domingo, 24 de marzo de 2013

     Madre, yo quiero ser artista. Creo que alguna vez  todos hemos tenido ensoñaciones de ese tipo. Pero, ¿por qué será que nos gusta conseguir aquello que queda muy lejos de nuestro alcance? Podríamos intentar aspirar a lograr metas sencillas. Pero, no; lo que nos gusta es lograr metas casi imposibles para las que no estamos, ni de lejos, dotados.
     Tenía yo un amigo en la infancia que quería ser cantante de ópera. Decía que vivían muy bien, ganaban mucho dinero, se pasaban el día viajando y cantando. Cigarras, vaya.
Para lograrlo, participaba en el coro del colegio y era primera voz solista. Estaba muy orgulloso de sus éxitos pero, ¡oh, la vida! ¡Cuánta crueldad, cuánto desengaño!
     Resulta que, como todo bicho viviente, creció, se desarrolló y... le cambió la voz. Adiós cuentos de lechera, adiós proyectos, adiós viajes y placer.
     A mí me habría gustado ser aviador, piloto, emular a los grandes navegantes y lograr grandes metas. Por desgracia, tengo aversión a las alturas, vértigo, y soy incapaz de lanzarme al agua desde un trampolín en la piscina municipal de mi pueblo en un día canicular de verano.
     Descartada esa opción, me incliné por un mundo más próximo y tangible. El del dinero. Bueno, lo de próximo y tangible, cuando lo posees. Yo tenía, sin embargo, la esperanza de lograrlo. Era la época de los personajes hechos a sí mismos. Onassis, Rockefeller, Bill Gates, mi tío... Nunca entendí bien lo de los panes y los peces, así que, si no conoces el truco, malamente podrás hacer magia. Nunca me enriquecí.
     Cuando me hice adolescente me planteé metas más realistas, que no reales. Así que me puse manos a la obra. Estudié Ciencias Económicas y Empresariales y me planteé entrar a trabajar en un gran banco, vestir de cuello blanco y ser un gran prohombre. Los deseos y la cruda realidad se confunden muchas veces. Los sueños viajan por un lado y la vida, indiferente, unas veces viaja en paralelo y nos adelanta por la izquierda o por la derecha, indistintamente; y otras, nos atropella pasándonos por encima. Mi familia tuvo problemas económicos – ironías de la vida- y tuve que ponerme a trabajar. De modo que los estudios quedaron colgados, aunque luego los finalicé. Ya, las oportunidades no fueron las mismas. Alejado de toda posibilidad de enriquecerme con facilidad, me puse a trabajar. Cuando estaba con mis amigos, me divertía fantasear y jugar con las palabras. No ponía mucho énfasis en su pronunciación y así, con un calculado desinterés, decía que de “mayor” quería ser drentista, y  de esta forma no quedaba bien claro si era lo uno o lo otro. Y a mí, esa indefinición me divertía mucho. Y me di cuenta de que jugar con las palabras podía ser divertido. Empecé a cartearme con la familia, con los amigos, participé en algunos concursos literarios de tercera (nunca gané nada), llegó internet y la comunicación se hizo global. Ahora escribo un blog y cuento tonterías.   Y tengo seguidores. ¡Vaya, soy un genio!
     Incluso, algunos me leen.

Para ti, Lucía

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