Querido Pablo:
Ya sabes que mi Santa se sacó el carné de
conducir hace algo más de un año. La verdad es que estoy muy satisfecho con los
progresos que ha hecho durante este tiempo. Ya no va pegada al volante, que
parecía que quería asomarse al parabrisas como si fuera al balcón de su casa. Por
fin ha desaparecido la “L” de principiante del cristal trasero del coche y ahora
tiene una seguridad en sí misma que para mí la quisiera yo en algunas
ocasiones. Tiene un manejo del vehículo nada comparable al de un piloto de
fórmula 1, evidentemente, aunque ya les gustaría a algunos tener su aplomo y su
eficiencia en la conducción.
El peinado no se le mueve mucho porque usa
laca en proporciones exageradas pero, aunque así no fuera, tampoco se le alteraría
gran cosa debido a los nervios tan templados que exhibe -incluso con la
ventanilla bajada.
Cualquiera diría que ha conducido toda la
vida, cualquiera pensaría que nació con un volante entre las manos. Ni que
fuera descendiente directa de Juan Manuel Fangio, aquel mítico piloto de los tiempos de Maricastaña ¡Qué desparpajo muestra, qué naturalidad, qué confianza, qué
aplomo, qué dominio, qué seguridad...! ¡Qué todo!
¡Qué tiempos aquellos en los que no sabían
cómo deshacerse de ella en la autoescuela! Aquel dicho machista de los años 70 “Mujer al volante, peligro constante”,
no va con ella.
Si me permites la expresión, te diré que “le
he comprado” un cochecillo de segunda mano por su cumpleaños, para su uso
exclusivo, para que lo disfrute y vaya a comprar con él, para que vaya a casa
de sus amigas, para que sea autónoma, para que me deje en paz, ¡qué caramba!
Cuando hace buen tiempo baja la ventanilla
y apoya el brazo izquierdo sobre la puerta, asomando el codo y sujetando el
volante con dos dedos. Porque no fuma, pero con un buen puro en la boca... ¡qué
estilazo tendría! Tacos, lo que se dice tacos, no gasta, pues es muy educada pero, al volante, tiene tendencia a utilizar un vocabulario bastante grueso, -como
de camionero de los de antes. Cuando se tercia alguna discusión con algún
pobre conductor (lo de pobre lo digo porque ya sabes cómo es ella, que no se
calla ni bajo el agua) ... ¡que no le pase nada!
Al volante siempre es “muy obediente”
(como ella dice) con las señales de tráfico. Nunca sobrepasa los límites de
velocidad permitidos. Recibe de vez en cuando alguna sinfonía sonora cuando, en
un exceso – en mi humilde opinión- de celo, pone el coche en mínimos de
velocidad aduciendo que ella practica la conducción eficiente (sostenible, que
se dice ahora); es decir, ni acelerones, ni frenazos, ni brusquedades que
provoquen un gasto innecesario de combustible. A tal punto llega su sentido de
la prudencia y del ahorro que al divisar un semáforo ya frena previendo que
pueda ponerse rojo. Ello ha provocado en algunos conductores (energúmenos, sin
duda), alguna sonora pitada (¡bah, ni caso, cariño!). Con el semáforo en rojo,
ella siempre apaga el motor (sentido de la economía, respeto por el medio
ambiente, cuidado con la capa de ozono, interés por el cambio climático... y no
sé cuántas cosas más).
Claro que, el otro día, al arrancar
después del consabido semáforo, algo falló y el coche no se le puso en marcha.
¡Menuda la que se montó! Hubo que esperar ¡tres (3) semáforos! ¿Crees que
perdió los nervios? ¡Qué va! Y mira que escuchó pitidos. Ella -muy digna-, a lo suyo, como
siempre. Y como no arrancaba, al final, a empujar. No, no, ella no: los de la orquesta de pito y púa. Luego lo
contaba y se reía: “Los que más gritaron fueron los que empujaban con más ganas
para sacarme de allí” –decía entre sonoras carcajadas.
Me lo contaron ayer. Yo no estaba
con ella.
¡Afortunadamente!
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