Jamás he fumado, de modo que no he
disfrutado nunca del placer, es un decir, que se siente al exhalar el humo de
un cigarrillo. Me gusta, sin embargo, ver fumar a los demás. Intento ser un
observador atento de la vida, un poco mirón y un poco cotilla. Curiosón las más
veces.
De pequeño me encantaba ver las películas protagonizadas
por mafiosos, polis y tipos duros en general. Había que ver con qué arte y con
qué estilo fumaban: como si tal cosa. Aquel cigarrillo impenitente, eternamente
colgado de la comisura de los labios, que se movía arriba y abajo al son de las
palabras del protagonista. Aquellas largas y profundas caladas placenteras y
las volutas que salían perezosas de la boca ahuecada me parecían lo más de la
elegancia. Así que yo, como chiquillo que era, recreaba con cierta gracia y
salero aquellas escenas con unos cigarrillos de chocolate. Tanta fidelidad
debía de haber en mis actuaciones que mi padre se asustó, supongo, y me dio un
día un sonoro sopapo que me dolió más en el alma que en el cuerpo, ya que me lo
atizó sin mucho entusiasmo. Aún así, me llegó muy profundo y ya no volví a
hacer tonterías de ese estilo.
Más mayorcito, me enamoré de lujuriosas
mujeres que, apoyadas en el quicio de una puerta y acompañadas de una
larguísima boquilla en la que habían prendido un cigarrillo, ladeaban su cabeza
con desdén mientras parecían esperar el autobús.
Yo no sé bien si fue una premonición, pero
desde entonces, ese tipo de mujeres y el tabaco me acompañan. Y los dos porque
pudieron ser y no fueron. Del tabaco, se encargó de quitarme las ganas mi padre
vía expeditiva, como ya he explicado. Y de las mujeres lujuriosas de mirada
lánguida, que nunca cogían el autobús, ya se encargó mi Santa, quien no tiene
precisamente ese tipo de mirada, sino una más directa y penetrante.
Así que sigo esperando. Fumando espero.
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