Mi mujer se está haciendo mayor, Pablo. Ya
sé que son cosas que tiene la vida, pero paso mucha vergüenza. ¡Qué le vamos a
hacer! Sí, es cierto que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren.
Pero en el transcurso, yo no era consciente de que degeneraran de la forma en
que lo hace mi Santa. No voy a negar que no sabía nada de esto cuando me casé
con ella, aunque ya sospechaba yo que no todo el monte era orégano cuando el
cura nos dijo: “En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza”
(en realidad, mientras pronunciaba estas palabras no dejó de mirarme ni un solo
instante. Yo creo que se compadecía silenciosamente de mí, pues no en vano era
tío de ella y debería conocerla sobradamente).
Que hable sola mientras realiza algunas
tareas del hogar no me sorprende demasiado (al fin y al cabo pasa muchas horas
en casa). Estos soliloquios no van más allá de entonar alguna cancioncilla
acompañando a la radio o, de repasar, silabeando, la lista de la compra. También
hace planes consigo misma. Incluso no me sorprendía que mantuviera algunos
diálogos monologados con su hermana o que regañara a alguno de sus hijos
ausentes. Todo esto podía ser divertido según las circunstancias.
Que estuviera colgada del teléfono tampoco
sorprendía a nadie. Las charlas, es un decir, con vecinas, amigas, parientes y
demás, duraban lo que no está escrito. Una ruina si no tuviéramos tarifa plana.
Lo que ya me tiene preocupado es que, de
poco tiempo para acá habla con todo el mundo, se ha vuelto muy extravertida,
muy locuaz, y a todos les cuenta nuestra vida.
Ocurre a veces que llego a casa a la hora
de comer y encuentro un plato más en la mesa. Pregunto si es que ha venido muestro
hijo, el de Barcelona, o si el liberal (el que va por libre, ya sabes)... o
quizás la Susi, que hacía algún tiempo que... O serás tú, Pablo.
- No, no, -me responde sin el menor atisbo
de sonrojo,- es fulano/a, que está a punto de llegar; lo/a conocí en tal sitio
el otro día.
Pero, después de verla ayer durante un
buen rato departiendo amigablemente en el supermercado con otra mujer,
intercambiándose recetas de cocina y trucos cosméticos y hablando alegremente
de sus respectivos hijos, tras despedirse con dos sonoros besos y un par de
abrazos, le pregunté quién era. La respuesta, aunque no me sacó de dudas, fue
muy esclarecedora:
- “No lo sé, me ha dado la vez”.
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