domingo, 18 de noviembre de 2012


     Los mercadillos y, en general los lugares transitados, son buenos sitios para la observación del género humano, pues nos proporcionan pequeños chascarrillos diarios.     
     Hay una mujer que acude semanalmente a nuestro lugar de compra. Es pequeña, menuda, vivaracha y muy habladora. Recorre el puesto arriba y abajo un montón de veces hasta que termina de comprar. Lo toca todo. Aprieta los melones con energía para ver si están en su punto, toquetea la fruta sin piedad, elige los albaricoques y las cerezas previa cata. A todo le saca defectos, sin embargo.
     - Jose, hijo, ¡pero qué naranjas tienes hoy! ¡Si da pena verlas! –le reprocha la mujer.
     - Consuelito –añade con temple el tendero- son las últimas… Vienen de la cámara.     Mejor no te las lleves, que seguramente la semana que entra vengan nuevas.
     - Pues, hijo, no sé para qué las vendes, si no están buenas –replica garbosa.
     - Mujer…, buenas, están. Lo que ocurre es que son de cámara, porque si no, en esta época… ya me dirás.
     Ni le escucha. Ha dicho lo que tenía que decir y ha vuelto a sumirse en sus pensamientos.
     - Joseee… -vuelve a la carga- tienes que darme dos melones. Pero buenos, ¿eh? Que la otra vez me soltaste dos pepinos de campeonato. Que a mi marido le gustan más pasaos. Ah, y ponme media sandía de la rayada y otra media de la negra; pero dámelas buenas, que te conozco – le advierte con el dedo.
     Increíble la capacidad de esta mujer para hablar tanto en tan poco tiempo. Yo no pierdo detalle. El tendero se da cuenta de ello y me hace un guiño cómplice. Luego se pone a cantar a media voz por otro lado del puesto “Si tú fueras mi mujer… Si tú quisieras…Todo sería distinto… De otra manera” (una vieja canción de Lorenzo Santamaría http://www.youtube.com/watch?v=feR_3GHJicI&feature=related)
     Consuelito parece no oír y sigue a lo suyo.
     - Jose -insiste- dame también otro para Amparín, mi hija, que ya sabes que le encantan. Ah, y ponme también pepinos y patatas. Pero, no sé…, porque aún las tengo de la semana pasada, que me sobraron algunas. Chico, ponme un par de kilos, añade sin mucha convicción. A ver, ¿qué te parece? –pregunta de forma retórica.
     Consuelito prosigue sin dar tregua.
     - Huy, Jose, las cerezas están riquísimas (¡menos mal que hay algo bueno! –pienso yo). Pero están carísimas (¡vaya, hombre! –rectifico). ¡Ni que fueran percebes, hijo! –exclama enojada. ¿Que son del Jerte? –se pregunta. Pues para mí, las de aquí, de la montaña, son mucho mejores –se responde. Bueno, bueno, bueno, no me digas nada, que “ya sé que tus productos son los mejores del mercado” –explica con cierto retintín. Ponme cuarto y mitad. Pero dámelas buenas, que luego me toca tirar la mitad. Y así.
     Felizmente, pide la cuenta.
- ¿Tanto? –pregunta extrañada. Pues sí que tienes caros los precios, hijo, refunfuña al despedirse.
- ¡Hale!, Consuelito, hasta el viernes. Que tengas buen día – anima Jose.
(Tanta paz lleves…). 

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