Según me cuenta Pablo, hay muchos
Departamentos: tantos como asignaturas o casi. Tampoco me vayáis a hacer mucho
caso, que a veces me pierdo entre la marea de nombres que me da.
He podido comprender (si esto lo lee un docente
y encuentra algunas inexactitudes, que me perdone, que no era mi intención), que
en estas reuniones se promueve la investigación educativa, se tratan
actividades escolares, se mantiene actualizada la metodología educativa, se
realizan propuestas de mejora… En fin, para mí que casi solamente entiendo de
balances y facturas, un rollo macabeo.
Me decía que hay una especie de encargado
de coordinarlo, un Jefe de Departamento, digamos. Hay departamentos en que todo
está rigurosamente estructurado: hay un día de reunión, con su hora
establecida, con el orden del día bien
anunciado… y donde nada se deja al albur. La rigidez es la norma; la seriedad
impera.
Sin embargo, otros se lo toman de manera
más tranquilita: reunión en la cantina, relajaditos, toma de decisiones delante
de un bocadillo y un refresco o un café. Risas y bromas entre propuesta y
propuesta. Nada que ver.
Hay, también, algún grupo donde las
reuniones no se celebran de una forma casi tan veraniega, ni tampoco con la
rigidez prusiana de los primeros. Es, digamos, una tercera vía. En estos grupos
se habla, se debate, hay vidilla. Pablo los mira y sonríe. Dice que le
recuerdan una película de los geniales Monty Python, La vida de Brian, en la que el Frente Popular de Judea (metáfora de
los miembros del departamento) discute de forma tan acalorada como bizantina
sobre el sexo de los ángeles (es un decir), en tanto que alguno de sus
componentes hace una fotocopia, otro llama por teléfono y un tercero busca en
el ordenador alguna información. Al final, todos consensúan las decisiones sin
que ninguno de ellos las siga al pie de la letra. Puede, incluso que, al cabo
de dos o tres semanas, ni recuerden aquello que acordaron.
¿Descorazonador? Quizás. O tal vez sea solo
un ejemplo de la vida misma.
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