Tuve también, en mis tiempos mozos, otra
novieta. Fue durante la época del servicio militar. Duró poco más de lo que
tardó en pasar aquel tiempo de obligado cumplimiento. La relación que
mantuvimos fue la que cualquiera de vosotros se puede imaginar: escasa y a base
de cartas y llamadas telefónicas, mayormente (pocas estas últimas, que no
estaba la economía para derroches). También hubo algunas visitas gracias a los
rebajes y permisos varios que nos daban en el cuartel para ahorrarse gastos de
comida y alojamiento de los soldados. Cualquiera podría pensar que yo era
entonces un donjuán empedernido. Nada más lejos de la realidad. Yo era más bien
retraído, pero me dejaba querer. ¿Es malo eso? Yo creo que no. Esta chica no
era tan esplendorosa como aquella vasca de la que os hablé, pero tenía su
encanto, qué duda cabe. Era riojana. Una chica maja, extravertida y charlatana.
Hablaba casi más con los ojos y con las manos que a través de sus palabras. He
de confesar que, a veces, podía llegar a ser un poquito cargante.
No sé qué tienen algunas personas que
enseguida parece que tratan de liarte presentándote a su familia. Escarmentado
como estaba de la relación con la vasca y con su padre, huía de toda maniobra de
aproximación a aquélla. Nunca me había contado gran cosa de los suyos y solo
aquel aciago día comprendí dónde me estaba metiendo.
Su padre era un hombre corriente, de
aspecto normal, serio, con cara de pocos amigos, pero correcto en el trato. No
diré que tenía un aire siniestro, pero había algo en él que me mantenía alerta.
Nunca supe a qué se dedicaba hasta una tarde en que mi novia y yo paseábamos acaramelados
por las cercanías del parque de La Florida. Lo vimos venir desde lejos,
acercándose lentamente. A medida que se aproximaba, mi cara debía de ir
cambiando de color. Cómo sería aquello que se me cortó la inspiración poética. Paloma,
mi novia, corrió hacia él y lo besó, con cariño, en la frente. A mí me recorrió
un escalofrío por todo el cuerpo. Me pasó lo que a cierto grupo étnico que
tiene, por naturaleza, aversión a determinados uniformes. El suyo era de color
verde oliva, con botonadura dorada y sombrero acharolado. Fue un arrebato. Fue
un instinto irreprimible. Eché a correr y ya no volví.
No lo pude remediar.
jejeje
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