Desde que mi Santa se junta con sus nuevas
amigas, se ha apuntado al gimnasio. Así que, para la ocasión, se ha equipado
con todo un conjunto deportivo de última moda: camisetas y sudaderas
transpirables de llamativos colores, culotte
deportivo negro (que hace más delgada, según ella) y mallas ceñidas (que le
sujetan y oprimen a modo de faja y le resaltan y exhiben públicamente sus redondeces, ¡qué ordinariez!),
zapatillas deportivas con cámara de aire y carbón activado que controla la
sudoración y evita los malos olores. Y para rematar, cinta en la cabeza para
recoger su pelo y darle un aire más deportivo, que así se lo parece a ella.
Pero todo esto no tiene otro objetivo que
el muy loable de perder esos kilitos rebeldes que le sobran y tratar de ponerse
en forma.
Pero solo tratar, porque conseguirlo ya es
harina de otro costal, ya que, -la verdad- la pobre tiene muy poca fuerza de
voluntad, y después de una agotadora sesión de gimnasia, se premia los
esfuerzos que realiza con sabrosos homenajes en forma de yogures “bajos en
calorías” con frutas del bosque, nueces y miel. Se empeña en argumentar que ese
tipo de alimentos no engorda, que come sano y natural y que la vida es muy
injusta con ella porque, a pesar de sus esfuerzos y sacrificios, no hay manera.
A mí me recuerda a las lustrosas vacas del
pueblo de mi mujer, a las vacas del tío Miguel, que viven junto a nuestra casa.
-Ellas se alimentan de hierba -¡fíjate
tú!- y la hierba, que yo sepa, no tiene muchas calorías pero, sin embargo,
están muy hermosas –argumenta cuando se siente deprimida.
Claro, lo que no explica es que estos
animalitos se pasan el día come que come y, que finalmente, muchos pocos hacen
un mucho.
Como le ocurre a ella.
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