Va a ser cierto eso de que casamiento y
mortaja del cielo baja, que decía mi abuela Asunción, a quien Dios tenga en su
gloria (en fin, tras 94 años de azarosa vida de santidad, la buena mujer se lo
tenía merecido). Pues a lo que iba: ¿quién me iba a mí a decir que mi primera
novia iba a ser vasca? Porque, la verdad, servidor es de Zamora. Además, ni soy ligón, ni
guapo, ni mujeriego, aunque he tenido algunos affaires
amorosos. Bueno, amorosos, amorosos -en sentido estricto- tampoco muchos que digamos; pero affaires, sí. De todos modos, sin querer
presumir mucho, uno tenía su parroquia de seguidoras. Y hete aquí, que un día,
tonteando, tonteando, pues lo que pasa, que parece que fulanita te cae más simpática que
las demás y todo eso. Y así, como decía, a lo tonto, se te complica la vida.
Era la tal fulanita una rutilante moza con
buenos motivos para agradar a un chico tontorrón y bobalicón como yo (guapa, inteligente,
dicharachera, simpática…y tenía unos preciosos ojos azules, ¡malpensados!). Se
llamaba (y supongo que aún seguirá llamándose) Garbiñe Astiasuainzarra
Orobiourrutia. Y era de Bilbao, “oyes”. Por eso había nacido en una aldeíta
cercana a San Sebastián, provincia de Guipúzcoa (y es que “Los de Bilbao nacemos donde
nos da la gana” -me decía entre carcajadas).
Lo que pasa con estas cosas es que poquito
a poco te vas metiendo en la familia, sin darte cuenta. "Mira, aquellos son mis
padres". Y así. Al final me los presentaron.
La madre era una mujer grande, sin
excesos, muy callada. El padre, un chicarrón del norte, “metro ochentaidós”,
boina (perdón, chapela-txapela) que no se la quitaba ni para dormir (yo me
preguntaba si “ello” no sería el gorro de dormir, el cual olvidaba quitárselo
por las mañanas), y cuerpo de leñador o levantador de piedras. Tenía un acento
vasco cerrado-cerrado, como los de los vascos de los chistes de vascos. Su
sentido del humor era un tanto peculiar: me daba unos “golpecitos” en la
espalda que me crujían, al tiempo que decía entre risotadas “majeteee…”.
También tenía un RH negativo. Muy negativo. Más negativo que el del “Padre
Arzallus”. Y eso, a mí, que lo tenía positivo y era muy maqueto, me podía.
Recuerdo que un día que habíamos tomado un par de vasos de chacolí, me miró muy
serio y fijo a los ojos, sin pestañear. Luego, se rascó la boina, carraspeó,
acomodó la voz y, en un tono quedo, apenas percetible, me soltó: Oiga, joven,
¿cuáles son sus intenciones con mi hija?
Me asusté mucho y no volví nunca más.
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