Después de
mucho tiempo, hoy he conectado la tele, cosa extraña en mí, ya que no soy un
telemirón al uso. Me he enganchado, entre zapeo y zapeo interpublicitarios, a
un programa de viejas glorias musicales. Hoy me he sentido muy, pero que muy
mayor (me he dado cuenta de que me sabía todas las canciones). He constatado
cómo el tiempo me sobrepasaba ampliamente. He visto un programa de televisión en
el que entrevistaban a un cantautor del siglo pasado (¡cuánto tiempo!) cuyo
nombre artístico recordaba al de un órgano (musical, se entiende).
Las mismas
canciones de siempre, los mismos sonidos de siempre, -¡ay!- mas el desgaste del
paso del tiempo dejaba su huella imperecedera en el cantante.
-
¡Quién te ha
visto y quién te ve, ciruelo. Ni sombra de lo que eras!
Les faltaba
frescura a tus eternas canciones; les faltaba chispa, el empuje arrollador de
los 20 años a tu interpretación, -sempiterna-, cuando te conocí, proveniente de
aquel Gibraltar” (¡español!). Me miré en tu foto, me miré en tu recuerdo. Me deprimí. Me abochorné y me acordé de unos duros
y sentidos versos de Francisco de Quevedo:
“Miré los
muros de la patria mía...”
Sentí
ansiedad, me di cuenta de que nunca llueve en el sur de California.
No volveré a
ver nunca más la tele.
“Never say never again”.
Albert
Hay que reconocer que era su mejor canción y que marco una época en las radio fórmulas de la época, porque aquella de "Échame a mí la culpa" era un remake de una canción mariachi de Sr. José Ángel Espinoza Aragón ("Ferrusquilla"), que hizo estragos entre los/las adolescentes de los 70. Ahora está su hijo, el Hammond jr., en un grupo indie de éxito "The Strokes". ¡Cómo pasa el tiempo, joé!
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