A mí me gusta descansar, pero creo que las
vacaciones nos agitan mucho más que nos relajan. Años ha habido en que al
volver a la oficina y ver el montón de expedientes y registros, me he dicho: “Hogar,
dulce hogar”.
El verano puede ser, a veces, largo y
tedioso. Y mayormente aburrido. Yo ya me he hartado de la banal e inútil
discusión familiar sobre dónde pasar las vacaciones, porque si digo “campo”,
será playa. Y cuando digo “playa”, que no quepa duda de que nos vamos al campo.
Podría jugar a decir lo contrario de lo que pienso con intención de engañar,
pero no cuela. Mi Santa me escruta con su inquisidora mirada y me pilla de
todas, todas. Así que últimamente practico mucho el “ajo, agua y resina”.
Las vacaciones, tal como están planteadas,
son un rollo. Cuando toca campo, resulta de lo más tedioso y aburrido. Si vamos
a la casa del pueblo, ya sabes: se nos llena de familiares y allegados, todos
ellos mediopensionistas (como mínimo) que se invitan a comer día sí y noche
también.
Por la mañana apetece dormir un poquito
más de lo habitual. Sin embargo, con tanta gente pululando, será imposible.
Obligado ir a la piscina -¿y adónde vas si no?- aprovecho para
colocarme debajo de una sombrilla y echar una cabezadita furtiva mientras mi
Santa se achicharra al sol.
De bañarme, nada de nada, que el
agua está helada, pues la piscina se llena con agua procedente de la sierra.
Por la tarde no puedes disfrutar de una
buena siesta porque hay que ir a Ca Paco a
echar la partidita de mus. Es un juego que no controlo mucho porque te pasas el
tiempo haciendo señas al compañero sin que te vean los contrarios y además debes
procurar cazar las señas que se hagan entre sí tus oponentes. Si mi compañero
me guiña el ojo, me saca la lengua o levanta las cejas con asombro, a mí me
entra la risa y estropeo la jugada. Si hago señas, es como telegrafiárselas al
enemigo. Luego, se enfadan conmigo, con razón.
Al menos, de noche se duerme, aunque poco,
porque la gente menuda toca diana muy temprano. La sierra es lo que tiene: que
hace frío y tiene incomodidades, pero te compensa el olor a naturaleza fresca,
a campo y a sano de las vacas de nuestro vecino, “el tío Miguel”, que vive
puerta con puerta.
Eso sí, la leche, recién ordeñada.
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