domingo, 13 de octubre de 2013

El gimnasio

     Desde que mi Santa se junta con sus nuevas amigas, se ha apuntado al gimnasio. Así que, para la ocasión, se ha equipado con todo un conjunto deportivo de última moda: camisetas y sudaderas transpirables de llamativos colores, culotte deportivo negro (que hace más delgada, según ella) y mallas ceñidas (que le sujetan y oprimen a modo de faja y le resaltan y exhiben  públicamente sus redondeces, ¡qué ordinariez!), zapatillas deportivas con cámara de aire y carbón activado que controla la sudoración y evita los malos olores. Y para rematar, cinta en la cabeza para recoger su pelo y darle un aire más deportivo, que así se lo parece a ella.
     Pero todo esto no tiene otro objetivo que el muy loable de perder esos kilitos rebeldes que le sobran y tratar de ponerse en forma.
     Pero solo tratar, porque conseguirlo ya es harina de otro costal, ya que, -la verdad- la pobre tiene muy poca fuerza de voluntad, y después de una agotadora sesión de gimnasia, se premia los esfuerzos que realiza con sabrosos homenajes en forma de yogures “bajos en calorías” con frutas del bosque, nueces y miel. Se empeña en argumentar que ese tipo de alimentos no engorda, que come sano y natural y que la vida es muy injusta con ella porque, a pesar de sus esfuerzos y sacrificios, no hay manera.
     A mí me recuerda a las lustrosas vacas del pueblo de mi mujer, a las vacas del tío Miguel, que viven junto a nuestra casa.
     -Ellas se alimentan de hierba -¡fíjate tú!- y la hierba, que yo sepa, no tiene muchas calorías pero, sin embargo, están muy hermosas –argumenta cuando se siente deprimida.
     Claro, lo que no explica es que estos animalitos se pasan el día come que come y, que finalmente, muchos pocos hacen un mucho.
     Como le ocurre a ella.

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