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domingo, 2 de marzo de 2014

Un adiós no es para siempre

      Queridos seguidores, queridos sufridores, queridos míos:
    Con gran dolor de mi corazón debo anunciaros, muy a mi pesar, el término –de momento- de este esperpéntico blog.
     Por una parte, no acabo de tener sustanciosas noticias de mi querida Susi. Supongo que está bien, pero me entristece no tener nada nuevo que ofreceros.
   Mis hijos están desaparecidos en combate. Pablo parece muy afectado por mi jubilación (él no puede jubilarse aún) y no me envía noticias de sus alumnos, ni de sus trabajos, ni de sus inquietudes o proyectos. Mi Santa casi me ha abandonado para echarse en brazos de Puri, del cinquillo y de las interminables reuniones con sus amigas y me ha dejado un recuerdo de ella a base de lavadoras inacabables, montañas infinitas de plancha y una enorme pila de cacharros sucios en el fregadero que no sé cómo gestionar correctamente. Dudo entre poner el suavizante en el tambor de lavadora directamente o echar un chorrito después de la colada, para que huela mejor. Las camisas no me quedan bien, la ropa me sale amarillenta y me he convertido en una odiosa y despreciable maruja. Ahora comparto recetas y trucos caseros en la cola de la pescadería con mis homólogas. Les doy la vez y discuto como un verdulero si alguien se me cuela.
     Presiento, por otra parte, que no he sabido conjugar mis intereses de jubilación con la realidad de la vida postlaboral. Me encuentro al borde de la depresión. Mis amigos me miran con conmiseración  y cierta tristeza. Me preguntan: “Antón, ¿estás bien? Tienes mala cara –me dicen”.
    Me avergüenzo de mí mismo.
   P.S.: (Aunque no todo es tan negativo, porque libraré los jueves y tal vez algún día me reencuentre con vosotros, amados míos). 

domingo, 23 de febrero de 2014

Pasar a mejor vida

     “Pasaré a mejor vida”. Eso creía yo que iba a ocurrir cuando me decidí a firmar los papeles de la propuesta de jubilación que me hizo mi jefe: que pasaría a mejor vida. ¡Ja!
     Hombre, la verdad es que no tener que levantarte a las 7 de la mañana para ir al trabajo es mucho. Quedarte en la cama un ratito más, remolonear y desperezarte a tu aire es una gozada, francamente. Homogeneizar los días de la semana, saber que siempre es domingo, un sueño. Disponer de tu tiempo para dedicarlo a tus cosas es demasiado. Leer, escribir, pasear, “bricolear” a gusto, sencillamente insuperable.
     Pasé algún tiempo mientras se tramitaba mi solicitud de jubilación venga a hacer planes: se acabó poner el despertador; a partir de ahora desayunaría en la cama mientras leía los diarios en internet. A media mañana, bien desperezado y con el cuerpo bien dispuesto, me pondría manos a la obra en mis proyectos de bricolaje. A mediodía, acudiría a almorzar con mis excompañeros de trabajo, a darles un poco de envidia...
-    Antón, qué bien te ves –me dirían. Cómo se nota que vives en otra galaxia –añadirían con cierta envidia.
     Y yo, le quitaría importancia al asunto con una mentirijilla piadosa del tipo:
-     “No creas, no creas, que la vida es muy monótona. Al principio, bien; pero luego te acostumbras, echas de menos a los compañeros, te aíslas socialmente y... la verdad, algunas veces os envidio un poco. Lleváis una vida tan ordenada... Y no como yo, que no sé en qué día vivo”.
    Por la tarde, siesta, un paseo y lectura que alternaré con la escritura de mis memorias, que serán, sin duda, todo un bestseller entre mis amigos. En fin, una vida de pequeños placeres que me he ganado a través de mis años de trabajo.
     Pero está visto que mi Santa iba haciendo sus planes al tiempo que yo los míos. Y, sin duda, eran bien diferentes:
-“Tráeme el desayuno a la cama. Me voy a la pelu. Saca el lavavajillas. Pon la lavadora y tiéndela. Pasa el aspirador. Controla la comida, que está en el fuego. Hoy vendré tarde, que me quedo a comer en casa de Puri..." Y así.
     Ahora bien, le he dejado las cosas muy, pero que muy claras:
     El jueves, libro.
     ¡Faltaría más!



domingo, 16 de febrero de 2014

Mi infancia (6)

     Coleccionábamos de todo. Apreciábamos mucho los billetes de tren que buscábamos afanosamente en las vías o bien se los solicitábamos a los viajeros al final del recorrido. Eran de cartón, rectangulares, como fichas de dominó grandes que guardábamos cuidadosamente en las pequeñas cajas de cerillas a las que habíamos quitado el recipiente en el que se depositaban aquéllas. Todo ello lo atesoraba en una gran caja de zapatos. El conjunto quedaba muy propio. Los billetes servían como moneda de cambio para los juegos.
     Si jugábamos a “montar”, los dejábamos caer desde una altura determinada pegados a la pared. El billete que montaba se quedaba con todos los que había en el suelo. Aquellos billetes tenían valor facial. Los billetes más deseados eran los de primera clase que no estuvieran picados o taladrados; luego, los de segunda y, finalmente, los de tercera. Como también eran de colores diferentes, teníamos un abanico importante para cambiarlos en nuestro particular mercado. Así, por ejemplo, los de primera sin picar que tuvieran una raya roja eran los más buscados y se podían cambiar por varios de segunda o de tercera clase -a precio de mercado- el cual venía determinado por las ansias de usura de nosotros según el día y el pardillo de turno.
     Ya asomaban claramente los destellos negociadores, predelincuenciales y mafiosillos de los miembros  que formábamos aquella banda de “moco verde”.
     En mis múltiples tardes ociosas de reclusión, con buen tiempo, y cansado de leer o de maquinar barbaridades, decidía ponerlas en práctica. Así, por ejemplo, acostumbraba a asomarme a la ventana y charlaba  con mis amigos –me gritaban, más bien- las últimas novedades de aquéllos que disponían del bien más preciado para mí de la libertad no restringida.
     Yo era “de la piel del diablo” –término que acuñaron contra mí algunas de las beatas bien pensantes que en otro tiempo se admiraron de mis dos coronillas y de mi indómito peinado. También yo era un poco huevón y gilipichi: un “toca narices”, al fin y al cabo, como os relato a continuación:
     De vez en cuando me asomaba a la ventana y echaba billetes de tren como si fuera un sabroso maná que todo el mundo quisiera atrapar. Aquellos angelitos se lanzaban en pos de ellos y, cuanto más enfrascados estaban mis compañeros en recoger aquel producto de origen casi celestial, cuando más ahínco ponían en atrapar aquella lluvia inopinada de billetes, repentinamente les caía un aguacero procedente de mi mala leche concentrada y de un hermoso cubo. Luego, con la celeridad del rayo, cerraba la ventana y me escondía como si ello pudiera minorar la sed de venganza de aquellos bañistas improvisados.
      A veces tenía suerte y, como pasaba tanto tiempo castigado, a mi regreso a la vida en la calle con la pandilla se habían olvidado aquellos incidentes.
     En cambio, otras, ocurría que me estaban esperando para hacerme pagar por todas mis gamberradas.
     ¡Inmisericordes!

domingo, 9 de febrero de 2014

Jubilación

     Ayer recibí una noticia que no querría haber recibido en la vida; al menos, en mucho tiempo. Mi jefe se acercó a mí, como otras veces, para supervisar mi trabajo, charlar conmigo y contrastar opiniones. Arrimó una silla y se sentó a mi lado como había hecho en tantas y tantas ocasiones. Me preguntó:
     -¿Cómo van los “rankings”? ¿Hemos mejorado? (Justamente tenía en ese momento la estadística de barras del último período y se la mostré).
     -No está mal, -respondí con cierto entusiasmo. Creo que hemos mejorado un poco. Dados los tiempos que vivimos no me parece una mala evolución –añadí.
     Titubeó un poco.
      -¿Quieres un café? –me preguntó.
    -Buf, -resoplé. No, gracias, no. Acabo de tomarme uno. Van a ser demasiados –le respondí. Últimamente tengo la tensión un poco alta y tengo que cuidarme –zanjé.
     -Antón... -susurró mi jefe en un tono gutural, algo resacoso, que pareciera que le costaba respirar. Tengo una propuesta... (hizo una breve pausa y continuó) que no... (nueva pausa; ahora me miró a los ojos y añadió al tiempo que enarcaba suavemente las cejas) que no... (repitió) podrás... rechazar... (y estiró el final de estas palabras hasta el infinito, al tiempo que rodeaba con su brazo mi cuerpo)...
     Por un momento me estremecí. Había algo demasiado solemne y misterioso en sus palabras. Su tono me inquietaba.
     -¿Dónde habré oído yo estas palabras? –pensé. Y como un relámpago acudieron a mi mente las palabras de don Vito Corleone (Marlon Brando) a Johnny Fontane (Al Martino) en El padrino.
     -Verás, -me dijo en tono paternalista- te he incluido en la lista. Aún no es definitiva –intentó tranquilizarme. Creo que es, sin embargo, una buena opción.  
     Parecía ser una buena oferta, pero yo estaba incómodo.     
    Hablaba con frases entrecortadas y firmes que él alargaba intencionadamente para darle un aire más inquietante aún. Eran como pequeños picotazos que yo recibía en mi cabeza. Me alargó un papel. Comprendí enseguida que eran las condiciones que yo podría firmar si quería. A bote pronto no parecían demasiado malas. Había que hacer ajustes en la empresa y eliminar personal. Debería pensarlo porque, en el fondo, el cambio era brusco y, aunque no puedo quejarme de la vida que llevo en la oficina...
     Pasaría a mejor vida.

domingo, 26 de enero de 2014

Urgencias

     Soy una persona algo obsesiva con mi salud. No es que sea un hipocondríaco, pero me preocupo por ella. La semana pasada padecí un pequeño accidente doméstico y me llevé un buen susto: me caí en la bañera y me di un tremendo golpe en la parte parietal occipital del cráneo (todo ello según la versión del sesudo galeno que me atendió en urgencias).
     Al escuchar el sonoro batacazo que me arreé, acudió presta al aseo mi Santa quien, tras constatar mi penoso estado, se desmayó.
     De modo que allí estaba yo solo e inerme para solucionar aquella extraña situación. Tras incorporar penosamente mi cuerpo doliente como pude, me sequé, me vestí, espabilé –a medias- a mi Santa y la metí en el coche no sin grandes dificultades.
     Allá que llegué a urgencias y allí que me surgió la primera duda: ¿a quién debían atender antes? Yo dije que “las damas primero” (la educación machista recibida es lo que tiene), aunque a mí me doliera terriblemente la cabeza. Apenas me había percatado de que tenía una brecha de la que aún manaba un hilillo de sangre ya casi coagulado. Iba a medio vestir. Mi cara, ensangrentada, debía de ser un “poema”. La gente me miraba con estupor, como si se hubieran encontrado repentinamente con Norman Bates, el de “Psicosis”. Me cedían el paso, medrosos, como si fuera un terrible asesino o un apestado.
     Finalmente me derrumbé. No sé bien cuánto tiempo pasó desde que accedí a urgencias hasta que salí por la puerta del hospital, pero me pareció una eternidad. En contra de lo que la gente pudiera pensar, no regresé con un turbante en la cabeza, ni siquiera con un esparadrapo o un vendaje llamativo. A mí, la verdad, me habría gustado que así hubiera sido, para poder fardar en la oficina o siquiera para parecer importante delante de mi Santa y que me tuviera en cuenta por una temporada y que me cuidara, me diera calditos, me hiciera mimos... En fin, que me hiciera todas esas cosas que nos gustan a los hombres que no presumimos todos los días de machotes.
     En realidad salí del hospital un poco abatido, triste, desolado y un poco avergonzado porque, aparte del chichón evidente que llevaba (bañado en betadine) y un par de puntos de sutura que me habían colocado, no había nada más.
     Mi Santa, muy cariñosa, se acercó a mí rauda y veloz; acercó sus manos a mi rostro y examinó mi herida. Tras unos segundos gritó “urbi et orbi”: “Debería darles vergüenza tener matasanos que no saben hacer una vainica doble”.
     Para vergüenza, la mía. Sí.

domingo, 12 de enero de 2014

Mi infancia (5)

     A veces, cansado de la lectura o simplemente por distracción, me asomaba a la ventana de mi habitación y veía a los niños del barrio jugar en la plazoleta de debajo de mi casa a las chapas, la peonza o al “gua” con las canicas.
     Juguetes no teníamos muchos y la mayoría eran de fabricación casera. Por ejemplo, las chapas de las botellas las revestíamos interiormente con la imagen de nuestros deportistas favoritos. Después le colocábamos encima, lo más ajustado posible, un cristal que habíamos cogido previamente del vertedero, al que finalmente recortábamos y redondeábamos a base de comerle los bordes al introducirlo entre juntas de baldosas (imaginaos cómo acabarían estas) y, finalmente, lo fijábamos con masilla de cristalero, que era como una especie de plastilina que olía muy mal. Así teníamos enmarcados a nuestros héroes. Si se trataba de fútbol, Puskas, Suárez, Gento... O ciclistas como Manzaneque o Bahamontes eran nuestros favoritos.
     Las chapas eran un bien muy preciado. Con tiza que cogíamos de la escuela, pintábamos circuitos ciclistas que había que seguir sin salirse del camino. Aquello tenía de todo: ríos en los que si caías te obligaban a empezar; estrechamientos por los que no cabían dos chapas y, que en caso de que una chocara con la otra y la sacara del camino, debía pagar con billetes de tren, con otra chapa o con alguna canica, la posibilidad de poder seguir en la carrera, etc.
     Las canicas las elaborábamos con barro del monte, modelado y redondeado, puesto a secar y cocido al horno; después, una manita de pintura si se podía. Aquello, como es evidente, constituía una guarrería de innumerables huellas que yo iba dejando por toda la casa con el enfado consiguiente de mi madre, mayormente, quien se “bastaba” por sí sola y a la que no le temblaba el pulso lo más mínimo.
     Tenía mi madre un arte, un saber hacer, un control y un dominio de la zapatilla más que evidente a juzgar por la cantidad de zapatillazos que yo recibía cada día. Y eso, a pesar de que era bastante rápido en evitarla por la cuenta que me tenía. Esas situaciones cotidianas no supusieron para mí ningún trauma infantil, ni la denuncié ante un juez de menores. Tampoco le oí decir jamás “ya verás cuando llegue tu padre” o cosas parecidas.
     Porque, ya, “si eso”, también él me atizaba.


domingo, 22 de diciembre de 2013

La San Silvestre

     Mi hijo el mayor, el cachondo mental, me propone participar en la San Silvestre Vallecana de este año. Él es un atleta consumado y yo no sé realmente si tomármelo en serio o debo pensar que se quiere reír de mí. Evidentemente, pienso que está de guasa. Le sigo la broma, pero poco a poco el asunto va tomando un cariz más serio y profundo. Tanto es así que finalmente amenaza con ser definitivo e inamovible. Ya ha comprometido a su tía “Mon-t-se”, a su marido, a su novia, a mi Santa -a la que disfrazará de árbol porque le da vergüenza que la reconozcan- y a no sé quién más. La va a liar parda.
     Yo me defiendo como puedo; me disculpo diciendo que ya no tengo años para ello. Insiste una y otra vez, es más pesado que una vaca en brazos. No cede. Intenta liar a todo el mundo.
     Yo no sé cómo escabullirme, pues está muy pelmazo. Alego en mi defensa que hace mucho tiempo que no hago ejercicio físico, que estoy mayor (pretendo dar pena). Digno hijo de su madre, no me escucha, no me hace caso y va a la suya. Insiste. Insisto. Lucho para defenderme y evitar el imposible: escaquearme. Así que, finalmente, en un postrer intento por evadirme, aseguro que iré en taca-taca.
     - Genial –responde. Hay un apartado para el humor –dice con gran gozo. Yo iré con un gorrito de Papá Noël y de tu manita si hace falta. Tú ya sabes que lo importante es participar.
     - ¡Cría cuervos!

     Nota del autor
     Queridos seguidores:
    Os dejo una temporadita tranquilos mientras disfrutáis de unas merecidas vacaciones sin mis  historietas. Sin embargo, regresaré el 12 de enero. Espero que hayáis sido buenos y que los Reyes os hayan traído muchos regalos a todos.
     Que paséis unas felices Navidades y tengáis un próspero Año Nuevo y todo eso.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Novios

     María Antonia y Juan Luis se quieren. Están muy enamorados. Y como todas las parejas, salen juntos los domingos, pasean por el parque, van al cine, se hacen arrumacos y dejan ver su amor por donde quiera que van. Y, como todas las parejas de enamorados, planean su futuro. Ellos, tras un largo periodo de noviazgo, han decidido –por fin- casarse. Ahora tendrán que comunicárselo a sus respectivas familias. Les asaltan las dudas sobre si les aceptarán mutuamente. Como son tan conservadores, ¿se lo tomarán bien? Ella es algo mayor que él y esto puede ser un obstáculo según su opinión. Él no es de “buena” familia, así que tal vez sea rechazado por la de ella. Lo peor quizás sea el golpe emocional que recibirán sus hijos al saber la noticia de la boda. Claro que, estos, con casi sesenta años de edad, no deberían sorprenderse de nada.
     -“Teníamos que regularizar nuestra situación por el bien de los niños, no queríamos darles ningún disgusto” -han dicho los novios para justificar el retraso de su decisión. Todo sea por el bien de ellos –han añadido finalmente.
     Era una decisión muy seria, ciertamente.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Mi infancia (4)

      Pasé muchos días castigado en mi casa sin poder salir con la pandilla debido a mis travesuras.
     De ahí vino un poco mi afición a leer. Como no teníamos televisión (muy poquita gente en mi barrio la tenía), ni se habían inventado las videoconsolas, ni había ordenadores ni forma de divertirse, a ratos me dio por la lectura, y otras, por poner en marcha “efervescentemente” mi efervescente mente. Cuando esto último sucedía, malo: tarde o temprano habría de ocurrir algo catastrófico. También la mayor parte de las veces mis lecturas iban encaminadas a poner en práctica ciertos experimentos de química que había en la “Enciclopedia Álvarez”, que era el “veintiúnico” libro que utilizábamos en la escuela. En ese pozo del saber que era mi libro de texto, encontraba uno de todo: desde cómo diseccionar una rana hasta cómo fabricar un electroimán o realizar la electrólisis.
     Supongo que en aquella época quise emular a Thomas Alba Edison. Me leí su biografía de cabo a rabo (ese fue el período de mayor tranquilidad en mi hogar) e hice posteriormente todo tipo de experimentos con la luz eléctrica. Logré realizar cortocircuitos que pusieron en peligro la integridad de mi casa y las del vecindario, conseguí fundir los plomos una y mil veces en un solo día, me explotó alguna bombilla, quemé el frigorífico por sobrecarga en la red, me dieron mil bofetones por atrevido...
     En definitiva, mis padres no hacían carrera conmigo. Así, pues, yo no sé qué les tenía más cuenta: que me quedara castigado en casa por mis múltiples fechorías y fundiera los plomos, que provocara un cortocircuito de aúpa, etc. o que saliera a la calle y liara una de las mías. Por eso, a veces me castigaban sin salir durante semanas y al poco me condonaban el castigo y lo sustituían por la libertad condicional, advirtiéndome muy seriamente que, si incumplía el acuerdo, el castigo sería aún mayor.
     Yo era de cabeza dura y las gamberradas me podían. Esta fue la razón por la cual -finalmente- mis padres me llevaron interno a un colegio.
      Pero esto es otra historia y aún habría de transcurrir mucho tiempo.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Mi cama

     Querido Pablo:
     Sabes que no soy persona que tenga un afán de protagonismo excesivo. Más bien soy bastante tímido y algo introvertido. Porque, aparte de este blog que empecé por casualidad gracias a las malas compañías y a los cantos de sirena de una amiga, mi vida pasa sin demasiados aspavientos.
     Sin embargo, de un tiempo a esta parte me encuentro como protagonista en el trabajo y con la autoestima un tanto alterada, aunque maldita la gracia que me hace a mí todo ello.
     En la oficina, unas veces los compañeros me guiñan el ojo cuando nos cruzamos. Otros, más zalameros, practican el cuerpo a cuerpo con un potente abrazo que me deja hecho polvo y  me dan una palmadita cariñosa que me tritura, finalmente. También los hay más sobrios, que se conforman con decirme “¡Antón, machote!” (Si ellos supieran...). Las sonrisas son un elemento cotidiano por los pasillos. Más de dos me han pedido que les preste las llaves de mi casa.
     Las féminas, algunas tan liberales, me gritan “¡tigre!”, al pasar. Amparín, el otro día, cuando estaba yo sacando un café de la máquina, me tocó suavemente en el hombro y, cuando me giré, me empujó con fuerza contra la pared, colocó su mano derecha a la altura de mi rostro y me miró fijamente a los ojos mientras su mano izquierda me sujetaba por la corbata. No dijo nada, pero me escrutó de arriba abajo con... –no sé..., de forma rara..., tal vez con lascivia- y luego, desdeñosa, me soltó y se fue, como haciendo un desplante torero y con la cabeza bien alta. Prendas íntimas no me han tirado todavía, aunque al paso que vamos, ya veremos.
     Tengo mala cara, sonrío con una mueca forzada y algo estúpida. Camino pegado a la pared -no sé por qué- como si quisiera protegerme de algún potencial peligro.
     En la oficina se ha corrido la voz de que tengo en casa una cama un poco especial. Disponer de una cama giratoria como la mía tiene su cosa. Y si además es redonda, aparte del mareo que te pueda proporcionar, también da mucho morbo.
     ¡Si lo sabré yo!

domingo, 27 de octubre de 2013

Seguidores por el mundo

        Queridos amigos de este humilde blog:
       Hoy estoy feliz, hoy estoy henchido de gozo. Hoy ha llegado a mi humilde morada una hermosísima tarjeta postal procedente de la India. Me la escribe y envía alguien cuya firma no logro descifrar. Sin embargo, debe de tratarse de algún fiel extremo al que no puede calificarse de follower -seguidor- sino más bien de fan -admirador- lo cual, sin duda alguna, ya es otro nivel.
     Disculpad mi emoción, pero estoy como un niño (de los de antes) con zapatos nuevos.
       Mi seguidor, mejor mi fan, hace alarde de ser el seguidor (recalco: el seguidor, -no un seguidor cualquiera- más internacional).
        Permitidme, -¡oh, seguidores!- la pequeña licencia de que copie algunos párrafos:

Antón Hernández y “la Susi”
Varanasi, 10 de octubre de 2013 (después de comer)
Estimado Antón:
Te escribe tu seguidor más internacional (por favor, permíteme que te tutee). [Esta forma de expresión ha calado en mí. Yo, que debo dar las gracias a este enorme público que me lee y soporta cada domingo]. Aprovecho un momento de sosiego al borde del Ganges para dejar volar mis pensamientos y compartirlos contigo y con nuestra querida y entrañable Susi ” (1). [Sublime, simplemente sublime].

Me habla del bien y del mal, de lo que hace, de cosas tan simples como cortarse el pelo y recortarse la barba por 1 €; de su próximo viaje a Nepal...
También me habla del mar, la mar. Cual “marinero en tierra” echa de menos su mar: Un mes... y ya va para dos sin ver el mar... Y luego, añade algo muy bonito: por más lejos que te vayas, los pensamientos no se alejan. A veces es mejor no pensar y hacer las cosas despacito. Aquí la gente se toma la vida con mucha calma; no llenan el día de cosas. Hay mucho tráfico, sí; pero eso es sólo cuestión de supervivencia.
Además me envía un pequeño dibujo a modo de resumen en el que plasma su cotidianeidad

(1)      Hago constar que en ningún momento se refiere para nada a mi Santa.
-         ¿Por...?
-         No, por nada, je,je.





domingo, 20 de octubre de 2013

Mi cumpleaños

     Hoy celebro mi cumpleaños. Como cada año, recibo las habituales felicitaciones de familiares y amigos: Pablo, la Susi, mi Santa, mis cuñados/as, mis sobrinos/as, mis seguidores/as, mis hijos... ¿Mis hijos? ¡Ah, pues va a ser que no! Solo he recibido la felicitación de uno de ellos: la del liberal, la del que va por libre. Pero no ha venido a casa a celebrarlo y a comer con nosotros porque estaba muy liado ¡Mira tú por dónde! Del de tendencias perroflautiles no me extraña mucho, no. Va a su bola, ya se sabe. En cambio, su novia, sí ha tenido el detalle de mandarme un correo electrónico con su correspondiente postalica. ¡Qué “ilu”! (En fin, vaya lo uno por lo otro).
     Yo siempre he dicho que calladito estaría más guapo a veces. Y es que se me ha ocurrido hacerle un comentario, así, como de pasada, a mi mujer, en plan “pues qué pena que no estemos todos...” o “el de Barcelona no se ha acordado...” y tal, cuando mi Santa me ha saltado al cuello en defensa de sus hijos, como no podía ser de otra manera (?).
     -Eres un egoísta, -me echa en cara. Solo piensas en tus cosas. ¿Qué crees?, ¿que no te quieren? Pues que sepas que siempre te tienen en su pensamiento y bla, bla, bla.
     - Pero si yo... solo era un simple comentario... –replico sin mucha confianza en ser escuchado (y aún menos de ser tenido en cuenta). ¿Es que uno ya no va a tener derecho ni a protestar siquiera un poquito, aunque sea en plan “light”? ¡Que es mi “cumple”!, ¡que es mi día...!
     Ni por esas. Además, con muy mala sombra, ya se ha encargado de recordarme que soy un año mayor, aunque he de reconocer que me lo ha dicho en plan suave y cariñoso, pues me ha cantado el Cumpleaños Feliz mientras sacaba del frigorífico una tarta de fresas con nata y almendra (mi favorita), aunque no ha olvidado poner una sola vela -bien grande, por cierto- en el centro.
     En verdad, más bien era un cirio. 


domingo, 6 de octubre de 2013

Mis hijos

     Tengo unos hijos que no me los merezco: cariñosos, simpáticos, buenas personas, generosos, colaboradores, amantes de sus padres y con sentido del humor. Mi mujer también tiene sus cualidades. Por ejemplo, es buena ama de casa, buena administradora de la economía familiar, buena..., buena... , esto..., em..., (tic, tac, tic, tac), ..., am ..., este..., es buena administradora..., eee..., (creo que ya lo he dicho), bueno... y me quiere, claro.
     Y aquí estoy yo, de “chico para todo” y para arreglarlo todo. Que si “cámbiame la bombilla, nene, que se me ha fundido”, que si “mira a ver qué le pasa a la puerta, que hace ruido”, que si “desatáscame el fregadero”, que si “llévame el carrito de la compra, que pesa mucho”, que si “tiéndeme las sábanas”... En fin, supongo que lo normal en una familia. Pero lo suyo -¡ay!- no es la mecánica, claro. Así, por ejemplo, ayer me encomendó la tarea de cambiarle la batería al coche.
     De modo que, como uno es un manitas consumado, decidí ponerme de inmediato manos a la obra. En ello andaba cuando llegó mi hijo el liberal, ya sabéis, el que va por libre, que es un “cachondo mental” y me dijo que aquella no era tarea para un anciano padre que lo había dado todo en la vida, que ya se merecía un descanso. Así que, con un cariñoso empujoncito, me apartó del vehículo y dijo algo así como “dejarme zolo” y “anda, páaapa, pásame la herramienta, que te lo vi a dejá niquelao”. No me enfadé con él porque quisiera retirarme de la vida laboral a tan temprana edad, sino porque me llamara anciano. Pero, bueno, a un hijo se le pueden perdonar ciertas cosas, aunque no sean muy acertadas.
     Me pidió todo tipo de herramientas. A mí se me hacía excesiva tanta parafernalia para sustituir una simple batería: llave inglesa, llaves allen, llaves de tubo, llaves fijas... Ya ves, demasiadas herramientas para dos tuercas y poco más.
     Estaba el chico en plena faena cuando, de repente, me dio la noticia que nunca me habría gustado oír:
     - Páaapa, me hace falta la llave 13-14; pásamela, porfa  -me pidió.
     - Mira a ver si está en ese montón, que ya te he dado todas las que tengo -le respondí.
     - No, no está ahí, esa no me la has dado y es justo la que necesito -terminó.
  Entonces regresé a mi armario de herramientas y busqué frenéticamente la dichosa llave. Había herramientas por doquier y justamente faltaba aquélla. También era mala suerte, porque haberlas, las había de todos tipos, tamaños y colores, producto de los regalos que mi mujer y mis hijos me habían hecho a lo largo de todos mis cumpleaños. Pues bien, aquella maldita llave no estaba. ¿Dónde la habría puesto? En fin. Yo que soy hombre eminentemente práctico, decidí ir a comprarla. Visité una ferretería, pero no la encontré. Luego, otra. Y una tercera. Así, no sé cuántas. Decidí, finalmente, que lo mejor sería acudir a mi mecánico de confianza y preguntarle dónde podía conseguir la dichosa llave.
     Cuando le conté lo que me pasaba me miró muy serio a los ojos. Hizo un mohín con la boca; luego, otro y otro. No dijo nada. Apretó los labios y, nuevamente hizo un intento de contención con todas sus fuerzas. Al fin, entre lágrimas por tanto esfuerzo, y poniéndome cariñosamente una mano sobre el hombro, me dijo:
    -Antón, esa llave no existe. Es una broma que se les ha gastado toda la vida a los aprendices de mecánico.
     Mi hijo aún estará riéndose.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Mi infancia (3): La banda de moco verde

     De mis tiempos de predelicuente, guardo un recuerdo especialmente cariñoso a mis andanzas con los amigos del barrio. Éramos un grupo de “marías”, porque todos nosotros, a excepción de Carlos (el de los “...” largos) llevábamos nuestro nombre unido al de María. Era una costumbre muy de la época tan catolicona que vivimos. Si empezamos por Mariano, al que cariñosamente alteramos las tres últimas letras de su nombre por otras cuatro más jugosamente sonoras y de carácter más redondeado, seguimos por Pedro Mari, Juanma (Juan María) y su hermano Jesús Mari (Chusito), continuamos con Angelmari (un auténtico terremoto a pesar de su nombre) o finalizamos por Antonio María, -o sea, yo- conocido en su propia casa más por sus travesuras que por Antón, nos daremos perfecta cuenta de lo que os decía.
     No éramos, precisamente, el terror del barrio, ni mucho menos, ya que entre todos juntos no teníamos ni una buena bofetada, pero de vez en cuando la liábamos parda. Así pasaba, por ejemplo, cuando nos daba por tocar todos los timbres de un mismo portal con la insistencia tozuda y tonta de quien se la está buscando. Como en aquella época no existían ni los porteros automáticos ni cosa parecida, las buenas amas de casa salían a la puerta y abrían esperando encontrar a alguien al otro lado o bien se asomaban a la ventana por ver quién era.
     Tanto va el cántaro a la fuente, tanto repetíamos nuestras gamberradas, que algunas vecinas, avisadas o predispuestas a darnos un escarmiento, nos la tenían jurada. Alguna vez padecimos un repentino, violento y abundante aguacero cuyo origen era un tercer piso del bloque de viviendas. O que, inmersos en la faena (nunca mejor dicho) de molestar a todos los vecinos al unísono, llegara por detrás de nosotros una vecina y nos sorprendiera en plena gamberrada y nos diera nuestro merecido, que por lo general solía ser un buen mojicón o un tirón de orejas.
     O como aquel día –aciago para mí- en que mis compañeros delincuentes me encerraron en el portal, atrancaron la puerta para que no saliera y llamaron frenética e insistentemente a todos los timbres. Hubo tres o cuatro vecinas (aunque a mí me parecieron muchas más) que bajaron armadas de escobas y creo que alguna sartén vieja y me repartieron estopa hasta cansarse; y luego, más.
     Lo peor, cuando llegué a mi casa.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Tabaco

     Jamás he fumado, de modo que no he disfrutado nunca del placer, es un decir, que se siente al exhalar el humo de un cigarrillo. Me gusta, sin embargo, ver fumar a los demás. Intento ser un observador atento de la vida, un poco mirón y un poco cotilla. Curiosón las más veces.
     De pequeño me encantaba ver las películas protagonizadas por mafiosos, polis y tipos duros en general. Había que ver con qué arte y con qué estilo fumaban: como si tal cosa. Aquel cigarrillo impenitente, eternamente colgado de la comisura de los labios, que se movía arriba y abajo al son de las palabras del protagonista. Aquellas largas y profundas caladas placenteras y las volutas que salían perezosas de la boca ahuecada me parecían lo más de la elegancia. Así que yo, como chiquillo que era, recreaba con cierta gracia y salero aquellas escenas con unos cigarrillos de chocolate. Tanta fidelidad debía de haber en mis actuaciones que mi padre se asustó, supongo, y me dio un día un sonoro sopapo que me dolió más en el alma que en el cuerpo, ya que me lo atizó sin mucho entusiasmo. Aún así, me llegó muy profundo y ya no volví a hacer tonterías de ese estilo.
     Más mayorcito, me enamoré de lujuriosas mujeres que, apoyadas en el quicio de una puerta y acompañadas de una larguísima boquilla en la que habían prendido un cigarrillo, ladeaban su cabeza con desdén mientras parecían esperar el autobús.
     Yo no sé bien si fue una premonición, pero desde entonces, ese tipo de mujeres y el tabaco me acompañan. Y los dos porque pudieron ser y no fueron. Del tabaco, se encargó de quitarme las ganas mi padre vía expeditiva, como ya he explicado. Y de las mujeres lujuriosas de mirada lánguida, que nunca cogían el autobús, ya se encargó mi Santa, quien no tiene precisamente ese tipo de mirada, sino una más directa y penetrante.
     Así que sigo esperando. Fumando espero.

domingo, 28 de julio de 2013

Invitación de boda

     Siempre había considerado que las bodas eran una celebración de sentido gozo entre dos familias que se unían, con dos partícipes enamorados que se prometían amor eterno. Creo que a partir de hoy lo voy a ver de otra manera, pues acabo de recibir una invitación personal, en mano, de alguien a quien apenas conozco. Es una tarjeta muy bonita, en papel satinado, de hermosas letras, con los nombres de los intervinientes y muy elaborada pero, claro, no me dice nada.
     Creo que el mundo se ha vuelto muy materialista y ha perdido el rumbo. Ahora te invitan a cualquier boda, bautizo, comunión o sarao de no importa qué índole, te conozcan o no, para que les hagas el consabido regalo. Con un descaro sin par te dicen abiertamente que desean dinero, que los muebles se los regalan los padres y demás familia. Si hay un poco de suerte se pagarán ampliamente el cubierto que te ofrecen y sufragarán parte del viaje de novios a vaya Ud. a saber dónde.
     Claro que todo tiene su lado bueno y su lado malo, una especie de yin y yang. Así que, con tanta profusión de invitaciones, ¿saben los novios quién es quién y a quién han invitado realmente?
     Conocí en cierta ocasión a un tipo –un caradura profesional-, que se apuntaba a cualquier tipo de acontecimiento social, más o menos por la patilla. Tenía cierta simpatía y una buena dosis de desvergüenza (el consabido morro de los cien negros cantando el “Only you” le quedaba chico).
     Tal era su osadía que se fotografiaba -incluso- con los novios: ahora con ella, luego con el otro y siempre con los dos. Como era tan natural y tan dicharachero, y como los momentos de felicidad de los contrayentes les mantenían alejados de todo pensamiento que inspirara duda, nadie reparaba que pudiera ser un fraude. Todo lo más darían por supuesto que era un invitado de la otra parte.
     A veces rizaba el rizo y se reunía con los suegros de ambas familias y departía amistosamente con ellos. En aquellos momentos de gozo podía obtener todo tipo de datos de los contrayentes que usaba después en beneficio propio.
     Un buen día, mientras alternaba en la mesa de invitados y, tal vez por los efectos etílicos de las bebidas espirituosas ingeridas o porque no era su día (tal vez por ambas cosas) dio en gritar un sonoro “vivan los novios” que dejó enmudecida a la feligresía:
     Se trataba de un divorcio.

     Nota a mis queridos lectores:
    Al igual que el pasado año, he decidido concederos unas merecidísimas vacaciones. Más que nada porque habéis sido capaces de seguirme hasta aquí, sin pestañear, a pesar de las tonterías que escribo.
    Nos vemos de nuevo el 1 de septiembre. Que no cunda el pánico, queridos.

domingo, 21 de julio de 2013

EL VERANO (2ª parte)

       No siempre vamos al pueblo de vacaciones, pues mi mujer, a pesar de ser tan tradicional, también gusta de la modernidad y del desarrollo turístico. ¿Y a que no os imagináis dónde me lleva? Pues, naturalmente: a Benidorm, que es un destino turístico con mucho ambiente.
     Tiene su amiga Puri un coqueto apartamento situado en 4ª línea de playa (para los que conozcáis Benidorm, por la zona “guiri”) que nos alquila a precio de amiga.
     La verdad es que ambiente, hay. Todas las mañanas bajamos a la playa. Y digo lo de bajar porque aparte del descenso vertiginoso de pisos (29 alturas) hay una cuesta bastante larga y pronunciada para llegar.
     Yo alquilaría una sombrilla y dos tumbonas, pero ella que es muy ahorrativa prefiere que cojamos las nuestras y nuestro parasol porque “me da cosa echarme en esas tumbonas de la playa, que vete tú a saber...”.
     De modo que he comprado en la ferretería un carrito, expresamente fabricado, para bajar todos los enseres necesarios. Es decir: sombrilla, las dos mencionadas tumbonas, la mesita, la bolsa playera cargada de toallas, cremas, leche solar protectora de alto factor, crema “after sun” y la nevera, “porque... querrás tomarte una cervecita fresquita, ¿no?” (Hombre, bien mirado es todo un detalle. Qué duda cabe). Y así, ella enfundada en su pareo playero, con una pamela enorme, gafas de sol tipo celebrity de incógnito y sus chanclas; y yo, camiseta tipo “tres-cuartos”, larga a más no poder (para tapar mis vergüenzas, supongo), gafas de sol de espejo, un meyba años 70, chanclas y un sombrero estilo Al Capone años 20, nos lanzamos a conquistar un pedacito playero con permiso de los madrugadores que tienen acotada la primera línea de playa.
     Después de comer, siesta. Con el beneplácito de los vecinos, naturalmente. Y dormir por la noche dependerá de cómo vengan aquellos de alegres y de que tengan ganas o no de entonar –a voz en grito- canciones de su tierra.
     Una noche, parece ser que había fiesta en el piso de arriba y no podíamos dormir. Viendo que mi mujer estaba a punto de perder los nervios, subí donde los vecinos, dispuesto a dialogar con ellos. Llamé a la puerta y al rato me abrió un mocetón ataviado con camiseta de tirantes, pantalón corto y un vaso en la mano. Le dije en un perfecto inglés que no eran horas, que hacían mucho ruido y que... pero no pude terminar porque me enganchó enérgicamente del brazo y me hizo pasar adentro. Noté que tenía un fuerte acento escocés, tipo JB, así que comprendí que sería difícil hacerme entender. Pensé lo que siempre me había enseñado mi padre: “Si no puedes con tu enemigo, únete a él”.  Dicho y hecho. Después de beber un par de güisquis, yo también había cogido el acento escocés. A partir de ese momento nos entendimos la mar de bien y yo acabé con un gorrito en la cabeza, abrazado a una rubia despampanante y lleno de confeti.
     Se ve que a mi mujer se le hizo muy larga la espera y subió dispuesta a rescatarme. Me encontró en pleno diálogo con mi acompañante. Me separó de ella con un empujón y me dijo unas palabras que no me parecieron muy cariñosas y que no entendí bien porque hablaba un poco raro. Me acuerdo que le contesté:
     -“Cadiño, (hips), no es ho que padece”.
     Ya no decuerdo bada más. ¡Hips!      

domingo, 14 de julio de 2013

EL VERANO (1ª parte)

     A mí me gusta descansar, pero creo que las vacaciones nos agitan mucho más que nos relajan. Años ha habido en que al volver a la oficina y ver el montón de expedientes y registros, me he dicho: “Hogar, dulce hogar”.
     El verano puede ser, a veces, largo y tedioso. Y mayormente aburrido. Yo ya me he hartado de la banal e inútil discusión familiar sobre dónde pasar las vacaciones, porque si digo “campo”, será playa. Y cuando digo “playa”, que no quepa duda de que nos vamos al campo. Podría jugar a decir lo contrario de lo que pienso con intención de engañar, pero no cuela. Mi Santa me escruta con su inquisidora mirada y me pilla de todas, todas. Así que últimamente practico mucho el “ajo, agua y resina”.
     Las vacaciones, tal como están planteadas, son un rollo. Cuando toca campo, resulta de lo más tedioso y aburrido. Si vamos a la casa del pueblo, ya sabes: se nos llena de familiares y allegados, todos ellos mediopensionistas (como mínimo) que se invitan a comer día sí y noche también.
     Por la mañana apetece dormir un poquito más de lo habitual. Sin embargo, con tanta gente pululando, será imposible.
     Obligado ir a la piscina  -¿y adónde vas si no?- aprovecho para colocarme debajo de una sombrilla y echar una cabezadita furtiva mientras mi Santa se achicharra al sol.
     De bañarme, nada de nada, que el agua está helada, pues la piscina se llena con agua procedente de la sierra.
     Por la tarde no puedes disfrutar de una buena siesta porque hay que ir a Ca Paco a echar la partidita de mus. Es un juego que no controlo mucho porque te pasas el tiempo haciendo señas al compañero sin que te vean los contrarios y además debes procurar cazar las señas que se hagan entre sí tus oponentes. Si mi compañero me guiña el ojo, me saca la lengua o levanta las cejas con asombro, a mí me entra la risa y estropeo la jugada. Si hago señas, es como telegrafiárselas al enemigo. Luego, se enfadan conmigo, con razón.
     Al menos, de noche se duerme, aunque poco, porque la gente menuda toca diana muy temprano. La sierra es lo que tiene: que hace frío y tiene incomodidades, pero te compensa el olor a naturaleza fresca, a campo y a sano de las vacas de nuestro vecino, “el tío Miguel”, que vive puerta con puerta.
     Eso sí, la leche, recién ordeñada.

domingo, 30 de junio de 2013

Mi infancia (2)

     Imagino que la semana pasada os quedasteis con las ganas de conocer más cosas de mi vida y, sobre todo de mis aventuras predelictivas. Que nadie piense en grandes circunstancias ni en hechos muy notorios. Mis fechorías eran las propias de un chiquillo de corta edad, que muchas veces se encontraba aburrido y un poco suelto de sus progenitores. No por desidia o abandono familiar, sino porque yo era así, un poco gamberrete y “echao p’alante”. En fin, os daré un poco de morbo, que sé que gusta mucho. Antón Hernández, ¡quién lo diría!, ¡con lo seriote y formal que parece!
     Pues, sí. (Y como esto quisiera parecer literatura de ficción, que cada cual crea lo que quiera creerse, que otra cosa es que sea verdad. En fin, si os divierte veré recompensados mis esfuerzos).
    No tengo recuerdos muy claros de cuándo comenzó mi vida como “gamberro social”, aunque yo la situaría por la época en que celebré “la primera comunión”. Aquel día yo estaba exultante, pues era una fecha muy especial para mí. Iba ataviado de marinerito raso, con el trajecito clásico que llevábamos los niños de aquella época, impecablemente vestido, con zapatos acharolados, y llevaba un cordoncillo colgado del cuello al que se unía un silbato metálico que hacía pitar con profusión y energía al tiempo que bajaba por la escalera del portal de mi casa (¡qué pulmones tan potentes los míos!). Imagino que aquello no gustaría mucho a los vecinos, pero nadie protestó en aquella soleada mañana de domingo de mayo salvo la energúmena del bajo quien, saliendo de su casa como una posesa, me recriminó con inusitada violencia mi desbordada alegría.
     Yo iba a recibir a Jesús sacramentado, de modo que no podía demostrar violencia; debía perdonar a mi prójimo, devolver bien por mal, poner la otra mejilla... aunque bien a gusto le habría atizado una patada en la tibia con mis zapatos nuevos (por cierto, unos “gorila” que me hacían un daño horrible). Estos malos pensamientos me obligaron a confesarme por haber obrado mal de pensamiento, aunque no de palabra u obra.

     Aquello me costó una penitencia de “tres avemarías y un padrenuestro” que yo cumplí con resignada devoción.
(¿continuará?)

domingo, 23 de junio de 2013

Mi infancia (1)

     Aunque hoy puedo pasar perfectamente por un honrado padre de familia, serio, trabajador, responsable...  –y lo soy- de niño yo era un chico muy travieso que si no se hubiera corregido, hoy podría ser un bala perdida.
     Para empezar, tenía dos coronillas, lo cual, en el saber popular de la época, era una especie de signo premonitorio que te marcaba como un niño, cuando menos, revoltosillo y predestinado a gamberradas. Ya las abuelas, (tanto maternas como paternas), ya los parientes (todos, absolutamente todos), ya los amigos de los parientes y mucha gente bien pensada en general, te decían cuando reparaban en ello: “¡Huy..., fíjate,  (y entonces marcaban notablemente la interjección, paladeándola), tiene dos coronillas!" (y se quedaban tan panchos). "Y además, tiene una cara de travieso...” (añadían para que, indubitablemente, se apreciara su gran descubrimiento). A mí, aquello me parecía algo meritorio. Al menos, por un rato, eras el centro de atención de todos. Con tales características, con aquellas extraordinarias dotes personales, estabas de alguna manera obligado a cumplir con las expectativas que te habían pronosticado. No podías defraudar, así que tenías que ponerte manos a la obra y cumplir con las altas metas para las que habías sido designado.
     Luego de haber realizado alguna calaverada, lejos de felicitarte, te recriminaban tu actuación. Parecías muy simpático cuando prometías; sin embargo, una vez habías cumplido con los vaticinios de aquellos bien pensantes, todo eran críticas, imprecaciones varias, exhortos, reconvenciones, amonestaciones y castigos, muuuchos castigos. Por eso, porque los mayores te enviaban mensajes contradictorios, porque por un lado reían tus gracias y por otro te auguraban el futuro, -tú-, cuando cumplías, cuando realizabas los sueños proféticos de todos aquellos que te halagaban, cuando les elevabas a la categoría de adivinos oficiales (¡si ya te lo decía yo! - clamaban muy dignos), te trataban con desdén, como a una excrecencia social, como a un apestado.
     Por eso, si no me pasé al lado oscuro entonces, solo fue porque Dios no quiso.