle continuo, un “déjà vu” permanente. Todos los años igual, siempre la misma canción. Tras los excesos de Navidad y de sus fiestas, llegan  el arrepentimiento y los golpes de pecho por esos kilitos de más cogidos con total impunidad a base de turrones, mazapanes y toda clase de ricas tentaciones dulces y desparrames varios.
     Tengo la grandísima suerte (todo hay que decirlo) de no tener tendencia a engordar. Mi mujer dice que soy “el espíritu de la golosina”. Y es cierto: por más que como, apenas se me nota. No así a ella que, en cuanto comete algún pequeño exceso, la báscula le pasa factura. Tampoco es que esté gorda, solo un poco rellenita, -a ver si me entendéis-, pero sí de buen ver, que decía mi abuela.
     Lo intenta todo para eliminar las redondeces de su cuerpo; lucha a brazo partido por recuperar su figura. Acude a todos los regímenes, dietas, consejos, trucos de adelgazamiento que conoce (el de Montignac, la dieta disociada, el método Dukan, la de la alcachofa...), llama a sus amigas para enterarse de las dietas más al uso, se hace mil juramentos y promesas varias.
     Doy fe de que lucha, pero su voluntad es débil y el chocolate le puede. A “mi Susi” la mira con envidia -¡qué le vamos a hacer!- porque es joven y tiene un tipito "im-presionante" (en dos palabras). Así que cuando estamos juntos se pone de los nervios y, aunque quiere controlarse, le asoma la venita de los celos.
     Entonces, llegadas las cosas a ese punto de “no retorno”, de casi derrota, ataca con toda su artillería. Es decir, aquí entro yo en juego para resolver el problema, su problema. No sé cómo seréis vosotros, pero en mi familia todos (?) somos muy, pero que muy “solidarios”. De modo que, como os decía, toma las riendas y decide que, para ponerse en forma, hemos de estar todos a pan y agua.
     Es el momento en que tooodas las “ratas del barco” desaparecen. Mis hijos ya no vienen a comer, caso de que anden por aquí cerca; la Susi se evapora (ella no está por la labor de estrecheces alimentarias). Pablo se excusa si le invitamos a comer (conoce el paño). Y yo, que no puedo esfumarme, aguanto resignado.
     Paso hambre.

domingo, 8 de septiembre de 2013

El Feng Shui

    Desde que mi Santa comenzó a asistir a clases de decoración al estilo Zen, nuestra casa perdió su personalidad y adoptó otra con un aire marcadamente más oriental. También en aquella época leyó revistas y libros que trataban del Feng Shui. Desde entonces duermo muy mal y descanso poco, pero mi vida está llena de armonía y equilibrio.
     Las bonitas macetas que adornaban nuestra terraza las sustituyó por un puñado de arena, dos hojillas y un chirimbolo. El espejo de “Tía Eduvigis”, regalo de boda, salió pitando de la habitación porque, según el Feng Shui, favorece “infidelidades” y la intromisión  de terceros (?) en la vida familiar (¿habrá alguien debajo de la cama o dentro del armario?).
     Así, en mi casa todo está impregnado de la filosofía del Feng Shui y de la decoración Zen. Las paredes del dormitorio las ha revestido de papel pintado con motivos japoneses en los que se vislumbran escenas populares de casas y barcas en tonos suaves. Para mí que su estilo es un tanto “sui géneris” y bastante ecléctico.
     Y de la cama, ¿qué decir? Teníamos una de “1.35” de hierro forjado, en la que, descansar bien, lo que se dice bien, no descansaba porque, como yo soy delgadito (y aunque mi mujer no está gorda, sí tiene un pelín de sobrepeso), siempre acababa encima de ella por culpa de “la teoría del plano inclinado”. En invierno tiene un pase, pero en verano la cosa se ponía de un calor insoportable y pegajoso.
     Dice mi Santa que es importante elegir bien la situación del dormitorio dentro de la casa. Y más aún, ubicar la cama en la habitación.
     Como lo primero no tiene remedio, nada se ha podido hacer. Cambiar el dormitorio y ponerlo en el salón, como que no, aunque esté al oeste y nos dé “mucha felicidad y armonía”.
     Si hubiéramos colocado el dormitorio donde actualmente tenemos la cocina, tendríamos “mucha suerte”, ya que está orientada al este. Pero el dormitorio en la cocina...
     Ni hablar de reubicarlo al sur, pues nos cargaríamos de energía negativa. ¿Y al norte? Mmmm... tenemos el baño. Demasiado pequeño e incómodo.
    Así las cosas, mi mujer -siempre muy imaginativa- encontró la solución ideal: compró una cama redonda con un sistema giratorio. De esta forma, cuando queremos  encontrar felicidad y armonía, nos acostamos mirando al oeste. ¿Que estamos ansiosos por descansar bien y encontrarnos en forma en el trabajo? Un pequeño giro a la manivela y a mirar al noroeste, pues habremos entrado por la “Puerta Celestial” (¡no te fastidia...!)
     Y mi Santa, caprichosa como es, cambia de posición cada día para poder disfrutar de todos y cada uno de los efectos benéficos que nos regala el Feng Shui.
     Tengo que comprarme una brújula para saber hacia dónde apuntan cada día mis pies.
     Además, me estoy mareando.

domingo, 1 de septiembre de 2013

EL VERANO (...y 3)

     Dicen que “nunca segundas partes fueron buenas” (ni os cuento ya, “terceras”), pero escribo este pequeño relato a petición de varios de mis fidelísimos y sufridísimos lectores -quienes esperaban, según me cuentan, algo más de aquel verano- y a quienes pido disculpas de antemano si no les conmueve la historieta de hoy.
     Después de aquel episodio veraniego en “Benidorm city” con la rubia despampanante del piso de arriba, mi mujer, mi Santa, ese monumento en el que me miro a diario, decidió atarme en corto y, a partir de ese día, no me dejó durante el resto de las vacaciones -como quien dice- ni a sol ni a sombra.
     Todo el mundo sabe lo bailonguera que es. Y, vaya, ¡será por lugares de baile en Benidorm! La “tercera edad” y todos aquellos -no tan jóvenes- amantes de mover el esqueleto, disponen de suficientes lugares donde hacerlo con los bailes de siempre; o sea, de otra época, que dirían mis hijos. ¡Mira tú!
     No voy a descubrir cuál fue el local elegido, que la “publi” no me la pagan, pero os aseguro que estaba muy bien, tenía mucho ambiente y las canciones del momento eran amenizadas por una orquestilla que no lo hacía del todo mal.
     Nos inflamos de “Pajaritos”, Evamarías, “Carros robados” y de “Españas cañís”. Yo estaba agotado (me cuesta ponerme a su nivel), así que decidí sentarme y descansar un rato.
     Ella siguió meneándose al ritmo de otros temas musicales, bailando sola, durante un buen rato: mano derecha arriba, mano izquierda “mandando parar” (póngase el amable lector -en la intimidad de su casa- en situación adecuada al evento... No, no, no, no...así, no; repito: mano derecha arriba, mano izquierda “mandando parar” moviendo el cuerpo al compás. Por favor, no te dé vergüenza, que no te ve nadie.) y venga a dar vueltas y revueltas por la pista, llamando la atención de los moscones ociosos y aburridos.
     Y, claro, con tanto llamado, no faltó el atrevido de turno. Tras concederle mi Santa, generosamente, una oportunidad, y después de la tercera pieza sin que cambiara de compañero, se oyó un estruendoso chasquido, vimos volar un bolso por los aires y se hizo un amplio claro en medio de la pista. En aquellos momentos sonaba “Suspiros de España”.
     Aquel atolondrado había osado tocarle el culo. 

domingo, 16 de junio de 2013

     Mi mujer se está haciendo mayor, Pablo. Ya sé que son cosas que tiene la vida, pero paso mucha vergüenza. ¡Qué le vamos a hacer! Sí, es cierto que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Pero en el transcurso, yo no era consciente de que degeneraran de la forma en que lo hace mi Santa. No voy a negar que no sabía nada de esto cuando me casé con ella, aunque ya sospechaba yo que no todo el monte era orégano cuando el cura nos dijo: “En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza” (en realidad, mientras pronunciaba estas palabras no dejó de mirarme ni un solo instante. Yo creo que se compadecía silenciosamente de mí, pues no en vano era tío de ella y debería conocerla sobradamente).
     Que hable sola mientras realiza algunas tareas del hogar no me sorprende demasiado (al fin y al cabo pasa muchas horas en casa). Estos soliloquios no van más allá de entonar alguna cancioncilla acompañando a la radio o, de repasar, silabeando, la lista de la compra. También hace planes consigo misma. Incluso no me sorprendía que mantuviera algunos diálogos monologados con su hermana o que regañara a alguno de sus hijos ausentes. Todo esto podía ser divertido según las circunstancias.
     Que estuviera colgada del teléfono tampoco sorprendía a nadie. Las charlas, es un decir, con vecinas, amigas, parientes y demás, duraban lo que no está escrito. Una ruina si no tuviéramos tarifa plana.
     Lo que ya me tiene preocupado es que, de poco tiempo para acá habla con todo el mundo, se ha vuelto muy extravertida, muy locuaz, y a todos les cuenta nuestra vida.
     Ocurre a veces que llego a casa a la hora de comer y encuentro un plato más en la mesa. Pregunto si es que ha venido muestro hijo, el de Barcelona, o si el liberal (el que va por libre, ya sabes)... o quizás la Susi, que hacía algún tiempo que... O serás tú, Pablo.
     - No, no, -me responde sin el menor atisbo de sonrojo,- es fulano/a, que está a punto de llegar; lo/a conocí en tal sitio el otro día.
     Pero, después de verla ayer durante un buen rato departiendo amigablemente en el supermercado con otra mujer, intercambiándose recetas de cocina y trucos cosméticos y hablando alegremente de sus respectivos hijos, tras despedirse con dos sonoros besos y un par de abrazos, le pregunté quién era. La respuesta, aunque no me sacó de dudas, fue muy esclarecedora:

     - “No lo sé, me ha dado la vez”.

domingo, 9 de junio de 2013

     Querido Pablo:
     Mi Santa, -ya sabes-, siempre pendiente de la modernidad, se ha comprado una olla exprés de última generación, un robot de cocina. Uno de esos aparatos con los que no hace falta saber cocinar, pues él solito cuece, hornea, cocina a presión, cocina a la plancha, fríe... y es capaz de preparar cualquier receta con tan solo introducir los ingredientes en crudo y apretar el botón. Al cabo de un rato, ¡zas!, te sale una comida digna de un cocinero de restaurante con seis estrellas Michelín.
     No sé si fue su amiga Puri la que le animó a ponerse al día. Le comentó las bondades del aparato y ella, rauda y veloz, se metió en internet, contactó con la página web en la que se vendía el chisme en exclusividad y pidió asesoramiento. A las cuarenta y ocho horas teníamos a un vendedor en casa para que le hiciera una demostración de las excelencias culinarias del artilugio.
     No cabe duda de que finalmente se lo vendió por el módico precio de 600 €, que ese era el objetivo, sino que además le “regaló” una sandwichera, una batidora de vaso, una fondue y una lata de aceite de oliva virgen extra de 2.5 litros  -¡y un libro de recetas!-  por otros 100 € más.
     El aparato es una monería, no me cabe duda. Incluso le habla y le dice el tiempo de cocción que resta. Es lo que le faltaba a mi Santa: alguien que le diera conversación mientras cocina.
     Lo malo del asunto fue que a las pocas semanas se rompió una pieza. Como el aparato estaba en garantía, se envío a la casa para que lo repararan. Lo peor fue el tiempo que estuvimos sin la máquina parlanchina porque entre la recogida, el traslado, la reparación y la devolución, nos pasamos casi un mes esperando volver a disfrutar de ella. Sin embargo, hubo un pequeño accidente en la entrega, y el mismo repartidor nos la remitió al fabricante.
     En fin, que entre pitos y flautas pasaron casi dos meses y medio hasta que la recibimos, finalmente, en perfecto estado. Y ahora, parece que ya no le hace tanta gracia y la tiene arrinconada.
     Total, ¡¡¡600 euros por dos cocidos y un hervido!!!
     Una ruina muy sabrosa.

domingo, 26 de mayo de 2013

     Nicolás, ese seguidor incondicional que tengo y que comenta en público (¿entendéis la indirecta -seguidores silentes-, que como mucho me mandáis correos privados para compadecerme?), me escribe categórico: “Ya sabes que el crimen perfecto es el suicidio”.   Me pongo reflexivo y deduzco si no será porque no hay culpable al que perseguir. Sí, me confirmo al cabo de un rato. Debe de ser por eso.
     El caso es que, pensándolo bien, creo que es muy complicado. Hay que tener valor para hacerlo. La gente creerá que los suicidas son cobardes. No, ni mucho menos. Hay que tener agallas. Así que no, no es por falta de coraje, que de eso me sobra, sobre todo por el hartazgo mental que tengo a veces (¡cuánta razón llevo!), sino porque es complicado suicidar a una persona que quizás no lo desee. Tampoco es cosa de preguntarle, ¿no?
     - Cariño, ¿quieres que te suicide? No te va a doler –podría decirle utilizando la más seductora de mis sonrisas.
     No sé, no me convence. Además, estaría el problema de la carta, porque ha de haber una carta dirigida al juez en términos claros y rotundos. Sr. Juez: (ya sabes)... Ha de ser desgarradora, supongo. Que inspire piedad, lástima, compasión sin límites. Y que parezca veraz. Que la gente se conduela y diga cosas tristes como “llevaba muy mala vida, la pobre. Sus hijos la habían abandonado y, aunque su marido estaba permanentemente a su lado y la consolaba... el pobre se ha quedado tan solo...”
     Además, tendría que convencerla para que la escribiera de su puño y letra. ¡Uf, demasiadas complicaciones!
     Temo, sin embargo, que la gente, a estas alturas del blog conozca nuestras disputas y cargue contra mí. Me acusarían sin piedad, me acorralarían como a una hiena herida, querrían sangre, sin duda.
     -Soy inocente, Sr. Juez, yo... en realidad... no quería... –me excusaré sin ninguna convicción. Fue ella. Lea Ud. el blog, empápese de él, compruebe cómo me zahería constantemente, ante propios y extraños. Sr. Juez, ahora ha llegado el momento y ha ejecutado su venganza.
     Sería más fácil si el suicidio me lo perpetrara a mí mismo.
     No tendría que dar explicaciones.

domingo, 19 de mayo de 2013

     A mi Santa le encanta el cine. Le gusta, por lo general, todo lo que se pone en la pequeña o gran pantalla en este formato. Le apasiona, en fin. A mí, ni fu ni fa. Me agrada, sí, pero no me apasiona. Soy más de cine de actor. Me gustan los grandes actores e intérpretes clásicos como Humphrey Bogart o Marlon Brando en aquellos inolvidables peliculones: Casablanca o El padrino, por poner solo un par de ejemplos. Y, como películas de este calibre no las echan todos los días, no veo mucho cine.
     Supongo que mi pereza por el séptimo arte proviene de la actitud de mi mujer quien, al final, consigue que me desenganche y coja un libro o el periódico.
     Ocurre que en casa es capaz de ver 2 o 3 películas a un tiempo, mediante el zapeo. Es un mareo, la verdad, aunque para ella parece ser algo natural. Me cuesta trabajo comprender que pueda seguir todas a un tiempo. ¿Será verdad que nosotros tenemos solo una neurona?
     A mí lo que me encanta es recrearme una y otra vez en los diálogos, medir las palabras una por una, empaparme de los gestos de complicidad de los actores, escuchar esos silencios tan profundos, -con las miradas entrecruzándose-, sentir la emoción de la tensión, gozar del striptease pecaminoso del guante de Gilda...
     - ¡Cochino! Todos los hombres sois iguales. Tenéis la mente sucia -grita mi Santa desde un extremo de la otra habitación.
     - (¡Ya estamos! Pero esta vez no te voy a contestar, ¡bruja!).
     Cuando no coinciden dos películas en distintas cadenas (cosa verdaderamente extraña) y ha de contentarse con la de turno, -si la ha visto- acostumbra a anticiparme los acontecimientos y me desincentiva. Eso de saber quién es el asesino antes de tiempo, -por poner un ejemplo clásico- me desmotiva  profundamente.
     Así que ahora me estoy empapapando secretamente de la película Crimen perfecto y voy a tratar de recrear la escena criminal del filme. Claro que corregiré algunos errores perpetrados por el aprendiz de brujo, ya que, muy a su pesar, no consiguió su objetivo final. En fin, un crimen perfecto es exactamente lo mismo que un matrimonio perfecto. Y el mío lo es.
     Yo ya voy acumulando pacientememente el rencor a través de los años. En cuanto tenga mi plan acabado, lo pondré en práctica y terminaré con esta humillante situación que me inflige, a diario, mi “Santa”. Ni una película puedo ver tranquilo. Que se vaya preparando para lo que le espera, señorita Escarlata.
     A Dios pongo por testigo.

domingo, 21 de abril de 2013

     Mi mujer es muy clásica (léase, comodona) y siempre ha pensado que conducir era como el coñac “Soberano”, cosa de hombres. Por esa razón siempre ha viajado como una señora, acompañada de su chófer personal. Pero los tiempos han cambiado mucho y hay que adaptarse. De modo que empezó a ir a la autoescuela. Mientras estudiaba la teórica todo iba bien, si exceptuábamos los clásicos problemas con los test o con las preguntas trampa de los mismos por su indefinición. Sin embargo, las verdaderas dificultades y sofocos comenzaron cuando alternó estos con las prácticas; cuando cogió el coche, vaya
     Mi Santa ha sido capaz de poner de los nervios al gerente de la autoescuela, a su profesor e incluso a un guardia que estuvo a punto de multarla por saltarse un semáforo. Por suerte, su instructor tuvo la habilidad de saber convencer al funcionario de que era un lance sin más importancia en el aprendizaje de las normas de circulación automovilística y de que ella era apenas una novata. En fin, pelillos a la mar.
     El asunto de los cambios de marcha nunca ha sido su fuerte. Ella cree que como sus toallas son suaves y no rascan, tampoco lo hará la caja de velocidades aunque no pise a fondo el embrague. Y no es así, claro. De modo que cuando dejó, finalmente, la autoescuela, con su rutilante carnet de conducir en la mano, creo que le abrieron las puertas de par en par y le pusieron una alfombra roja, incluso, -no como muestra solemne de respeto-, sino para que se fuera más rápidamente y no causara más estropicios. Su carnet me ha salido por un por un ojo de la cara, tanto por los destrozos causados que tuve -¡obviamente!- que pagar, como por las repeticiones, derechos de matrícula, renovaciones de papeles, clases extras...
     Lo pasado, pasado. Al final, yo bromeaba con mi mujer (aunque está visto que las bromas las carga el diablo) y le decía que, en los semáforos, si la luz estaba en rojo para los peatones y estos cruzaban, en caso de atropello se obtenían “bonus” en el carnet de conducir. Ella reía abiertamente. Naturalmente que nunca se lo creyó. Pero un buen día en que viajábamos, -ella al volante, con la “L” recién estrenada, y yo de copiloto-, le dio repentinamente un ataque de risa (y para mí que visionó nítidamente la imagen de la que anteriormente he hablado), apretó los dientes, sujetó con firmeza el volante y enfiló con decisión hacia un viejecito que se aventuró en la travesía, al grito de “esto lo pagan doble, ¿no?”.
     Reaccioné con presteza y evité el atropello, pero no la colisión con el semáforo. Nada serio. Apenas un leve toque. El susto fue, sin embargo, morrocotudo. Y es que no se le pone nada por delante a esta mujer de rompe y rasga.
     Ni siquiera las farolas.

domingo, 31 de marzo de 2013

     Son como niños, Pablo, son como niños. Te lo cuento. Ya sabes que no hay ayuntamiento, corporación municipal o concejo que se precie, que no disponga, -a base de nuestros impuestos, naturalmente-, de fabulosas instalaciones deportivas municipales, que la salud y la forma física de los contribuyentes es muy legítima y necesaria, ya que si estos pobrecitos explotados fenecieran, ¿quién habría de seguir pagando las formidables expensas que nos cuestan los políticos? Bueno, no quiero ponerme muy crítico con esta pandilla de golfos apandadores, así que dejémoslo estar.
     El caso es que de un tiempo a esta parte les ha dado por llevar -al público en general y al pagano en particular- las bondades del ejercicio físico. ¿Cómo? ¿Con grandes campañas publicitarias? ¿Con educación social? ¿Con concienciación educativo-formativa? 
     ¡Quia!
     Se han gastado una pasta gansa en sacar a la calle la cultura del “bien estar”, o sea, del estar en forma, montar unos parques gimnásticos eólico-sociales-recreativos, al aire libre y con poco gasto, es decir, para mantener en “forma” a un segmento de la sociedad: la tercera, cuarta o quinta edad; esa gente perezosilla que, harta de trabajar toda la vida, se adhiere a su derecho a vivir según su criterio del “dolce far niente”, tan mediterráneamente genuino, y que ha decidido morirse lo más tarde posible.
     Sucede que esos ayuntamientos, corporaciones municipales -o lo que diablos sean (con perdón)- son unos irresponsables o unos retorcidos villanos.
     Los viejos, -¡qué caramba!- son una especie en peligro de supervivencia. Cuestan un ojo de la cara en recursos médicos, medicamentos farmacéuticos, cuidados, terapias, rehabilitaciones... Pero son molestos porque tardan en morirse y ya no aportan, aunque sí consumen, ingentes cantidades de recursos públicos que antes pagaron para otros.
     Así que, ¡a por ellos! (disimuladamente, -of course-, sin que se note). Por eso, en el maremágnum de aparatos formativos, saludables, vigorizantes, etc. han olvidado(?) casualmente añadir algún cartel con las recomendaciones / instrucciones de uso.
     Mi Santa, que ya sabes cómo es, se lanzó nada más verlos, a darles un uso conveniente. Por más que le recomendé moderación, sosiego, calma, consejo y, sobre todo, cordura de uso, ella, cegada por la emoción, por el deseo de rejuvenecimiento “fórmula gimnasio en 10 días” se lanzó insensata –como una insensata niña -a reconducir sus dificultades atléticas en un santiamén.
     Y como “lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible”, no pude convencerla de la tontería que estaba cometiendo, aventurando su integridad física en tan vano intento de rejuvenecimiento exprés.
     Total, que se me dislocó la tibia y el peroné izquierdos y tiene una fisura en una costilla flotante causados por una caída de lo más tonta.
     Pero todo tiene sus ventajas. A partir de ahora tengo motivos para darle por donde más le duele: depende de mí.
     ¡Qué “malo” soy!

domingo, 10 de marzo de 2013

Estaba yo con mi mujer (en adelante, mi Santa) en las islas Canarias adonde volvimos tras haber cumplido nuestros primeros 25 años de convivencia. Habíamos regresado para conmemorar nuestras bodas de plata. Para mí que merecerían ser las de oro o las de diamante. Que ¿por qué? Muy simple: porque los años con mi “pantera” deberían contabilizar doble, por lo menos. ¡Nadie sabe lo que yo tengo! ¡Nadie se imagina lo que es esto! Si el infierno existe, esta debe de ser la antesala: un sinvivir. Hubo una época en la que llegué, en un acto de desesperación sin límites, a ofrecer un cambio de “pantera de 40-50” por dos tigretonas de 25. ¡Lástima que no tuviera mucho eco, pues las intenciones eran buenas! Sí recuerdo que algún desesperado como yo se interesara en aquel entonces por el trueque, aunque a la vista está que desistió del intento y yo hubiera de conformarme, finalmente, con lo que tengo.
Bueno, el caso es que estábamos por esos mundos de Dios y salimos una noche a pasear. El ambiente era fenomenal, la temperatura muy agradable, había mucha gente en la calle, música por todas partes... y una plazuela donde sonaban ritmos caribeños y de todo tipo al amor de un joven cantante amarrado a su órgano-orquesta. La gente bailaba alegre a los sones del organillero del siglo XXI conocidas canciones de otra época, de nuestro tiempo, que diría mi Santa (a mí me da mucho fastidio, porque pienso que qué hago yo entonces aquí y ahora. Pero esto será estudio de otro comentario).
Mi Santa siempre ha sido muy “bailonguera”, le ha gustado mucho dejarse llevar por el ritmo frenético de la música. No así yo, que me he sentido siempre ridículo en tal situación.
En fin, allá que me sacó -arrastró- sin pudor alguno al centro de la pista tirando de mi corbata. Yo me sentía como un buey guiado del ronzal por el boyero, pero no había remedio. Jaleado por unos amigos que conocimos en el hotel, me dejé llevar por mi destino y disimulé cuanto pude mi vergüenza.
La gente bailaba y se movía al ritmo de salsa, bachata, son, merengue y algún pasodoble que otro mientras yo intentaba  componer mi triste figura como podía. A mí, sacarme del chotís madrileño, -por lo de la baldosa- ya es todo un exceso. A lo más que llegaba yo -con poco arte, por cierto- era a bailar un pasodoble o un vals. La gente se desparramaba por la pista, improvisaba numeritos, pasos, cadencias, giros... Yo, en cambio, repartí pisotones por doquier, aunque este extremo no pareció importarle a mi doña. ¡Cómo iríamos de desmadrados que, en un momento dado, nos hicimos los amos del baile! Nos quedamos –acaso nos dejaron- solos. Durante un buen rato no fui consciente de ello, debido a mi concentración y mi esfuerzo por llevar a buen puerto la situación tan comprometida en que me hallaba. En el desmadre del paroxismo, al final de una pieza, mi mujer hizo un giro descontrolado, de tal manera que yo hube de lanzarme sobre ella para que no cayera por tierra. El improvisado numerito tuvo su gracia (?), por lo que parece, y fue bastante aplaudido (fue fundamental la colaboración de la peña del hotel, sin duda).
Yo, más corrido que una mona, no acertaba sino a sonreír...
Estúpidamente, claro.

domingo, 24 de febrero de 2013

     Los hijos son esos seres que, cuando son pequeños, están para comérselos y a los que, cuando han crecido, te arrepientes enormemente de no habértelos comido entonces.
     Hasta ahora solo había salido a escena de este peculiar blog, mi hijo “el de Barcelona”. Sí, ya sabéis, el de las tendencias perroflautiles. También tengo otro que, por cierto, estaba desaparecido. Este es un ser de alma grande y libre, liberal –si se me permite la expresión- hasta el cansancio: vamos, que va por libre; así que no le vemos mucho el pelo. Tienen mis hijos un amor casi Freudiano por su madre, mi Santa.
     Ocurre que estos seres tan libres solo tienen tendencia a pensar en sí mismos y se olvidan de nosotros, los pobres mortales. Mi mujer, madraza donde las haya, sufre -muchas veces- en silencio (luego lo paga conmigo), el olvido de sus vástagos. A ellos les reprocha -y también perdona, siempre misericorde,- que no la llamen todas las semanas.
     A mí, en cambio, que no se me olvide darle las buenas noches o llevarle a la cama su leche calentita con miel. O que tenga que salir de viaje y no la llame para decirle: “Cariño, he llegado bien”.
     Últimamente estoy hecho un lío. Le ha dado por decir que “¡Qué pronto has llegado!” (o sea, “Que ibas muy deprisa”, hablando claro); o que “¿Cómo has tardado tanto?” Es decir, “¿Con quién te has entretenido?” Y así. Me controla, ya lo sabéis.
     Desde que se enganchó al uso indiscriminado del teléfono móvil, me llama a todas horas. Mi hijo, este, “el desaparecido”, me dice zumbón: “Hay que ver, papi, cómo te quiere”. Yo le sigo la corriente y le digo que sí, que tome ejemplo y se eche una buena mujer, que de novias... (ya se sabe: como mi madre, ninguna).     Luego, para mis adentros, maldigo el férreo control que ejerce sobre mí. Me telefonea:
     -Hola, cariño, ¿estás bien?
     -Er..., eh..., mmm... –trato de responder.
    -¿Dónde estás?, ¿con quién estás?, ¿qué haces?, ¿cuándo has llegado?, ¿cómo...?  –enlaza, como una ametralladora, pregunta tras pregunta, sin darme cuartel.
     -Esto... – consigo finalmente articular.
     -¿Me quieres?, –continúa– ¿te acuerdas mucho de mí?, ¿verdad que me echas de menos, corazón?
     -¡¡¡Sí, cariño!!! –digo con inusitada rotundidad, por fin, tras un duro interrogatorio.
     -¡Este es mi chico! –zanja ella, jubilosa.
     Decididamente, ¡esto es amor!
    ¿O no?

domingo, 17 de febrero de 2013

   Que el mundo está mal repartido es un hecho incontestable; como que también es una dicotomía permanente. O estamos dentro o estamos fuera; somos amigos o enemigos; me quiere, no me quiere...; arriba-abajo; conmigo o contra mí; azules o colorados; izquierda contra derecha; ricos y pobres, Pepsi Cola y Coca Cola... Y a mí me viene a la memoria la impresionante simpatía de la Susi. Y pienso en lo mal repartido que está el mundo. 
     Sin embargo, la pobre carece de amor. Y no es que la chica no se lo merezca. Al contrario, pues aunque en ella todo es afecto, aquel no es correspondido a pesar de que ella es una amante desaforada que no encuentra quien la quiera como se merece.
     Y como san Valentín estaba por aquí cerca, se me ha ocurrido que sería buena idea regalarle un bonito ramo de flores, en plan amante anónimo -que eso da mucho morbo- solo por ver su carita de felicidad, porque la chica lo vale.
     Así que me he ido a la florista y he encargado un coqueto ramo de flores al que le he añadido una bonita dedicatoria firmada con identidad falsa para evitar problemas familiares.
     Pensando en no herir sentimientos ni crear una guerra de celos, he comprado otro para mi mujer. Este con mi tarjeta y mi firma.
     No sé por qué ni por qué no, pero el ramo de la Susi llegó a casa con alguna hora de adelanto con respecto al de mi Santa. Ahí se lio la cosa porque, celosa perdida, me dio una colleja, me castigó sin postre (lo cual me dolió muchísimo) y me acusó de falta de cariño, de crueldad mental y de no sé cuántas maldades más. Tampoco podía explicarle que el ramo de la Susi era mío. ¡Sólo faltaba eso!
     Felizmente, a las pocas horas recibió su obsequio y, arrepentida, me levantó el castigo, me compensó con un sonoro beso en la mejilla y con un largo y vigoroso abrazo que me estremeció el cuerpo y me lo hizo crujir de puro cariño. Tanto, que casi me deja sin resuello (a veces mi mujer tiene cosas que me hacen vibrar, sí).
     La colleja me la quedé.

domingo, 27 de enero de 2013

     Hoy estoy de enhorabuena, pues mi mujer se va a pasar la tarde con sus amigas. La Susi tampoco anda por aquí este fin de semana. Por fin voy a estar solo. Ya tocaba. Cuento con ansiedad los minutos que faltan, más que nada porque esta situación no es demasiado frecuente y, en consecuencia, hoy estoy como niño con zapatos nuevos. Me siento rejuvenecer; me parece estar esperando a los Reyes Magos. Esta vez no me traerán regalos, se los (la) llevarán siquiera por unas horas. Os aseguro que la quiero; ya sé que no da esa impresión a veces, pero comprended que ¡son tan pocos los ratos que me quedan libres…! y que aún así me los boicotea con sus interferencias. Necesitamos un poco de aire entre los dos, algo de espacio vital, pero ya sabéis que ella me prefiere a mí a estar con sus amigas. Hombre, eso está bien, es un halago, pero hay cariños que matan y, a mí, tanto amor, como que me ahoga un poco.
     El caso es que aún no se ha ido y ya estoy pensando en lo que hará esta tarde: jugará al cinquillo y al chinchón; puede que incluso también al parchís (dependerá de quiénes se junten). Se harán trampas a gogó, fijo. Merendarán té y café con pastas, y seguramente lo acompañarán también con algún bizcocho o tarta caseros. Hablarán de lo divino y de lo humano. Por supuesto, también de hombres; ¡pues no son picaronas ni nada! Contarán batallitas, hablarán de sus conquistas, de sus hijos, cortarán trajes de las ausentes.
     ¡Cómo son!
     No sé si disfruto más pensando en lo que ha de llegar o mientras me quedo a solas. Ya me estoy viendo frente a la nevera descorchando una cervecita belga “reserva”, bien fresquita, que tengo para ocasiones especiales. He puesto un vinilo en mi viejo tocadiscos. Me tumbo en el sofá cuan largo soy. Cierro los ojos y me dejo llevar por la suave música que invade la estancia.
     Suena el teléfono, y suena, y suena... No me inmuto. Sigo en mi duermevela. Al poco, oigo voces:
     - Cari, cari…
     - ¡Mmm…!
     - ¡Cari, siéntate bien, que luego te dolerá la espalda!
     - Mmm… ¿eh?
     - Despierta, venga. Y siéntate bien, hombre.
     - ¿Qué pasa? –protesto soñoliento.
     - Que Marita está mala y se pospone la reunión al sábado que viene.
     - Pfff… -resoplo malhumorado.
     Está sonando en mi viejo tocadiscos “Nos sobran los motivos”, de Joaquín Sabina.
     ¡Qué poco rato dura la vida eterna!

domingo, 2 de diciembre de 2012


     Mi Santa es de esas mujeres tradicionales, de las de toda la vida, que ya, desgraciadamente, no se llevan. De gustos sencillos, coqueta, pero descatalogada. Se pasea por la vida a la antigua usanza. Viste con naturalidad, se adorna con lo justo y siempre va emperifollada cuando sale a la calle. En casa se relaja y prepara su aspecto exterior. Es muy apañada y le gusta tener los rulos siempre puestos para que su peinado esté a punto. La laca se la compra por bidones, creo yo. Desde luego, no se le mueve un pelo de su sitio, ya haya vendaval en la tierra o galerna en el mar. Se pasea por la casa con su bata de boatiné y duerme con redecilla. De esta guisa no presenta un aspecto muy glamuroso, ciertamente. Sus modelitos son de estilo clásico. A veces se los corta y cose ella misma con una vieja “Singer”; y otras, le ayuda una amiga que hizo un cursillo de corte y confección con CEAC, creo. Es frecuente escuchar a cualquier hora del día el clásico ritmo mecánico de la vieja máquina de coser.  Pero también se los compra “prêt-à-porter” con el dinero que me sisa todas las semanas. Duerme con camisón en verano o con pijama de franela en invierno y con los bigudíes puestos, lo cual invita a soñar con prontitud con los angelitos.
     El pelo lo tiene rubio, a mechas, y confieso que realmente no sé de qué color es en verdad, porque siempre se lo he conocido así. En alguna parte escuché que la mayoría de los hombres, a partir de los 40 somos calvos y, las mujeres, en cambio, son todas rubias. Ella, desde luego, es una precursora en esto de teñirse el pelo.
     Se empolva la cara con mucho mimo y dedicación y, reserva, generalmente, un viernes al mes por la tarde para ir a la peluquería. Allí está en su ambiente. Coincide con sus amigas, cotillea las revistas de moda (aunque no la siga nunca), se entera de los chascarrillos y de la vida social de los famosetes del momento y critica todo lo que se le pone por delante. Son los dulces momentos en que aprovecho para hacer mis cosas y ser yo mismo.
     ¡Libre, al fin!

domingo, 4 de noviembre de 2012


     Las calles de las zonas costeras se animan en verano. La gente se relaja, pasea tranquila, sin prisas. Se sienta en las terrazas de los cafés, vive la vida a cuentagotas, despaciosamente, para saborearla Y un murmullo sordo se escucha en las calles peatonales más transitadas. A mi mujer le encanta mezclarse entre la gente para después, cotillear. A mí, no demasiado, la verdad; pero como tiene esa obsesión casi enfermiza por “poner un pie delante del otro”, como dice ella, casi no paramos en casa. He intentado por todos los medios buscarle amigas con las que salir de paseo. Más que nada para que me deje en paz, pero dice que sus amigas son muy de “té con pastas”, del “cinquillo” y de “sillón-ball” y que eso está bien de vez en cuando, pero que no es para todos los días y que a ella le gusta ver el sol y la luz del día.
     El caso es que yo no sé si le estoy cogiendo gustillo últimamente o qué pasa, pero creo que me cuesta menos que antes salir a la calle. ¿Será porque es verano? Será, será. Y lo peor de todo es que no sé disimular y, claro, ella que es bastante observadora, ya se ha dado cuenta de que a veces soy yo quien tiene la iniciativa. Y ya no sé si es por fastidiar o porque prefiere salir un poquito más tarde, se me hace la remolona. Y yo: “que se nos va a hacer tarde” y ella: “que aún es pronto y todavía hace calor”. Total, que cuando me saca (a mí me empieza a dar ya la neura de que soy el perrito zalamero que cuando presiente que es la hora de pasear coge la correa y se la lleva a su amo como diciéndole: vamos, que ya toca) no me lleva por calles concurridas por donde caminan ociosos los viandantes mirando escaparates, charlando en reducidos grupos de tertulianos, etc. Nooo…, se coge de mi brazo, con fuerza, para que no me escape; así, con ganas, mientras en la otra mano sujeta el bolso o se lo cuelga del antebrazo y me dice con suave energía, dando un tirón de arranque: “Vamos, cariño”. Y, entonces, tira por la avenida más ancha y menos transitada en sentido inverso al centro de la ciudad. A mí, eso, es que me desmotiva totalmente, porque no tengo intención de presentarme a unas olimpiadas, ni quiero ganar ninguna maratón.
     -“Lo que a ti te gusta es ver a las chicas guapas, descastado. ¡No sé lo que tenéis los hombres en la cabeza! Si tenéis algo, debe de ser un batiburrillo de hormonas”.
       ¡Cielos, mi mujer! Ya me ha interceptado el pensamiento.