Todos los años la misma canción. Cuando llega la época estival, empiezan las famosísimas rebajas de verano bajo diversas denominaciones. Rebajas, saldos, ofertas, outlet … Da igual el nombre que tengan; para mi mujer siempre han sido un trofeo muy codiciado.
-Anda, amorcito -me dice. El lunes
comienzan. ¿Me acompañarás?
Y yo, que por naturaleza soy un poco
comodón, me excuso de mil maneras posibles. En el fondo, porque para mí es un
martirio visitar decenas y decenas de comercios. Pero no me sirve de nada,
porque finalmente me convence con sus armas de mujer de las que todavía no he
aprendido a defenderme bien.
¿Decenas y decenas de comercios? Pues sí;
aunque parezca exagerado es la verdad. No hay más que multiplicar la sección
“zapatos” por el número de tiendas de mi ciudad (porque os juro que se las
zapatea –nunca mejor dicho- todas, todas, todas, buscando el modelito que vio -sabrá
ella dónde y cuándo- por el que pretende ahorrarse la ferolítica cantidad de 20 o 30 euros). A continuación, añadiremos
la sección “ropa” y visitaremos los Zara,
Mango, Berska, Cortinglés, Pull & Bear, Don Algodón, DKNY… Además, tras agotar las tiendas de su
localidad y de localidades cercanas, acudirá también a las rebajas de la ciudad
capitalina de la provincia.
Pero -por desgracia- aquí no acaba todo, ya
que no hay que olvidar que las rebajas también están en la ropa de casa
(sábanas, edredones, toallas, cortinas…), electrodomésticos, menaje, alimentación...
Y a ella le falta de todo. Es un mes de peregrinación infatigable a la caza de
no se sabe muy bien qué ofertas.
Luego, en casa, me castigará dándome un
pase de modelos privado. Todo un lujo que yo no sé agradecer, la verdad. En
fin, no sé si porque pongo poco entusiasmo en las prendas que me enseña o,
porque ella, en el fondo, es una mujer muy mirada, finalmente se queda con muy
poquitas cosas y devuelve las restantes.
Y esa es otra, porque ahora toca hacer el
mismo recorrido de tienda en tienda, pero a la inversa.
¡Señor, qué cruz!
No hay comentarios:
Publicar un comentario