domingo, 3 de marzo de 2013

     Me comenta Pablo que (aunque parezca un tópico) las cosas no son lo que eran. Él, que lleva media vida entre jóvenes y niños, dice que las cosas han cambiado mucho entre los estudiantes. Se ha perdido el respeto a los mayores, a los profesores, al amor al estudio (aquí siento no coincidir con mi amigo Pablo, ya que no creo recordar que nunca nos matáramos por aprender) y que también se ha perdido la imaginación a la hora de ser alumno.
     Dice que ahora los chicos no son nada creativos. Por eso no hay escritores jóvenes (salvo excepciones), por eso la literatura no triunfa (?) Cuando llegan tarde, las más de las veces no entran en clase. Son incapaces de hacer frente a sus faltas o justificar sus retrasos, siquiera con un poquito de imaginación. Ya no te dicen aquello de: “Profe, no te lo vas a creer, pero es que esta mañana, cuando salía de casa...”
      En aquel entonces, me dice Pablo, enarcabas las cejas y con un leve tono irónico le soltabas: ¿Sí? ¿No me digas?
     Y a partir de ese momento, el alumno, como un kamikaze, se lanzaba a tumba abierta a la (re)creación literaria más o menos improvisada, dispuesto a lograr tu total aprobación.
    Acostumbraba a no colar pero, si el alumno tenía la habilidad suficiente y el desparpajo requeridos, aquello podía llegar a ser un best seller en el patio del recreo.
     Ahora, no –dice rotundo-. Ni se molestan en engañarte. Les falta pillería, interés social, son indolentes, apáticos... ¿Sabes lo que les mueve? –me pregunta retóricamente. Pintar paredes con enormes grafitis despersonalizados –se responde. Yo me quedo con las pintadas que hacíamos en los pupitres -añade- aunque luego nos tocara limpiarlas. Eran más propias o, si se quiere, más íntimas. “Pablo ama a Maribel”. “Pepe por Ana”. A veces, las paredes parecían una enorme tabla de multiplicar. Y todo, todo, estaba lleno de corazones heridos por flechas lacerantes (premonición del poco caso que nos hacían las chicas, que nos partían el corazón).
     Las pintadas de los baños eran un poco escatológicas, la verdad,  pero algunas tenían su punto. Por lo demás, respetábamos el mobiliario urbano.
     Tonto el que lo lea.

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