domingo, 17 de junio de 2012

     Querido Pablo:
     Este es un país cotilla, lleno de morbosos. Me llegan cartas, decenas de cartas, centenares… ¡miles de cartas! (¡hala, halaaa…!) de admiradoras/es interesándose por mí, por saber cómo soy de verdad, qué edad real tengo, si verdaderamente trabajo en esto o me dedico a aquello. Alguna/o me pide -incluso- una foto dedicada y todo. También quieren fotos de la Susi (ya he dicho, claramente, que no, que habrán de conformarse con imaginarla). Hay, incluso, quien, en un acto heroico de masoquismo atroz me ha pedido la de mi mujer. Mira, no había pensado en ello, pero no estaría mal que la conocieran, no estaría nada mal. Así sabrían lo que yo tengo.
     Se empieza escuchando cantos de sirena lisonjeros cuando te haces novio y se acaba de galeote al servicio de un cómitre despiadado con el paso de los años. Así es la vida.
     Llevo casi treinta años de casado. “Una situación muy sólida y duradera” -pensará alguno (intenta romperla y verás).
     Mi hijo pequeño, el de Barcelona, presume de novia, no sin razón; de lo que se quieren y del tiempo que llevan juntos.
-   Papá, cinco meses.
-   Papá, siete meses…
     Y así.
     Me alegro mucho de que tenga novia  y de que esté como loco de contento y ya veo que las enseñanzas del profesor particular que le puse en Matemáticas han sido provechosas, pues noto que lleva muy bien la contabilidad. Espero que no le pase como a mí que -al cabo de los años, bien por desidia, aburrimiento, rutina o inercia- no sé si llevo 30 años y un día de vida en común con mi señora o esto es una condena que me ha impuesto algún juez. La verdad, como vida de pareja se me empieza a hacer muy larga, y más me parece lo segundo. Vivir así no es vivir, es morir un poco cada día. Me nota, me siente, me controla a cada instante… Y yo percibo su casi omnipresencia y omnisciencia a cada minuto, su aliento en la nuca. Aunque a veces se relaja, confiada, y puedo ser, por un breve tiempo, yo mismo. Cuántas veces he pensado poner un anuncio en el periódico o en el tablón de anuncios de una gran superficie: “Cambio pantera (experimentada) de 50 por dos de 25”. No sé si colaría, la verdad. Pero algo habrá que hacer al respecto.
     También he pensado divorciarme, pero esta opción tengo que descartarla “porque ella nunca lo haría” y eso es cosa de dos. He aprendido a hacer como con las hemorroides, a sufrirla en silencio. A ver, ¿a quién le contarías tú que tienes hemorroides? Aparte de ser algo personal y muy íntimo, es escatológico y de mal gusto hablar de ciertos asuntos. Así, resulta poco apropiado hablar de algunos temas con la gente. Para eso están los programas televisivos que todos sabemos.
     ¡Ah, cómo echo de menos aquellos tiempos en que en España no existía el divorcio, pero teníamos “la espantá”! ¡Qué tiempos aquellos! Hoy te cuesta un ojo de la cara y la mitad del otro divorciarte. Así que, mejor no intentarlo.
     Fugarse es otra opción, pero creo que no es demasiado rentable porque, si te acusa de abandono del hogar, la llevas clara. Darle a beber alguna pócima o ponerle algo en la comida, tampoco me parece demasiado seguro, pues según la policía no hay crimen perfecto, aunque ello dé mucho juego en las novelas policíacas.
     ¿Y si le diera un soponcio? Vaya, esa opción me parece más factible. Pero, ¿cómo hacerlo? Matarla a disgustos podría ser, aunque tengo serias dudas, ya que si no surte efecto rápido, su venganza podría ser terrible.
     Podría empezar por olvidarme de su cumpleaños. A ella, eso le dolería muchísimo. Por otra parte, creo que es una crueldad innecesaria y de efecto bumerán.  
     - “Ya no me quieres… Ya no te parezco atractiva… Ya no me abrazas ni me dices cosas bonitas como cuando éramos novios… ¿Hay otra?” –me diría constantemente. Así que, mejor dejarlo. Creo que, recordarle que cada año es un año mayor, es castigo suficiente.
     Ya, apenas tenemos sexo. En cambio, ahora quiere que le haga todas las noches el amor:
   - Dime que me quieres –me pregunta. ¿Te parezco atractiva? –se insinúa. Abrázame –exige. ¿Verdad que para ti soy la única? –duda.
      ¡Nadie sabe lo que yo tengo, Pablo!


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