domingo, 3 de febrero de 2013

     Eran aquellos años jóvenes, muy jóvenes; en los que uno lucía su palmito y sus 20 tacos por donde iba. Ya os he dicho que no he sido nunca ni guapo ni un ligón recalcitrante. Pero, a pesar de todo y de todos -incluso de mí mismo (*)-  tenía un discreto éxito entre algunas féminas. (*) Digo esto porque poseía el menda un espíritu rebelde, contestatario y ácido en aquella época, que no facilitaba demasiado el encuentro dulce y sereno que necesitan ciertas prácticas de ligoteo. 
     Tenía yo por aquel entonces una vecina, quien -como la tentación- también vivía arriba. Justo encima de mí. Estaba la chica en edad de merecer y, aunque no era un bellezón, tenía su “aquel” y un montón de simpatía que derrochaba a raudales. En aquella época yo estudiaba Ciencias Económicas y Empresariales. Todos los días realizaba el trayecto en tren para llegar a la facultad. Resultó que en el mismo tren, al regresar, algunos días coincidí con ella en el mismo vagón cuando volvía del trabajo. Al principio solo fue un saludo de cumplido, pero poco a poco fuimos intimando. Descubrió que yo era el vecino impertinente de abajo, el que ponía la música a todo trapo. Yo me di cuenta de que ella era la pelma que taconeaba con garbo y salero a cualquier hora del día. Así que no hubo feeling al principio, como era de prever.
     Pero el diablo, como cuando no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas, quiso que la hermana de ella supiera de nuestros encuentros casuales y que se interesara por mí. Conocedora de nuestra amistad incipiente, quiso participar de la misma y no se le ocurrió otra cosa que deslizar desde su ventana, por la fachada del edificio, una cuerda que llevaba atado en su extremo inferior un cartel que unas veces ponía: “hola, vecino”; otras, “¿cómo estás?”, “¿qué tal?”… y diversas tonterías del mismo estilo. Y así durante algún tiempo.
     Total, que al final caí en la trampa de las hermanas “Dalton” (unas auténticas delincuentes, como se verá) y empecé a responder a los mensajes a través de sugerentes canciones a todo volumen que decían cosas bonitas y audaces para la época, aunque hoy pasarían por puras memeces.
     ¿Y en qué terminó todo? Pues, naturalmente, en que empezamos a salir (que la carne es débil)… ¡los tres juntos! Eso, sí, castamente. Paseos por el parque o junto al río, animadas charlas de café, algún museo que otro, cine… Y fue precisamente allí, en el cine, donde terminó todo. Una tarde en que estábamos viendo una película (yo, sentado entre las dos hermanas, con mis brazos extendidos sobre sus hombros) alguien me golpeó suavemente, al tiempo que chistaba, mientras un haz de luz iluminó mi cara. Cielos, los padres de las chicas con el novio… ¡de la pequeña!
     Así acabó todo.
     The End.

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