La vida es un bucle continuo, un “déjà
vu” permanente. Todos los años igual, siempre la misma canción. Tras los
excesos de Navidad y de sus fiestas, llegan el arrepentimiento y los
golpes de pecho por esos kilitos de más cogidos con total impunidad a base de
turrones, mazapanes y toda clase de ricas tentaciones dulces y desparrames
varios.
Tengo la
grandísima suerte (todo hay que decirlo) de no tener tendencia a engordar. Mi
mujer dice que soy “el espíritu de la golosina”. Y es cierto: por más que como,
apenas se me nota. No así a ella que, en cuanto comete algún pequeño exceso, la
báscula le pasa factura. Tampoco es que esté gorda, solo un poco rellenita, -a
ver si me entendéis-, pero sí de
buen ver, que decía mi abuela.
Lo intenta todo para eliminar las
redondeces de su cuerpo; lucha a brazo partido por recuperar su figura. Acude a
todos los regímenes, dietas, consejos, trucos de adelgazamiento que conoce (el
de Montignac, la dieta disociada, el método Dukan, la de la alcachofa...),
llama a sus amigas para enterarse de las dietas más al uso, se hace mil
juramentos y promesas varias.
Doy fe de que lucha, pero su
voluntad es débil y el chocolate le puede. A “mi Susi” la mira con envidia -¡qué le vamos a hacer!- porque es joven y tiene un tipito "im-presionante" (en dos palabras). Así
que cuando estamos juntos se pone de los nervios y, aunque quiere controlarse,
le asoma la venita de los celos.
Entonces, llegadas las cosas a ese
punto de “no retorno”, de casi derrota, ataca con toda su artillería. Es decir,
aquí entro yo en juego para resolver el problema, su problema. No sé cómo seréis vosotros,
pero en mi familia todos (?) somos muy, pero que muy “solidarios”. De modo que,
como os decía, toma las riendas y decide que, para ponerse en forma, hemos de
estar todos a pan y agua.
Es el momento en que tooodas las
“ratas del barco” desaparecen. Mis hijos ya no vienen a comer, caso de que
anden por aquí cerca; la Susi se evapora (ella no está por la labor de
estrecheces alimentarias). Pablo se excusa si le invitamos a comer (conoce el
paño). Y yo, que no puedo esfumarme, aguanto resignado.
Paso hambre.
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