domingo, 1 de septiembre de 2013

EL VERANO (...y 3)

     Dicen que “nunca segundas partes fueron buenas” (ni os cuento ya, “terceras”), pero escribo este pequeño relato a petición de varios de mis fidelísimos y sufridísimos lectores -quienes esperaban, según me cuentan, algo más de aquel verano- y a quienes pido disculpas de antemano si no les conmueve la historieta de hoy.
     Después de aquel episodio veraniego en “Benidorm city” con la rubia despampanante del piso de arriba, mi mujer, mi Santa, ese monumento en el que me miro a diario, decidió atarme en corto y, a partir de ese día, no me dejó durante el resto de las vacaciones -como quien dice- ni a sol ni a sombra.
     Todo el mundo sabe lo bailonguera que es. Y, vaya, ¡será por lugares de baile en Benidorm! La “tercera edad” y todos aquellos -no tan jóvenes- amantes de mover el esqueleto, disponen de suficientes lugares donde hacerlo con los bailes de siempre; o sea, de otra época, que dirían mis hijos. ¡Mira tú!
     No voy a descubrir cuál fue el local elegido, que la “publi” no me la pagan, pero os aseguro que estaba muy bien, tenía mucho ambiente y las canciones del momento eran amenizadas por una orquestilla que no lo hacía del todo mal.
     Nos inflamos de “Pajaritos”, Evamarías, “Carros robados” y de “Españas cañís”. Yo estaba agotado (me cuesta ponerme a su nivel), así que decidí sentarme y descansar un rato.
     Ella siguió meneándose al ritmo de otros temas musicales, bailando sola, durante un buen rato: mano derecha arriba, mano izquierda “mandando parar” (póngase el amable lector -en la intimidad de su casa- en situación adecuada al evento... No, no, no, no...así, no; repito: mano derecha arriba, mano izquierda “mandando parar” moviendo el cuerpo al compás. Por favor, no te dé vergüenza, que no te ve nadie.) y venga a dar vueltas y revueltas por la pista, llamando la atención de los moscones ociosos y aburridos.
     Y, claro, con tanto llamado, no faltó el atrevido de turno. Tras concederle mi Santa, generosamente, una oportunidad, y después de la tercera pieza sin que cambiara de compañero, se oyó un estruendoso chasquido, vimos volar un bolso por los aires y se hizo un amplio claro en medio de la pista. En aquellos momentos sonaba “Suspiros de España”.
     Aquel atolondrado había osado tocarle el culo. 

domingo, 28 de julio de 2013

Invitación de boda

     Siempre había considerado que las bodas eran una celebración de sentido gozo entre dos familias que se unían, con dos partícipes enamorados que se prometían amor eterno. Creo que a partir de hoy lo voy a ver de otra manera, pues acabo de recibir una invitación personal, en mano, de alguien a quien apenas conozco. Es una tarjeta muy bonita, en papel satinado, de hermosas letras, con los nombres de los intervinientes y muy elaborada pero, claro, no me dice nada.
     Creo que el mundo se ha vuelto muy materialista y ha perdido el rumbo. Ahora te invitan a cualquier boda, bautizo, comunión o sarao de no importa qué índole, te conozcan o no, para que les hagas el consabido regalo. Con un descaro sin par te dicen abiertamente que desean dinero, que los muebles se los regalan los padres y demás familia. Si hay un poco de suerte se pagarán ampliamente el cubierto que te ofrecen y sufragarán parte del viaje de novios a vaya Ud. a saber dónde.
     Claro que todo tiene su lado bueno y su lado malo, una especie de yin y yang. Así que, con tanta profusión de invitaciones, ¿saben los novios quién es quién y a quién han invitado realmente?
     Conocí en cierta ocasión a un tipo –un caradura profesional-, que se apuntaba a cualquier tipo de acontecimiento social, más o menos por la patilla. Tenía cierta simpatía y una buena dosis de desvergüenza (el consabido morro de los cien negros cantando el “Only you” le quedaba chico).
     Tal era su osadía que se fotografiaba -incluso- con los novios: ahora con ella, luego con el otro y siempre con los dos. Como era tan natural y tan dicharachero, y como los momentos de felicidad de los contrayentes les mantenían alejados de todo pensamiento que inspirara duda, nadie reparaba que pudiera ser un fraude. Todo lo más darían por supuesto que era un invitado de la otra parte.
     A veces rizaba el rizo y se reunía con los suegros de ambas familias y departía amistosamente con ellos. En aquellos momentos de gozo podía obtener todo tipo de datos de los contrayentes que usaba después en beneficio propio.
     Un buen día, mientras alternaba en la mesa de invitados y, tal vez por los efectos etílicos de las bebidas espirituosas ingeridas o porque no era su día (tal vez por ambas cosas) dio en gritar un sonoro “vivan los novios” que dejó enmudecida a la feligresía:
     Se trataba de un divorcio.

     Nota a mis queridos lectores:
    Al igual que el pasado año, he decidido concederos unas merecidísimas vacaciones. Más que nada porque habéis sido capaces de seguirme hasta aquí, sin pestañear, a pesar de las tonterías que escribo.
    Nos vemos de nuevo el 1 de septiembre. Que no cunda el pánico, queridos.

domingo, 21 de julio de 2013

EL VERANO (2ª parte)

       No siempre vamos al pueblo de vacaciones, pues mi mujer, a pesar de ser tan tradicional, también gusta de la modernidad y del desarrollo turístico. ¿Y a que no os imagináis dónde me lleva? Pues, naturalmente: a Benidorm, que es un destino turístico con mucho ambiente.
     Tiene su amiga Puri un coqueto apartamento situado en 4ª línea de playa (para los que conozcáis Benidorm, por la zona “guiri”) que nos alquila a precio de amiga.
     La verdad es que ambiente, hay. Todas las mañanas bajamos a la playa. Y digo lo de bajar porque aparte del descenso vertiginoso de pisos (29 alturas) hay una cuesta bastante larga y pronunciada para llegar.
     Yo alquilaría una sombrilla y dos tumbonas, pero ella que es muy ahorrativa prefiere que cojamos las nuestras y nuestro parasol porque “me da cosa echarme en esas tumbonas de la playa, que vete tú a saber...”.
     De modo que he comprado en la ferretería un carrito, expresamente fabricado, para bajar todos los enseres necesarios. Es decir: sombrilla, las dos mencionadas tumbonas, la mesita, la bolsa playera cargada de toallas, cremas, leche solar protectora de alto factor, crema “after sun” y la nevera, “porque... querrás tomarte una cervecita fresquita, ¿no?” (Hombre, bien mirado es todo un detalle. Qué duda cabe). Y así, ella enfundada en su pareo playero, con una pamela enorme, gafas de sol tipo celebrity de incógnito y sus chanclas; y yo, camiseta tipo “tres-cuartos”, larga a más no poder (para tapar mis vergüenzas, supongo), gafas de sol de espejo, un meyba años 70, chanclas y un sombrero estilo Al Capone años 20, nos lanzamos a conquistar un pedacito playero con permiso de los madrugadores que tienen acotada la primera línea de playa.
     Después de comer, siesta. Con el beneplácito de los vecinos, naturalmente. Y dormir por la noche dependerá de cómo vengan aquellos de alegres y de que tengan ganas o no de entonar –a voz en grito- canciones de su tierra.
     Una noche, parece ser que había fiesta en el piso de arriba y no podíamos dormir. Viendo que mi mujer estaba a punto de perder los nervios, subí donde los vecinos, dispuesto a dialogar con ellos. Llamé a la puerta y al rato me abrió un mocetón ataviado con camiseta de tirantes, pantalón corto y un vaso en la mano. Le dije en un perfecto inglés que no eran horas, que hacían mucho ruido y que... pero no pude terminar porque me enganchó enérgicamente del brazo y me hizo pasar adentro. Noté que tenía un fuerte acento escocés, tipo JB, así que comprendí que sería difícil hacerme entender. Pensé lo que siempre me había enseñado mi padre: “Si no puedes con tu enemigo, únete a él”.  Dicho y hecho. Después de beber un par de güisquis, yo también había cogido el acento escocés. A partir de ese momento nos entendimos la mar de bien y yo acabé con un gorrito en la cabeza, abrazado a una rubia despampanante y lleno de confeti.
     Se ve que a mi mujer se le hizo muy larga la espera y subió dispuesta a rescatarme. Me encontró en pleno diálogo con mi acompañante. Me separó de ella con un empujón y me dijo unas palabras que no me parecieron muy cariñosas y que no entendí bien porque hablaba un poco raro. Me acuerdo que le contesté:
     -“Cadiño, (hips), no es ho que padece”.
     Ya no decuerdo bada más. ¡Hips!      

domingo, 14 de julio de 2013

EL VERANO (1ª parte)

     A mí me gusta descansar, pero creo que las vacaciones nos agitan mucho más que nos relajan. Años ha habido en que al volver a la oficina y ver el montón de expedientes y registros, me he dicho: “Hogar, dulce hogar”.
     El verano puede ser, a veces, largo y tedioso. Y mayormente aburrido. Yo ya me he hartado de la banal e inútil discusión familiar sobre dónde pasar las vacaciones, porque si digo “campo”, será playa. Y cuando digo “playa”, que no quepa duda de que nos vamos al campo. Podría jugar a decir lo contrario de lo que pienso con intención de engañar, pero no cuela. Mi Santa me escruta con su inquisidora mirada y me pilla de todas, todas. Así que últimamente practico mucho el “ajo, agua y resina”.
     Las vacaciones, tal como están planteadas, son un rollo. Cuando toca campo, resulta de lo más tedioso y aburrido. Si vamos a la casa del pueblo, ya sabes: se nos llena de familiares y allegados, todos ellos mediopensionistas (como mínimo) que se invitan a comer día sí y noche también.
     Por la mañana apetece dormir un poquito más de lo habitual. Sin embargo, con tanta gente pululando, será imposible.
     Obligado ir a la piscina  -¿y adónde vas si no?- aprovecho para colocarme debajo de una sombrilla y echar una cabezadita furtiva mientras mi Santa se achicharra al sol.
     De bañarme, nada de nada, que el agua está helada, pues la piscina se llena con agua procedente de la sierra.
     Por la tarde no puedes disfrutar de una buena siesta porque hay que ir a Ca Paco a echar la partidita de mus. Es un juego que no controlo mucho porque te pasas el tiempo haciendo señas al compañero sin que te vean los contrarios y además debes procurar cazar las señas que se hagan entre sí tus oponentes. Si mi compañero me guiña el ojo, me saca la lengua o levanta las cejas con asombro, a mí me entra la risa y estropeo la jugada. Si hago señas, es como telegrafiárselas al enemigo. Luego, se enfadan conmigo, con razón.
     Al menos, de noche se duerme, aunque poco, porque la gente menuda toca diana muy temprano. La sierra es lo que tiene: que hace frío y tiene incomodidades, pero te compensa el olor a naturaleza fresca, a campo y a sano de las vacas de nuestro vecino, “el tío Miguel”, que vive puerta con puerta.
     Eso sí, la leche, recién ordeñada.

domingo, 7 de julio de 2013

Cuentos de mi abuelita

Hola, familia:
Hoy os traigo un pequeño cuento escrito por La Susi  y que he rescatado laboriosamente de su diario. Como una gran parte de sus escritos, tiene poco valor literario, pero está impregnado de una gran sencillez y, en esta ocasión, creo que tiene un valor didáctico, tal vez moralizante. 
En fin, no me extiendo y os cedo gustosamente esta obrilla. ¡Ojalá podáis disfrutarla como yo lo he hecho!


"El rey pequeño que vivía en un país pequeño"












domingo, 30 de junio de 2013

Mi infancia (2)

     Imagino que la semana pasada os quedasteis con las ganas de conocer más cosas de mi vida y, sobre todo de mis aventuras predelictivas. Que nadie piense en grandes circunstancias ni en hechos muy notorios. Mis fechorías eran las propias de un chiquillo de corta edad, que muchas veces se encontraba aburrido y un poco suelto de sus progenitores. No por desidia o abandono familiar, sino porque yo era así, un poco gamberrete y “echao p’alante”. En fin, os daré un poco de morbo, que sé que gusta mucho. Antón Hernández, ¡quién lo diría!, ¡con lo seriote y formal que parece!
     Pues, sí. (Y como esto quisiera parecer literatura de ficción, que cada cual crea lo que quiera creerse, que otra cosa es que sea verdad. En fin, si os divierte veré recompensados mis esfuerzos).
    No tengo recuerdos muy claros de cuándo comenzó mi vida como “gamberro social”, aunque yo la situaría por la época en que celebré “la primera comunión”. Aquel día yo estaba exultante, pues era una fecha muy especial para mí. Iba ataviado de marinerito raso, con el trajecito clásico que llevábamos los niños de aquella época, impecablemente vestido, con zapatos acharolados, y llevaba un cordoncillo colgado del cuello al que se unía un silbato metálico que hacía pitar con profusión y energía al tiempo que bajaba por la escalera del portal de mi casa (¡qué pulmones tan potentes los míos!). Imagino que aquello no gustaría mucho a los vecinos, pero nadie protestó en aquella soleada mañana de domingo de mayo salvo la energúmena del bajo quien, saliendo de su casa como una posesa, me recriminó con inusitada violencia mi desbordada alegría.
     Yo iba a recibir a Jesús sacramentado, de modo que no podía demostrar violencia; debía perdonar a mi prójimo, devolver bien por mal, poner la otra mejilla... aunque bien a gusto le habría atizado una patada en la tibia con mis zapatos nuevos (por cierto, unos “gorila” que me hacían un daño horrible). Estos malos pensamientos me obligaron a confesarme por haber obrado mal de pensamiento, aunque no de palabra u obra.

     Aquello me costó una penitencia de “tres avemarías y un padrenuestro” que yo cumplí con resignada devoción.
(¿continuará?)

domingo, 23 de junio de 2013

Mi infancia (1)

     Aunque hoy puedo pasar perfectamente por un honrado padre de familia, serio, trabajador, responsable...  –y lo soy- de niño yo era un chico muy travieso que si no se hubiera corregido, hoy podría ser un bala perdida.
     Para empezar, tenía dos coronillas, lo cual, en el saber popular de la época, era una especie de signo premonitorio que te marcaba como un niño, cuando menos, revoltosillo y predestinado a gamberradas. Ya las abuelas, (tanto maternas como paternas), ya los parientes (todos, absolutamente todos), ya los amigos de los parientes y mucha gente bien pensada en general, te decían cuando reparaban en ello: “¡Huy..., fíjate,  (y entonces marcaban notablemente la interjección, paladeándola), tiene dos coronillas!" (y se quedaban tan panchos). "Y además, tiene una cara de travieso...” (añadían para que, indubitablemente, se apreciara su gran descubrimiento). A mí, aquello me parecía algo meritorio. Al menos, por un rato, eras el centro de atención de todos. Con tales características, con aquellas extraordinarias dotes personales, estabas de alguna manera obligado a cumplir con las expectativas que te habían pronosticado. No podías defraudar, así que tenías que ponerte manos a la obra y cumplir con las altas metas para las que habías sido designado.
     Luego de haber realizado alguna calaverada, lejos de felicitarte, te recriminaban tu actuación. Parecías muy simpático cuando prometías; sin embargo, una vez habías cumplido con los vaticinios de aquellos bien pensantes, todo eran críticas, imprecaciones varias, exhortos, reconvenciones, amonestaciones y castigos, muuuchos castigos. Por eso, porque los mayores te enviaban mensajes contradictorios, porque por un lado reían tus gracias y por otro te auguraban el futuro, -tú-, cuando cumplías, cuando realizabas los sueños proféticos de todos aquellos que te halagaban, cuando les elevabas a la categoría de adivinos oficiales (¡si ya te lo decía yo! - clamaban muy dignos), te trataban con desdén, como a una excrecencia social, como a un apestado.
     Por eso, si no me pasé al lado oscuro entonces, solo fue porque Dios no quiso.

domingo, 16 de junio de 2013

     Mi mujer se está haciendo mayor, Pablo. Ya sé que son cosas que tiene la vida, pero paso mucha vergüenza. ¡Qué le vamos a hacer! Sí, es cierto que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Pero en el transcurso, yo no era consciente de que degeneraran de la forma en que lo hace mi Santa. No voy a negar que no sabía nada de esto cuando me casé con ella, aunque ya sospechaba yo que no todo el monte era orégano cuando el cura nos dijo: “En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza” (en realidad, mientras pronunciaba estas palabras no dejó de mirarme ni un solo instante. Yo creo que se compadecía silenciosamente de mí, pues no en vano era tío de ella y debería conocerla sobradamente).
     Que hable sola mientras realiza algunas tareas del hogar no me sorprende demasiado (al fin y al cabo pasa muchas horas en casa). Estos soliloquios no van más allá de entonar alguna cancioncilla acompañando a la radio o, de repasar, silabeando, la lista de la compra. También hace planes consigo misma. Incluso no me sorprendía que mantuviera algunos diálogos monologados con su hermana o que regañara a alguno de sus hijos ausentes. Todo esto podía ser divertido según las circunstancias.
     Que estuviera colgada del teléfono tampoco sorprendía a nadie. Las charlas, es un decir, con vecinas, amigas, parientes y demás, duraban lo que no está escrito. Una ruina si no tuviéramos tarifa plana.
     Lo que ya me tiene preocupado es que, de poco tiempo para acá habla con todo el mundo, se ha vuelto muy extravertida, muy locuaz, y a todos les cuenta nuestra vida.
     Ocurre a veces que llego a casa a la hora de comer y encuentro un plato más en la mesa. Pregunto si es que ha venido muestro hijo, el de Barcelona, o si el liberal (el que va por libre, ya sabes)... o quizás la Susi, que hacía algún tiempo que... O serás tú, Pablo.
     - No, no, -me responde sin el menor atisbo de sonrojo,- es fulano/a, que está a punto de llegar; lo/a conocí en tal sitio el otro día.
     Pero, después de verla ayer durante un buen rato departiendo amigablemente en el supermercado con otra mujer, intercambiándose recetas de cocina y trucos cosméticos y hablando alegremente de sus respectivos hijos, tras despedirse con dos sonoros besos y un par de abrazos, le pregunté quién era. La respuesta, aunque no me sacó de dudas, fue muy esclarecedora:

     - “No lo sé, me ha dado la vez”.

domingo, 9 de junio de 2013

     Querido Pablo:
     Mi Santa, -ya sabes-, siempre pendiente de la modernidad, se ha comprado una olla exprés de última generación, un robot de cocina. Uno de esos aparatos con los que no hace falta saber cocinar, pues él solito cuece, hornea, cocina a presión, cocina a la plancha, fríe... y es capaz de preparar cualquier receta con tan solo introducir los ingredientes en crudo y apretar el botón. Al cabo de un rato, ¡zas!, te sale una comida digna de un cocinero de restaurante con seis estrellas Michelín.
     No sé si fue su amiga Puri la que le animó a ponerse al día. Le comentó las bondades del aparato y ella, rauda y veloz, se metió en internet, contactó con la página web en la que se vendía el chisme en exclusividad y pidió asesoramiento. A las cuarenta y ocho horas teníamos a un vendedor en casa para que le hiciera una demostración de las excelencias culinarias del artilugio.
     No cabe duda de que finalmente se lo vendió por el módico precio de 600 €, que ese era el objetivo, sino que además le “regaló” una sandwichera, una batidora de vaso, una fondue y una lata de aceite de oliva virgen extra de 2.5 litros  -¡y un libro de recetas!-  por otros 100 € más.
     El aparato es una monería, no me cabe duda. Incluso le habla y le dice el tiempo de cocción que resta. Es lo que le faltaba a mi Santa: alguien que le diera conversación mientras cocina.
     Lo malo del asunto fue que a las pocas semanas se rompió una pieza. Como el aparato estaba en garantía, se envío a la casa para que lo repararan. Lo peor fue el tiempo que estuvimos sin la máquina parlanchina porque entre la recogida, el traslado, la reparación y la devolución, nos pasamos casi un mes esperando volver a disfrutar de ella. Sin embargo, hubo un pequeño accidente en la entrega, y el mismo repartidor nos la remitió al fabricante.
     En fin, que entre pitos y flautas pasaron casi dos meses y medio hasta que la recibimos, finalmente, en perfecto estado. Y ahora, parece que ya no le hace tanta gracia y la tiene arrinconada.
     Total, ¡¡¡600 euros por dos cocidos y un hervido!!!
     Una ruina muy sabrosa.

domingo, 2 de junio de 2013

     Ya he hablado en alguna ocasión de los viajes en avión. Que si los niños maleducados, que si las personas con sobrepeso, que si la perversidad de tales compañías aéreas, los borrachines, etc. Hoy, la verdad, quería romper una lanza a favor de las compañías de vuelo. No me pagan por hablar bien de ellas, que conste. Es, simplemente, una cuestión de justicia social, pues comprendo que, cuando hay razones para denunciar un suceso, hay que denunciarlo y, en consecuencia, cuando algo es meritorio, cuando es cuestión de loor, se alaba. Además, comprendo que hay muchísima competencia entre unas y otras, y todas tratan de agradar al cliente, dándole lo que las otras le niegan, ofreciendo más servicios por menos dinero. Y eso, pues es una gran ventaja, porque a uno lo tratan con cariño, lo miman, lo atienden como se merece... ¡qué caramba! 
     Son muchos los viajes que realizo por cuestión de trabajo. Sin embargo, esta vez le había querido sorprender positivamente a mi Santa y, aprovechando uno de los vuelos a “Niu Yor”, la llevé conmigo para alegrar nuestra convivencia y darle un pequeño gusto al cuerpo (nadie piense que este viaje iba a cargo de mi empresa. No en lo tocante a mi Santa, que bien que me lo pagué de mi bolsillo. Facturas tengo, dicho sea de paso, por si hubiere algún malpensado).
     El viaje se ofrecía muy agradable y tranquilo. Aviones preparados para realizar traslados oceánicos: cómodos y amplios. Posibilidad de ver películas, escuchar música... entretenimientos variados... Para los que, -apáticos- no sabían qué elegir, había música de fondo: envolvente, arrulladora, relajante... ¡divina!, un regalo –envenenado- de los dioses.
     Iba yo, distraído, amodorrado, intentando descansar, pensando en el desfase horario e intentando disfrutar del vuelo cuando, una música susurrante, de fondo, masculina, muy bella y agradable, decía así:

“Sitting on the dock of the bay
Watching the tide roll away
I’m just sitting on the dock of the bay
Wasting time.”

     Y que yo, soñoliento, iba traduciendo mentalmente:

“Sentado en el muelle de la bahía
Viendo bajar la marea
Estoy sentado en el muelle de la bahía
Perdiendo el tiempo.”

     Hasta que me sobresalté al reconocer al intérprete: Otis Redding. Este cantante norteamericano falleció en Wisconsin al estrellarse su jet cuando solo faltaban tres minutos para que tomara tierra, allá por los años 60 y tantos.
     Mira que tengo anécdotas aéreas pero, como ésta, pocas.
     Mi mujer, ni se enteró.
     No sabe inglés.