domingo, 14 de abril de 2013


    Estoy preocupado por mi salud. Últimamente no me encuentro muy bien que digamos. Duermo poco, me despierto en medio de la noche sin motivo aparente y después ya no puedo conciliar el sueño; no tengo apetito, estoy bastante inquieto y desconozco el motivo; curiosamente me llevo bien con mi mujer. Hace ya algún tiempo que no discutimos; y ello me preocupa, francamente. Se muestra, incluso, más comprensiva conmigo. A tal punto ha llegado la situación que, por fin, la semana pasada me decidí a ir al médico. No quise decirle nada a ella; no deseaba alarmarla, no quería que se preocupara; en fin, no quise que conociera mi debilidad. Nunca hay que descubrirle al enemigo tus puntos débiles: sería tu ruina total. Como era fin de mes y había que cerrar balances, tenía la coartada perfecta para llegar más tarde a casa sin que sospechara nada. De modo que pedí cita. Después de esperar casi una hora a que me llamaran, accedí a la consulta. Me senté frente al médico. Este me miró de arriba abajo, inexpresivo.
     Después rompió el silencio con un lacónico "Usted dirá". Y le dije, ¡vaya si le dije! Mientras yo le hablaba, él garabateaba, indiferente, en un papel usado. Finalmente, tomó uno limpio y escribió: "Pasee". Luego, sin decir nada, me lo entregó. Como viera que permanecía quieto, sin articular palabra, añadió en tono condescendiente: "relájese, haga vida al aire libre, salga, fatíguese, olvide los problemas, váyase de viaje... Verá cómo se encuentra mejor".
     Me fui de la consulta con un aire de perplejidad, no muy convencido de que el ojo clínico de aquel galeno diera para tanto. Deduje que me había diagnosticado estrés. Y yo, aunque no soy un hipocondríaco de tomo y lomo, acudí con presteza al diccionario y busqué la palabrita de marras. Lo que encontré no me gustó en absoluto.
     El DRAE era contundente: “Tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves”. Estaba muy claro: mi mujer. Pero, ¿cómo deshacerme de esas situaciones agobiantes que originan reacciones en la mente que influyen en el cuerpo o alteran gravemente la mente? ¿Justo ahora que llevaba una vida apacible sin discusiones con mi mujer, sin los buitres carroñeros de mis hijos revoloteando a mi alrededor y dejándose caer sobre la presa para sacarme unos euros? ¿Ahora que todo iba bien yo tenía estrés?
     Así que llamé a mi amigo Pablo para que nos deprimiéramos juntos (¿para qué están los amigos, si no?). Tomamos unas copas, hablamos largo y tendido, se nos hizo bastante tarde y, ¡por fin!, sonó el teléfono. ¡Cielos, mi mujer! –exclamé yo-. Aparté el auricular del oído y entoné una letanía sincrónica con ella: “¿Dónde estás?, ¿con quién estás?, ¿qué haces?, ¿sabes las horas que son? Y yo aquí, sola, en casa, pensando que habrías tenido un accidente”.
     Desde entonces me encuentro mejor.
     Pablo, no.

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