Hola. Soy un espejo. Soy tu
espejo.
Yo reflejo los espacios, les doy
profundidad, los amplifico y reflejo la luz natural o artificial. Es importante
que me coloques en el lugar adecuado para que muestre lo que quieres destacar.
Un espejo dice mucho de la gente,
marca la forma de ser de quien lo ha comprado y le imprime carácter. Hay muchos
tipos de espejos.
¿Empezamos por el tamaño?
Pequeño, en el bolso, junto al “rimmel” y a los retocadores estéticos de
cualquier mujer: coquetería. Dispuesto para ser consultado en cualquier momento,
-con discreción-, en el coche, en un semáforo en rojo, en un stop, en un
atasco, a media mañana, para retocarse un poco empolvándose la nariz
discretamente... Me encanta acompañarte, decirte que estás guapa o darte algún
consejo: “En el lado izquierdo necesitas más colorete. Los labios, difumínalos
más... Estás supergenial. ¡Qué bien te veo! ¿Y esas ojeras? ¡Ah!, la noche ha
sido muy larga, ¿verdad? Has descansado poco. Ese flequillo está muy largo, tienes
que llamar a Luigi, tu estilista, (en realidad se llama Luis, pero como vivió
en Italia algunos años...”)
Colocado en el lugar acertado,
luciré muy bien en cualquier parte. Puedo, incluso, hacer las veces de un
cuadro. Combíname con otros de diferentes tamaños y te devolveré la realidad
multiplicada. Soy, como puedes imaginar, decorativo.
Adopto mil formas y estilos:
moderno, clásico, funcional, veneciano, con o sin moldura... y nunca paso de
moda.
¿Qué tenemos que todo el mundo
nos necesita? ¿Será porque me adapto a ti, a tus circunstancias, a tus
necesidades, a tu interés en un momento determinado?
Llévame al cuarto de baño y te
reflejaré tal como eres: sin tapujos. Examínate. Mírate con tranquilidad,
pausadamente. De arriba abajo. Tómate tu tiempo. A solas. Esa espinilla, ese
punto de grasa, la imperfección que hay que corregir... Tu pelo, suave y dócil
(¡ay!, la cana que asoma); quizás rebelde e hirsuto o anunciando entradas, tal vez.
Pero, allí, solos, frente a frente, tú y yo, -los dos-, te diré lo que quieras
escuchar. Tú decides lo que quieres oír. Tal vez necesites maquillar la
realidad de tus años, del tiempo provocador e irreverente que te acusa sin
piedad, o acaso piensas que aún hay tiempo.
No vale la pena que te enfades
conmigo. Sabes que soy veraz: “Al pan, pan; y al vino, vino”. De nada te sirve
irritarte conmigo. No hagas como aquel que rompió el espejo en mil pedazos y
cada uno de ellos le gritaba después lo que no le gustó oír. Además, te
esperarán siete años de mala suerte.
Y si no quieres reconocer la
realidad, úsame como espejo retrovisor, para saber que el pasado difiere -¡y
mucho!- del tiempo presente (pero no pierdas de vista el norte, no vaya a ser
que el presente se te acabe).
(continuará)
Supongo que Pablo dará clase en la Universidad o, como mucho, a 2º de Bachillerato. No veo a ninguna alumna en cursos inferiores a los antedichos capaces de realizar este trabajito.
ResponderEliminarOtro gallo hubiera cantado si en vez de alumna fuera alumno.
Interesantísima reflexión sobre el espejo en el espejo.
Recuerdos a la Susi.
Nicolás, no eres el único que comenta. Estoy cansado de sugerir a algunos de mis seguidores que comenten más en público y menos en privado. Pero no hay forma. Hacen oídos sordos (quizás no me oyen... No sé... Estoy confuso). Pero me agradan tus comentarios y tus críticas. Éstas, dulces, constructivas, sinceras...fundamentadas.
EliminarVerás: Pablo tiene buenos alumnos. La sensibilidad de algunas féminas es notoria. Dejad que el espíritu fluya. En realidad, escribir no es tan complicado. Pablo me dice que la gente tiene -por naturaleza- una especie de horror al folio en blanco. Tal vez sea como el trapecio circense: impone mucho. Puedes escribir -repite una y mil veces- aunque has de ser capaz de sobreponerte al desierto ágrafo del folio en blanco. Antón, no te asustes, -insiste. Escribe. Verás que las palabras llaman a las palabras. Las ideas necesitan de otras ideas para comunicar y esto es como el rascar: empieza y verás. No te desanimes si al principio tus textos no tienen mucha coherencia. Quizás sea porque tus palabras se han desatado en un afán de comunicar una vez que has dado rienda suelta a tus emociones. No te desesperes, deja que fluyan... incluso, sin sentido, alocadas. Luego, dirige, manda y ordena. Verás cómo todo acaba teniendo sentido. Corrige, borra, rehaz... paciente, sin premura, a fuego lento...Recréate en lo que haces ¡y disfruta!