La necesidad que tengo de viajar por
cuestiones laborales hace que utilice mucho los aviones. No voy a explicaros
que es un medio rápido y seguro. Sí os diré, en cambio, que ya no son lo que
eran gracias a la popularización del transporte aéreo.
Tengo para mí que las compañías aéreas
desprecian profundamente al pasajero (sobre todo las de low-cost), ya que lo agreden constantemente sin recato ni disimulo
alguno, ya sea a través de retrasos continuados, cancelaciones u otros subterfugios
más sibilinos.
Antiguamente viajabas hecho un señor: te
daban la comida a bordo, te ofrecían periódicos y revistas y, entre los
asientos, la separación permitía estirar cómodamente las piernas y descansar.
Actualmente, las distancias entre estos son mínimas Hoy, salvo que te refugies
en la clase bussines, viajas
estabulado. La comida corre por tu cuenta. Revistas o periódicos, los que tú
lleves. Si viajas en el asiento de en medio no sabrás cómo colocar los brazos
ni dónde ponerlos. Es posible que tu vecino delantero recline el asiento para
estar más cómodo, lo cual te sitúa ante la tesitura de echarte también hacia
atrás o quedar condenado a no poder moverte. ¿Y los olores corporales? De eso,
mejor no hablar. Algunos compañeros de travesía, inmisericordes, se descalzan
(¡oh, qué alivio! -para ellos, naturalmente) y te atufan con el perfume
embriagador de sus pinreles. Los hay que
se quitan la chaqueta y te ofrecen su particular visión de la sudoración axilar,
que hay gustos para todo, y te aromatizan con su “Eau de
Sobac” demoledor.
Naturalmente, deseas que el viaje llegue
pronto a su final y para ello pretendes echar una cabezadita que acorte el
tiempo de espera. Es posible que, cuando estés en lo mejor de tu reparador
sueño, tu vecino de asiento tenga pipí
y te pida, cortésmente, que le permitas salir. Tampoco será de extrañar que sea
el vecino de detrás quien tenga necesidad de salir, para lo cual se apoye en tu
respaldo y te dé el meneíto correspondiente.
Las azafatas, por su parte, son muy
crueles con el pasajero. Pero hay que reconocer que se trata de un sadismo fino,
muy estudiado -pero hiriente, al fin- aunque adobado con una amplia sonrisa.
Tras haber realizado el vuelo en las condiciones antes mencionadas, te
transmiten por megafonía su deseo de que hayas tenido un vuelo agradable y
esperan verte nuevamente a bordo.
Viajar es un placer.