Tenía yo un amigo en la infancia que
quería ser cantante de ópera. Decía que vivían muy bien, ganaban mucho dinero,
se pasaban el día viajando y cantando. Cigarras, vaya.
Para lograrlo, participaba en el
coro del colegio y era primera voz solista. Estaba muy orgulloso de sus éxitos
pero, ¡oh, la vida! ¡Cuánta crueldad, cuánto desengaño!
Resulta que, como todo bicho viviente,
creció, se desarrolló y... le cambió la voz. Adiós cuentos de lechera, adiós
proyectos, adiós viajes y placer.
A mí me habría gustado ser aviador,
piloto, emular a los grandes navegantes y lograr grandes metas. Por desgracia,
tengo aversión a las alturas, vértigo, y soy incapaz de lanzarme al agua desde
un trampolín en la piscina municipal de mi pueblo en un día canicular de
verano.
Descartada esa opción, me incliné por un
mundo más próximo y tangible. El del dinero. Bueno, lo de próximo y tangible,
cuando lo posees. Yo tenía, sin embargo, la esperanza de lograrlo. Era la época
de los personajes hechos a sí mismos. Onassis, Rockefeller, Bill Gates, mi
tío... Nunca entendí bien lo de los panes y los peces, así que, si no conoces
el truco, malamente podrás hacer magia. Nunca me enriquecí.
Cuando me hice adolescente me planteé
metas más realistas, que no reales. Así que me puse manos a la obra. Estudié
Ciencias Económicas y Empresariales y me planteé entrar a trabajar en un gran
banco, vestir de cuello blanco y ser un gran prohombre. Los deseos y la cruda
realidad se confunden muchas veces. Los sueños viajan por un lado y la vida,
indiferente, unas veces viaja en paralelo y nos adelanta por la izquierda o por
la derecha, indistintamente; y otras, nos atropella pasándonos por encima. Mi
familia tuvo problemas económicos – ironías de la vida- y tuve que ponerme a
trabajar. De modo que los estudios quedaron colgados, aunque luego los
finalicé. Ya, las oportunidades no fueron las mismas. Alejado de toda
posibilidad de enriquecerme con facilidad, me puse a trabajar. Cuando estaba
con mis amigos, me divertía fantasear y jugar con las palabras. No ponía mucho
énfasis en su pronunciación y así, con un calculado desinterés, decía que de
“mayor” quería ser drentista, y de esta forma no quedaba bien claro si era lo
uno o lo otro. Y a mí, esa indefinición me divertía mucho. Y me di cuenta de
que jugar con las palabras podía ser divertido. Empecé a cartearme con la
familia, con los amigos, participé en algunos concursos literarios de tercera
(nunca gané nada), llegó internet y la comunicación se hizo global. Ahora
escribo un blog y cuento tonterías. Y tengo seguidores. ¡Vaya, soy un genio!
Incluso, algunos me leen.
Para ti, Lucía
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