Hoy es viernes y, como cada viernes, voy
con mi mujer al mercadillo a hacer la compra de verduras, hortalizas y fruta
para toda la semana. Vamos muy tempranito porque hay menos gente, los puestos
están recién montados y la mercancía se encuentra en todo su esplendor. Así que ahí estábamos a las 7 de la mañana.
Tengo la costumbre, desde hace muchos
años, de acompañar a mi mujer todas las semanas. Ella es quien se encarga de la
intendencia, la que compra la comida; y yo soy su porteador servicial y
sufrido. También ella es la que paga con los 40 € que me pide cada jueves,
insistente.
- Ay, cielo –me dice cariñosa- tienes que sacarme dinero del cajero para
mañana, que hay mercadillo. Ya sabes, cuarenta eurillos –me pide.
Yo, me sorprendo y le pregunto:
- Pero, ¿no te di 40 € la semana pasada?
¿Te lo has gastado todo?
- ¡Huy, no sabes bien tú cómo está la
vida! –exclama entre enojada y desconfiada.
Me sorprendo, pero no digo nada. Pues sí
que está cara la vida, sí -pienso.
En fin, mi mujer va comprando el género.
Lo mira, lo calibra, lo toca, rechaza alguna pieza, las mete en bolsas, las
pesa y me va dando órdenes de cómo colocarlo en el carrito de la compra.
- No, no, no… Así, no. No pongas los
tomates con los pepinos, que se van a aplastar. El gazpacho, "ya si eso", lo hacemos en casa.
¡Ay! Las naranjas ponlas aparte, que ocupan mucho espacio y no me cabe nada. La
sandía hay que llevarla en la mano. Haz el favor: los plátanos, que vayan
separados, que están maduritos. No me mezcles las patatas con la uva, ¡hombre!
¿No ves que se van a despachurrar? ¡Estos hombres, qué torpes que son! –le
comenta, cómplice, a una vecina del puesto.
Entonces, yo miro con gesto serio y adusto a la
mujer y, esta, hace solo una mueca y baja la cabeza. Luego, añade tímidamente
un “es que…”
Finalmente, al pagar entrega un billete de
20 €. Su mirada y la mía se cruzan un instante. No digo nada. Ella comprende
que la he pillado “con el carrito del helado”, en plena sisa; mas, con la
tranquilidad de quien está preparado para estos casos, suspira profundamente y -campanuda- añade:
- ¡Huy, hijo mío. No veas cómo está
la vida! ¡Qué cariSÍsimo que está
todo!
Y como que no va con ella, coge las
vueltas y me dice, mandona:
-Anda, nene, que nos vamos. Recoge las
bolsas y tira para el coche.
Obediente, la sigo como puedo. Ella, empujando
alegremente el carrito de la compra. Yo,
cargado con las bolsas: en la mano izquierda una sandía como un globo
terráqueo. En la derecha, los tomates, en una bolsa; y en otra, las naranjas, “que
ocupan mucho espacio”. A la espalda, una pequeña mochila con dos melones de la
Mancha, para equilibrar. Me veo hecho un pobre porteador negro del África
tropical siguiendo a mi bwana.
Mientras, voy comprendiendo el porqué y el
cómo de algunos modelitos.
Pero vamos a ver, Antón, no es posible que con 20 € compraseis esa cantidad de comida, ¿acaso no serían 200€ los que entregó tu sufrida esposa?
ResponderEliminarVeinte eurillos, 20, fue los que entregó mi esposa. Y aún le sobraron 2,50 € (que se guardó rápidamente, no fuera que...). Por cierto, reitero que compramos en el mercadillo, no en "Elcortinglés".
Eliminar¡Antón! pues para hacer "muchos años" que la acompañas al mercadillo no se te ve muy ávido con la colocación del frutamen, ¿no? xD :P
ResponderEliminarOcurre que ella, genio y figura, manda mucho.
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