domingo, 22 de julio de 2012

     Sobre los viajes en avión, tampoco esto que os voy a contar es lo peor que os puede ocurrir, aunque confieso que es duro encontrarse en un vuelo completo con el asiento contiguo ocupado por un dipsómano inveterado del que es muy difícil desembarazarse.
     El que me tocó a mí aquel aciago día era un individuo español, lenguaraz, representante de una destilería segoviana de tres letras, de nariz brillante y ojos vidriosos, con los carrillos colorados, sudoroso, que bebía para olvidar, pero que se acordaba de todo ¡y encima me lo contaba quisiera que no!
     En casos como este, tendrás suerte si tu acompañante finalmente cae en brazos de Morfeo. Si no, tal vez te pases el tiempo recorriendo el pasillo de una punta a la otra o en el aseo.
     En un principio le seguí el rollo por aquello de que uno procura ser educado. Luego, me arrepentí, porque se ve que el hombre me cogió cariño y también del brazo (no sé a ciencia cierta si lo hizo para no caerse al suelo o para que yo no pudiera escaparme). El caso es que se aferró a mí como una lapa a la roca. Una vez que me tuvo entre sus brazos comenzó a contarme mil historias desordenadas con elevadas dosis de halitosis gratis incluida.
     Aduje que tenía necesidad de acudir urgentemente al baño y, tras algunas dificultades iniciales, finalmente logré alcanzar el pasillo. Busqué a la azafata que había en la parte posterior y le expliqué el caso. Ella, casi con lágrimas en los ojos (tengo mis serias dudas aún si no sería del ataque de risa reprimido que le dio) me dijo:
- ¡Cuánto lo lamento, señor. Estamos completos!
Luego de un breve silencio, añadió:
- Si quiere, puede ocupar uno de nuestros asientos aunque, al aterrizar, deberá regresar al suyo.
Que nunca os pase esto, queridos.
Así sea.

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