domingo, 28 de octubre de 2012


     La Susi, ese ser tan maravilloso con quien tengo la gran fortuna de compartir multitud de experiencias, me ha proporcionado la alegría de poder estar con ella nuevamente.
-   Antón, -me susurra tiernamente- me han invitado a una boda y, como todos llevan pareja, voy a sentirme muy sola. Acompáñame, anda; vente conmigo –dice melosa.
     Y yo, que soy de corazón débil, me dejo convencer por su voz dulce y por sus carantoñas. Armas de mujer de las que no he sabido jamás defenderme. Y así me va en la vida.
     Hacía tiempo que no iba a una boda. Casi desde que me casé, si exceptuamos la de Pablo. Y es que hoy en día casi nadie se casa. En fin, a lo que iba. Aquello no era una boda, era algo espectacular, mezcla de Pasarela Cibeles  y actuación circense, aunque finalmente devino en bodorrio por lo desordenada y ruidosa que resultó.
     Parecía una competición –por la elegancia, unas veces; por la chabacanería y ostentación del mal gusto las más- de modelos, modelitos, tocados, peinados, escotes, piernas y figurantes en general. Me fue difícil, al principio, reconocer a la novia, ya que entre los asistentes había una soterrada lucha por ser, estar y parecer. Yo, que soy un clásico pertinaz, buscaba de entre la gente un traje de novia de color blanco pureza, pero al rato salí de dudas cuando, de un Buick descapotable, modelo años 50, de la factoría USA, desembarcó una joven enfundada en un espectacular vestido negro.
     En mi desconocimiento total de las tendencias actuales, más me pareció un oscuro vaticinio de lo que podría depararle el destino al novio, quien comparado con la hermosura de su prometida, me recordó a la mantis religiosa, que tras la noche de amor devorará a su compañero.
     La Susi, que es más de este mundo, me sacó de mi ignorancia y me explicó que estas eran las nuevas tendencias y me hizo sentir un troglodita de la moda; pero como tiene esa gracia al decir las cosas, no pude enfadarme con ella.
     Mientras en el bando de las chicas todo era colorido, competencia, exageración, diversidad, generosidad en los escotes (tipo barco, Berta, palabra de honor –¡os lo juro!- hombros caídos, cuadrado, en uve, falsa modestia…), ellos llevaban unos trajes aburridos, monocromáticos, insulsos, todos con el mismo corte.
     Tengo que deciros que la Susi causó sensación entre los asistentes con su vestido corto de cóctel rojo-pasión, escote te lo juro y sus imponentes zapatos de tacón de aguja que lucía con gran elegancia. Entre la gracia de su porte y la plataforma en la que se hallaba subida, parecería yo un escolar al que su mamá acompañara -cogido de la mano- al cole, si no fuera porque puedo ser su padre. Pero la Susi es esa chica desinteresada y desprendida que va con su amiga a todas partes y a quien no le importa que ésta sea fea.
     Así iba yo con la Susi: dando la nota.

domingo, 21 de octubre de 2012


     Hoy es viernes y, como cada viernes, voy con mi mujer al mercadillo a hacer la compra de verduras, hortalizas y fruta para toda la semana. Vamos muy tempranito porque hay menos gente, los puestos están recién montados y la mercancía se encuentra en todo su esplendor. Así que ahí estábamos a las 7 de la mañana.
     Tengo la costumbre, desde hace muchos años, de acompañar a mi mujer todas las semanas. Ella es quien se encarga de la intendencia, la que compra la comida; y yo soy su porteador servicial y sufrido. También ella es la que paga con los 40 € que me pide cada jueves, insistente.
     - Ay, cielo –me dice cariñosa-  tienes que sacarme dinero del cajero para mañana, que hay mercadillo. Ya sabes, cuarenta eurillos –me pide.
     Yo, me sorprendo y le pregunto:
     - Pero, ¿no te di 40 € la semana pasada? ¿Te lo has gastado todo?
     - ¡Huy, no sabes bien tú cómo está la vida! –exclama entre enojada y desconfiada.
     Me sorprendo, pero no digo nada. Pues sí que está cara la vida, sí -pienso.
    En fin, mi mujer va comprando el género. Lo mira, lo calibra, lo toca, rechaza alguna pieza, las mete en bolsas, las pesa y me va dando órdenes de cómo colocarlo en el carrito de la compra.
     - No, no, no… Así, no. No pongas los tomates con los pepinos, que se van a aplastar.   El gazpacho, "ya si eso", lo hacemos en casa. ¡Ay! Las naranjas ponlas aparte, que ocupan mucho espacio y no me cabe nada. La sandía hay que llevarla en la mano. Haz el favor: los plátanos, que vayan separados, que están maduritos. No me mezcles las patatas con la uva, ¡hombre! ¿No ves que se van a despachurrar? ¡Estos hombres, qué torpes que son! –le comenta, cómplice, a una vecina del puesto.
     Entonces, yo miro con gesto serio y adusto a la mujer y, esta, hace solo una mueca y baja la cabeza. Luego, añade tímidamente un “es que…”
     Finalmente, al pagar entrega un billete de 20 €. Su mirada y la mía se cruzan un instante. No digo nada. Ella comprende que la he pillado “con el carrito del helado”, en plena sisa; mas, con la tranquilidad de quien está preparado para estos casos, suspira profundamente y  -campanuda- añade:
     - ¡Huy, hijo mío. No veas cómo está la vida! ¡Qué cariSÍsimo que está todo!
     Y como que no va con ella, coge las vueltas y me dice, mandona:
     -Anda, nene, que nos vamos. Recoge las bolsas y tira para el coche.
     Obediente, la sigo como puedo. Ella, empujando alegremente el carrito de la compra. Yo, cargado con las bolsas: en la mano izquierda una sandía como un globo terráqueo. En la derecha, los tomates, en una bolsa; y en otra, las naranjas, “que ocupan mucho espacio”. A la espalda, una pequeña mochila con dos melones de la Mancha, para equilibrar. Me veo hecho un pobre porteador negro del África tropical siguiendo a mi bwana.  
     Mientras, voy comprendiendo el porqué y el cómo de algunos modelitos.

domingo, 14 de octubre de 2012

   
     No sabía yo que en aquella época la Susi estuviera tan enamorada (ni siquiera un poquito). Aunque creo que la conozco bastante bien, esta criaturilla no deja de sorprenderme y emocionarme cada día un poco más. Ahora se nos ha puesto romanticona y cual insigne vate nos deleita con estos versillos que robé de su diario.






domingo, 7 de octubre de 2012



     Va a ser cierto eso de que casamiento y mortaja del cielo baja, que decía mi abuela Asunción, a quien Dios tenga en su gloria (en fin, tras 94 años de azarosa vida de santidad, la buena mujer se lo tenía merecido). Pues a lo que iba: ¿quién me iba a mí a decir que mi primera novia iba a ser vasca? Porque, la verdad, servidor es de Zamora. Además, ni soy ligón, ni guapo, ni mujeriego, aunque he tenido algunos affaires amorosos. Bueno, amorosos, amorosos -en sentido estricto- tampoco muchos que digamos; pero affaires, sí. De todos modos, sin querer presumir mucho, uno tenía su parroquia de seguidoras. Y hete aquí, que un día, tonteando, tonteando, pues lo que pasa, que parece que fulanita te cae más simpática que las demás y todo eso. Y así, como decía, a lo tonto, se te complica la vida.
     Era la tal fulanita una rutilante moza con buenos motivos para agradar a un chico tontorrón y bobalicón como yo (guapa, inteligente, dicharachera, simpática…y tenía unos preciosos ojos azules, ¡malpensados!). Se llamaba (y supongo que aún seguirá llamándose) Garbiñe Astiasuainzarra Orobiourrutia. Y era de Bilbao, “oyes”. Por eso había nacido en una aldeíta cercana a San Sebastián, provincia de Guipúzcoa (y es que “Los de Bilbao nacemos donde nos da la gana” -me decía entre carcajadas).
     Lo que pasa con estas cosas es que poquito a poco te vas metiendo en la familia, sin darte cuenta. "Mira, aquellos son mis padres". Y así. Al final me los presentaron.
   La madre era una mujer grande, sin excesos, muy callada. El padre, un chicarrón del norte, “metro ochentaidós”, boina (perdón, chapela-txapela) que no se la quitaba ni para dormir (yo me preguntaba si “ello” no sería el gorro de dormir, el cual olvidaba quitárselo por las mañanas), y cuerpo de leñador o levantador de piedras. Tenía un acento vasco cerrado-cerrado, como los de los vascos de los chistes de vascos. Su sentido del humor era un tanto peculiar: me daba unos “golpecitos” en la espalda que me crujían, al tiempo que decía entre risotadas “majeteee…”. También tenía un RH negativo. Muy negativo. Más negativo que el del “Padre Arzallus”. Y eso, a mí, que lo tenía positivo y era muy maqueto, me podía. Recuerdo que un día que habíamos tomado un par de vasos de chacolí, me miró muy serio y fijo a los ojos, sin pestañear. Luego, se rascó la boina, carraspeó, acomodó la voz y, en un tono quedo, apenas percetible, me soltó: Oiga, joven, ¿cuáles son sus intenciones con mi hija?
     Me asusté mucho y no volví nunca más.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Ayer acudí con la Susi al ginecólogo. La pobre estaba sola y me pidió que la acompañase. A mi mujer, recelosa como siempre de mis compañías femeninas, no le hizo demasiada gracia. Si no hubiera tenido hora con su “estilista”, como dice ella, nos habría acompañado en calidad de carabina. Y total, ¿para qué va a la peluquería si siempre viene con unos pelos “que pa qué”...  y con el bolsillo maltrecho? Pero ella se empeña en que está guapa:
-         ¿No me notas nada, cari? –acostumbra a preguntarme, coquetuela.
-         Chica..., la verdad... –le respondo con aire despistado. Así... de repente... –continúo, ingenuo. Pues... Déjame ver... ¡Ah, ya...! –digo dispuesto a acabar con tanto misterio. Los pendientes son nuevos, ¿eh? –añado con aire cómplice.
-         ¡Qué va, tontorrón...! –me responde ella, melosa. Vengo de la “pelu”. ¿A que estoy guapa?
-         Cla..., cla..., ¡claro! –tartamudeo azorado. ¡Qué tontorrón! ¡Mira que no darme cuenta...! Pero, ahora que lo dices, estás guapísima. ¡Vaya! ¡Gua-pí-si-ma!
-         Aaanda, trolerooo... ¡Eso se lo dirás a to-das! –termina triunfal.

Pues a lo que iba, que como tenía “pelu”, -muy a su pesar- no pudo acompañarnos. De modo que allí estábamos los dos esperando en la salita de la policlínica a que nos llamara la enfermera. Estaban con nosotros otras tres mujeres. Dos de ellas, que al parecer eran amigas, hablaban sin parar. Al rato salió la enfermera, quien se dirigió a una de ellas en tono familiar:
-    Paqui, pasa. Y añadió: ¿Hay alguien más para la ginecóloga?
-    Yo, dijo la Susi.
-    Ahora enseguida la llamo, dijo aquélla.
 Y la enfermera desapareció.
  Aquellas dos mujeres distraídamente despreocupadas llevaban largo rato contándose la receta para hacer un bizcocho. Que si mi madre, la pobre –que en gloria esté-, lo hacía así; que si la harina se añade poco a poco hasta que la mezcla se haga homogénea y que cuando se despega del bol ya tenemos la mezcla perfecta; que…Y así hasta que se dieron cuenta de que la enfermera, tras preguntar algo que no habían oído, se había metido de nuevo en la consulta.

-         ¿Qué ha dicho? – nos preguntó resuelta una de ellas.
Y la Susi respondió:
-         Pregunta por los pacientes para ginecología.  
Y aquellas, muy ofendidas, empezaron a a llamar a la enfermera de todo, menos bonita.
-         ¿La tonta esta no tiene una lista? –preguntó nuevamente la más guerrera.
-         Pues estamos bien, coreó su compañera.
La Susi no sabía dónde meterse del ataque de risa que le dio.
-         ¿Que si hay alguien para ginecología? -volvió a terciar la más habladora. Y continuó: ¿Te das cuenta? ¡Si ha pasado de nosotras! Pero, ¿será borde la tía? –insistió.
-         Pero, ¿será posible? ¿Cómo es posible que no tenga una lista? Por Dios, ¡qué barbaridad, qué desatino!
-         Más inútil no se puede de ser –confirmó la otra. ¿Uds. lo han visto, verdad?
-         Bueno… la enfermera preguntó si… -intentó decir la Susi, cuando rápidamente, la primera cortó:
-         Pues eso es una falta de seriedad y de profesionalidad, porque aquí todos pagamos impuestos y “bla, bla, bla”…
-         Y “bla, bla, bla”… repitió la otra.
-         “Bla, bla, bla”… -confirmó la primera
-         Pues “blablablá, bla, blablá”… -intervino nuevamente la marisabidilla.
-         Ah, Claro… “blablablá, bla, blablá”… -corroboró su acompañante.
-         ¡Natural! “Blabla, blablá, bla”… -acordaron finalmente ambas, tras unos veinte minutos de protestas y críticas.

Ya, la Susi no oía; hacía un rato que había desconectado y daba fe de sus buenas maneras.
Por fin… ¡¡¡Siguiente…!!!


domingo, 23 de septiembre de 2012

     Es posible que alguno de mis amables lectores eche de menos a mi “Santa” y alguna de sus historias. Pues bien, hoy tengo que contaros que estoy harto. Sí, como suena: harto. Resulta que no le basta con ser una especie de ser omnisciente, sabelotodo. Encima, es cruel conmigo y me castiga. Hoy, concretamente, sin postre. Total, por una travesura de niño chico, de nada.
     Sabéis –y si no, os lo digo yo- que le gusta bastante pasear. Nadie piense que es porque quiere estar en forma, rebajar esos michelines indómitos que se le ponen a modo de cinturón… (chincha, rabia, que yo tendré barriguita cervecera, como tú dices, pero lo tuyo es un flotador homologado. ¡Toma ya!) sino que lo hace por puro cotilleo, por tomar el pulso de la calle, por curiosear (yo digo que es por ver la tele en directo). El caso es que sufro con ello, porque a mí, lo que me gusta en mis ratos de ocio, que son bien pocos, es estar tranquilo leyendo o haciendo alguna de las manualidades a las que soy bastante aficionado o escribir en este blog, claro. Pero ella se empeña en salir, vivir la vida… “Porque, ¡hijo!, se te queda una cara de membrillo todo el día metido en casa… Hay vida fuera de estas cuatro paredes -me dice. Hay que salir, ver gente, tomar contacto con la realidad...”
     Y eso fue lo que yo hice el otro día, que casi me sacó de casa a empellones: tomé contacto con la realidad.
    Íbamos amarraditos los dos, como le gusta a ella, “espumas y terciopelo” y apretujados la otra contra el uno cuando, de entre la gente surgió la figura de una joven escultural y de aspecto jacarandoso moviendo alegre sus caderas. No pude resistirme y toqué, con un sonoro y alegre palmoteo, donde no debía. Claro, se lio, aunque tuve la habilidad de hacer que pareciera que había sido ella. La otra, con los brazos en jarras y expresión malhumorada, la puso “cual no digan dueñas”, como os podréis imaginar, aunque no pasó a mayores.
     Y yo, muy digno, disimulando.

domingo, 16 de septiembre de 2012

     Hace unos días la Susi vino de lo más divertida de la piscina. Había entablado amistad en el vestuario con una viejecita muy simpática y agradable, según parece. La conocía de antiguo, pero su contacto con ella no había pasado de un cortés “buenos días” y poco más. Sin embargo, parece ser que se encontraban las dos a solas en ese momento y a aquella venerable señora le dio por soltarse el pelo y comenzó a contarle cosas.
   Según le dijo, tenía 76 años –muy bien llevados, por cierto- y estaba casada. Su marido no participaba del interés deportivo de su señora, que deseaba llevar su vejez lo más en forma posible y que estaba decidida a morirse con una salud de hierro cuando le llegara su hora.
     Los hijos parece ser que vivían en Holanda y el matrimonio disfrutaba de su jubilación en España desde hacía unos cuantos años.
     Ella era una mujer pequeña, menuda, de pelo muy blanco y corto, y con pocas arrugas en la cara. Su aspecto sólido indicaba que llevaba una vida de ejercicio. Tenía un marcado acento extranjero.
    Dice la Susi que la abuela le recordaba muchísimo a la actriz Estelle Getry, que interpretaba el personaje de Sophia Petrillo (la abuela) en la serie de TV “Las chicas de oro”.
     La Susi, una vez que la mujer inició la conversación, muy educadamente le siguió la misma y se interesó por ella, por su familia (sin ánimo de cotilleo, que quede claro)… En fin, ya se sabe: por todas esas cosillas que no tienen más interés que el de relacionarse y hacer amigas que, la Susi, en esas cuestiones, además de educada y cortés, es muy sociable.
    En esos escarceos primeros de la conversación se encontraban cuando, de repente, la viejita, indignada, le comentó que estaba cansada de su marido.
-  Mi marido no me comprende. Se queja de todo y por todo. Estoy harta.
       La Susi, confusa, no sabía por dónde salir. Solo acertó a decir, al fin, en un tono balbuciente:
-  Mujer…
-  Sí, sí… cortó la anciana con rotundidad. Y añadió:
- Ese viejo gordinflón no quiere moverse del sofá en todo el día –prosiguió con energía su compañera. Es como el perro del hortelano, que ni vive ni deja beber.
-  No, no, no -interrumpió la Susi viendo que la mujer equivocaba el dicho- que ni come ni deja comer -corrigió.
-   Mi acento no es muy bueno -continuó la mujer- pero llevo en España muchos años y conozco bien el idioma. Mi marido sí come ¡y mucho! Ya le han dado dos infartos y le han implantado un marcapasos. Dice que si viene a la piscina tiene miedo de que se le moje y le haga un cortocircuito. Y mi marido no vive la vida porque se la pasa encerrado todo el día en casa y tampoco quiere que yo beba ni una copa de anisete.
-        Además es un celoso increíble. No quiere que venga a la piscina porque teme que ligue.
     La Susi apenas pudo contener la risa a pesar de morderse la lengua con fuerza.
     - ¿A qué vas a la piscina?- me pregunta mi marido. ¿No los conoces ya a todos? –prosigue. Ud. me dirá –termina la anciana.
-   La Susi: (con aire picarón) Eso es que tiene miedo de que ligue. Eso es que la ve joven, mujer; eso está bien.
-  La anciana: (con aire sorprendido) ¿Ud. me ve a mí…? Quita, quita. Y se pone a cantar a viva voz: “Hace tiempo que no siento nadaAa…”
     A la Susi casi le da un ataque de risa.
-   La Susi: (tranquilizándola) ¡Quién sabe, mujer, quién sabe! Igual le gusta.
-   La anciana: (sonriendo con malicia) ¡Anda que si va y me gusta…!
-   La Susi: (socarrona) Pues ya sabe: entonces invita a su marido a que se alegre la vida.
-   La anciana: (con aire divertido) ¡Pero que dices, con el montón de pastillas que se toma al día!
-   La Susi: (a punto de explotar) Pues mujer, una viagra entre medias y…
-   La anciana: (riendo con franqueza) ¡Pero si tiene un marcapasos!
-   La Susi: Bueno, morir de felicidad tampoco está mal. (Y estalla en una sonora carcajada).
-  Quite, quite -dice con cierta vergüenza la anciana. Me voy a la piscina a ver si me desaparecen los dolores.
    

     P.D.: Me duele que la Susi tenga ese comportamiento con la gente, porque ella ha recibido una educación muy esmerada y rigurosa. Yo creo que son defectillos de juventud. Por otra parte, tampoco quiero darle demasiada importancia porque conociendo a la Susi, no me extrañaría que esta historia se la hubiese inventado para darse pisto.

domingo, 9 de septiembre de 2012


     Todos los años la misma canción. Cuando llega la época estival, empiezan las famosísimas rebajas de verano bajo diversas denominaciones. Rebajas, saldos, ofertas, outlet … Da igual el nombre que tengan; para mi mujer siempre han sido un trofeo muy codiciado.
       -Anda, amorcito -me dice. El lunes comienzan. ¿Me acompañarás?
     Y yo, que por naturaleza soy un poco comodón, me excuso de mil maneras posibles. En el fondo, porque para mí es un martirio visitar decenas y decenas de comercios. Pero no me sirve de nada, porque finalmente me convence con sus armas de mujer de las que todavía no he aprendido a defenderme bien.
     ¿Decenas y decenas de comercios? Pues sí; aunque parezca exagerado es la verdad. No hay más que multiplicar la sección “zapatos” por el número de tiendas de mi ciudad (porque os juro que se las zapatea –nunca mejor dicho- todas, todas, todas, buscando el modelito que vio -sabrá ella dónde y cuándo- por el que pretende ahorrarse la ferolítica cantidad de 20 o 30 euros). A continuación, añadiremos la sección “ropa” y visitaremos los Zara, Mango, Berska, Cortinglés, Pull & Bear, Don Algodón, DKNY…  Además, tras agotar las tiendas de su localidad y de localidades cercanas, acudirá también a las rebajas de la ciudad capitalina de la provincia.
     Pero -por desgracia- aquí no acaba todo, ya que no hay que olvidar que las rebajas también están en la ropa de casa (sábanas, edredones, toallas, cortinas…), electrodomésticos, menaje, alimentación... Y a ella le falta de todo. Es un mes de peregrinación infatigable a la caza de no se sabe muy bien qué ofertas.
     Luego, en casa, me castigará dándome un pase de modelos privado. Todo un lujo que yo no sé agradecer, la verdad. En fin, no sé si porque pongo poco entusiasmo en las prendas que me enseña o, porque ella, en el fondo, es una mujer muy mirada, finalmente se queda con muy poquitas cosas y devuelve las restantes.
     Y esa es otra, porque ahora toca hacer el mismo recorrido de tienda en tienda, pero a la inversa.
     ¡Señor, qué cruz!

domingo, 2 de septiembre de 2012



       La necesidad que tengo de viajar por cuestiones laborales hace que utilice mucho los aviones. No voy a explicaros que es un medio rápido y seguro. Sí os diré, en cambio, que ya no son lo que eran gracias a la popularización del transporte aéreo.
     Tengo para mí que las compañías aéreas desprecian profundamente al pasajero (sobre todo las de low-cost), ya que lo agreden constantemente sin recato ni disimulo alguno, ya sea a través de retrasos continuados, cancelaciones u otros subterfugios más sibilinos.
     Antiguamente viajabas hecho un señor: te daban la comida a bordo, te ofrecían periódicos y revistas y, entre los asientos, la separación permitía estirar cómodamente las piernas y descansar. Actualmente, las distancias entre estos son mínimas Hoy, salvo que te refugies en la clase bussines, viajas estabulado. La comida corre por tu cuenta. Revistas o periódicos, los que tú lleves. Si viajas en el asiento de en medio no sabrás cómo colocar los brazos ni dónde ponerlos. Es posible que tu vecino delantero recline el asiento para estar más cómodo, lo cual te sitúa ante la tesitura de echarte también hacia atrás o quedar condenado a no poder moverte. ¿Y los olores corporales? De eso, mejor no hablar. Algunos compañeros de travesía, inmisericordes, se descalzan (¡oh, qué alivio! -para ellos, naturalmente) y te atufan con el perfume embriagador de sus pinreles.  Los hay que se quitan la chaqueta y te ofrecen su particular visión de la sudoración axilar, que hay gustos para todo, y te aromatizan con su  “Eau de Sobac” demoledor.
     Naturalmente, deseas que el viaje llegue pronto a su final y para ello pretendes echar una cabezadita que acorte el tiempo de espera. Es posible que, cuando estés en lo mejor de tu reparador sueño, tu vecino de asiento tenga pipí y te pida, cortésmente, que le permitas salir. Tampoco será de extrañar que sea el vecino de detrás quien tenga necesidad de salir, para lo cual se apoye en tu respaldo y te dé el meneíto correspondiente.
     Las azafatas, por su parte, son muy crueles con el pasajero. Pero hay que reconocer que se trata de un sadismo fino, muy estudiado -pero hiriente, al fin- aunque adobado con una amplia sonrisa. Tras haber realizado el vuelo en las condiciones antes mencionadas, te transmiten por megafonía su deseo de que hayas tenido un vuelo agradable y esperan verte nuevamente a bordo.
     Viajar es un placer.

domingo, 29 de julio de 2012

     Que me perdonen los gordos, que los pobrecitos bastante tienen con llevar esa pesada carga consigo todo el día. Cuando hablo de gordos me refiero a esos individuos de peso descomunal, enfermos, sin duda alguna. Como el que me tocó en suerte (?) no hace mucho tiempo.
     Con el pasaje casi completo, surgió de la zona delantera del avión la figura de un hombretón de un metro ochenta de altura y unos ciento treinta kilos de peso aproximadamente, digo yo. No sé por qué, nada más verlo, me estremecí. Sería porque era consciente de que a mi lado había un asiento vacío. A medida que avanzaba torpemente por el pasillo dando capirotazos a diestro y siniestro -ora con la gabardina, ora con su portafolios- sentí, con ese extraño instinto de ganador, que me iba a tocar el gordo, pero no el de la lotería. Gané, efectivamente, desasosiego y nerviosismo. Me tocó el gordo y, curiosamente, perdí mi buen humor y la tranquilidad que tenía hasta ese momento.
     Tardó el buen hombre lo indecible en colocar su gabardina y su portafolios en el compartimento de equipajes, pues casi no quedaba sitio. Finalmente, se sentó (es un decir) al dejarse caer sobre el asiento; se arrellanó, estiró los brazos para subirse las mangas del jersey y cruzó las manos sobre el pecho en actitud beatífica. La azafata le notificó que debía abrocharse el cinturón. Lo buscó por todos lados, pero no podía encontrarlo ya que lo había aplastado con su cuerpo. Intentó sacarlo, pero no pudo. Decidió levantarse y tirar de él. Misión imposible. Colocó sus manos sobre los reposabrazos laterales y trató de levantarse nuevamente. Nada. Decidió, finalmente, sujetarse en el respaldo del asiento delantero con una mano y tratar de alzarse apoyando su mano libre en aquel. El intento tuvo éxito, pero el pasajero de delante se llevó un susto morrocotudo con la repentina y violenta sacudida hacia atrás que experimentó su cuerpo. Después quiso colocarse el cinturón de seguridad, pero aquel artilugio no daba más de sí y la azafata, solícita, hubo de traerle una extensión.
     Agobiado como yo estaba con tanto trajín y semejante susto, me acurruqué contra la ventanilla y recé para que todo acabara lo más pronto posible.


NOTA: Me voy de vacaciones, queridos y sufridos seguidores de este blog. Voy a tomarme un merecido descanso y a preparar tranquilamente nuevas tonterías de estos -para mí- entrañables personajes.
Nos vemos el primer domingo de septiembre. Puntualmente.
Un abrazo, hermosos/as.
Antón