domingo, 10 de marzo de 2013

Estaba yo con mi mujer (en adelante, mi Santa) en las islas Canarias adonde volvimos tras haber cumplido nuestros primeros 25 años de convivencia. Habíamos regresado para conmemorar nuestras bodas de plata. Para mí que merecerían ser las de oro o las de diamante. Que ¿por qué? Muy simple: porque los años con mi “pantera” deberían contabilizar doble, por lo menos. ¡Nadie sabe lo que yo tengo! ¡Nadie se imagina lo que es esto! Si el infierno existe, esta debe de ser la antesala: un sinvivir. Hubo una época en la que llegué, en un acto de desesperación sin límites, a ofrecer un cambio de “pantera de 40-50” por dos tigretonas de 25. ¡Lástima que no tuviera mucho eco, pues las intenciones eran buenas! Sí recuerdo que algún desesperado como yo se interesara en aquel entonces por el trueque, aunque a la vista está que desistió del intento y yo hubiera de conformarme, finalmente, con lo que tengo.
Bueno, el caso es que estábamos por esos mundos de Dios y salimos una noche a pasear. El ambiente era fenomenal, la temperatura muy agradable, había mucha gente en la calle, música por todas partes... y una plazuela donde sonaban ritmos caribeños y de todo tipo al amor de un joven cantante amarrado a su órgano-orquesta. La gente bailaba alegre a los sones del organillero del siglo XXI conocidas canciones de otra época, de nuestro tiempo, que diría mi Santa (a mí me da mucho fastidio, porque pienso que qué hago yo entonces aquí y ahora. Pero esto será estudio de otro comentario).
Mi Santa siempre ha sido muy “bailonguera”, le ha gustado mucho dejarse llevar por el ritmo frenético de la música. No así yo, que me he sentido siempre ridículo en tal situación.
En fin, allá que me sacó -arrastró- sin pudor alguno al centro de la pista tirando de mi corbata. Yo me sentía como un buey guiado del ronzal por el boyero, pero no había remedio. Jaleado por unos amigos que conocimos en el hotel, me dejé llevar por mi destino y disimulé cuanto pude mi vergüenza.
La gente bailaba y se movía al ritmo de salsa, bachata, son, merengue y algún pasodoble que otro mientras yo intentaba  componer mi triste figura como podía. A mí, sacarme del chotís madrileño, -por lo de la baldosa- ya es todo un exceso. A lo más que llegaba yo -con poco arte, por cierto- era a bailar un pasodoble o un vals. La gente se desparramaba por la pista, improvisaba numeritos, pasos, cadencias, giros... Yo, en cambio, repartí pisotones por doquier, aunque este extremo no pareció importarle a mi doña. ¡Cómo iríamos de desmadrados que, en un momento dado, nos hicimos los amos del baile! Nos quedamos –acaso nos dejaron- solos. Durante un buen rato no fui consciente de ello, debido a mi concentración y mi esfuerzo por llevar a buen puerto la situación tan comprometida en que me hallaba. En el desmadre del paroxismo, al final de una pieza, mi mujer hizo un giro descontrolado, de tal manera que yo hube de lanzarme sobre ella para que no cayera por tierra. El improvisado numerito tuvo su gracia (?), por lo que parece, y fue bastante aplaudido (fue fundamental la colaboración de la peña del hotel, sin duda).
Yo, más corrido que una mona, no acertaba sino a sonreír...
Estúpidamente, claro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario