domingo, 4 de noviembre de 2012


     Las calles de las zonas costeras se animan en verano. La gente se relaja, pasea tranquila, sin prisas. Se sienta en las terrazas de los cafés, vive la vida a cuentagotas, despaciosamente, para saborearla Y un murmullo sordo se escucha en las calles peatonales más transitadas. A mi mujer le encanta mezclarse entre la gente para después, cotillear. A mí, no demasiado, la verdad; pero como tiene esa obsesión casi enfermiza por “poner un pie delante del otro”, como dice ella, casi no paramos en casa. He intentado por todos los medios buscarle amigas con las que salir de paseo. Más que nada para que me deje en paz, pero dice que sus amigas son muy de “té con pastas”, del “cinquillo” y de “sillón-ball” y que eso está bien de vez en cuando, pero que no es para todos los días y que a ella le gusta ver el sol y la luz del día.
     El caso es que yo no sé si le estoy cogiendo gustillo últimamente o qué pasa, pero creo que me cuesta menos que antes salir a la calle. ¿Será porque es verano? Será, será. Y lo peor de todo es que no sé disimular y, claro, ella que es bastante observadora, ya se ha dado cuenta de que a veces soy yo quien tiene la iniciativa. Y ya no sé si es por fastidiar o porque prefiere salir un poquito más tarde, se me hace la remolona. Y yo: “que se nos va a hacer tarde” y ella: “que aún es pronto y todavía hace calor”. Total, que cuando me saca (a mí me empieza a dar ya la neura de que soy el perrito zalamero que cuando presiente que es la hora de pasear coge la correa y se la lleva a su amo como diciéndole: vamos, que ya toca) no me lleva por calles concurridas por donde caminan ociosos los viandantes mirando escaparates, charlando en reducidos grupos de tertulianos, etc. Nooo…, se coge de mi brazo, con fuerza, para que no me escape; así, con ganas, mientras en la otra mano sujeta el bolso o se lo cuelga del antebrazo y me dice con suave energía, dando un tirón de arranque: “Vamos, cariño”. Y, entonces, tira por la avenida más ancha y menos transitada en sentido inverso al centro de la ciudad. A mí, eso, es que me desmotiva totalmente, porque no tengo intención de presentarme a unas olimpiadas, ni quiero ganar ninguna maratón.
     -“Lo que a ti te gusta es ver a las chicas guapas, descastado. ¡No sé lo que tenéis los hombres en la cabeza! Si tenéis algo, debe de ser un batiburrillo de hormonas”.
       ¡Cielos, mi mujer! Ya me ha interceptado el pensamiento.

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