Sin embargo, la pobre carece
de amor. Y no es que la chica no se lo merezca. Al contrario, pues aunque en
ella todo es afecto, aquel no es correspondido a pesar de que ella es una amante
desaforada que no encuentra quien la quiera como se merece.
Y como san Valentín estaba por aquí cerca,
se me ha ocurrido que sería buena idea regalarle un bonito ramo de flores, en
plan amante anónimo -que eso da mucho morbo- solo por ver su carita de
felicidad, porque la chica lo vale.
Así que me he ido a la florista y he
encargado un coqueto ramo de flores al que le he añadido una bonita dedicatoria
firmada con identidad falsa para evitar problemas familiares.
Pensando en no herir sentimientos ni crear
una guerra de celos, he comprado otro para mi mujer. Este con mi tarjeta y mi
firma.
No sé por qué ni por qué no, pero el ramo
de la Susi llegó a casa con alguna hora de adelanto con respecto al de mi Santa.
Ahí se lio la cosa porque, celosa perdida, me dio una colleja, me castigó sin
postre (lo cual me dolió muchísimo) y me acusó de falta de cariño, de crueldad
mental y de no sé cuántas maldades más. Tampoco podía explicarle que el ramo de
la Susi era mío. ¡Sólo faltaba eso!
Felizmente, a las pocas horas recibió su
obsequio y, arrepentida, me levantó el castigo, me compensó con un sonoro beso
en la mejilla y con un largo y vigoroso abrazo que me estremeció el cuerpo y me
lo hizo crujir de puro cariño. Tanto, que casi me deja sin resuello (a veces mi
mujer tiene cosas que me hacen vibrar, sí).
La colleja me la quedé.
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