domingo, 8 de abril de 2012

       ¿Os he contado alguna vez que la Susi es mujer de poco asiento y reflexión? A veces es natural, como la vida misma. Y con los hombres, alegre de cascos: casquivana. O si lo preferís, ligera, coqueta y un tanto frívola. Pero no confundamos los términos, no. Ocurre que ella, alegre, afable y dicharachera hasta el extremo, se deja llevar y, a veces, da lugar a equívocos.
       Precisamente por esa manera de ser tan desenvuelta, como decía, y porque nosotros los hombres somos de natural tan bobalicones con el sexo opuesto, he tenido algunas veces problemillas o pequeñas tensiones con mi mujer -¡santa varona!- (no se me entienda mal) que no han pasado de ser pequeñas escaramuzas conyugales con mayores o menores juegos florales y fuegos de artificio que lo adornan.
       Yo no sé si a vosotros os ocurre lo que a mí pero, ¿no sentís a veces el resoplido de la “fiera” en el cogote? ¡Cuántas veces lo he percibido!
       Hay ocasiones en que me llevo trabajo a casa. Son cosas de la empresa: balances, facturas… En fin, trabajo rutinario en la mayoría de las ocasiones (no quiero cansaros). Al cabo de un rato dejo lo que estoy haciendo y me pongo a escribir o a chatear con algún compañero/a y oigo de repente:
       -Cariñooo…, ¿estás bien?
      (Es el aliento caliente de la fiera, que está ahí mismito, en mi cogote, y que me vigila): mi “Gran hermano” particular.
      -Sí, sí, mi amor –respondo presuroso al tiempo que ceso toda actividad.
     (A veces, pienso si no controlará el ritmo cardiaco del tecleado del ordenador: alta velocidad = actividad frenética. Hummm… No toca… Algo “malo está haciendo”. Tecleado demasiado lento =  “algo está tramando”. El caso es que por fas o por nefas tengo siempre su presencia en la nuca, aunque ella esté en otra habitación bien distante de la mía. Solo cuando se pone a ver la telenovela, una película que le engancha, se duerme o habla por teléfono estoy realmente a salvo).
      ¿Pasa algo? ¿Qué te preocupa, mi cielo? -añado.
      -No, nada, nada, mi “amol”- contesta ella cariñosamente, con un tono forzadamente caribeño. (Huy, huy, huy… ha dicho “amol”- pienso. Me pide mi instinto que esté alerta). 
      Entonces regreso a mis balances, facturas, asientos, descuadres, saldos, liquidaciones…
      ¡La normalidad está aquí!
             


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