domingo, 13 de enero de 2013

     Los enamorados me parecen unos seres tiernos, dulces, encantadores y patéticos al mismo tiempo. Se buscan a todas horas, se telefonean en cualquier momento y pasan largos ratos diciéndose cosas vacías, insulsas a veces, sin comunicarse realmente nada de nada. Pero ellos son felices, lo cual no es poco en estos tiempos. Viven anhelantes esperando el momento de estar juntos para, luego, mirarse dulce y estúpidamente sin que medien apenas unos suspiros entre ellos. Se abrazan tiernamente, se cogen de la mano, se susurran palabras tontas y cariñosas, algunas extremadamente tontas, pero se les perdona todo porque están enamorados. Están en otro mundo –su mundo- la vida es de color rosa y los problemas y las preocupaciones son menores porque hay amor.
     Es curiosa la terminología que utilizan algunas parejas de enamorados para llamarse. Desde el clásico “cariño” que nos decimos algunas parejas de veteranos (al que anteponemos un rotundo “¡Sí!” -por la cuenta que nos tiene) hasta el manido y sobeteado “churri”, hay muchas, muchísimas expresiones: tesoro, cielito, amorcito, bombón, cuchicuchi, chati, corazón… En fin, lo importante es que muestran su cariño para con el otro, aunque muchas veces acaben devolviéndose las fotos. 
     La Susi ha estado enamorada. Mejor aún: la Susi es amor en estado puro. Ama la vida, ama a la gente, a las flores, al cielo, al mar… Saluda a todo aquel que se cruza en su camino. Es optimista por naturaleza y siempre tiene una sonrisa en su rostro para aquel que la quiera recibir.
     “Querido diario…” –escribe siempre. A veces se refugia en él y le cuenta intimidades que harían sonrojarse a cualquiera, pero no por picantonas (ya estabais pensando mal, ¿eh?), sino porque de ellas dimanan una inmensa ternura y una ingenuidad “impropias” de una chica de su edad. (¡Como si la edad fuera un elemento incompatible con la sensibilidad!). Quizás por eso la quiero tanto, porque es natural como la vida misma, pero en su versión dulce.
     Muchas veces, en casa, a la hora de comer, toma el protagonismo y nos cuenta largas y delicadas historias que yo escucho embelesado y arrobado por su voz dulce y melodiosa mientras mi mundo se detiene –al igual que mi cuchara en su camino a la boca. De este encantamiento se encarga de sacarme mi mujer al atizarme, con energía y por debajo de la mesa, una buena patada en la espinilla. Sorprendido por tan aviesa acción, doy un brinco controlado y trato de recomponer –como puedo- mi figura y el saber estar de caballero.
     ¡Bruja!

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