domingo, 10 de noviembre de 2013

Fittipaldi

      Querido Pablo:
     Ya sabes que mi Santa se sacó el carné de conducir hace algo más de un año. La verdad es que estoy muy satisfecho con los progresos que ha hecho durante este tiempo. Ya no va pegada al volante, que parecía que quería asomarse al parabrisas como si fuera al balcón de su casa. Por fin ha desaparecido la “L” de principiante del cristal trasero del coche y ahora tiene una seguridad en sí misma que para mí la quisiera yo en algunas ocasiones. Tiene un manejo del vehículo nada comparable al de un piloto de fórmula 1, evidentemente, aunque ya les gustaría a algunos tener su aplomo y su eficiencia en la conducción.
     El peinado no se le mueve mucho porque usa laca en proporciones exageradas pero, aunque así no fuera, tampoco se le alteraría gran cosa debido a los nervios tan templados que exhibe -incluso con la ventanilla bajada.
     Cualquiera diría que ha conducido toda la vida, cualquiera pensaría que nació con un volante entre las manos. Ni que fuera descendiente directa de Juan Manuel Fangio, aquel mítico piloto de los tiempos de Maricastaña ¡Qué desparpajo muestra, qué naturalidad, qué confianza, qué aplomo, qué dominio, qué seguridad...! ¡Qué todo!
     ¡Qué tiempos aquellos en los que no sabían cómo deshacerse de ella en la autoescuela! Aquel dicho machista de los años 70 “Mujer al volante, peligro constante”, no va con ella.
     Si me permites la expresión, te diré que “le he comprado” un cochecillo de segunda mano por su cumpleaños, para su uso exclusivo, para que lo disfrute y vaya a comprar con él, para que vaya a casa de sus amigas, para que sea autónoma, para que me deje en paz, ¡qué caramba!
     Cuando hace buen tiempo baja la ventanilla y apoya el brazo izquierdo sobre la puerta, asomando el codo y sujetando el volante con dos dedos. Porque no fuma, pero con un buen puro en la boca... ¡qué estilazo tendría! Tacos, lo que se dice tacos, no gasta, pues es muy educada pero, al volante, tiene tendencia a utilizar un vocabulario bastante grueso, -como de camionero de los de antes. Cuando se tercia alguna discusión con algún pobre conductor (lo de pobre lo digo porque ya sabes cómo es ella, que no se calla ni bajo el agua) ... ¡que no le pase nada!
     Al volante siempre es “muy obediente” (como ella dice) con las señales de tráfico. Nunca sobrepasa los límites de velocidad permitidos. Recibe de vez en cuando alguna sinfonía sonora cuando, en un exceso – en mi humilde opinión- de celo, pone el coche en mínimos de velocidad aduciendo que ella practica la conducción eficiente (sostenible, que se dice ahora); es decir, ni acelerones, ni frenazos, ni brusquedades que provoquen un gasto innecesario de combustible. A tal punto llega su sentido de la prudencia y del ahorro que al divisar un semáforo ya frena previendo que pueda ponerse rojo. Ello ha provocado en algunos conductores (energúmenos, sin duda), alguna sonora pitada (¡bah, ni caso, cariño!). Con el semáforo en rojo, ella siempre apaga el motor (sentido de la economía, respeto por el medio ambiente, cuidado con la capa de ozono, interés por el cambio climático... y no sé cuántas cosas más).
     Claro que, el otro día, al arrancar después del consabido semáforo, algo falló y el coche no se le puso en marcha. ¡Menuda la que se montó! Hubo que esperar ¡tres (3) semáforos! ¿Crees que perdió los nervios? ¡Qué va! Y mira que escuchó pitidos. Ella -muy digna-, a lo suyo, como siempre. Y como no arrancaba, al final, a empujar. No, no, ella no: los de la orquesta de pito y púa. Luego lo contaba y se reía: “Los que más gritaron fueron los que empujaban con más ganas para sacarme de allí” –decía entre sonoras carcajadas.
     Me lo contaron ayer. Yo no estaba con ella.
     ¡Afortunadamente!

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