Mi hijo, el de Barcelona, es un tipo
feliz, pero últimamente está enfadado con el mundo. Resulta que sus amigos se
van casando. Su “pandi” se va reduciendo lenta e inexorablemente y ya solo se
ven de tiempo en tiempo y, cada vez menos. En el último año se le han casado
dos “coleguis”, y otro está a punto.
Y, claro, esto produce en él y en su
chica, una especie de desasosiego existencial porque se van dando cuenta de que
poquito a poco van quedándose solos. Así que, en nuestro último encuentro, con
mucha calma, nos planteó que estaban pensando en cambiar su estado civil.
A mí, que a veces me dan ataques cachondos
mentales, es un decir, le solté algo así como:
- ¿Vas a hacer el servicio militar ahora?
- Papá… No te quedes conmigo –respondió visiblemente
enojado. Te estoy hablando en serio.
- Pues hijo, no lo entiendo -mentí . Tú te has
mostrado toda la vida como una persona liberal y siempre has predicado que lo
importante es que las personas se quieran, no sus papeles.
- Ya, -responde
un poco dubitativo- pero es que siento que la sociedad me estafa. Si te casas,
tienes todos los parabienes sociales. Si no lo haces, te miran como a un tipo
simpático, un poco loco, que va a su aire; pero no tienes ningún derecho
social, ninguna prerrogativa. Ni siquiera tienes derecho a heredar o recibir
una pensión en caso de fallecimiento de tu pareja. Por otra parte, ¿por qué
tenemos que perder 15 días de vacaciones pagadas por un papel? Eso no es justo
–confirma.
La verdad es que me parece que no deja de
tener su lógica, pero sigo chinchándole:
- ¿Y tus
principios? –le acorralo. ¿Tienes más si no me gustan estos? –le lanzo como
pulla.
- Ya, bueno… -se
excusa. La gente evoluciona, las ideas se adaptan a las nuevas situaciones… No
hay que ser inmovilistas.
- Bien, bien, replico conciliador (no vale la
pena hacer sangre).
De repente, mi
mujer empieza a llorar. La miramos sorprendidos.
- No, no me pasa
nada –hipa. Es que estoy muy contenta. Esa chica… parece tan maja… Te hace tan
feliz…
(A mí, esta mujer
–la mía, claro- es que me desespera. Cuando no es por una cosa es por otra. ¡Siempre
igual!)
- Mamá, que
tampoco es seguro que nos casemos… -la anima.
Pero ya hace rato
que mi mujer no escucha. Ha dicho lo que tenía que decir y sigue gimoteando, a
lo suyo. Al cabo de un rato cesa repentinamente en sus lloriqueos y pregunta
muy seria y solemne:
- Hijo, tengo una
duda: ¿Te vas a cortar el pelo? ¿Te vas a casar con esa camiseta? ¿Te vas a
adecentar un poco? (ver el episodio del 24 de junio).
A mí me asaltan un montón de dudas, ya que,
conociendo a mi hijo y sabiendo cuáles son sus gustos, no lo veo claro del todo.
El día de la boda (si finalmente esta llega) mi mujer y yo iremos muy elegantes.
Ella, madrina, del brazo de su hijo. Y su novia y él, ¿camiseta de tirantes con
agujeros y pantalones “Aladdin”? ¿De Prada o de Armani? Las sandalias, ¿unos “Manolo’s?
(Blahnik, of course)”. Las rastas, ¿“chez” Llongueras, quizás? ¿O tal vez de
Rachel Zoe? El piercing y los aretes,
¿de Tiffany, NY city?
¡Ah!, Chi
lo sa.
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