domingo, 25 de noviembre de 2012


     Tuve también, en mis tiempos mozos, otra novieta. Fue durante la época del servicio militar. Duró poco más de lo que tardó en pasar aquel tiempo de obligado cumplimiento. La relación que mantuvimos fue la que cualquiera de vosotros se puede imaginar: escasa y a base de cartas y llamadas telefónicas, mayormente (pocas estas últimas, que no estaba la economía para derroches). También hubo algunas visitas gracias a los rebajes y permisos varios que nos daban en el cuartel para ahorrarse gastos de comida y alojamiento de los soldados. Cualquiera podría pensar que yo era entonces un donjuán empedernido. Nada más lejos de la realidad. Yo era más bien retraído, pero me dejaba querer. ¿Es malo eso? Yo creo que no. Esta chica no era tan esplendorosa como aquella vasca de la que os hablé, pero tenía su encanto, qué duda cabe. Era riojana. Una chica maja, extravertida y charlatana. Hablaba casi más con los ojos y con las manos que a través de sus palabras. He de confesar que, a veces, podía llegar a ser un poquito cargante.
     No sé qué tienen algunas personas que enseguida parece que tratan de liarte presentándote a su familia. Escarmentado como estaba de la relación con la vasca y con su padre, huía de toda maniobra de aproximación a aquélla. Nunca me había contado gran cosa de los suyos y solo aquel aciago día comprendí dónde me estaba metiendo.
     Su padre era un hombre corriente, de aspecto normal, serio, con cara de pocos amigos, pero correcto en el trato. No diré que tenía un aire siniestro, pero había algo en él que me mantenía alerta. Nunca supe a qué se dedicaba hasta una tarde en que mi novia y yo paseábamos acaramelados por las cercanías del parque de La Florida. Lo vimos venir desde lejos, acercándose lentamente. A medida que se aproximaba, mi cara debía de ir cambiando de color. Cómo sería aquello que se me cortó la inspiración poética. Paloma, mi novia, corrió hacia él y lo besó, con cariño, en la frente. A mí me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Me pasó lo que a cierto grupo étnico que tiene, por naturaleza, aversión a determinados uniformes. El suyo era de color verde oliva, con botonadura dorada y sombrero acharolado. Fue un arrebato. Fue un instinto irreprimible. Eché a correr y ya no volví.
     No lo pude remediar.

domingo, 18 de noviembre de 2012


     Los mercadillos y, en general los lugares transitados, son buenos sitios para la observación del género humano, pues nos proporcionan pequeños chascarrillos diarios.     
     Hay una mujer que acude semanalmente a nuestro lugar de compra. Es pequeña, menuda, vivaracha y muy habladora. Recorre el puesto arriba y abajo un montón de veces hasta que termina de comprar. Lo toca todo. Aprieta los melones con energía para ver si están en su punto, toquetea la fruta sin piedad, elige los albaricoques y las cerezas previa cata. A todo le saca defectos, sin embargo.
     - Jose, hijo, ¡pero qué naranjas tienes hoy! ¡Si da pena verlas! –le reprocha la mujer.
     - Consuelito –añade con temple el tendero- son las últimas… Vienen de la cámara.     Mejor no te las lleves, que seguramente la semana que entra vengan nuevas.
     - Pues, hijo, no sé para qué las vendes, si no están buenas –replica garbosa.
     - Mujer…, buenas, están. Lo que ocurre es que son de cámara, porque si no, en esta época… ya me dirás.
     Ni le escucha. Ha dicho lo que tenía que decir y ha vuelto a sumirse en sus pensamientos.
     - Joseee… -vuelve a la carga- tienes que darme dos melones. Pero buenos, ¿eh? Que la otra vez me soltaste dos pepinos de campeonato. Que a mi marido le gustan más pasaos. Ah, y ponme media sandía de la rayada y otra media de la negra; pero dámelas buenas, que te conozco – le advierte con el dedo.
     Increíble la capacidad de esta mujer para hablar tanto en tan poco tiempo. Yo no pierdo detalle. El tendero se da cuenta de ello y me hace un guiño cómplice. Luego se pone a cantar a media voz por otro lado del puesto “Si tú fueras mi mujer… Si tú quisieras…Todo sería distinto… De otra manera” (una vieja canción de Lorenzo Santamaría http://www.youtube.com/watch?v=feR_3GHJicI&feature=related)
     Consuelito parece no oír y sigue a lo suyo.
     - Jose -insiste- dame también otro para Amparín, mi hija, que ya sabes que le encantan. Ah, y ponme también pepinos y patatas. Pero, no sé…, porque aún las tengo de la semana pasada, que me sobraron algunas. Chico, ponme un par de kilos, añade sin mucha convicción. A ver, ¿qué te parece? –pregunta de forma retórica.
     Consuelito prosigue sin dar tregua.
     - Huy, Jose, las cerezas están riquísimas (¡menos mal que hay algo bueno! –pienso yo). Pero están carísimas (¡vaya, hombre! –rectifico). ¡Ni que fueran percebes, hijo! –exclama enojada. ¿Que son del Jerte? –se pregunta. Pues para mí, las de aquí, de la montaña, son mucho mejores –se responde. Bueno, bueno, bueno, no me digas nada, que “ya sé que tus productos son los mejores del mercado” –explica con cierto retintín. Ponme cuarto y mitad. Pero dámelas buenas, que luego me toca tirar la mitad. Y así.
     Felizmente, pide la cuenta.
- ¿Tanto? –pregunta extrañada. Pues sí que tienes caros los precios, hijo, refunfuña al despedirse.
- ¡Hale!, Consuelito, hasta el viernes. Que tengas buen día – anima Jose.
(Tanta paz lleves…). 

domingo, 11 de noviembre de 2012


     Ya no se escribe. Creo que se ha perdido totalmente el gusto por la relación epistolar. La vida cambia, la rapidez se impone y la relación interpersonal se ha hecho instantánea y más efectiva. Los contactos se hacen a base de móvil, sms, mms, chat o videoconferencia. La carta es un “emilio” urgente, sin encabezamiento, sin saludo, sin despedida, sin posdata, sin orden ni concierto; aderezado con faltas de ortografía, hijas del desconocimiento y de las prisas, donde no se cuidan ni las formas ni el estilo.
     Aún quedamos, sin embargo, románticos de la comunicación a la antigua usanza, cuando hablar por teléfono era casi poner una conferencia desde el otro mundo, con las grandes limitaciones que ello tenía. A mí me hacía muchísima ilusión mandar y recibir cartas. Escribir en el sobre la dirección era un ritual de buena letra y de composición artística. Introducir la carta en el sobre, motivo de gran emoción. Y luego, añadir el remitente. Ah, eso era la consagración del inicio de una gran aventura que tenía el punto álgido cuando, tras pegar el sello, la introducíamos cuidadosamente en el buzón.
     Después de viajar durante días por intrincados caminos, sorteando innumerables peligros, llegaba, por fin, a su destino. Aquella correspondencia pareciera que se la llevaran personalmente al destinatario de tanto como tardaba. Pero ahí estaba finalmente. Había cartas de varios tipos: comerciales, que eran cartas muy aseadas, con sobre de ventana, y que en mi caso eran pocas y no demasiado bienvenidas; luego, las manuscritas, cuyo remitente yo intentaba adivinar por la letra. También estaban las tarjetas postales, que tenían un plus, porque solían ser de familiares o amigos viajeros desde el lugar de vacaciones, lo que le daba cierto empaque social a la comunicación y nos ponía los dientes largos. Además, las coleccionábamos.
     Me gusta escribir. Confieso que pertenezco a la vieja escuela. También reconozco que me he adaptado sin problemas a la forma actual de comunicación y al uso de los correos electrónicos y de todos los medios modernos actuales. A veces, sin embargo, la morriña me invade y vuelvo al ritual clásico.
     Escribir es para mí toda una aventura. Las cartas (hablo de las personales) se extienden a lo largo de varios folios manuscritos de cuidada letra, de estrictos márgenes y de presentación exquisita. Empiezo la carta y paso horas y horas ante ella. Puedo comenzarla hoy y tardar varios días en completarla. Y no es por falta de ideas o de cosas que contar, sino porque escribo, corrijo, borro, tacho, rehago, rectifico, ordeno, leo, releo, imagino… Sobre todo, disfruto. Es verdad que hay un componente egoísta, pero eso nos ocurre en todas las actividades que realizamos voluntariamente en la vida, so pena de que seamos masoquistas. Y aún así, también disfrutamos.
     Hoy me ha dado por escribir estas tonterías porque la Susi ha recibido una carta de las de verdad, con sello y toda la pesca. Venía emocionadísima, excitadísima, no cabía en sí de gozo, porque la criatura, de esas cosas sabe bien poco, pues ella es muy de este mundo.
     Y a mí, que en el fondo soy un gran sentimental, me ha retrotraído a mis tiempos de juventud.
     Le he hablado de mis años de mili, cuando -ansiosos- esperábamos impacientes la carta de la familia o de la novia. Cada día nos reuníamos en torno a la mesa del cabo de guardia y, este, con un gran fajo de cartas en su mano, subido sobre ella, iba desgranando los nombres de los ansiosos y esperanzados compañeros.
-         Parra, López, Fernández…
-         Aquí, aquí -gritaba cada uno con su emoción contenida.
     Y el cabo las lanzaba con gran precisión a la zona de donde procedía la voz.
     Buenas y malas noticias, que de todo había, pero generalmente, buenas. Nos gustaba comentar con los amigos las misivas recibidas. Era como si también nos hubieran escrito a nosotros.
     Por la tarde, en tiempo de siesta o de relax, tratábamos de cumplir con nuestros correspondientes contándoles cómo iban transcurriendo aquellos –mayoritariamente- insulsos días.
     Algunos enamorados perfumaban las cartas con su loción del afeitado. Otro, que yo recuerde, le envió a su prometida un mechón del pelo que le cortaron tras un arresto.       Otros, emulando a un pintamonas, llenaban el sobre de cursis corazones atravesados por flechas y sonoros besos que apenas permitían descubrir la dirección.
     Faltos de recursos económicos, muchas de las veces, cuando escribíamos a algún amigo que hacía la mili en algún otro acuartelamiento del país, no poníamos sello. En un lugar bien visible escribíamos aquella tontería de “De soldado a soldado, paga el Estado”. Puedo asegurar que, por increíble que parezca, muchas de las cartas llegaban felizmente a su destino. Sería que los carteros sabían de nuestras estrecheces porque también ellos fueron soldados de reemplazo y se solidarizaban con nosotros.
     Otras veces, si poníamos sello, le dábamos la vuelta. Era nuestra forma tonta y pacífica de protestar contra el “abuelito”.
     Me ha emocionado la Susi. Parecía una niña de las de antes con un par de zapatos nuevos de charol y su carta en la mano.
     ¡Qué bonito que aún haya gente así!

domingo, 4 de noviembre de 2012


     Las calles de las zonas costeras se animan en verano. La gente se relaja, pasea tranquila, sin prisas. Se sienta en las terrazas de los cafés, vive la vida a cuentagotas, despaciosamente, para saborearla Y un murmullo sordo se escucha en las calles peatonales más transitadas. A mi mujer le encanta mezclarse entre la gente para después, cotillear. A mí, no demasiado, la verdad; pero como tiene esa obsesión casi enfermiza por “poner un pie delante del otro”, como dice ella, casi no paramos en casa. He intentado por todos los medios buscarle amigas con las que salir de paseo. Más que nada para que me deje en paz, pero dice que sus amigas son muy de “té con pastas”, del “cinquillo” y de “sillón-ball” y que eso está bien de vez en cuando, pero que no es para todos los días y que a ella le gusta ver el sol y la luz del día.
     El caso es que yo no sé si le estoy cogiendo gustillo últimamente o qué pasa, pero creo que me cuesta menos que antes salir a la calle. ¿Será porque es verano? Será, será. Y lo peor de todo es que no sé disimular y, claro, ella que es bastante observadora, ya se ha dado cuenta de que a veces soy yo quien tiene la iniciativa. Y ya no sé si es por fastidiar o porque prefiere salir un poquito más tarde, se me hace la remolona. Y yo: “que se nos va a hacer tarde” y ella: “que aún es pronto y todavía hace calor”. Total, que cuando me saca (a mí me empieza a dar ya la neura de que soy el perrito zalamero que cuando presiente que es la hora de pasear coge la correa y se la lleva a su amo como diciéndole: vamos, que ya toca) no me lleva por calles concurridas por donde caminan ociosos los viandantes mirando escaparates, charlando en reducidos grupos de tertulianos, etc. Nooo…, se coge de mi brazo, con fuerza, para que no me escape; así, con ganas, mientras en la otra mano sujeta el bolso o se lo cuelga del antebrazo y me dice con suave energía, dando un tirón de arranque: “Vamos, cariño”. Y, entonces, tira por la avenida más ancha y menos transitada en sentido inverso al centro de la ciudad. A mí, eso, es que me desmotiva totalmente, porque no tengo intención de presentarme a unas olimpiadas, ni quiero ganar ninguna maratón.
     -“Lo que a ti te gusta es ver a las chicas guapas, descastado. ¡No sé lo que tenéis los hombres en la cabeza! Si tenéis algo, debe de ser un batiburrillo de hormonas”.
       ¡Cielos, mi mujer! Ya me ha interceptado el pensamiento.

domingo, 28 de octubre de 2012


     La Susi, ese ser tan maravilloso con quien tengo la gran fortuna de compartir multitud de experiencias, me ha proporcionado la alegría de poder estar con ella nuevamente.
-   Antón, -me susurra tiernamente- me han invitado a una boda y, como todos llevan pareja, voy a sentirme muy sola. Acompáñame, anda; vente conmigo –dice melosa.
     Y yo, que soy de corazón débil, me dejo convencer por su voz dulce y por sus carantoñas. Armas de mujer de las que no he sabido jamás defenderme. Y así me va en la vida.
     Hacía tiempo que no iba a una boda. Casi desde que me casé, si exceptuamos la de Pablo. Y es que hoy en día casi nadie se casa. En fin, a lo que iba. Aquello no era una boda, era algo espectacular, mezcla de Pasarela Cibeles  y actuación circense, aunque finalmente devino en bodorrio por lo desordenada y ruidosa que resultó.
     Parecía una competición –por la elegancia, unas veces; por la chabacanería y ostentación del mal gusto las más- de modelos, modelitos, tocados, peinados, escotes, piernas y figurantes en general. Me fue difícil, al principio, reconocer a la novia, ya que entre los asistentes había una soterrada lucha por ser, estar y parecer. Yo, que soy un clásico pertinaz, buscaba de entre la gente un traje de novia de color blanco pureza, pero al rato salí de dudas cuando, de un Buick descapotable, modelo años 50, de la factoría USA, desembarcó una joven enfundada en un espectacular vestido negro.
     En mi desconocimiento total de las tendencias actuales, más me pareció un oscuro vaticinio de lo que podría depararle el destino al novio, quien comparado con la hermosura de su prometida, me recordó a la mantis religiosa, que tras la noche de amor devorará a su compañero.
     La Susi, que es más de este mundo, me sacó de mi ignorancia y me explicó que estas eran las nuevas tendencias y me hizo sentir un troglodita de la moda; pero como tiene esa gracia al decir las cosas, no pude enfadarme con ella.
     Mientras en el bando de las chicas todo era colorido, competencia, exageración, diversidad, generosidad en los escotes (tipo barco, Berta, palabra de honor –¡os lo juro!- hombros caídos, cuadrado, en uve, falsa modestia…), ellos llevaban unos trajes aburridos, monocromáticos, insulsos, todos con el mismo corte.
     Tengo que deciros que la Susi causó sensación entre los asistentes con su vestido corto de cóctel rojo-pasión, escote te lo juro y sus imponentes zapatos de tacón de aguja que lucía con gran elegancia. Entre la gracia de su porte y la plataforma en la que se hallaba subida, parecería yo un escolar al que su mamá acompañara -cogido de la mano- al cole, si no fuera porque puedo ser su padre. Pero la Susi es esa chica desinteresada y desprendida que va con su amiga a todas partes y a quien no le importa que ésta sea fea.
     Así iba yo con la Susi: dando la nota.

domingo, 21 de octubre de 2012


     Hoy es viernes y, como cada viernes, voy con mi mujer al mercadillo a hacer la compra de verduras, hortalizas y fruta para toda la semana. Vamos muy tempranito porque hay menos gente, los puestos están recién montados y la mercancía se encuentra en todo su esplendor. Así que ahí estábamos a las 7 de la mañana.
     Tengo la costumbre, desde hace muchos años, de acompañar a mi mujer todas las semanas. Ella es quien se encarga de la intendencia, la que compra la comida; y yo soy su porteador servicial y sufrido. También ella es la que paga con los 40 € que me pide cada jueves, insistente.
     - Ay, cielo –me dice cariñosa-  tienes que sacarme dinero del cajero para mañana, que hay mercadillo. Ya sabes, cuarenta eurillos –me pide.
     Yo, me sorprendo y le pregunto:
     - Pero, ¿no te di 40 € la semana pasada? ¿Te lo has gastado todo?
     - ¡Huy, no sabes bien tú cómo está la vida! –exclama entre enojada y desconfiada.
     Me sorprendo, pero no digo nada. Pues sí que está cara la vida, sí -pienso.
    En fin, mi mujer va comprando el género. Lo mira, lo calibra, lo toca, rechaza alguna pieza, las mete en bolsas, las pesa y me va dando órdenes de cómo colocarlo en el carrito de la compra.
     - No, no, no… Así, no. No pongas los tomates con los pepinos, que se van a aplastar.   El gazpacho, "ya si eso", lo hacemos en casa. ¡Ay! Las naranjas ponlas aparte, que ocupan mucho espacio y no me cabe nada. La sandía hay que llevarla en la mano. Haz el favor: los plátanos, que vayan separados, que están maduritos. No me mezcles las patatas con la uva, ¡hombre! ¿No ves que se van a despachurrar? ¡Estos hombres, qué torpes que son! –le comenta, cómplice, a una vecina del puesto.
     Entonces, yo miro con gesto serio y adusto a la mujer y, esta, hace solo una mueca y baja la cabeza. Luego, añade tímidamente un “es que…”
     Finalmente, al pagar entrega un billete de 20 €. Su mirada y la mía se cruzan un instante. No digo nada. Ella comprende que la he pillado “con el carrito del helado”, en plena sisa; mas, con la tranquilidad de quien está preparado para estos casos, suspira profundamente y  -campanuda- añade:
     - ¡Huy, hijo mío. No veas cómo está la vida! ¡Qué cariSÍsimo que está todo!
     Y como que no va con ella, coge las vueltas y me dice, mandona:
     -Anda, nene, que nos vamos. Recoge las bolsas y tira para el coche.
     Obediente, la sigo como puedo. Ella, empujando alegremente el carrito de la compra. Yo, cargado con las bolsas: en la mano izquierda una sandía como un globo terráqueo. En la derecha, los tomates, en una bolsa; y en otra, las naranjas, “que ocupan mucho espacio”. A la espalda, una pequeña mochila con dos melones de la Mancha, para equilibrar. Me veo hecho un pobre porteador negro del África tropical siguiendo a mi bwana.  
     Mientras, voy comprendiendo el porqué y el cómo de algunos modelitos.

domingo, 14 de octubre de 2012

   
     No sabía yo que en aquella época la Susi estuviera tan enamorada (ni siquiera un poquito). Aunque creo que la conozco bastante bien, esta criaturilla no deja de sorprenderme y emocionarme cada día un poco más. Ahora se nos ha puesto romanticona y cual insigne vate nos deleita con estos versillos que robé de su diario.






domingo, 7 de octubre de 2012



     Va a ser cierto eso de que casamiento y mortaja del cielo baja, que decía mi abuela Asunción, a quien Dios tenga en su gloria (en fin, tras 94 años de azarosa vida de santidad, la buena mujer se lo tenía merecido). Pues a lo que iba: ¿quién me iba a mí a decir que mi primera novia iba a ser vasca? Porque, la verdad, servidor es de Zamora. Además, ni soy ligón, ni guapo, ni mujeriego, aunque he tenido algunos affaires amorosos. Bueno, amorosos, amorosos -en sentido estricto- tampoco muchos que digamos; pero affaires, sí. De todos modos, sin querer presumir mucho, uno tenía su parroquia de seguidoras. Y hete aquí, que un día, tonteando, tonteando, pues lo que pasa, que parece que fulanita te cae más simpática que las demás y todo eso. Y así, como decía, a lo tonto, se te complica la vida.
     Era la tal fulanita una rutilante moza con buenos motivos para agradar a un chico tontorrón y bobalicón como yo (guapa, inteligente, dicharachera, simpática…y tenía unos preciosos ojos azules, ¡malpensados!). Se llamaba (y supongo que aún seguirá llamándose) Garbiñe Astiasuainzarra Orobiourrutia. Y era de Bilbao, “oyes”. Por eso había nacido en una aldeíta cercana a San Sebastián, provincia de Guipúzcoa (y es que “Los de Bilbao nacemos donde nos da la gana” -me decía entre carcajadas).
     Lo que pasa con estas cosas es que poquito a poco te vas metiendo en la familia, sin darte cuenta. "Mira, aquellos son mis padres". Y así. Al final me los presentaron.
   La madre era una mujer grande, sin excesos, muy callada. El padre, un chicarrón del norte, “metro ochentaidós”, boina (perdón, chapela-txapela) que no se la quitaba ni para dormir (yo me preguntaba si “ello” no sería el gorro de dormir, el cual olvidaba quitárselo por las mañanas), y cuerpo de leñador o levantador de piedras. Tenía un acento vasco cerrado-cerrado, como los de los vascos de los chistes de vascos. Su sentido del humor era un tanto peculiar: me daba unos “golpecitos” en la espalda que me crujían, al tiempo que decía entre risotadas “majeteee…”. También tenía un RH negativo. Muy negativo. Más negativo que el del “Padre Arzallus”. Y eso, a mí, que lo tenía positivo y era muy maqueto, me podía. Recuerdo que un día que habíamos tomado un par de vasos de chacolí, me miró muy serio y fijo a los ojos, sin pestañear. Luego, se rascó la boina, carraspeó, acomodó la voz y, en un tono quedo, apenas percetible, me soltó: Oiga, joven, ¿cuáles son sus intenciones con mi hija?
     Me asusté mucho y no volví nunca más.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Ayer acudí con la Susi al ginecólogo. La pobre estaba sola y me pidió que la acompañase. A mi mujer, recelosa como siempre de mis compañías femeninas, no le hizo demasiada gracia. Si no hubiera tenido hora con su “estilista”, como dice ella, nos habría acompañado en calidad de carabina. Y total, ¿para qué va a la peluquería si siempre viene con unos pelos “que pa qué”...  y con el bolsillo maltrecho? Pero ella se empeña en que está guapa:
-         ¿No me notas nada, cari? –acostumbra a preguntarme, coquetuela.
-         Chica..., la verdad... –le respondo con aire despistado. Así... de repente... –continúo, ingenuo. Pues... Déjame ver... ¡Ah, ya...! –digo dispuesto a acabar con tanto misterio. Los pendientes son nuevos, ¿eh? –añado con aire cómplice.
-         ¡Qué va, tontorrón...! –me responde ella, melosa. Vengo de la “pelu”. ¿A que estoy guapa?
-         Cla..., cla..., ¡claro! –tartamudeo azorado. ¡Qué tontorrón! ¡Mira que no darme cuenta...! Pero, ahora que lo dices, estás guapísima. ¡Vaya! ¡Gua-pí-si-ma!
-         Aaanda, trolerooo... ¡Eso se lo dirás a to-das! –termina triunfal.

Pues a lo que iba, que como tenía “pelu”, -muy a su pesar- no pudo acompañarnos. De modo que allí estábamos los dos esperando en la salita de la policlínica a que nos llamara la enfermera. Estaban con nosotros otras tres mujeres. Dos de ellas, que al parecer eran amigas, hablaban sin parar. Al rato salió la enfermera, quien se dirigió a una de ellas en tono familiar:
-    Paqui, pasa. Y añadió: ¿Hay alguien más para la ginecóloga?
-    Yo, dijo la Susi.
-    Ahora enseguida la llamo, dijo aquélla.
 Y la enfermera desapareció.
  Aquellas dos mujeres distraídamente despreocupadas llevaban largo rato contándose la receta para hacer un bizcocho. Que si mi madre, la pobre –que en gloria esté-, lo hacía así; que si la harina se añade poco a poco hasta que la mezcla se haga homogénea y que cuando se despega del bol ya tenemos la mezcla perfecta; que…Y así hasta que se dieron cuenta de que la enfermera, tras preguntar algo que no habían oído, se había metido de nuevo en la consulta.

-         ¿Qué ha dicho? – nos preguntó resuelta una de ellas.
Y la Susi respondió:
-         Pregunta por los pacientes para ginecología.  
Y aquellas, muy ofendidas, empezaron a a llamar a la enfermera de todo, menos bonita.
-         ¿La tonta esta no tiene una lista? –preguntó nuevamente la más guerrera.
-         Pues estamos bien, coreó su compañera.
La Susi no sabía dónde meterse del ataque de risa que le dio.
-         ¿Que si hay alguien para ginecología? -volvió a terciar la más habladora. Y continuó: ¿Te das cuenta? ¡Si ha pasado de nosotras! Pero, ¿será borde la tía? –insistió.
-         Pero, ¿será posible? ¿Cómo es posible que no tenga una lista? Por Dios, ¡qué barbaridad, qué desatino!
-         Más inútil no se puede de ser –confirmó la otra. ¿Uds. lo han visto, verdad?
-         Bueno… la enfermera preguntó si… -intentó decir la Susi, cuando rápidamente, la primera cortó:
-         Pues eso es una falta de seriedad y de profesionalidad, porque aquí todos pagamos impuestos y “bla, bla, bla”…
-         Y “bla, bla, bla”… repitió la otra.
-         “Bla, bla, bla”… -confirmó la primera
-         Pues “blablablá, bla, blablá”… -intervino nuevamente la marisabidilla.
-         Ah, Claro… “blablablá, bla, blablá”… -corroboró su acompañante.
-         ¡Natural! “Blabla, blablá, bla”… -acordaron finalmente ambas, tras unos veinte minutos de protestas y críticas.

Ya, la Susi no oía; hacía un rato que había desconectado y daba fe de sus buenas maneras.
Por fin… ¡¡¡Siguiente…!!!


domingo, 23 de septiembre de 2012

     Es posible que alguno de mis amables lectores eche de menos a mi “Santa” y alguna de sus historias. Pues bien, hoy tengo que contaros que estoy harto. Sí, como suena: harto. Resulta que no le basta con ser una especie de ser omnisciente, sabelotodo. Encima, es cruel conmigo y me castiga. Hoy, concretamente, sin postre. Total, por una travesura de niño chico, de nada.
     Sabéis –y si no, os lo digo yo- que le gusta bastante pasear. Nadie piense que es porque quiere estar en forma, rebajar esos michelines indómitos que se le ponen a modo de cinturón… (chincha, rabia, que yo tendré barriguita cervecera, como tú dices, pero lo tuyo es un flotador homologado. ¡Toma ya!) sino que lo hace por puro cotilleo, por tomar el pulso de la calle, por curiosear (yo digo que es por ver la tele en directo). El caso es que sufro con ello, porque a mí, lo que me gusta en mis ratos de ocio, que son bien pocos, es estar tranquilo leyendo o haciendo alguna de las manualidades a las que soy bastante aficionado o escribir en este blog, claro. Pero ella se empeña en salir, vivir la vida… “Porque, ¡hijo!, se te queda una cara de membrillo todo el día metido en casa… Hay vida fuera de estas cuatro paredes -me dice. Hay que salir, ver gente, tomar contacto con la realidad...”
     Y eso fue lo que yo hice el otro día, que casi me sacó de casa a empellones: tomé contacto con la realidad.
    Íbamos amarraditos los dos, como le gusta a ella, “espumas y terciopelo” y apretujados la otra contra el uno cuando, de entre la gente surgió la figura de una joven escultural y de aspecto jacarandoso moviendo alegre sus caderas. No pude resistirme y toqué, con un sonoro y alegre palmoteo, donde no debía. Claro, se lio, aunque tuve la habilidad de hacer que pareciera que había sido ella. La otra, con los brazos en jarras y expresión malhumorada, la puso “cual no digan dueñas”, como os podréis imaginar, aunque no pasó a mayores.
     Y yo, muy digno, disimulando.