domingo, 9 de septiembre de 2012


     Todos los años la misma canción. Cuando llega la época estival, empiezan las famosísimas rebajas de verano bajo diversas denominaciones. Rebajas, saldos, ofertas, outlet … Da igual el nombre que tengan; para mi mujer siempre han sido un trofeo muy codiciado.
       -Anda, amorcito -me dice. El lunes comienzan. ¿Me acompañarás?
     Y yo, que por naturaleza soy un poco comodón, me excuso de mil maneras posibles. En el fondo, porque para mí es un martirio visitar decenas y decenas de comercios. Pero no me sirve de nada, porque finalmente me convence con sus armas de mujer de las que todavía no he aprendido a defenderme bien.
     ¿Decenas y decenas de comercios? Pues sí; aunque parezca exagerado es la verdad. No hay más que multiplicar la sección “zapatos” por el número de tiendas de mi ciudad (porque os juro que se las zapatea –nunca mejor dicho- todas, todas, todas, buscando el modelito que vio -sabrá ella dónde y cuándo- por el que pretende ahorrarse la ferolítica cantidad de 20 o 30 euros). A continuación, añadiremos la sección “ropa” y visitaremos los Zara, Mango, Berska, Cortinglés, Pull & Bear, Don Algodón, DKNY…  Además, tras agotar las tiendas de su localidad y de localidades cercanas, acudirá también a las rebajas de la ciudad capitalina de la provincia.
     Pero -por desgracia- aquí no acaba todo, ya que no hay que olvidar que las rebajas también están en la ropa de casa (sábanas, edredones, toallas, cortinas…), electrodomésticos, menaje, alimentación... Y a ella le falta de todo. Es un mes de peregrinación infatigable a la caza de no se sabe muy bien qué ofertas.
     Luego, en casa, me castigará dándome un pase de modelos privado. Todo un lujo que yo no sé agradecer, la verdad. En fin, no sé si porque pongo poco entusiasmo en las prendas que me enseña o, porque ella, en el fondo, es una mujer muy mirada, finalmente se queda con muy poquitas cosas y devuelve las restantes.
     Y esa es otra, porque ahora toca hacer el mismo recorrido de tienda en tienda, pero a la inversa.
     ¡Señor, qué cruz!

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