domingo, 21 de octubre de 2012


     Hoy es viernes y, como cada viernes, voy con mi mujer al mercadillo a hacer la compra de verduras, hortalizas y fruta para toda la semana. Vamos muy tempranito porque hay menos gente, los puestos están recién montados y la mercancía se encuentra en todo su esplendor. Así que ahí estábamos a las 7 de la mañana.
     Tengo la costumbre, desde hace muchos años, de acompañar a mi mujer todas las semanas. Ella es quien se encarga de la intendencia, la que compra la comida; y yo soy su porteador servicial y sufrido. También ella es la que paga con los 40 € que me pide cada jueves, insistente.
     - Ay, cielo –me dice cariñosa-  tienes que sacarme dinero del cajero para mañana, que hay mercadillo. Ya sabes, cuarenta eurillos –me pide.
     Yo, me sorprendo y le pregunto:
     - Pero, ¿no te di 40 € la semana pasada? ¿Te lo has gastado todo?
     - ¡Huy, no sabes bien tú cómo está la vida! –exclama entre enojada y desconfiada.
     Me sorprendo, pero no digo nada. Pues sí que está cara la vida, sí -pienso.
    En fin, mi mujer va comprando el género. Lo mira, lo calibra, lo toca, rechaza alguna pieza, las mete en bolsas, las pesa y me va dando órdenes de cómo colocarlo en el carrito de la compra.
     - No, no, no… Así, no. No pongas los tomates con los pepinos, que se van a aplastar.   El gazpacho, "ya si eso", lo hacemos en casa. ¡Ay! Las naranjas ponlas aparte, que ocupan mucho espacio y no me cabe nada. La sandía hay que llevarla en la mano. Haz el favor: los plátanos, que vayan separados, que están maduritos. No me mezcles las patatas con la uva, ¡hombre! ¿No ves que se van a despachurrar? ¡Estos hombres, qué torpes que son! –le comenta, cómplice, a una vecina del puesto.
     Entonces, yo miro con gesto serio y adusto a la mujer y, esta, hace solo una mueca y baja la cabeza. Luego, añade tímidamente un “es que…”
     Finalmente, al pagar entrega un billete de 20 €. Su mirada y la mía se cruzan un instante. No digo nada. Ella comprende que la he pillado “con el carrito del helado”, en plena sisa; mas, con la tranquilidad de quien está preparado para estos casos, suspira profundamente y  -campanuda- añade:
     - ¡Huy, hijo mío. No veas cómo está la vida! ¡Qué cariSÍsimo que está todo!
     Y como que no va con ella, coge las vueltas y me dice, mandona:
     -Anda, nene, que nos vamos. Recoge las bolsas y tira para el coche.
     Obediente, la sigo como puedo. Ella, empujando alegremente el carrito de la compra. Yo, cargado con las bolsas: en la mano izquierda una sandía como un globo terráqueo. En la derecha, los tomates, en una bolsa; y en otra, las naranjas, “que ocupan mucho espacio”. A la espalda, una pequeña mochila con dos melones de la Mancha, para equilibrar. Me veo hecho un pobre porteador negro del África tropical siguiendo a mi bwana.  
     Mientras, voy comprendiendo el porqué y el cómo de algunos modelitos.

4 comentarios:

  1. Pero vamos a ver, Antón, no es posible que con 20 € compraseis esa cantidad de comida, ¿acaso no serían 200€ los que entregó tu sufrida esposa?

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    1. Veinte eurillos, 20, fue los que entregó mi esposa. Y aún le sobraron 2,50 € (que se guardó rápidamente, no fuera que...). Por cierto, reitero que compramos en el mercadillo, no en "Elcortinglés".

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  2. ¡Antón! pues para hacer "muchos años" que la acompañas al mercadillo no se te ve muy ávido con la colocación del frutamen, ¿no? xD :P

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