domingo, 6 de octubre de 2013

Mis hijos

     Tengo unos hijos que no me los merezco: cariñosos, simpáticos, buenas personas, generosos, colaboradores, amantes de sus padres y con sentido del humor. Mi mujer también tiene sus cualidades. Por ejemplo, es buena ama de casa, buena administradora de la economía familiar, buena..., buena... , esto..., em..., (tic, tac, tic, tac), ..., am ..., este..., es buena administradora..., eee..., (creo que ya lo he dicho), bueno... y me quiere, claro.
     Y aquí estoy yo, de “chico para todo” y para arreglarlo todo. Que si “cámbiame la bombilla, nene, que se me ha fundido”, que si “mira a ver qué le pasa a la puerta, que hace ruido”, que si “desatáscame el fregadero”, que si “llévame el carrito de la compra, que pesa mucho”, que si “tiéndeme las sábanas”... En fin, supongo que lo normal en una familia. Pero lo suyo -¡ay!- no es la mecánica, claro. Así, por ejemplo, ayer me encomendó la tarea de cambiarle la batería al coche.
     De modo que, como uno es un manitas consumado, decidí ponerme de inmediato manos a la obra. En ello andaba cuando llegó mi hijo el liberal, ya sabéis, el que va por libre, que es un “cachondo mental” y me dijo que aquella no era tarea para un anciano padre que lo había dado todo en la vida, que ya se merecía un descanso. Así que, con un cariñoso empujoncito, me apartó del vehículo y dijo algo así como “dejarme zolo” y “anda, páaapa, pásame la herramienta, que te lo vi a dejá niquelao”. No me enfadé con él porque quisiera retirarme de la vida laboral a tan temprana edad, sino porque me llamara anciano. Pero, bueno, a un hijo se le pueden perdonar ciertas cosas, aunque no sean muy acertadas.
     Me pidió todo tipo de herramientas. A mí se me hacía excesiva tanta parafernalia para sustituir una simple batería: llave inglesa, llaves allen, llaves de tubo, llaves fijas... Ya ves, demasiadas herramientas para dos tuercas y poco más.
     Estaba el chico en plena faena cuando, de repente, me dio la noticia que nunca me habría gustado oír:
     - Páaapa, me hace falta la llave 13-14; pásamela, porfa  -me pidió.
     - Mira a ver si está en ese montón, que ya te he dado todas las que tengo -le respondí.
     - No, no está ahí, esa no me la has dado y es justo la que necesito -terminó.
  Entonces regresé a mi armario de herramientas y busqué frenéticamente la dichosa llave. Había herramientas por doquier y justamente faltaba aquélla. También era mala suerte, porque haberlas, las había de todos tipos, tamaños y colores, producto de los regalos que mi mujer y mis hijos me habían hecho a lo largo de todos mis cumpleaños. Pues bien, aquella maldita llave no estaba. ¿Dónde la habría puesto? En fin. Yo que soy hombre eminentemente práctico, decidí ir a comprarla. Visité una ferretería, pero no la encontré. Luego, otra. Y una tercera. Así, no sé cuántas. Decidí, finalmente, que lo mejor sería acudir a mi mecánico de confianza y preguntarle dónde podía conseguir la dichosa llave.
     Cuando le conté lo que me pasaba me miró muy serio a los ojos. Hizo un mohín con la boca; luego, otro y otro. No dijo nada. Apretó los labios y, nuevamente hizo un intento de contención con todas sus fuerzas. Al fin, entre lágrimas por tanto esfuerzo, y poniéndome cariñosamente una mano sobre el hombro, me dijo:
    -Antón, esa llave no existe. Es una broma que se les ha gastado toda la vida a los aprendices de mecánico.
     Mi hijo aún estará riéndose.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Mi infancia (3): La banda de moco verde

     De mis tiempos de predelicuente, guardo un recuerdo especialmente cariñoso a mis andanzas con los amigos del barrio. Éramos un grupo de “marías”, porque todos nosotros, a excepción de Carlos (el de los “...” largos) llevábamos nuestro nombre unido al de María. Era una costumbre muy de la época tan catolicona que vivimos. Si empezamos por Mariano, al que cariñosamente alteramos las tres últimas letras de su nombre por otras cuatro más jugosamente sonoras y de carácter más redondeado, seguimos por Pedro Mari, Juanma (Juan María) y su hermano Jesús Mari (Chusito), continuamos con Angelmari (un auténtico terremoto a pesar de su nombre) o finalizamos por Antonio María, -o sea, yo- conocido en su propia casa más por sus travesuras que por Antón, nos daremos perfecta cuenta de lo que os decía.
     No éramos, precisamente, el terror del barrio, ni mucho menos, ya que entre todos juntos no teníamos ni una buena bofetada, pero de vez en cuando la liábamos parda. Así pasaba, por ejemplo, cuando nos daba por tocar todos los timbres de un mismo portal con la insistencia tozuda y tonta de quien se la está buscando. Como en aquella época no existían ni los porteros automáticos ni cosa parecida, las buenas amas de casa salían a la puerta y abrían esperando encontrar a alguien al otro lado o bien se asomaban a la ventana por ver quién era.
     Tanto va el cántaro a la fuente, tanto repetíamos nuestras gamberradas, que algunas vecinas, avisadas o predispuestas a darnos un escarmiento, nos la tenían jurada. Alguna vez padecimos un repentino, violento y abundante aguacero cuyo origen era un tercer piso del bloque de viviendas. O que, inmersos en la faena (nunca mejor dicho) de molestar a todos los vecinos al unísono, llegara por detrás de nosotros una vecina y nos sorprendiera en plena gamberrada y nos diera nuestro merecido, que por lo general solía ser un buen mojicón o un tirón de orejas.
     O como aquel día –aciago para mí- en que mis compañeros delincuentes me encerraron en el portal, atrancaron la puerta para que no saliera y llamaron frenética e insistentemente a todos los timbres. Hubo tres o cuatro vecinas (aunque a mí me parecieron muchas más) que bajaron armadas de escobas y creo que alguna sartén vieja y me repartieron estopa hasta cansarse; y luego, más.
     Lo peor, cuando llegué a mi casa.

domingo, 22 de septiembre de 2013

A régimen

     La vida es un bucle continuo, un “déjà vu” permanente. Todos los años igual, siempre la misma canción. Tras los excesos de Navidad y de sus fiestas, llegan  el arrepentimiento y los golpes de pecho por esos kilitos de más cogidos con total impunidad a base de turrones, mazapanes y toda clase de ricas tentaciones dulces y desparrames varios.
     Tengo la grandísima suerte (todo hay que decirlo) de no tener tendencia a engordar. Mi mujer dice que soy “el espíritu de la golosina”. Y es cierto: por más que como, apenas se me nota. No así a ella que, en cuanto comete algún pequeño exceso, la báscula le pasa factura. Tampoco es que esté gorda, solo un poco rellenita, -a ver si me entendéis-, pero sí de buen ver, que decía mi abuela.
     Lo intenta todo para eliminar las redondeces de su cuerpo; lucha a brazo partido por recuperar su figura. Acude a todos los regímenes, dietas, consejos, trucos de adelgazamiento que conoce (el de Montignac, la dieta disociada, el método Dukan, la de la alcachofa...), llama a sus amigas para enterarse de las dietas más al uso, se hace mil juramentos y promesas varias.
     Doy fe de que lucha, pero su voluntad es débil y el chocolate le puede. A “mi Susi” la mira con envidia -¡qué le vamos a hacer!- porque es joven y tiene un tipito "im-presionante" (en dos palabras). Así que cuando estamos juntos se pone de los nervios y, aunque quiere controlarse, le asoma la venita de los celos.
     Entonces, llegadas las cosas a ese punto de “no retorno”, de casi derrota, ataca con toda su artillería. Es decir, aquí entro yo en juego para resolver el problema, su problema. No sé cómo seréis vosotros, pero en mi familia todos (?) somos muy, pero que muy “solidarios”. De modo que, como os decía, toma las riendas y decide que, para ponerse en forma, hemos de estar todos a pan y agua.
     Es el momento en que tooodas las “ratas del barco” desaparecen. Mis hijos ya no vienen a comer, caso de que anden por aquí cerca; la Susi se evapora (ella no está por la labor de estrecheces alimentarias). Pablo se excusa si le invitamos a comer (conoce el paño). Y yo, que no puedo esfumarme, aguanto resignado.
     Paso hambre.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Tabaco

     Jamás he fumado, de modo que no he disfrutado nunca del placer, es un decir, que se siente al exhalar el humo de un cigarrillo. Me gusta, sin embargo, ver fumar a los demás. Intento ser un observador atento de la vida, un poco mirón y un poco cotilla. Curiosón las más veces.
     De pequeño me encantaba ver las películas protagonizadas por mafiosos, polis y tipos duros en general. Había que ver con qué arte y con qué estilo fumaban: como si tal cosa. Aquel cigarrillo impenitente, eternamente colgado de la comisura de los labios, que se movía arriba y abajo al son de las palabras del protagonista. Aquellas largas y profundas caladas placenteras y las volutas que salían perezosas de la boca ahuecada me parecían lo más de la elegancia. Así que yo, como chiquillo que era, recreaba con cierta gracia y salero aquellas escenas con unos cigarrillos de chocolate. Tanta fidelidad debía de haber en mis actuaciones que mi padre se asustó, supongo, y me dio un día un sonoro sopapo que me dolió más en el alma que en el cuerpo, ya que me lo atizó sin mucho entusiasmo. Aún así, me llegó muy profundo y ya no volví a hacer tonterías de ese estilo.
     Más mayorcito, me enamoré de lujuriosas mujeres que, apoyadas en el quicio de una puerta y acompañadas de una larguísima boquilla en la que habían prendido un cigarrillo, ladeaban su cabeza con desdén mientras parecían esperar el autobús.
     Yo no sé bien si fue una premonición, pero desde entonces, ese tipo de mujeres y el tabaco me acompañan. Y los dos porque pudieron ser y no fueron. Del tabaco, se encargó de quitarme las ganas mi padre vía expeditiva, como ya he explicado. Y de las mujeres lujuriosas de mirada lánguida, que nunca cogían el autobús, ya se encargó mi Santa, quien no tiene precisamente ese tipo de mirada, sino una más directa y penetrante.
     Así que sigo esperando. Fumando espero.

domingo, 8 de septiembre de 2013

El Feng Shui

    Desde que mi Santa comenzó a asistir a clases de decoración al estilo Zen, nuestra casa perdió su personalidad y adoptó otra con un aire marcadamente más oriental. También en aquella época leyó revistas y libros que trataban del Feng Shui. Desde entonces duermo muy mal y descanso poco, pero mi vida está llena de armonía y equilibrio.
     Las bonitas macetas que adornaban nuestra terraza las sustituyó por un puñado de arena, dos hojillas y un chirimbolo. El espejo de “Tía Eduvigis”, regalo de boda, salió pitando de la habitación porque, según el Feng Shui, favorece “infidelidades” y la intromisión  de terceros (?) en la vida familiar (¿habrá alguien debajo de la cama o dentro del armario?).
     Así, en mi casa todo está impregnado de la filosofía del Feng Shui y de la decoración Zen. Las paredes del dormitorio las ha revestido de papel pintado con motivos japoneses en los que se vislumbran escenas populares de casas y barcas en tonos suaves. Para mí que su estilo es un tanto “sui géneris” y bastante ecléctico.
     Y de la cama, ¿qué decir? Teníamos una de “1.35” de hierro forjado, en la que, descansar bien, lo que se dice bien, no descansaba porque, como yo soy delgadito (y aunque mi mujer no está gorda, sí tiene un pelín de sobrepeso), siempre acababa encima de ella por culpa de “la teoría del plano inclinado”. En invierno tiene un pase, pero en verano la cosa se ponía de un calor insoportable y pegajoso.
     Dice mi Santa que es importante elegir bien la situación del dormitorio dentro de la casa. Y más aún, ubicar la cama en la habitación.
     Como lo primero no tiene remedio, nada se ha podido hacer. Cambiar el dormitorio y ponerlo en el salón, como que no, aunque esté al oeste y nos dé “mucha felicidad y armonía”.
     Si hubiéramos colocado el dormitorio donde actualmente tenemos la cocina, tendríamos “mucha suerte”, ya que está orientada al este. Pero el dormitorio en la cocina...
     Ni hablar de reubicarlo al sur, pues nos cargaríamos de energía negativa. ¿Y al norte? Mmmm... tenemos el baño. Demasiado pequeño e incómodo.
    Así las cosas, mi mujer -siempre muy imaginativa- encontró la solución ideal: compró una cama redonda con un sistema giratorio. De esta forma, cuando queremos  encontrar felicidad y armonía, nos acostamos mirando al oeste. ¿Que estamos ansiosos por descansar bien y encontrarnos en forma en el trabajo? Un pequeño giro a la manivela y a mirar al noroeste, pues habremos entrado por la “Puerta Celestial” (¡no te fastidia...!)
     Y mi Santa, caprichosa como es, cambia de posición cada día para poder disfrutar de todos y cada uno de los efectos benéficos que nos regala el Feng Shui.
     Tengo que comprarme una brújula para saber hacia dónde apuntan cada día mis pies.
     Además, me estoy mareando.

domingo, 1 de septiembre de 2013

EL VERANO (...y 3)

     Dicen que “nunca segundas partes fueron buenas” (ni os cuento ya, “terceras”), pero escribo este pequeño relato a petición de varios de mis fidelísimos y sufridísimos lectores -quienes esperaban, según me cuentan, algo más de aquel verano- y a quienes pido disculpas de antemano si no les conmueve la historieta de hoy.
     Después de aquel episodio veraniego en “Benidorm city” con la rubia despampanante del piso de arriba, mi mujer, mi Santa, ese monumento en el que me miro a diario, decidió atarme en corto y, a partir de ese día, no me dejó durante el resto de las vacaciones -como quien dice- ni a sol ni a sombra.
     Todo el mundo sabe lo bailonguera que es. Y, vaya, ¡será por lugares de baile en Benidorm! La “tercera edad” y todos aquellos -no tan jóvenes- amantes de mover el esqueleto, disponen de suficientes lugares donde hacerlo con los bailes de siempre; o sea, de otra época, que dirían mis hijos. ¡Mira tú!
     No voy a descubrir cuál fue el local elegido, que la “publi” no me la pagan, pero os aseguro que estaba muy bien, tenía mucho ambiente y las canciones del momento eran amenizadas por una orquestilla que no lo hacía del todo mal.
     Nos inflamos de “Pajaritos”, Evamarías, “Carros robados” y de “Españas cañís”. Yo estaba agotado (me cuesta ponerme a su nivel), así que decidí sentarme y descansar un rato.
     Ella siguió meneándose al ritmo de otros temas musicales, bailando sola, durante un buen rato: mano derecha arriba, mano izquierda “mandando parar” (póngase el amable lector -en la intimidad de su casa- en situación adecuada al evento... No, no, no, no...así, no; repito: mano derecha arriba, mano izquierda “mandando parar” moviendo el cuerpo al compás. Por favor, no te dé vergüenza, que no te ve nadie.) y venga a dar vueltas y revueltas por la pista, llamando la atención de los moscones ociosos y aburridos.
     Y, claro, con tanto llamado, no faltó el atrevido de turno. Tras concederle mi Santa, generosamente, una oportunidad, y después de la tercera pieza sin que cambiara de compañero, se oyó un estruendoso chasquido, vimos volar un bolso por los aires y se hizo un amplio claro en medio de la pista. En aquellos momentos sonaba “Suspiros de España”.
     Aquel atolondrado había osado tocarle el culo. 

domingo, 28 de julio de 2013

Invitación de boda

     Siempre había considerado que las bodas eran una celebración de sentido gozo entre dos familias que se unían, con dos partícipes enamorados que se prometían amor eterno. Creo que a partir de hoy lo voy a ver de otra manera, pues acabo de recibir una invitación personal, en mano, de alguien a quien apenas conozco. Es una tarjeta muy bonita, en papel satinado, de hermosas letras, con los nombres de los intervinientes y muy elaborada pero, claro, no me dice nada.
     Creo que el mundo se ha vuelto muy materialista y ha perdido el rumbo. Ahora te invitan a cualquier boda, bautizo, comunión o sarao de no importa qué índole, te conozcan o no, para que les hagas el consabido regalo. Con un descaro sin par te dicen abiertamente que desean dinero, que los muebles se los regalan los padres y demás familia. Si hay un poco de suerte se pagarán ampliamente el cubierto que te ofrecen y sufragarán parte del viaje de novios a vaya Ud. a saber dónde.
     Claro que todo tiene su lado bueno y su lado malo, una especie de yin y yang. Así que, con tanta profusión de invitaciones, ¿saben los novios quién es quién y a quién han invitado realmente?
     Conocí en cierta ocasión a un tipo –un caradura profesional-, que se apuntaba a cualquier tipo de acontecimiento social, más o menos por la patilla. Tenía cierta simpatía y una buena dosis de desvergüenza (el consabido morro de los cien negros cantando el “Only you” le quedaba chico).
     Tal era su osadía que se fotografiaba -incluso- con los novios: ahora con ella, luego con el otro y siempre con los dos. Como era tan natural y tan dicharachero, y como los momentos de felicidad de los contrayentes les mantenían alejados de todo pensamiento que inspirara duda, nadie reparaba que pudiera ser un fraude. Todo lo más darían por supuesto que era un invitado de la otra parte.
     A veces rizaba el rizo y se reunía con los suegros de ambas familias y departía amistosamente con ellos. En aquellos momentos de gozo podía obtener todo tipo de datos de los contrayentes que usaba después en beneficio propio.
     Un buen día, mientras alternaba en la mesa de invitados y, tal vez por los efectos etílicos de las bebidas espirituosas ingeridas o porque no era su día (tal vez por ambas cosas) dio en gritar un sonoro “vivan los novios” que dejó enmudecida a la feligresía:
     Se trataba de un divorcio.

     Nota a mis queridos lectores:
    Al igual que el pasado año, he decidido concederos unas merecidísimas vacaciones. Más que nada porque habéis sido capaces de seguirme hasta aquí, sin pestañear, a pesar de las tonterías que escribo.
    Nos vemos de nuevo el 1 de septiembre. Que no cunda el pánico, queridos.

domingo, 21 de julio de 2013

EL VERANO (2ª parte)

       No siempre vamos al pueblo de vacaciones, pues mi mujer, a pesar de ser tan tradicional, también gusta de la modernidad y del desarrollo turístico. ¿Y a que no os imagináis dónde me lleva? Pues, naturalmente: a Benidorm, que es un destino turístico con mucho ambiente.
     Tiene su amiga Puri un coqueto apartamento situado en 4ª línea de playa (para los que conozcáis Benidorm, por la zona “guiri”) que nos alquila a precio de amiga.
     La verdad es que ambiente, hay. Todas las mañanas bajamos a la playa. Y digo lo de bajar porque aparte del descenso vertiginoso de pisos (29 alturas) hay una cuesta bastante larga y pronunciada para llegar.
     Yo alquilaría una sombrilla y dos tumbonas, pero ella que es muy ahorrativa prefiere que cojamos las nuestras y nuestro parasol porque “me da cosa echarme en esas tumbonas de la playa, que vete tú a saber...”.
     De modo que he comprado en la ferretería un carrito, expresamente fabricado, para bajar todos los enseres necesarios. Es decir: sombrilla, las dos mencionadas tumbonas, la mesita, la bolsa playera cargada de toallas, cremas, leche solar protectora de alto factor, crema “after sun” y la nevera, “porque... querrás tomarte una cervecita fresquita, ¿no?” (Hombre, bien mirado es todo un detalle. Qué duda cabe). Y así, ella enfundada en su pareo playero, con una pamela enorme, gafas de sol tipo celebrity de incógnito y sus chanclas; y yo, camiseta tipo “tres-cuartos”, larga a más no poder (para tapar mis vergüenzas, supongo), gafas de sol de espejo, un meyba años 70, chanclas y un sombrero estilo Al Capone años 20, nos lanzamos a conquistar un pedacito playero con permiso de los madrugadores que tienen acotada la primera línea de playa.
     Después de comer, siesta. Con el beneplácito de los vecinos, naturalmente. Y dormir por la noche dependerá de cómo vengan aquellos de alegres y de que tengan ganas o no de entonar –a voz en grito- canciones de su tierra.
     Una noche, parece ser que había fiesta en el piso de arriba y no podíamos dormir. Viendo que mi mujer estaba a punto de perder los nervios, subí donde los vecinos, dispuesto a dialogar con ellos. Llamé a la puerta y al rato me abrió un mocetón ataviado con camiseta de tirantes, pantalón corto y un vaso en la mano. Le dije en un perfecto inglés que no eran horas, que hacían mucho ruido y que... pero no pude terminar porque me enganchó enérgicamente del brazo y me hizo pasar adentro. Noté que tenía un fuerte acento escocés, tipo JB, así que comprendí que sería difícil hacerme entender. Pensé lo que siempre me había enseñado mi padre: “Si no puedes con tu enemigo, únete a él”.  Dicho y hecho. Después de beber un par de güisquis, yo también había cogido el acento escocés. A partir de ese momento nos entendimos la mar de bien y yo acabé con un gorrito en la cabeza, abrazado a una rubia despampanante y lleno de confeti.
     Se ve que a mi mujer se le hizo muy larga la espera y subió dispuesta a rescatarme. Me encontró en pleno diálogo con mi acompañante. Me separó de ella con un empujón y me dijo unas palabras que no me parecieron muy cariñosas y que no entendí bien porque hablaba un poco raro. Me acuerdo que le contesté:
     -“Cadiño, (hips), no es ho que padece”.
     Ya no decuerdo bada más. ¡Hips!      

domingo, 14 de julio de 2013

EL VERANO (1ª parte)

     A mí me gusta descansar, pero creo que las vacaciones nos agitan mucho más que nos relajan. Años ha habido en que al volver a la oficina y ver el montón de expedientes y registros, me he dicho: “Hogar, dulce hogar”.
     El verano puede ser, a veces, largo y tedioso. Y mayormente aburrido. Yo ya me he hartado de la banal e inútil discusión familiar sobre dónde pasar las vacaciones, porque si digo “campo”, será playa. Y cuando digo “playa”, que no quepa duda de que nos vamos al campo. Podría jugar a decir lo contrario de lo que pienso con intención de engañar, pero no cuela. Mi Santa me escruta con su inquisidora mirada y me pilla de todas, todas. Así que últimamente practico mucho el “ajo, agua y resina”.
     Las vacaciones, tal como están planteadas, son un rollo. Cuando toca campo, resulta de lo más tedioso y aburrido. Si vamos a la casa del pueblo, ya sabes: se nos llena de familiares y allegados, todos ellos mediopensionistas (como mínimo) que se invitan a comer día sí y noche también.
     Por la mañana apetece dormir un poquito más de lo habitual. Sin embargo, con tanta gente pululando, será imposible.
     Obligado ir a la piscina  -¿y adónde vas si no?- aprovecho para colocarme debajo de una sombrilla y echar una cabezadita furtiva mientras mi Santa se achicharra al sol.
     De bañarme, nada de nada, que el agua está helada, pues la piscina se llena con agua procedente de la sierra.
     Por la tarde no puedes disfrutar de una buena siesta porque hay que ir a Ca Paco a echar la partidita de mus. Es un juego que no controlo mucho porque te pasas el tiempo haciendo señas al compañero sin que te vean los contrarios y además debes procurar cazar las señas que se hagan entre sí tus oponentes. Si mi compañero me guiña el ojo, me saca la lengua o levanta las cejas con asombro, a mí me entra la risa y estropeo la jugada. Si hago señas, es como telegrafiárselas al enemigo. Luego, se enfadan conmigo, con razón.
     Al menos, de noche se duerme, aunque poco, porque la gente menuda toca diana muy temprano. La sierra es lo que tiene: que hace frío y tiene incomodidades, pero te compensa el olor a naturaleza fresca, a campo y a sano de las vacas de nuestro vecino, “el tío Miguel”, que vive puerta con puerta.
     Eso sí, la leche, recién ordeñada.

domingo, 7 de julio de 2013

Cuentos de mi abuelita

Hola, familia:
Hoy os traigo un pequeño cuento escrito por La Susi  y que he rescatado laboriosamente de su diario. Como una gran parte de sus escritos, tiene poco valor literario, pero está impregnado de una gran sencillez y, en esta ocasión, creo que tiene un valor didáctico, tal vez moralizante. 
En fin, no me extiendo y os cedo gustosamente esta obrilla. ¡Ojalá podáis disfrutarla como yo lo he hecho!


"El rey pequeño que vivía en un país pequeño"