Dicen que “nunca segundas partes fueron
buenas” (ni os cuento ya, “terceras”), pero escribo este pequeño relato a
petición de varios de mis fidelísimos y sufridísimos lectores -quienes
esperaban, según me cuentan, algo más de aquel verano- y a quienes pido disculpas de antemano si
no les conmueve la historieta de hoy.
Después de aquel episodio veraniego en
“Benidorm city” con la rubia despampanante del piso de arriba, mi mujer, mi
Santa, ese monumento en el que me miro a diario, decidió atarme en corto y, a
partir de ese día, no me dejó durante el resto de las vacaciones -como quien
dice- ni a sol ni a sombra.
Todo el mundo sabe lo bailonguera que es.
Y, vaya, ¡será por lugares de baile en Benidorm! La “tercera edad” y todos
aquellos -no tan jóvenes- amantes de mover el esqueleto, disponen de
suficientes lugares donde hacerlo con los bailes de siempre; o sea, de otra
época, que dirían mis hijos. ¡Mira tú!
No voy a descubrir cuál fue el local
elegido, que la “publi” no me la pagan, pero os aseguro que estaba muy bien,
tenía mucho ambiente y las canciones del momento eran amenizadas por una
orquestilla que no lo hacía del todo mal.
Nos inflamos de “Pajaritos”, Evamarías,
“Carros robados” y de “Españas cañís”. Yo estaba agotado (me cuesta ponerme a
su nivel), así que decidí sentarme y descansar un rato.
Ella siguió meneándose al ritmo de otros
temas musicales, bailando sola, durante un buen rato: mano derecha arriba, mano
izquierda “mandando parar” (póngase el amable lector -en la intimidad de su
casa- en situación adecuada al evento... No, no, no, no...así, no; repito: mano
derecha arriba, mano izquierda “mandando parar” moviendo el cuerpo al compás.
Por favor, no te dé vergüenza, que no te ve nadie.) y venga a dar vueltas y
revueltas por la pista, llamando la atención de los moscones ociosos y
aburridos.
Y, claro, con tanto llamado, no faltó el
atrevido de turno. Tras concederle mi Santa, generosamente, una oportunidad, y
después de la tercera pieza sin que cambiara de compañero, se oyó un
estruendoso chasquido, vimos volar un bolso por los aires y se hizo un amplio claro
en medio de la pista. En aquellos momentos sonaba “Suspiros de España”.
Aquel atolondrado había osado tocarle el
culo.
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