domingo, 11 de noviembre de 2012


     Ya no se escribe. Creo que se ha perdido totalmente el gusto por la relación epistolar. La vida cambia, la rapidez se impone y la relación interpersonal se ha hecho instantánea y más efectiva. Los contactos se hacen a base de móvil, sms, mms, chat o videoconferencia. La carta es un “emilio” urgente, sin encabezamiento, sin saludo, sin despedida, sin posdata, sin orden ni concierto; aderezado con faltas de ortografía, hijas del desconocimiento y de las prisas, donde no se cuidan ni las formas ni el estilo.
     Aún quedamos, sin embargo, románticos de la comunicación a la antigua usanza, cuando hablar por teléfono era casi poner una conferencia desde el otro mundo, con las grandes limitaciones que ello tenía. A mí me hacía muchísima ilusión mandar y recibir cartas. Escribir en el sobre la dirección era un ritual de buena letra y de composición artística. Introducir la carta en el sobre, motivo de gran emoción. Y luego, añadir el remitente. Ah, eso era la consagración del inicio de una gran aventura que tenía el punto álgido cuando, tras pegar el sello, la introducíamos cuidadosamente en el buzón.
     Después de viajar durante días por intrincados caminos, sorteando innumerables peligros, llegaba, por fin, a su destino. Aquella correspondencia pareciera que se la llevaran personalmente al destinatario de tanto como tardaba. Pero ahí estaba finalmente. Había cartas de varios tipos: comerciales, que eran cartas muy aseadas, con sobre de ventana, y que en mi caso eran pocas y no demasiado bienvenidas; luego, las manuscritas, cuyo remitente yo intentaba adivinar por la letra. También estaban las tarjetas postales, que tenían un plus, porque solían ser de familiares o amigos viajeros desde el lugar de vacaciones, lo que le daba cierto empaque social a la comunicación y nos ponía los dientes largos. Además, las coleccionábamos.
     Me gusta escribir. Confieso que pertenezco a la vieja escuela. También reconozco que me he adaptado sin problemas a la forma actual de comunicación y al uso de los correos electrónicos y de todos los medios modernos actuales. A veces, sin embargo, la morriña me invade y vuelvo al ritual clásico.
     Escribir es para mí toda una aventura. Las cartas (hablo de las personales) se extienden a lo largo de varios folios manuscritos de cuidada letra, de estrictos márgenes y de presentación exquisita. Empiezo la carta y paso horas y horas ante ella. Puedo comenzarla hoy y tardar varios días en completarla. Y no es por falta de ideas o de cosas que contar, sino porque escribo, corrijo, borro, tacho, rehago, rectifico, ordeno, leo, releo, imagino… Sobre todo, disfruto. Es verdad que hay un componente egoísta, pero eso nos ocurre en todas las actividades que realizamos voluntariamente en la vida, so pena de que seamos masoquistas. Y aún así, también disfrutamos.
     Hoy me ha dado por escribir estas tonterías porque la Susi ha recibido una carta de las de verdad, con sello y toda la pesca. Venía emocionadísima, excitadísima, no cabía en sí de gozo, porque la criatura, de esas cosas sabe bien poco, pues ella es muy de este mundo.
     Y a mí, que en el fondo soy un gran sentimental, me ha retrotraído a mis tiempos de juventud.
     Le he hablado de mis años de mili, cuando -ansiosos- esperábamos impacientes la carta de la familia o de la novia. Cada día nos reuníamos en torno a la mesa del cabo de guardia y, este, con un gran fajo de cartas en su mano, subido sobre ella, iba desgranando los nombres de los ansiosos y esperanzados compañeros.
-         Parra, López, Fernández…
-         Aquí, aquí -gritaba cada uno con su emoción contenida.
     Y el cabo las lanzaba con gran precisión a la zona de donde procedía la voz.
     Buenas y malas noticias, que de todo había, pero generalmente, buenas. Nos gustaba comentar con los amigos las misivas recibidas. Era como si también nos hubieran escrito a nosotros.
     Por la tarde, en tiempo de siesta o de relax, tratábamos de cumplir con nuestros correspondientes contándoles cómo iban transcurriendo aquellos –mayoritariamente- insulsos días.
     Algunos enamorados perfumaban las cartas con su loción del afeitado. Otro, que yo recuerde, le envió a su prometida un mechón del pelo que le cortaron tras un arresto.       Otros, emulando a un pintamonas, llenaban el sobre de cursis corazones atravesados por flechas y sonoros besos que apenas permitían descubrir la dirección.
     Faltos de recursos económicos, muchas de las veces, cuando escribíamos a algún amigo que hacía la mili en algún otro acuartelamiento del país, no poníamos sello. En un lugar bien visible escribíamos aquella tontería de “De soldado a soldado, paga el Estado”. Puedo asegurar que, por increíble que parezca, muchas de las cartas llegaban felizmente a su destino. Sería que los carteros sabían de nuestras estrecheces porque también ellos fueron soldados de reemplazo y se solidarizaban con nosotros.
     Otras veces, si poníamos sello, le dábamos la vuelta. Era nuestra forma tonta y pacífica de protestar contra el “abuelito”.
     Me ha emocionado la Susi. Parecía una niña de las de antes con un par de zapatos nuevos de charol y su carta en la mano.
     ¡Qué bonito que aún haya gente así!

2 comentarios:

  1. Se nota, Antón, que es una nota de cincuentón, de abuelo contando su mili (porque ya no deben de quedar de esos de la batallita del abuelito), los de 30 y 40 ya no la conocieron, por suerte para ellos, pero los que la hicimos todavía recordamos aquellos momentos del cabo encaramado encima de la silla apellidando soldados y la envidia que nos corroía cuando un soldado (y si era recluta más todavía) recibía 3 ó 4 cartas, hasta le preguntábamos qué y quién, si había confianza, claro (eso que tan bien describe Antonio Muñoz Molina en "Ardor guerrero"),
    Desgraciadamente, las únicas cartas que recibimos ahora son de las diversas Administraciones, públicas o privadas, o publicidad, o información, sobre todo de bancos. "Los tiempos están cambiando" que cantaba el Loquillo o el Bod Dylan en su inglés.

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    1. Hola, Nicolás:
      No quería yo caer en la deriva de "abuelo cebolleta", pero está claro que la vida es una acumulación de recuerdos, sensaciones, historias... que nos empeñamos en recordar en voz alta. Venía esto a colación, claro está, porque la Susi, ese encanto de niña, ya convertida en mujer, traía una carta en la mano ¡y no era una letra, ni un protesto, ni una multa! Era, simplemente, una carta de amor. Enternecedora la imagen si hubieras podido vivirla como yo.

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