Es curiosa la terminología que utilizan
algunas parejas de enamorados para llamarse. Desde el clásico “cariño” que nos
decimos algunas parejas de veteranos (al que anteponemos un rotundo “¡Sí!” -por la cuenta que nos tiene) hasta el
manido y sobeteado “churri”, hay muchas, muchísimas expresiones: tesoro,
cielito, amorcito, bombón, cuchicuchi, chati, corazón… En fin, lo importante es
que muestran su cariño para con el otro, aunque muchas veces acaben
devolviéndose las fotos.
La Susi ha estado enamorada. Mejor aún: la
Susi es amor en estado puro. Ama la vida, ama a la gente, a las flores, al
cielo, al mar… Saluda a todo aquel que se cruza en su camino. Es optimista por
naturaleza y siempre tiene una sonrisa en su rostro para aquel que la quiera
recibir.
“Querido diario…” –escribe siempre. A
veces se refugia en él y le cuenta intimidades que harían sonrojarse a
cualquiera, pero no por picantonas (ya estabais pensando mal, ¿eh?), sino
porque de ellas dimanan una inmensa ternura y una ingenuidad “impropias” de una
chica de su edad. (¡Como si la edad fuera un elemento incompatible con la
sensibilidad!). Quizás por eso la quiero tanto, porque es natural como la vida
misma, pero en su versión dulce.
Muchas veces, en casa, a la hora de comer,
toma el protagonismo y nos cuenta largas y delicadas historias que yo escucho
embelesado y arrobado por su voz dulce y melodiosa mientras mi mundo se detiene
–al igual que mi cuchara en su camino a la boca. De este encantamiento se
encarga de sacarme mi mujer al atizarme, con energía y por debajo de la mesa,
una buena patada en la espinilla. Sorprendido por tan aviesa acción, doy un
brinco controlado y trato de recomponer –como puedo- mi figura y el saber estar
de caballero.
¡Bruja!
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