Pensará quizás el lector que -con tanto
hablar de mi Santa y de mi azarosa vida de pareja - ésta se halla plena de desaires provocados
por nuestra relación tormentosa (?). Quizás el avispado lector sospeche que
nuestra vida está vacía y que ya nada nos une. Nada más lejos de la realidad.
¡Ah, las fabadas y los postres contundentes que prepara! ¡Y luego, los
regímenes de hambre a que me condena para compensar los excesos previamente
cometidos! Tanto lo uno como lo otro unen muchísimo, os lo digo yo.
También une mucho dormir en una
cama redonda y giratoria. Tengo vértigo, me mareo y me abrazo a lo que puedo.
Así que me pego a ella para no caerme al suelo. Ahí, en ese momento, en el
lecho del dolor, se aprovecha de mí y me somete a un tercer grado con sus innumerables preguntas: ¿me quieres..., [...], me amas...? Yo, en tal situación, digo a todo que sí, más que nada por acabar
pronto y ver si me pudiera dormir y se me pasara el mareo. Pero ella insiste en
seguir haciéndome el amor, aunque yo preferiría dormir o en todo caso algo de
sexo. Pero, no; como siempre, ella, a lo suyo.
Quiero a mi esposa.
- ¿?
¡¡¡Sí, qué pasa!!! Sí, la quiero. Es cierto que a veces lo que quiero es no verla. Ella
tiene sus defectos, como todo el mundo, pero me quiere. Ella también me quiere... Unas veces lejos, muy lejos; otras, aunque no lo parezca, amarrado a su vera;
las más -indiferente- me deja hacer lo que yo quiera (siempre y
cuando esté dentro de sus esquemas teóricos de la libertad, pues en caso
contrario me lo hace saber. ¡Y cómo!).
A veces, para demostrarme que me quiere
(digo yo que es para eso) me abraza muy fuerte, muy fuerte. Tan fuerte y con
tanto sentimiento que casi me ahoga. Por eso yo rehúyo el combate cuerpo a
cuerpo: porque me gana. Fijo.
Creo que en un par de ocasiones he tratado
en este blog de la posibilidad de deshacerme de mi Santa, tal era la
desesperación que tenía en aquellos momentos. Una de ellas fue con la película
“El crimen perfecto” y la siguiente con el suicidio sugerido, que casi se me
vuelve en contra. Recordáis que también pensé en el divorcio. Y luego, como vi
que era muy caro, en la espantada, es decir, en el “ahí te quedas”.
En una ocasión, viendo que todos los
supuestos contemplados para deshacerme de ella eran inútiles, le dije muy serio
aquello que había oído en una película: “Aquí sobramos uno de los dos”. Ella,
presta, me abrió la puerta y me invitó a salir. Yo, decidido, fui a la
habitación y cogí la maleta que tenía preparada hacía tiempo y me dirigí a casa
de mi madre.
A las dos horas oí el timbre de la puerta,
observé por la mirilla y vi que era ella. Abrí y, con la sonrisa de quien se
sabe vencedor del pulso, le pregunté:
- ¿Al fin te has dado por vencida?
Me miró muy seria, de arriba abajo, hizo
una mueca de desprecio, me cogió de la oreja y me dijo:
- Anda, arrea para casa, que te has
llevado mi maleta.
(Si es que...)
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