domingo, 7 de octubre de 2012



     Va a ser cierto eso de que casamiento y mortaja del cielo baja, que decía mi abuela Asunción, a quien Dios tenga en su gloria (en fin, tras 94 años de azarosa vida de santidad, la buena mujer se lo tenía merecido). Pues a lo que iba: ¿quién me iba a mí a decir que mi primera novia iba a ser vasca? Porque, la verdad, servidor es de Zamora. Además, ni soy ligón, ni guapo, ni mujeriego, aunque he tenido algunos affaires amorosos. Bueno, amorosos, amorosos -en sentido estricto- tampoco muchos que digamos; pero affaires, sí. De todos modos, sin querer presumir mucho, uno tenía su parroquia de seguidoras. Y hete aquí, que un día, tonteando, tonteando, pues lo que pasa, que parece que fulanita te cae más simpática que las demás y todo eso. Y así, como decía, a lo tonto, se te complica la vida.
     Era la tal fulanita una rutilante moza con buenos motivos para agradar a un chico tontorrón y bobalicón como yo (guapa, inteligente, dicharachera, simpática…y tenía unos preciosos ojos azules, ¡malpensados!). Se llamaba (y supongo que aún seguirá llamándose) Garbiñe Astiasuainzarra Orobiourrutia. Y era de Bilbao, “oyes”. Por eso había nacido en una aldeíta cercana a San Sebastián, provincia de Guipúzcoa (y es que “Los de Bilbao nacemos donde nos da la gana” -me decía entre carcajadas).
     Lo que pasa con estas cosas es que poquito a poco te vas metiendo en la familia, sin darte cuenta. "Mira, aquellos son mis padres". Y así. Al final me los presentaron.
   La madre era una mujer grande, sin excesos, muy callada. El padre, un chicarrón del norte, “metro ochentaidós”, boina (perdón, chapela-txapela) que no se la quitaba ni para dormir (yo me preguntaba si “ello” no sería el gorro de dormir, el cual olvidaba quitárselo por las mañanas), y cuerpo de leñador o levantador de piedras. Tenía un acento vasco cerrado-cerrado, como los de los vascos de los chistes de vascos. Su sentido del humor era un tanto peculiar: me daba unos “golpecitos” en la espalda que me crujían, al tiempo que decía entre risotadas “majeteee…”. También tenía un RH negativo. Muy negativo. Más negativo que el del “Padre Arzallus”. Y eso, a mí, que lo tenía positivo y era muy maqueto, me podía. Recuerdo que un día que habíamos tomado un par de vasos de chacolí, me miró muy serio y fijo a los ojos, sin pestañear. Luego, se rascó la boina, carraspeó, acomodó la voz y, en un tono quedo, apenas percetible, me soltó: Oiga, joven, ¿cuáles son sus intenciones con mi hija?
     Me asusté mucho y no volví nunca más.

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