Cuando el espejo mismamente no se
había inventado aún, yo ya realizaba servicios a través de ciertos elementos de
la naturaleza. En mí ha estado la cualidad de reflejar y verse reflejado. Pero
el espíritu de autosatisfacción es maligno, como ya conocéis. Narciso, muy
presumido él, se enamoró de su propia imagen
y le fue como ya sabéis todos.
- ¿Versión griega o romana?
- Tanto da.
Recuerdo con mucho cariño a un
tartamudo. Todo un ejemplo de superación intentando, con gran esfuerzo,
sobreponerse a su dificultad articulatoria que, por cierto, logró con mi ayuda.
También están los tipos “encantados de haberse conocido”. Son,
realmente, patéticos. No hallan en sí ninguna clase de defecto por más que
pasen los años. Se quieren con ímpetu,
se idolatran, se adoran por encima de todas las cosas. Algunos, en el anonimato
de la soledad del cuarto de baño o de su habitación, me besan con delectación,
con pasión y con gozo. No me abrazan porque suelo estar pegado a la pared y ello es
un incordio, mayormente. Sin embargo, me besan, como ya he dicho. Y son
felices, muy felices.
Los cachas de gimnasio son mis
actores preferidos. Me encanta verlos, -orgullosos y seguros de sí mismos-, lucir su musculatura,
muchas veces hipertrofiada a base de compuestos de origen más que dudoso y
realizando gestos y posturas realmente absurdos. ¡Con qué poquito se conforman
algunas personas!
A mi modesto entender, las
proporciones del cuerpo humano según el sentido artístico de los escultores y pintores renacentistas
no se corresponde gran cosa con los estándares actuales -de según quiénes-, entre
los aficionados a los gimnasios. No imagino yo al “David” de Miguel Ángel
actualizado y remasterizado. ¡Qué horror!
Para los desinhibidos, para los
que no tienen complejos, para los que gustan reírse de sí mismos, para los que
aman provocar reacciones en el espectador, tenemos los espejos cóncavos y
convexos de las ferias, que nos devuelven imágenes deformadas de la realidad y
que actúan como terapia curativa de nuestro ego.
He conocido actores que ensayaban
sus papeles ante un espejo. Incluso he visto a directores de colegios e institutos. O conferenciantes también. Así, supongo, corregían sus defectos declamativos e
interpretativos y comprendían cómo les verían los demás. Algunos oradores,
vendedores, pulpitófilos y
sermoneadores en general, tienen por costumbre utilizarme para preparar sus
discursos más o menos sugerentes. Me divierten estos tipos egocéntricos y ególatras, (ensimismados y de sí mimados) ya que
ellos mismos son sus propios crédulos feligreses a los que tratan de vender su
homilía.
A fe mía que lo consiguen muchas
veces.
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