domingo, 16 de diciembre de 2012

     Mi hijo, el de Barcelona, es un tipo feliz, pero últimamente está enfadado con el mundo. Resulta que sus amigos se van casando. Su “pandi” se va reduciendo lenta e inexorablemente y ya solo se ven de tiempo en tiempo y, cada vez menos. En el último año se le han casado dos “coleguis”, y otro está a punto.
     Y, claro, esto produce en él y en su chica, una especie de desasosiego existencial porque se van dando cuenta de que poquito a poco van quedándose solos. Así que, en nuestro último encuentro, con mucha calma, nos planteó que estaban pensando en cambiar su estado civil.
     A mí, que a veces me dan ataques cachondos mentales, es un decir, le solté algo así como:
 - ¿Vas a hacer el servicio militar ahora?
 - Papá… No te quedes conmigo –respondió visiblemente enojado. Te estoy hablando en serio.
 - Pues hijo, no lo entiendo -mentí . Tú te has mostrado toda la vida como una persona liberal y siempre has predicado que lo importante es que las personas se quieran, no sus papeles.
- Ya, -responde un poco dubitativo- pero es que siento que la sociedad me estafa. Si te casas, tienes todos los parabienes sociales. Si no lo haces, te miran como a un tipo simpático, un poco loco, que va a su aire; pero no tienes ningún derecho social, ninguna prerrogativa. Ni siquiera tienes derecho a heredar o recibir una pensión en caso de fallecimiento de tu pareja. Por otra parte, ¿por qué tenemos que perder 15 días de vacaciones pagadas por un papel? Eso no es justo –confirma.
     La verdad es que me parece que no deja de tener su lógica, pero sigo chinchándole:
- ¿Y tus principios? –le acorralo. ¿Tienes más si no me gustan estos? –le lanzo como pulla.
- Ya, bueno… -se excusa. La gente evoluciona, las ideas se adaptan a las nuevas situaciones… No hay que ser inmovilistas.
-  Bien, bien, replico conciliador (no vale la pena hacer sangre).
De repente, mi mujer empieza a llorar. La miramos sorprendidos.
- No, no me pasa nada –hipa. Es que estoy muy contenta. Esa chica… parece tan maja… Te hace tan feliz…
(A mí, esta mujer –la mía, claro- es que me desespera. Cuando no es por una cosa es por otra. ¡Siempre igual!)
- Mamá, que tampoco es seguro que nos casemos… -la anima.
Pero ya hace rato que mi mujer no escucha. Ha dicho lo que tenía que decir y sigue gimoteando, a lo suyo. Al cabo de un rato cesa repentinamente en sus lloriqueos y pregunta muy seria y solemne:
- Hijo, tengo una duda: ¿Te vas a cortar el pelo? ¿Te vas a casar con esa camiseta? ¿Te vas a adecentar un poco? (ver el episodio del 24 de junio).
     A mí me asaltan un montón de dudas, ya que, conociendo a mi hijo y sabiendo cuáles son sus gustos, no lo veo claro del todo. El día de la boda (si finalmente esta llega) mi mujer y yo iremos muy elegantes. Ella, madrina, del brazo de su hijo. Y su novia y él, ¿camiseta de tirantes con agujeros y pantalones “Aladdin”? ¿De Prada o de Armani? Las sandalias, ¿unos “Manolo’s? (Blahnik, of course)”. Las rastas, ¿“chez” Llongueras, quizás? ¿O tal vez de Rachel Zoe? El piercing  y los aretes, ¿de Tiffany, NY city?
     ¡Ah!, Chi lo sa.

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