domingo, 2 de septiembre de 2012



       La necesidad que tengo de viajar por cuestiones laborales hace que utilice mucho los aviones. No voy a explicaros que es un medio rápido y seguro. Sí os diré, en cambio, que ya no son lo que eran gracias a la popularización del transporte aéreo.
     Tengo para mí que las compañías aéreas desprecian profundamente al pasajero (sobre todo las de low-cost), ya que lo agreden constantemente sin recato ni disimulo alguno, ya sea a través de retrasos continuados, cancelaciones u otros subterfugios más sibilinos.
     Antiguamente viajabas hecho un señor: te daban la comida a bordo, te ofrecían periódicos y revistas y, entre los asientos, la separación permitía estirar cómodamente las piernas y descansar. Actualmente, las distancias entre estos son mínimas Hoy, salvo que te refugies en la clase bussines, viajas estabulado. La comida corre por tu cuenta. Revistas o periódicos, los que tú lleves. Si viajas en el asiento de en medio no sabrás cómo colocar los brazos ni dónde ponerlos. Es posible que tu vecino delantero recline el asiento para estar más cómodo, lo cual te sitúa ante la tesitura de echarte también hacia atrás o quedar condenado a no poder moverte. ¿Y los olores corporales? De eso, mejor no hablar. Algunos compañeros de travesía, inmisericordes, se descalzan (¡oh, qué alivio! -para ellos, naturalmente) y te atufan con el perfume embriagador de sus pinreles.  Los hay que se quitan la chaqueta y te ofrecen su particular visión de la sudoración axilar, que hay gustos para todo, y te aromatizan con su  “Eau de Sobac” demoledor.
     Naturalmente, deseas que el viaje llegue pronto a su final y para ello pretendes echar una cabezadita que acorte el tiempo de espera. Es posible que, cuando estés en lo mejor de tu reparador sueño, tu vecino de asiento tenga pipí y te pida, cortésmente, que le permitas salir. Tampoco será de extrañar que sea el vecino de detrás quien tenga necesidad de salir, para lo cual se apoye en tu respaldo y te dé el meneíto correspondiente.
     Las azafatas, por su parte, son muy crueles con el pasajero. Pero hay que reconocer que se trata de un sadismo fino, muy estudiado -pero hiriente, al fin- aunque adobado con una amplia sonrisa. Tras haber realizado el vuelo en las condiciones antes mencionadas, te transmiten por megafonía su deseo de que hayas tenido un vuelo agradable y esperan verte nuevamente a bordo.
     Viajar es un placer.

domingo, 29 de julio de 2012

     Que me perdonen los gordos, que los pobrecitos bastante tienen con llevar esa pesada carga consigo todo el día. Cuando hablo de gordos me refiero a esos individuos de peso descomunal, enfermos, sin duda alguna. Como el que me tocó en suerte (?) no hace mucho tiempo.
     Con el pasaje casi completo, surgió de la zona delantera del avión la figura de un hombretón de un metro ochenta de altura y unos ciento treinta kilos de peso aproximadamente, digo yo. No sé por qué, nada más verlo, me estremecí. Sería porque era consciente de que a mi lado había un asiento vacío. A medida que avanzaba torpemente por el pasillo dando capirotazos a diestro y siniestro -ora con la gabardina, ora con su portafolios- sentí, con ese extraño instinto de ganador, que me iba a tocar el gordo, pero no el de la lotería. Gané, efectivamente, desasosiego y nerviosismo. Me tocó el gordo y, curiosamente, perdí mi buen humor y la tranquilidad que tenía hasta ese momento.
     Tardó el buen hombre lo indecible en colocar su gabardina y su portafolios en el compartimento de equipajes, pues casi no quedaba sitio. Finalmente, se sentó (es un decir) al dejarse caer sobre el asiento; se arrellanó, estiró los brazos para subirse las mangas del jersey y cruzó las manos sobre el pecho en actitud beatífica. La azafata le notificó que debía abrocharse el cinturón. Lo buscó por todos lados, pero no podía encontrarlo ya que lo había aplastado con su cuerpo. Intentó sacarlo, pero no pudo. Decidió levantarse y tirar de él. Misión imposible. Colocó sus manos sobre los reposabrazos laterales y trató de levantarse nuevamente. Nada. Decidió, finalmente, sujetarse en el respaldo del asiento delantero con una mano y tratar de alzarse apoyando su mano libre en aquel. El intento tuvo éxito, pero el pasajero de delante se llevó un susto morrocotudo con la repentina y violenta sacudida hacia atrás que experimentó su cuerpo. Después quiso colocarse el cinturón de seguridad, pero aquel artilugio no daba más de sí y la azafata, solícita, hubo de traerle una extensión.
     Agobiado como yo estaba con tanto trajín y semejante susto, me acurruqué contra la ventanilla y recé para que todo acabara lo más pronto posible.


NOTA: Me voy de vacaciones, queridos y sufridos seguidores de este blog. Voy a tomarme un merecido descanso y a preparar tranquilamente nuevas tonterías de estos -para mí- entrañables personajes.
Nos vemos el primer domingo de septiembre. Puntualmente.
Un abrazo, hermosos/as.
Antón

domingo, 22 de julio de 2012

     Sobre los viajes en avión, tampoco esto que os voy a contar es lo peor que os puede ocurrir, aunque confieso que es duro encontrarse en un vuelo completo con el asiento contiguo ocupado por un dipsómano inveterado del que es muy difícil desembarazarse.
     El que me tocó a mí aquel aciago día era un individuo español, lenguaraz, representante de una destilería segoviana de tres letras, de nariz brillante y ojos vidriosos, con los carrillos colorados, sudoroso, que bebía para olvidar, pero que se acordaba de todo ¡y encima me lo contaba quisiera que no!
     En casos como este, tendrás suerte si tu acompañante finalmente cae en brazos de Morfeo. Si no, tal vez te pases el tiempo recorriendo el pasillo de una punta a la otra o en el aseo.
     En un principio le seguí el rollo por aquello de que uno procura ser educado. Luego, me arrepentí, porque se ve que el hombre me cogió cariño y también del brazo (no sé a ciencia cierta si lo hizo para no caerse al suelo o para que yo no pudiera escaparme). El caso es que se aferró a mí como una lapa a la roca. Una vez que me tuvo entre sus brazos comenzó a contarme mil historias desordenadas con elevadas dosis de halitosis gratis incluida.
     Aduje que tenía necesidad de acudir urgentemente al baño y, tras algunas dificultades iniciales, finalmente logré alcanzar el pasillo. Busqué a la azafata que había en la parte posterior y le expliqué el caso. Ella, casi con lágrimas en los ojos (tengo mis serias dudas aún si no sería del ataque de risa reprimido que le dio) me dijo:
- ¡Cuánto lo lamento, señor. Estamos completos!
Luego de un breve silencio, añadió:
- Si quiere, puede ocupar uno de nuestros asientos aunque, al aterrizar, deberá regresar al suyo.
Que nunca os pase esto, queridos.
Así sea.

domingo, 15 de julio de 2012

     Los viajes en avión nos proporcionan multitud de situaciones pintorescas, curiosas o al menos, dignas de recordar.
     Viajar en un avión repleto y que te toque al lado una familia con niños pequeños, maleducados, mal educados o, simplemente, asilvestrados, es de las peores cosas que te pueden ocurrir.  Nótese bien que he dicho “de las peores cosas que te pueden ocurrir”, que no la peor porque, que los niños se peleen, griten, lloren, te empujen el asiento a base de golpes, patadas y demás -cada dos por tres- es desagradable, qué duda cabe. No obstante, siempre tienes la posibilidad de solicitar de los progenitores un poco de atención hacia sus hijos, hacerles notar tu malestar y tu desagrado o ponerles cara de póker (lo escribo con “k”, porque me parece a mí que así es más duro e impresiona más) a los simpáticos papás de tan desmadrados retoños como diciéndoles “si suelto el animal que llevo dentro…”.                                   
     Como último recurso también puede uno chivarse a la azafata, aunque en este caso dejas patente que lo de la cara de póker era tan solo un farol y te han guipado la jugada. Puede ser que, después de todo, no te hagan mucho caso y al cabo de un rato vuelvan a la carga pero, al menos, te habrán dado una tregua.
     Hay otro caso nada baladí: que te toque cerquita un bebé llorón. Aquí no vale ninguna de las estrategias anteriores. Toca aguantarse y rezar para que se duerma pronto. Generalmente la paciencia tiene su recompensa al poco tiempo, pues el infante acaba finalmente agotado y duerme plácidamente el resto del viaje. Si no, escuchar una buena dosis de música de tu mp3 puede ser el remedio a tanto desasosiego.
         

domingo, 8 de julio de 2012

     No me gusta llegar tarde a ninguna parte. Debo de ser un bicho raro porque, en general, la gente se retrasa muchísimo. Y si no, para muestra, no un botón, sino toda una colección. Para hacer justicia habría que excluir a mi mujer. Su caso es un caso aparte. No es impuntual, ya que siempre está en el sitio a la hora convenida. Para quien no la conoce es más exacta que un reloj suizo. Pero, en realidad, adelanta que es una barbaridad, pues siempre llega media hora antes. Vivir a su lado es estar bajo presión continua. ¡Qué agobio, Señor, qué agobio!
     Viajar con ella en avión es una experiencia totalmente prescindible. Dos semanas preparando las maletas. Tal cual. ¿Para qué, si luego se olvida de la mitad de las cosas y parte de las que lleva no se las pone? Es tan apañada que prepara su maleta… ¡y la mía! Y eso me da una rabia… Es que no sé lo que llevo en ella.
     Tenía yo gusto por ponerme el bañador tipo speedo, que últimamente he rebajado mi barriguita cervecera y quería lucir mi palmito en la playa. Pues, no; me encontré con el bañador tipo meyba, “que ahora se lleva mucho”.
     Hace ya algunos unos años celebramos las bodas de plata. Quisimos volver a Tenerife, que fue donde estuvimos de viaje de novios. En fin, lo típico. Sacamos los billetes a través de una agencia de viajes. Yo habría preferido hacerlo por internet, desde casa, pero mi mujer, empeñada en que “con la agencia es mejor, ellos te lo solucionan todo, si algo falla tienes detrás a unos profesionales como la copa de un pino resolviéndote los problemas…” Por no oírla…
     Luego, la guasita del personal: “¿Qué, a recordar viejos tiempos?” –más como una evidencia que para informarse. “Radio nostalgia, ¿eh abuelos”? –bromeaba otro. “Canal melancolía”, -remataba un tercero con evidente tono de cachondeíto.
     El día de la partida, ¡qué nervios! Y si solo hubiera sido eso… La noche anterior no pegamos ojo. En mi casa tenemos la costumbre de compartirlo todo. Si mi mujer no duerme porque está nerviosa, nadie descansa (como se ve, somos muy solidarios entre nosotros). Y como le da la neura antes de los viajes, todos de imaginaria.
     Al día siguiente, agotados, claro.
     En el extremo opuesto se situaría mi hijo pequeño. Siempre tiene que haber un contrapeso. A este le pasaría un camión por encima y no se movería.
     - ¡Ay, que llegamos tarde, que perdemos el vuelo, que solo falta…! -interviene, angustiada, mi mujer.
     - Tampoco exageres, que hay tiempo de sobra -animo yo. Sí que es necesario que nos sobre un poquito de tiempo por si hay algún contratiempo –puntualizo en plan previsor.
     - Chist… -serena mi hijo con pasmosa dicción. Y prosigue con gesto lento y calmado aleteando las manos: Tran-quis, trons… No pa-sa ná… Hay tiem… -dice sin inmutarse. Y se queda tan tranquilo.
     Mi mujer, se sofoca, se excita:
     -Ay, que me da; que me da –repite nerviosa. Se tumba en el sofá y se abanica la cara con las manos.  ¡Que me da algo! –grita, en vista de que no le hacemos demasiado caso.
     - Nene –intervengo- haz el favor, apúrate una miajilla, anda, corazón.
     - Vaaa… -replica acelerando el silabeo. Cómo os ponéis, colegas. Mira a la mama –dice en tono de reproche.   Va, anda, hazle una tilita –concluye.
     - ¿Quién? ¿Yo? –me enfado. ¡Pero si está así por tu cachaza! ¡Que parece que te has fumado algo! –le digo excitado.
     - Sa-bes que no fu-mo –replica despacito, silabeando y en voz baja, displicente.
     - Mmm… -gruño, finalmente.
     - ¿Me vais a hacer caso de una dichosa vez? –gimotea nuevamente mi mujer. ¡Que estoy muy malita…!
     - Ya voy corazón -contesto solícito. Y tú, (a mi hijo) date prisa, que así no vamos.
     - Desde luegooo…, entre la mama y tú vais a acabar es-tre-sán-do-me. Qué vida más agitada –sentencia.
     (Jo, ¿qué habré hecho yo para merecer esto?)

domingo, 1 de julio de 2012

     Hace muy poquito publiqué la opinión de la Susi acerca del verano. Realmente, el sexo débil –nosotros- no quedó muy bien parado. Así pues, me veo en la obligación de salir en defensa del sufrido y denostado macho ibérico.
     Mira, Susi, yo creo que la llegada del verano produce en todos nosotros cambios en las costumbres y también en el atuendo. Comprendo que aborrezcas a ese terrible “homo antecessor” colgado de la barra del vagón del metro/bus; o al inveterado metrosexual descatalogado, luciendo sobaquera y contraviniendo las normas de la ética odorífera.
     Habrás de reconocer conmigo que, en lo tocante a las mujeres, también tenéis lo vuestro. Porque, mira, aunque aquí alguien me trate de machista, tengo que defender a nuestro agraviado grupo social. No te falta razón en lo que dices, pero te has olvidado de las féminas.
     Acudir a la piscina municipal o a la playa es tropezarse con una ingente masa de egocéntricos modelitos -y otros, piadosamente, no tanto- embadurnados de penetrantes cremas pestilentes, patéticamente expuestos y achicharrados al sol, ansiosos de quedárselo para sí solos –si ello fuera posible. La rubicundez es norma general en esos cuerpos atormentados por la Santa Inquisición de la moda, santo y seña que demuestra vuestra ansia desmedida por lucir el moreno más rutilante frente a vuestras competidoras cueste lo que cueste. La elegancia no está instalada exclusivamente en nosotros. Vuestros bañadores: monopiezas clásicos, biquinis mínimos, -muy mínimos algunos- triquinis, los espectaculares biquinis “XXL” tipo braga-faja y, –en fin- otras prendas imposibles, adornan vuestros cuerpos en extraña competición por el asado personal.  
     ¿Consideras que cualquier trapillo que cubra vuestro cuerpo es digno de ser elevado a la gloria de la casa Christian Dior?  Pareos y enormes camisetas-bata sin costuras, entronizan vuestros cuerpos. Las de lunares y rayas son, verano tras verano, número 1 en el “Hit Parade de la moda” de playas, piscinas y lugares aledaños.
     Como tú  bien apuntabas en tu anterior entrada, que Dior nos libre de tanta hortera.
     Amén.

domingo, 24 de junio de 2012

Este fin de semana ha venido a casa mi hijo pequeño, el que vive en Barcelona. Se ha presentado con su novia -¡cómo han cambiado los tiempos!- su nueva novia. Nosotros, cuando nos echábamos novia era para siempre. Y nos casábamos. Para siempre. Hoy, se juntan. Y no se casan. Y cuando ya no se aguantan, lo dejan. Y así.
Ella es una chica maja, de sonrisa fácil. Parece feliz. Creo que se quieren y por eso viven juntos: para compartir su vida, sus experiencias… Sin embargo hay algo que no acaba de gustarme: su atuendo, su aspecto. Viste con ropa del mercadillo; bueno, no, del rastrillo más bien (no pasa nada, que cada uno sabrá lo que le gusta y el dinerillo que tiene. Solo era una pequeña puntualización). Lleva pantalones amplios, -con cinturilla de goma- van ceñidos al tobillo y permiten llevar los “dodotis” puestos, sin que se noten. Creo que les llaman pantalones/bragas Aladdin, pantalones/bragas globo o algo así. Su atuendo se complementaba con una camisetilla de tirantes finos, de color fucsia que dejaba al aire su vientre plano con una pequeña estrella prendida del ombligo. Por calzado, unas alpargatas.
Los pelos (no me atrevo a llamar a eso “pelo o cabello”) eran rastas mal cortadas de varios colores desteñidos. También llevaba un pasador a modo de caracola. De cada una de sus orejas colgaban sendos trozos de alambre por pendientes.
En la ceja izquierda tenía prendido un “piercing”. También en la lengua llevaba otro, pero este muy discreto y pequeñito. En el labio, cerquita de la comisura, tenía atravesado un arete. Se adornaba el brazo izquierdo con una muñequera de cuero tachonada y con varias pulseras multicolores realizadas con hilos trenzados. En el tobillo, una pulsera con abalorios de colores.
Hemos pasado juntos dos días. Ya digo, una chica simpática, extravertida, muy natural, relajada, que infundía tranquilidad (en algún momento llegué a pensar, -sólo a pensar, que conste- si no se habría fumado algo). Para ella, todo era muy místico, natural, espontáneo y pragmático, según dice. “Se inspira en la filosofía Zen”- apunta mi hijo. Tocaba muy bien la flauta, pues al parecer tenía estudios en el conservatorio.
Mi hijo, muy a tono con su novia, llevaba camiseta negra de tirantes con agujeros, -de la que asomaba un mechón de pelo negro, hirsuto, - y pantalón vaquero desgastado, raído y sucio. Las chanclas, de cuero; y un solo pendiente de arete. Su pelambrera, abundante, parecía cortada a mordiscos.
Perro no llevaban.
En fin, después de todo hemos pasado un fin de semana agradable. A ratos he tenido que morderme la lengua y hacer grandes esfuerzos para no soltar la carcajada cuando me acordaba de aquel anuncio de televisión que decía: “Paz, amor… y el plus pal salón”.
Que no, que las cosas ya no son lo que eran.

domingo, 17 de junio de 2012

     Querido Pablo:
     Este es un país cotilla, lleno de morbosos. Me llegan cartas, decenas de cartas, centenares… ¡miles de cartas! (¡hala, halaaa…!) de admiradoras/es interesándose por mí, por saber cómo soy de verdad, qué edad real tengo, si verdaderamente trabajo en esto o me dedico a aquello. Alguna/o me pide -incluso- una foto dedicada y todo. También quieren fotos de la Susi (ya he dicho, claramente, que no, que habrán de conformarse con imaginarla). Hay, incluso, quien, en un acto heroico de masoquismo atroz me ha pedido la de mi mujer. Mira, no había pensado en ello, pero no estaría mal que la conocieran, no estaría nada mal. Así sabrían lo que yo tengo.
     Se empieza escuchando cantos de sirena lisonjeros cuando te haces novio y se acaba de galeote al servicio de un cómitre despiadado con el paso de los años. Así es la vida.
     Llevo casi treinta años de casado. “Una situación muy sólida y duradera” -pensará alguno (intenta romperla y verás).
     Mi hijo pequeño, el de Barcelona, presume de novia, no sin razón; de lo que se quieren y del tiempo que llevan juntos.
-   Papá, cinco meses.
-   Papá, siete meses…
     Y así.
     Me alegro mucho de que tenga novia  y de que esté como loco de contento y ya veo que las enseñanzas del profesor particular que le puse en Matemáticas han sido provechosas, pues noto que lleva muy bien la contabilidad. Espero que no le pase como a mí que -al cabo de los años, bien por desidia, aburrimiento, rutina o inercia- no sé si llevo 30 años y un día de vida en común con mi señora o esto es una condena que me ha impuesto algún juez. La verdad, como vida de pareja se me empieza a hacer muy larga, y más me parece lo segundo. Vivir así no es vivir, es morir un poco cada día. Me nota, me siente, me controla a cada instante… Y yo percibo su casi omnipresencia y omnisciencia a cada minuto, su aliento en la nuca. Aunque a veces se relaja, confiada, y puedo ser, por un breve tiempo, yo mismo. Cuántas veces he pensado poner un anuncio en el periódico o en el tablón de anuncios de una gran superficie: “Cambio pantera (experimentada) de 50 por dos de 25”. No sé si colaría, la verdad. Pero algo habrá que hacer al respecto.
     También he pensado divorciarme, pero esta opción tengo que descartarla “porque ella nunca lo haría” y eso es cosa de dos. He aprendido a hacer como con las hemorroides, a sufrirla en silencio. A ver, ¿a quién le contarías tú que tienes hemorroides? Aparte de ser algo personal y muy íntimo, es escatológico y de mal gusto hablar de ciertos asuntos. Así, resulta poco apropiado hablar de algunos temas con la gente. Para eso están los programas televisivos que todos sabemos.
     ¡Ah, cómo echo de menos aquellos tiempos en que en España no existía el divorcio, pero teníamos “la espantá”! ¡Qué tiempos aquellos! Hoy te cuesta un ojo de la cara y la mitad del otro divorciarte. Así que, mejor no intentarlo.
     Fugarse es otra opción, pero creo que no es demasiado rentable porque, si te acusa de abandono del hogar, la llevas clara. Darle a beber alguna pócima o ponerle algo en la comida, tampoco me parece demasiado seguro, pues según la policía no hay crimen perfecto, aunque ello dé mucho juego en las novelas policíacas.
     ¿Y si le diera un soponcio? Vaya, esa opción me parece más factible. Pero, ¿cómo hacerlo? Matarla a disgustos podría ser, aunque tengo serias dudas, ya que si no surte efecto rápido, su venganza podría ser terrible.
     Podría empezar por olvidarme de su cumpleaños. A ella, eso le dolería muchísimo. Por otra parte, creo que es una crueldad innecesaria y de efecto bumerán.  
     - “Ya no me quieres… Ya no te parezco atractiva… Ya no me abrazas ni me dices cosas bonitas como cuando éramos novios… ¿Hay otra?” –me diría constantemente. Así que, mejor dejarlo. Creo que, recordarle que cada año es un año mayor, es castigo suficiente.
     Ya, apenas tenemos sexo. En cambio, ahora quiere que le haga todas las noches el amor:
   - Dime que me quieres –me pregunta. ¿Te parezco atractiva? –se insinúa. Abrázame –exige. ¿Verdad que para ti soy la única? –duda.
      ¡Nadie sabe lo que yo tengo, Pablo!


domingo, 10 de junio de 2012

     Ya sabéis cómo es la Susi: sensible, fina, elegante... Le aterroriza el verano. ¡Y mira que es una estación bonita, llena de luz, sol y calor! –exclama. Pero es terrible. La luz hiere mi retina. El sol me aja la piel. El calor me provoca una sudoración excesiva -concluye.
     No lo puede soportar. Si, en sí misma es una estación hermosa, según mi opinión, todos mis convencimientos se me vienen abajo cuando escucho sus argumentos.
     Mira, -me dice solemne- cuando llega el buen tiempo, aparece una legión de horteras. El calor parece que sea una buena excusa para sacar lo que cada uno lleva dentro. Verás –continúa- la ropa mengua y las carnes asoman y se derraman por doquier. Aparecen las camisetas de tirantes para hombre, tipo jugador de baloncesto, con amplias aberturas laterales que permiten ver las axilas sudorosas. ¡Qué ordinariez! No hay desodorante que en esas condiciones no eche a correr, por mucho que digan los anuncios. En la hora punta del metro o en el autobús es un castigo insufrible tener a tu lado a uno de estos émulos de la NBA sujetándose de la barra superior del transporte público mientras le canta el sobaco. El conjunto se adereza con los respectivos calzones deportivos que dejan ver unas peludas piernas.
     En la playa, el panorama puede ser aún más desolador. Orondas barrigas cerveceras, bañadores insólitos marcapaquetes y chanclas que se arrastran con pereza insultante. Como complementos, que no falten una buena cadena al cuello y una riñonera. También tenemos a ese grupito de fashion people que considera que la toalla alrededor del cuello es la máxima expresión de la elegancia.
     Que Dior nos libre de tanto hortera.

domingo, 3 de junio de 2012

Queridos seguidores de este blog:
Hoy os envío un texto que me remite mi amigo Pablo sobre la redacción que una profesora de su instituto propuso a los alumnos de psicología sobre el psicoanálisis.

“Por lo que yo sé, el psicoanálisis es un método que fue creado por un médico austriaco a finales del siglo XIX y que consiste en la aplicación de varias técnicas que tienen como objetivo el tratamiento clínico de diversos padecimientos psíquicos de la persona.
El psicoanálisis hizo furor en el pasado siglo y tuvo multitud de adeptos. Sin embargo, hoy está en desuso, ya que el famoso diván sobre el que se reclina al paciente para que hable de todo aquello que siente, piensa o le traumatiza, conlleva que, en un gran número de casos, este termine durmiéndose.
En consecuencia, el psicoanálisis pierde su capacidad para descubrir los problemas de los enfermos. Sí trata -en cambio- sus fantasías oníricas, sus sueños. Por tanto, el psicoanálisis, tal como se conocía hasta ahora, se muestra como un rotundo fracaso.
Hay, sin embargo, una versión española de este asunto que ha sido probada en todo el mundo y es considerada en la actualidad como una de las mejores técnicas para la resolución de los conflictos y padecimientos psíquicos de una persona. El método, a pesar de su sencillez, no había sido considerado científico hasta hace relativamente bien poco.
¿En qué consiste? El médico, ante todo, ha de deshacerse de la consulta y del clásico sofá y recibir al paciente en un bar. En este lugar la atmósfera es mucho más relajada y, tanto paciente como médico, podrán iniciar la terapia de una manera más distendida y lúdica, bien sea echándose una partidilla a las cartas, a los dados, jugando a los dardos o tomándose unas cervezas si ese es su gusto. Médico y paciente pueden establecer una relación más personal, más fraternal, más íntima, más humana… Todo ello creará el ambiente necesario para lograr una mayor empatía. De este modo, ambos podrán hablar de todo con total relajación. Después de dos o tres copas más, el paciente estará totalmente desinhibido y será capaz de expresarse libremente despachándose a gusto y exteriorizando todas sus neuras y conflictos interiores. Si el médico es un profesional que sabe estar a la altura de las circunstancias, en algunos casos acompañará al paciente en la ingesta de sustancias etílicas. La catarsis, así, será bidireccional y completa”.