Tengo unos hijos que no me los merezco:
cariñosos, simpáticos, buenas personas, generosos, colaboradores, amantes de
sus padres y con sentido del humor. Mi mujer también tiene sus cualidades. Por
ejemplo, es buena ama de casa, buena administradora de la economía familiar, buena...,
buena... , esto..., em..., (tic, tac, tic, tac), ..., am ..., este..., es buena
administradora..., eee..., (creo que ya lo he dicho), bueno... y me quiere,
claro.
Y aquí estoy yo, de “chico para todo” y
para arreglarlo todo. Que si “cámbiame la bombilla, nene, que se me ha
fundido”, que si “mira a ver qué le pasa a la puerta, que hace ruido”, que si “desatáscame el
fregadero”, que si “llévame el carrito de la compra, que pesa mucho”, que si “tiéndeme las
sábanas”... En fin, supongo que lo normal en una familia. Pero lo suyo -¡ay!- no es la
mecánica, claro. Así, por ejemplo, ayer me encomendó la tarea de cambiarle la
batería al coche.
De modo que, como uno es un manitas
consumado, decidí ponerme de inmediato manos a la obra. En ello andaba cuando
llegó mi hijo el liberal, ya sabéis, el que va por libre, que es un “cachondo
mental” y me dijo que aquella no era tarea para un anciano padre que lo había
dado todo en la vida, que ya se merecía un descanso. Así que, con un cariñoso
empujoncito, me apartó del vehículo y dijo algo así como “dejarme zolo” y “anda,
páaapa, pásame la herramienta, que te
lo vi a dejá niquelao”. No me enfadé con él porque quisiera retirarme de la
vida laboral a tan temprana edad, sino porque me llamara anciano. Pero, bueno,
a un hijo se le pueden perdonar ciertas cosas, aunque no sean muy acertadas.
Me pidió todo tipo de herramientas. A mí
se me hacía excesiva tanta parafernalia para sustituir una simple batería:
llave inglesa, llaves allen, llaves de tubo, llaves fijas... Ya ves, demasiadas
herramientas para dos tuercas y poco más.
Estaba el chico en plena faena cuando, de
repente, me dio la noticia que nunca me habría gustado oír:
- Páaapa, me hace falta la llave 13-14; pásamela, porfa -me pidió.
- Mira a ver si está en ese montón, que ya
te he dado todas las que tengo -le respondí.
- No, no está ahí, esa no me la has dado y
es justo la que necesito -terminó.
Entonces regresé a mi armario de
herramientas y busqué frenéticamente la dichosa llave. Había herramientas por
doquier y justamente faltaba aquélla. También era mala suerte, porque haberlas,
las había de todos tipos, tamaños y colores, producto de los regalos que mi mujer y mis
hijos me habían hecho a lo largo de todos mis cumpleaños. Pues bien, aquella
maldita llave no estaba. ¿Dónde la habría puesto? En fin. Yo que soy hombre
eminentemente práctico, decidí ir a comprarla. Visité una ferretería, pero no
la encontré. Luego, otra. Y una tercera. Así, no sé cuántas. Decidí,
finalmente, que lo mejor sería acudir a mi mecánico de confianza y preguntarle
dónde podía conseguir la dichosa llave.
Cuando le conté lo que me pasaba me miró
muy serio a los ojos. Hizo un mohín con la boca; luego, otro y otro. No dijo nada.
Apretó los labios y, nuevamente hizo un intento de contención con todas sus
fuerzas. Al fin, entre lágrimas por tanto esfuerzo, y poniéndome cariñosamente
una mano sobre el hombro, me dijo:
-Antón, esa llave no existe. Es una broma
que se les ha gastado toda la vida a los aprendices de mecánico.
Mi hijo aún estará riéndose.
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