Ya he hablado en alguna ocasión de los
viajes en avión. Que si los niños maleducados, que si las personas con
sobrepeso, que si la perversidad de tales compañías aéreas, los borrachines, etc.
Hoy, la verdad, quería romper una lanza a favor de las compañías de vuelo. No
me pagan por hablar bien de ellas, que conste. Es, simplemente, una cuestión de
justicia social, pues comprendo que, cuando hay razones para denunciar un
suceso, hay que denunciarlo y, en consecuencia, cuando algo es meritorio, cuando
es cuestión de loor, se alaba. Además, comprendo que hay muchísima competencia
entre unas y otras, y todas tratan de agradar al cliente, dándole lo que las
otras le niegan, ofreciendo más servicios por menos dinero. Y eso, pues es una
gran ventaja, porque a uno lo tratan con cariño, lo miman, lo atienden como se
merece... ¡qué caramba!
Son muchos los viajes que realizo por
cuestión de trabajo. Sin embargo, esta vez le había querido sorprender
positivamente a mi Santa y, aprovechando uno de los vuelos a “Niu Yor”, la
llevé conmigo para alegrar nuestra convivencia y darle un pequeño gusto al
cuerpo (nadie piense que este viaje iba a cargo de mi empresa. No en lo tocante
a mi Santa, que bien que me lo pagué de mi bolsillo. Facturas tengo, dicho sea
de paso, por si hubiere algún malpensado).
El viaje se ofrecía muy agradable y tranquilo.
Aviones preparados para realizar traslados oceánicos: cómodos y amplios.
Posibilidad de ver películas, escuchar música... entretenimientos variados...
Para los que, -apáticos- no sabían qué elegir, había música de fondo:
envolvente, arrulladora, relajante... ¡divina!, un regalo –envenenado- de los
dioses.
Iba yo, distraído, amodorrado, intentando
descansar, pensando en el desfase horario e intentando disfrutar del vuelo
cuando, una música susurrante, de fondo, masculina, muy bella y agradable,
decía así:
“Sitting on the dock
of the bay
Watching the tide roll
away
I’m just sitting on
the dock of the bay
Wasting time.”
Y que yo, soñoliento, iba traduciendo
mentalmente:
“Sentado en el muelle de la bahía
Viendo bajar la marea
Estoy sentado en el muelle de la bahía
Perdiendo el tiempo.”
Hasta que me sobresalté al reconocer al
intérprete: Otis Redding. Este cantante norteamericano falleció en Wisconsin al
estrellarse su jet cuando solo faltaban tres minutos para que tomara tierra,
allá por los años 60 y tantos.
Mira que tengo anécdotas aéreas pero, como
ésta, pocas.
Mi mujer, ni se enteró.
No sabe inglés.
No hay comentarios:
Publicar un comentario