domingo, 17 de febrero de 2013

   Que el mundo está mal repartido es un hecho incontestable; como que también es una dicotomía permanente. O estamos dentro o estamos fuera; somos amigos o enemigos; me quiere, no me quiere...; arriba-abajo; conmigo o contra mí; azules o colorados; izquierda contra derecha; ricos y pobres, Pepsi Cola y Coca Cola... Y a mí me viene a la memoria la impresionante simpatía de la Susi. Y pienso en lo mal repartido que está el mundo. 
     Sin embargo, la pobre carece de amor. Y no es que la chica no se lo merezca. Al contrario, pues aunque en ella todo es afecto, aquel no es correspondido a pesar de que ella es una amante desaforada que no encuentra quien la quiera como se merece.
     Y como san Valentín estaba por aquí cerca, se me ha ocurrido que sería buena idea regalarle un bonito ramo de flores, en plan amante anónimo -que eso da mucho morbo- solo por ver su carita de felicidad, porque la chica lo vale.
     Así que me he ido a la florista y he encargado un coqueto ramo de flores al que le he añadido una bonita dedicatoria firmada con identidad falsa para evitar problemas familiares.
     Pensando en no herir sentimientos ni crear una guerra de celos, he comprado otro para mi mujer. Este con mi tarjeta y mi firma.
     No sé por qué ni por qué no, pero el ramo de la Susi llegó a casa con alguna hora de adelanto con respecto al de mi Santa. Ahí se lio la cosa porque, celosa perdida, me dio una colleja, me castigó sin postre (lo cual me dolió muchísimo) y me acusó de falta de cariño, de crueldad mental y de no sé cuántas maldades más. Tampoco podía explicarle que el ramo de la Susi era mío. ¡Sólo faltaba eso!
     Felizmente, a las pocas horas recibió su obsequio y, arrepentida, me levantó el castigo, me compensó con un sonoro beso en la mejilla y con un largo y vigoroso abrazo que me estremeció el cuerpo y me lo hizo crujir de puro cariño. Tanto, que casi me deja sin resuello (a veces mi mujer tiene cosas que me hacen vibrar, sí).
     La colleja me la quedé.

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