Supongo que mi pereza por el séptimo arte
proviene de la actitud de mi mujer quien, al final, consigue que me desenganche
y coja un libro o el periódico.
Ocurre que en casa es capaz de ver 2 o 3
películas a un tiempo, mediante el zapeo. Es un mareo, la verdad, aunque para
ella parece ser algo natural. Me cuesta trabajo comprender que pueda seguir
todas a un tiempo. ¿Será verdad que nosotros tenemos solo una neurona?
A mí lo que me encanta es recrearme una y
otra vez en los diálogos, medir las palabras una por una, empaparme de los
gestos de complicidad de los actores, escuchar esos silencios tan profundos, -con
las miradas entrecruzándose-, sentir la emoción de la tensión, gozar del striptease pecaminoso del guante de
Gilda...
-
¡Cochino! Todos los hombres sois iguales. Tenéis la mente sucia -grita mi Santa desde un
extremo de la otra habitación.
- (¡Ya estamos! Pero esta vez no te voy a
contestar, ¡bruja!).
Cuando no coinciden dos películas en
distintas cadenas (cosa verdaderamente extraña) y ha de contentarse con la de
turno, -si la ha visto- acostumbra a anticiparme los acontecimientos y me desincentiva.
Eso de saber quién es el asesino antes de tiempo, -por poner un ejemplo clásico-
me desmotiva profundamente.
Así que ahora me estoy empapapando
secretamente de la película Crimen
perfecto y voy a tratar de recrear la escena criminal del filme. Claro que
corregiré algunos errores perpetrados por el aprendiz de brujo, ya que, muy a
su pesar, no consiguió su objetivo final. En fin, un crimen perfecto es
exactamente lo mismo que un matrimonio perfecto. Y el mío lo es.
Yo ya voy acumulando pacientememente el
rencor a través de los años. En cuanto tenga mi plan acabado, lo pondré en
práctica y terminaré con esta humillante situación que me inflige, a diario, mi
“Santa”. Ni una película puedo ver tranquilo. Que se vaya preparando para lo
que le espera, señorita Escarlata.
A Dios pongo por testigo.
Ya sabes que el crimen perfecto es el suicidio.
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