domingo, 2 de junio de 2013

     Ya he hablado en alguna ocasión de los viajes en avión. Que si los niños maleducados, que si las personas con sobrepeso, que si la perversidad de tales compañías aéreas, los borrachines, etc. Hoy, la verdad, quería romper una lanza a favor de las compañías de vuelo. No me pagan por hablar bien de ellas, que conste. Es, simplemente, una cuestión de justicia social, pues comprendo que, cuando hay razones para denunciar un suceso, hay que denunciarlo y, en consecuencia, cuando algo es meritorio, cuando es cuestión de loor, se alaba. Además, comprendo que hay muchísima competencia entre unas y otras, y todas tratan de agradar al cliente, dándole lo que las otras le niegan, ofreciendo más servicios por menos dinero. Y eso, pues es una gran ventaja, porque a uno lo tratan con cariño, lo miman, lo atienden como se merece... ¡qué caramba! 
     Son muchos los viajes que realizo por cuestión de trabajo. Sin embargo, esta vez le había querido sorprender positivamente a mi Santa y, aprovechando uno de los vuelos a “Niu Yor”, la llevé conmigo para alegrar nuestra convivencia y darle un pequeño gusto al cuerpo (nadie piense que este viaje iba a cargo de mi empresa. No en lo tocante a mi Santa, que bien que me lo pagué de mi bolsillo. Facturas tengo, dicho sea de paso, por si hubiere algún malpensado).
     El viaje se ofrecía muy agradable y tranquilo. Aviones preparados para realizar traslados oceánicos: cómodos y amplios. Posibilidad de ver películas, escuchar música... entretenimientos variados... Para los que, -apáticos- no sabían qué elegir, había música de fondo: envolvente, arrulladora, relajante... ¡divina!, un regalo –envenenado- de los dioses.
     Iba yo, distraído, amodorrado, intentando descansar, pensando en el desfase horario e intentando disfrutar del vuelo cuando, una música susurrante, de fondo, masculina, muy bella y agradable, decía así:

“Sitting on the dock of the bay
Watching the tide roll away
I’m just sitting on the dock of the bay
Wasting time.”

     Y que yo, soñoliento, iba traduciendo mentalmente:

“Sentado en el muelle de la bahía
Viendo bajar la marea
Estoy sentado en el muelle de la bahía
Perdiendo el tiempo.”

     Hasta que me sobresalté al reconocer al intérprete: Otis Redding. Este cantante norteamericano falleció en Wisconsin al estrellarse su jet cuando solo faltaban tres minutos para que tomara tierra, allá por los años 60 y tantos.
     Mira que tengo anécdotas aéreas pero, como ésta, pocas.
     Mi mujer, ni se enteró.
     No sabe inglés.

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