Estoy preocupado por mi salud. Últimamente
no me encuentro muy bien que digamos. Duermo poco, me despierto en medio de la
noche sin motivo aparente y después ya no puedo conciliar el sueño; no tengo
apetito, estoy bastante inquieto y desconozco el motivo; curiosamente me llevo
bien con mi mujer. Hace ya algún tiempo que no discutimos; y ello me preocupa,
francamente. Se muestra, incluso, más comprensiva conmigo. A tal punto ha
llegado la situación que, por fin, la semana pasada me decidí a ir al médico.
No quise decirle nada a ella; no deseaba alarmarla, no quería que se
preocupara; en fin, no quise que conociera mi debilidad. Nunca hay que
descubrirle al enemigo tus puntos débiles: sería tu ruina total. Como era fin de
mes y había que cerrar balances, tenía la coartada perfecta para llegar más
tarde a casa sin que sospechara nada. De modo que pedí cita. Después de esperar
casi una hora a que me llamaran, accedí a la consulta. Me senté frente al
médico. Este me miró de arriba abajo, inexpresivo.
Después rompió el silencio con un lacónico
"Usted dirá". Y le dije, ¡vaya si le dije! Mientras yo le hablaba, él
garabateaba, indiferente, en un papel usado. Finalmente, tomó uno limpio y
escribió: "Pasee". Luego, sin decir nada, me lo entregó. Como viera
que permanecía quieto, sin articular palabra, añadió en tono condescendiente:
"relájese, haga vida al aire libre, salga, fatíguese, olvide los problemas,
váyase de viaje... Verá cómo se encuentra mejor".
Me fui de la consulta con un aire de
perplejidad, no muy convencido de que el ojo clínico de aquel galeno diera para
tanto. Deduje que me había diagnosticado estrés. Y yo, aunque no soy un hipocondríaco
de tomo y lomo, acudí con presteza al diccionario y busqué la palabrita de
marras. Lo que encontré no me gustó en absoluto.
El DRAE era contundente: “Tensión
provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o
trastornos psicológicos a veces graves”. Estaba muy claro: mi mujer. Pero,
¿cómo deshacerme de esas situaciones agobiantes que originan reacciones en la
mente que influyen en el cuerpo o alteran gravemente la mente? ¿Justo ahora que
llevaba una vida apacible sin discusiones con mi mujer, sin los buitres
carroñeros de mis hijos revoloteando a mi alrededor y dejándose caer sobre la
presa para sacarme unos euros? ¿Ahora que todo iba bien yo tenía estrés?
Así
que llamé a mi amigo Pablo para que nos deprimiéramos juntos (¿para qué están
los amigos, si no?). Tomamos unas copas, hablamos largo y tendido, se nos hizo
bastante tarde y, ¡por fin!, sonó el teléfono. ¡Cielos, mi mujer! –exclamé yo-.
Aparté el auricular del oído y entoné una letanía sincrónica con ella: “¿Dónde estás?, ¿con quién estás?, ¿qué
haces?, ¿sabes las horas que son? Y yo aquí, sola, en casa, pensando que
habrías tenido un accidente”.
Desde entonces me encuentro mejor.
Pablo, no.
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