domingo, 8 de julio de 2012

     No me gusta llegar tarde a ninguna parte. Debo de ser un bicho raro porque, en general, la gente se retrasa muchísimo. Y si no, para muestra, no un botón, sino toda una colección. Para hacer justicia habría que excluir a mi mujer. Su caso es un caso aparte. No es impuntual, ya que siempre está en el sitio a la hora convenida. Para quien no la conoce es más exacta que un reloj suizo. Pero, en realidad, adelanta que es una barbaridad, pues siempre llega media hora antes. Vivir a su lado es estar bajo presión continua. ¡Qué agobio, Señor, qué agobio!
     Viajar con ella en avión es una experiencia totalmente prescindible. Dos semanas preparando las maletas. Tal cual. ¿Para qué, si luego se olvida de la mitad de las cosas y parte de las que lleva no se las pone? Es tan apañada que prepara su maleta… ¡y la mía! Y eso me da una rabia… Es que no sé lo que llevo en ella.
     Tenía yo gusto por ponerme el bañador tipo speedo, que últimamente he rebajado mi barriguita cervecera y quería lucir mi palmito en la playa. Pues, no; me encontré con el bañador tipo meyba, “que ahora se lleva mucho”.
     Hace ya algunos unos años celebramos las bodas de plata. Quisimos volver a Tenerife, que fue donde estuvimos de viaje de novios. En fin, lo típico. Sacamos los billetes a través de una agencia de viajes. Yo habría preferido hacerlo por internet, desde casa, pero mi mujer, empeñada en que “con la agencia es mejor, ellos te lo solucionan todo, si algo falla tienes detrás a unos profesionales como la copa de un pino resolviéndote los problemas…” Por no oírla…
     Luego, la guasita del personal: “¿Qué, a recordar viejos tiempos?” –más como una evidencia que para informarse. “Radio nostalgia, ¿eh abuelos”? –bromeaba otro. “Canal melancolía”, -remataba un tercero con evidente tono de cachondeíto.
     El día de la partida, ¡qué nervios! Y si solo hubiera sido eso… La noche anterior no pegamos ojo. En mi casa tenemos la costumbre de compartirlo todo. Si mi mujer no duerme porque está nerviosa, nadie descansa (como se ve, somos muy solidarios entre nosotros). Y como le da la neura antes de los viajes, todos de imaginaria.
     Al día siguiente, agotados, claro.
     En el extremo opuesto se situaría mi hijo pequeño. Siempre tiene que haber un contrapeso. A este le pasaría un camión por encima y no se movería.
     - ¡Ay, que llegamos tarde, que perdemos el vuelo, que solo falta…! -interviene, angustiada, mi mujer.
     - Tampoco exageres, que hay tiempo de sobra -animo yo. Sí que es necesario que nos sobre un poquito de tiempo por si hay algún contratiempo –puntualizo en plan previsor.
     - Chist… -serena mi hijo con pasmosa dicción. Y prosigue con gesto lento y calmado aleteando las manos: Tran-quis, trons… No pa-sa ná… Hay tiem… -dice sin inmutarse. Y se queda tan tranquilo.
     Mi mujer, se sofoca, se excita:
     -Ay, que me da; que me da –repite nerviosa. Se tumba en el sofá y se abanica la cara con las manos.  ¡Que me da algo! –grita, en vista de que no le hacemos demasiado caso.
     - Nene –intervengo- haz el favor, apúrate una miajilla, anda, corazón.
     - Vaaa… -replica acelerando el silabeo. Cómo os ponéis, colegas. Mira a la mama –dice en tono de reproche.   Va, anda, hazle una tilita –concluye.
     - ¿Quién? ¿Yo? –me enfado. ¡Pero si está así por tu cachaza! ¡Que parece que te has fumado algo! –le digo excitado.
     - Sa-bes que no fu-mo –replica despacito, silabeando y en voz baja, displicente.
     - Mmm… -gruño, finalmente.
     - ¿Me vais a hacer caso de una dichosa vez? –gimotea nuevamente mi mujer. ¡Que estoy muy malita…!
     - Ya voy corazón -contesto solícito. Y tú, (a mi hijo) date prisa, que así no vamos.
     - Desde luegooo…, entre la mama y tú vais a acabar es-tre-sán-do-me. Qué vida más agitada –sentencia.
     (Jo, ¿qué habré hecho yo para merecer esto?)

No hay comentarios:

Publicar un comentario