Tenía yo por aquel entonces una vecina,
quien -como la tentación- también vivía arriba. Justo encima de mí. Estaba la
chica en edad de merecer y, aunque no era un bellezón, tenía su “aquel” y un
montón de simpatía que derrochaba a raudales. En aquella época yo estudiaba
Ciencias Económicas y Empresariales. Todos los días realizaba el trayecto en tren
para llegar a la facultad. Resultó que en el mismo tren, al regresar, algunos
días coincidí con ella en el mismo vagón cuando volvía del trabajo. Al
principio solo fue un saludo de cumplido, pero poco a poco fuimos intimando.
Descubrió que yo era el vecino impertinente de abajo, el que ponía la música a
todo trapo. Yo me di cuenta de que ella era la pelma que taconeaba con garbo y
salero a cualquier hora del día. Así que no hubo feeling al principio, como era de prever.
Pero el diablo, como cuando no tiene nada
que hacer, con el rabo mata moscas, quiso que la hermana de ella supiera de
nuestros encuentros casuales y que se interesara por mí. Conocedora de nuestra
amistad incipiente, quiso participar de la misma y no se le ocurrió otra cosa
que deslizar desde su ventana, por la fachada del edificio, una cuerda que
llevaba atado en su extremo inferior un cartel que unas veces ponía: “hola,
vecino”; otras, “¿cómo estás?”, “¿qué tal?”… y diversas tonterías del mismo estilo.
Y así durante algún tiempo.
Total, que al final caí en la trampa de
las hermanas “Dalton” (unas auténticas delincuentes, como se verá) y empecé a
responder a los mensajes a través de sugerentes canciones a todo volumen que
decían cosas bonitas y audaces para la época, aunque hoy pasarían por puras
memeces.
¿Y en qué terminó todo? Pues,
naturalmente, en que empezamos a salir (que la carne es débil)… ¡los tres
juntos! Eso, sí, castamente. Paseos por el parque o junto al río, animadas charlas
de café, algún museo que otro, cine… Y fue precisamente allí, en el cine, donde
terminó todo. Una tarde en que estábamos viendo una película (yo, sentado entre
las dos hermanas, con mis brazos extendidos sobre sus hombros) alguien me golpeó
suavemente, al tiempo que chistaba, mientras un haz de luz iluminó mi cara.
Cielos, los padres de las chicas con el novio… ¡de la pequeña!
Así acabó todo.
The End.
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