domingo, 30 de septiembre de 2012

Ayer acudí con la Susi al ginecólogo. La pobre estaba sola y me pidió que la acompañase. A mi mujer, recelosa como siempre de mis compañías femeninas, no le hizo demasiada gracia. Si no hubiera tenido hora con su “estilista”, como dice ella, nos habría acompañado en calidad de carabina. Y total, ¿para qué va a la peluquería si siempre viene con unos pelos “que pa qué”...  y con el bolsillo maltrecho? Pero ella se empeña en que está guapa:
-         ¿No me notas nada, cari? –acostumbra a preguntarme, coquetuela.
-         Chica..., la verdad... –le respondo con aire despistado. Así... de repente... –continúo, ingenuo. Pues... Déjame ver... ¡Ah, ya...! –digo dispuesto a acabar con tanto misterio. Los pendientes son nuevos, ¿eh? –añado con aire cómplice.
-         ¡Qué va, tontorrón...! –me responde ella, melosa. Vengo de la “pelu”. ¿A que estoy guapa?
-         Cla..., cla..., ¡claro! –tartamudeo azorado. ¡Qué tontorrón! ¡Mira que no darme cuenta...! Pero, ahora que lo dices, estás guapísima. ¡Vaya! ¡Gua-pí-si-ma!
-         Aaanda, trolerooo... ¡Eso se lo dirás a to-das! –termina triunfal.

Pues a lo que iba, que como tenía “pelu”, -muy a su pesar- no pudo acompañarnos. De modo que allí estábamos los dos esperando en la salita de la policlínica a que nos llamara la enfermera. Estaban con nosotros otras tres mujeres. Dos de ellas, que al parecer eran amigas, hablaban sin parar. Al rato salió la enfermera, quien se dirigió a una de ellas en tono familiar:
-    Paqui, pasa. Y añadió: ¿Hay alguien más para la ginecóloga?
-    Yo, dijo la Susi.
-    Ahora enseguida la llamo, dijo aquélla.
 Y la enfermera desapareció.
  Aquellas dos mujeres distraídamente despreocupadas llevaban largo rato contándose la receta para hacer un bizcocho. Que si mi madre, la pobre –que en gloria esté-, lo hacía así; que si la harina se añade poco a poco hasta que la mezcla se haga homogénea y que cuando se despega del bol ya tenemos la mezcla perfecta; que…Y así hasta que se dieron cuenta de que la enfermera, tras preguntar algo que no habían oído, se había metido de nuevo en la consulta.

-         ¿Qué ha dicho? – nos preguntó resuelta una de ellas.
Y la Susi respondió:
-         Pregunta por los pacientes para ginecología.  
Y aquellas, muy ofendidas, empezaron a a llamar a la enfermera de todo, menos bonita.
-         ¿La tonta esta no tiene una lista? –preguntó nuevamente la más guerrera.
-         Pues estamos bien, coreó su compañera.
La Susi no sabía dónde meterse del ataque de risa que le dio.
-         ¿Que si hay alguien para ginecología? -volvió a terciar la más habladora. Y continuó: ¿Te das cuenta? ¡Si ha pasado de nosotras! Pero, ¿será borde la tía? –insistió.
-         Pero, ¿será posible? ¿Cómo es posible que no tenga una lista? Por Dios, ¡qué barbaridad, qué desatino!
-         Más inútil no se puede de ser –confirmó la otra. ¿Uds. lo han visto, verdad?
-         Bueno… la enfermera preguntó si… -intentó decir la Susi, cuando rápidamente, la primera cortó:
-         Pues eso es una falta de seriedad y de profesionalidad, porque aquí todos pagamos impuestos y “bla, bla, bla”…
-         Y “bla, bla, bla”… repitió la otra.
-         “Bla, bla, bla”… -confirmó la primera
-         Pues “blablablá, bla, blablá”… -intervino nuevamente la marisabidilla.
-         Ah, Claro… “blablablá, bla, blablá”… -corroboró su acompañante.
-         ¡Natural! “Blabla, blablá, bla”… -acordaron finalmente ambas, tras unos veinte minutos de protestas y críticas.

Ya, la Susi no oía; hacía un rato que había desconectado y daba fe de sus buenas maneras.
Por fin… ¡¡¡Siguiente…!!!


domingo, 23 de septiembre de 2012

     Es posible que alguno de mis amables lectores eche de menos a mi “Santa” y alguna de sus historias. Pues bien, hoy tengo que contaros que estoy harto. Sí, como suena: harto. Resulta que no le basta con ser una especie de ser omnisciente, sabelotodo. Encima, es cruel conmigo y me castiga. Hoy, concretamente, sin postre. Total, por una travesura de niño chico, de nada.
     Sabéis –y si no, os lo digo yo- que le gusta bastante pasear. Nadie piense que es porque quiere estar en forma, rebajar esos michelines indómitos que se le ponen a modo de cinturón… (chincha, rabia, que yo tendré barriguita cervecera, como tú dices, pero lo tuyo es un flotador homologado. ¡Toma ya!) sino que lo hace por puro cotilleo, por tomar el pulso de la calle, por curiosear (yo digo que es por ver la tele en directo). El caso es que sufro con ello, porque a mí, lo que me gusta en mis ratos de ocio, que son bien pocos, es estar tranquilo leyendo o haciendo alguna de las manualidades a las que soy bastante aficionado o escribir en este blog, claro. Pero ella se empeña en salir, vivir la vida… “Porque, ¡hijo!, se te queda una cara de membrillo todo el día metido en casa… Hay vida fuera de estas cuatro paredes -me dice. Hay que salir, ver gente, tomar contacto con la realidad...”
     Y eso fue lo que yo hice el otro día, que casi me sacó de casa a empellones: tomé contacto con la realidad.
    Íbamos amarraditos los dos, como le gusta a ella, “espumas y terciopelo” y apretujados la otra contra el uno cuando, de entre la gente surgió la figura de una joven escultural y de aspecto jacarandoso moviendo alegre sus caderas. No pude resistirme y toqué, con un sonoro y alegre palmoteo, donde no debía. Claro, se lio, aunque tuve la habilidad de hacer que pareciera que había sido ella. La otra, con los brazos en jarras y expresión malhumorada, la puso “cual no digan dueñas”, como os podréis imaginar, aunque no pasó a mayores.
     Y yo, muy digno, disimulando.

domingo, 16 de septiembre de 2012

     Hace unos días la Susi vino de lo más divertida de la piscina. Había entablado amistad en el vestuario con una viejecita muy simpática y agradable, según parece. La conocía de antiguo, pero su contacto con ella no había pasado de un cortés “buenos días” y poco más. Sin embargo, parece ser que se encontraban las dos a solas en ese momento y a aquella venerable señora le dio por soltarse el pelo y comenzó a contarle cosas.
   Según le dijo, tenía 76 años –muy bien llevados, por cierto- y estaba casada. Su marido no participaba del interés deportivo de su señora, que deseaba llevar su vejez lo más en forma posible y que estaba decidida a morirse con una salud de hierro cuando le llegara su hora.
     Los hijos parece ser que vivían en Holanda y el matrimonio disfrutaba de su jubilación en España desde hacía unos cuantos años.
     Ella era una mujer pequeña, menuda, de pelo muy blanco y corto, y con pocas arrugas en la cara. Su aspecto sólido indicaba que llevaba una vida de ejercicio. Tenía un marcado acento extranjero.
    Dice la Susi que la abuela le recordaba muchísimo a la actriz Estelle Getry, que interpretaba el personaje de Sophia Petrillo (la abuela) en la serie de TV “Las chicas de oro”.
     La Susi, una vez que la mujer inició la conversación, muy educadamente le siguió la misma y se interesó por ella, por su familia (sin ánimo de cotilleo, que quede claro)… En fin, ya se sabe: por todas esas cosillas que no tienen más interés que el de relacionarse y hacer amigas que, la Susi, en esas cuestiones, además de educada y cortés, es muy sociable.
    En esos escarceos primeros de la conversación se encontraban cuando, de repente, la viejita, indignada, le comentó que estaba cansada de su marido.
-  Mi marido no me comprende. Se queja de todo y por todo. Estoy harta.
       La Susi, confusa, no sabía por dónde salir. Solo acertó a decir, al fin, en un tono balbuciente:
-  Mujer…
-  Sí, sí… cortó la anciana con rotundidad. Y añadió:
- Ese viejo gordinflón no quiere moverse del sofá en todo el día –prosiguió con energía su compañera. Es como el perro del hortelano, que ni vive ni deja beber.
-  No, no, no -interrumpió la Susi viendo que la mujer equivocaba el dicho- que ni come ni deja comer -corrigió.
-   Mi acento no es muy bueno -continuó la mujer- pero llevo en España muchos años y conozco bien el idioma. Mi marido sí come ¡y mucho! Ya le han dado dos infartos y le han implantado un marcapasos. Dice que si viene a la piscina tiene miedo de que se le moje y le haga un cortocircuito. Y mi marido no vive la vida porque se la pasa encerrado todo el día en casa y tampoco quiere que yo beba ni una copa de anisete.
-        Además es un celoso increíble. No quiere que venga a la piscina porque teme que ligue.
     La Susi apenas pudo contener la risa a pesar de morderse la lengua con fuerza.
     - ¿A qué vas a la piscina?- me pregunta mi marido. ¿No los conoces ya a todos? –prosigue. Ud. me dirá –termina la anciana.
-   La Susi: (con aire picarón) Eso es que tiene miedo de que ligue. Eso es que la ve joven, mujer; eso está bien.
-  La anciana: (con aire sorprendido) ¿Ud. me ve a mí…? Quita, quita. Y se pone a cantar a viva voz: “Hace tiempo que no siento nadaAa…”
     A la Susi casi le da un ataque de risa.
-   La Susi: (tranquilizándola) ¡Quién sabe, mujer, quién sabe! Igual le gusta.
-   La anciana: (sonriendo con malicia) ¡Anda que si va y me gusta…!
-   La Susi: (socarrona) Pues ya sabe: entonces invita a su marido a que se alegre la vida.
-   La anciana: (con aire divertido) ¡Pero que dices, con el montón de pastillas que se toma al día!
-   La Susi: (a punto de explotar) Pues mujer, una viagra entre medias y…
-   La anciana: (riendo con franqueza) ¡Pero si tiene un marcapasos!
-   La Susi: Bueno, morir de felicidad tampoco está mal. (Y estalla en una sonora carcajada).
-  Quite, quite -dice con cierta vergüenza la anciana. Me voy a la piscina a ver si me desaparecen los dolores.
    

     P.D.: Me duele que la Susi tenga ese comportamiento con la gente, porque ella ha recibido una educación muy esmerada y rigurosa. Yo creo que son defectillos de juventud. Por otra parte, tampoco quiero darle demasiada importancia porque conociendo a la Susi, no me extrañaría que esta historia se la hubiese inventado para darse pisto.

domingo, 9 de septiembre de 2012


     Todos los años la misma canción. Cuando llega la época estival, empiezan las famosísimas rebajas de verano bajo diversas denominaciones. Rebajas, saldos, ofertas, outlet … Da igual el nombre que tengan; para mi mujer siempre han sido un trofeo muy codiciado.
       -Anda, amorcito -me dice. El lunes comienzan. ¿Me acompañarás?
     Y yo, que por naturaleza soy un poco comodón, me excuso de mil maneras posibles. En el fondo, porque para mí es un martirio visitar decenas y decenas de comercios. Pero no me sirve de nada, porque finalmente me convence con sus armas de mujer de las que todavía no he aprendido a defenderme bien.
     ¿Decenas y decenas de comercios? Pues sí; aunque parezca exagerado es la verdad. No hay más que multiplicar la sección “zapatos” por el número de tiendas de mi ciudad (porque os juro que se las zapatea –nunca mejor dicho- todas, todas, todas, buscando el modelito que vio -sabrá ella dónde y cuándo- por el que pretende ahorrarse la ferolítica cantidad de 20 o 30 euros). A continuación, añadiremos la sección “ropa” y visitaremos los Zara, Mango, Berska, Cortinglés, Pull & Bear, Don Algodón, DKNY…  Además, tras agotar las tiendas de su localidad y de localidades cercanas, acudirá también a las rebajas de la ciudad capitalina de la provincia.
     Pero -por desgracia- aquí no acaba todo, ya que no hay que olvidar que las rebajas también están en la ropa de casa (sábanas, edredones, toallas, cortinas…), electrodomésticos, menaje, alimentación... Y a ella le falta de todo. Es un mes de peregrinación infatigable a la caza de no se sabe muy bien qué ofertas.
     Luego, en casa, me castigará dándome un pase de modelos privado. Todo un lujo que yo no sé agradecer, la verdad. En fin, no sé si porque pongo poco entusiasmo en las prendas que me enseña o, porque ella, en el fondo, es una mujer muy mirada, finalmente se queda con muy poquitas cosas y devuelve las restantes.
     Y esa es otra, porque ahora toca hacer el mismo recorrido de tienda en tienda, pero a la inversa.
     ¡Señor, qué cruz!

domingo, 2 de septiembre de 2012



       La necesidad que tengo de viajar por cuestiones laborales hace que utilice mucho los aviones. No voy a explicaros que es un medio rápido y seguro. Sí os diré, en cambio, que ya no son lo que eran gracias a la popularización del transporte aéreo.
     Tengo para mí que las compañías aéreas desprecian profundamente al pasajero (sobre todo las de low-cost), ya que lo agreden constantemente sin recato ni disimulo alguno, ya sea a través de retrasos continuados, cancelaciones u otros subterfugios más sibilinos.
     Antiguamente viajabas hecho un señor: te daban la comida a bordo, te ofrecían periódicos y revistas y, entre los asientos, la separación permitía estirar cómodamente las piernas y descansar. Actualmente, las distancias entre estos son mínimas Hoy, salvo que te refugies en la clase bussines, viajas estabulado. La comida corre por tu cuenta. Revistas o periódicos, los que tú lleves. Si viajas en el asiento de en medio no sabrás cómo colocar los brazos ni dónde ponerlos. Es posible que tu vecino delantero recline el asiento para estar más cómodo, lo cual te sitúa ante la tesitura de echarte también hacia atrás o quedar condenado a no poder moverte. ¿Y los olores corporales? De eso, mejor no hablar. Algunos compañeros de travesía, inmisericordes, se descalzan (¡oh, qué alivio! -para ellos, naturalmente) y te atufan con el perfume embriagador de sus pinreles.  Los hay que se quitan la chaqueta y te ofrecen su particular visión de la sudoración axilar, que hay gustos para todo, y te aromatizan con su  “Eau de Sobac” demoledor.
     Naturalmente, deseas que el viaje llegue pronto a su final y para ello pretendes echar una cabezadita que acorte el tiempo de espera. Es posible que, cuando estés en lo mejor de tu reparador sueño, tu vecino de asiento tenga pipí y te pida, cortésmente, que le permitas salir. Tampoco será de extrañar que sea el vecino de detrás quien tenga necesidad de salir, para lo cual se apoye en tu respaldo y te dé el meneíto correspondiente.
     Las azafatas, por su parte, son muy crueles con el pasajero. Pero hay que reconocer que se trata de un sadismo fino, muy estudiado -pero hiriente, al fin- aunque adobado con una amplia sonrisa. Tras haber realizado el vuelo en las condiciones antes mencionadas, te transmiten por megafonía su deseo de que hayas tenido un vuelo agradable y esperan verte nuevamente a bordo.
     Viajar es un placer.

domingo, 29 de julio de 2012

     Que me perdonen los gordos, que los pobrecitos bastante tienen con llevar esa pesada carga consigo todo el día. Cuando hablo de gordos me refiero a esos individuos de peso descomunal, enfermos, sin duda alguna. Como el que me tocó en suerte (?) no hace mucho tiempo.
     Con el pasaje casi completo, surgió de la zona delantera del avión la figura de un hombretón de un metro ochenta de altura y unos ciento treinta kilos de peso aproximadamente, digo yo. No sé por qué, nada más verlo, me estremecí. Sería porque era consciente de que a mi lado había un asiento vacío. A medida que avanzaba torpemente por el pasillo dando capirotazos a diestro y siniestro -ora con la gabardina, ora con su portafolios- sentí, con ese extraño instinto de ganador, que me iba a tocar el gordo, pero no el de la lotería. Gané, efectivamente, desasosiego y nerviosismo. Me tocó el gordo y, curiosamente, perdí mi buen humor y la tranquilidad que tenía hasta ese momento.
     Tardó el buen hombre lo indecible en colocar su gabardina y su portafolios en el compartimento de equipajes, pues casi no quedaba sitio. Finalmente, se sentó (es un decir) al dejarse caer sobre el asiento; se arrellanó, estiró los brazos para subirse las mangas del jersey y cruzó las manos sobre el pecho en actitud beatífica. La azafata le notificó que debía abrocharse el cinturón. Lo buscó por todos lados, pero no podía encontrarlo ya que lo había aplastado con su cuerpo. Intentó sacarlo, pero no pudo. Decidió levantarse y tirar de él. Misión imposible. Colocó sus manos sobre los reposabrazos laterales y trató de levantarse nuevamente. Nada. Decidió, finalmente, sujetarse en el respaldo del asiento delantero con una mano y tratar de alzarse apoyando su mano libre en aquel. El intento tuvo éxito, pero el pasajero de delante se llevó un susto morrocotudo con la repentina y violenta sacudida hacia atrás que experimentó su cuerpo. Después quiso colocarse el cinturón de seguridad, pero aquel artilugio no daba más de sí y la azafata, solícita, hubo de traerle una extensión.
     Agobiado como yo estaba con tanto trajín y semejante susto, me acurruqué contra la ventanilla y recé para que todo acabara lo más pronto posible.


NOTA: Me voy de vacaciones, queridos y sufridos seguidores de este blog. Voy a tomarme un merecido descanso y a preparar tranquilamente nuevas tonterías de estos -para mí- entrañables personajes.
Nos vemos el primer domingo de septiembre. Puntualmente.
Un abrazo, hermosos/as.
Antón

domingo, 22 de julio de 2012

     Sobre los viajes en avión, tampoco esto que os voy a contar es lo peor que os puede ocurrir, aunque confieso que es duro encontrarse en un vuelo completo con el asiento contiguo ocupado por un dipsómano inveterado del que es muy difícil desembarazarse.
     El que me tocó a mí aquel aciago día era un individuo español, lenguaraz, representante de una destilería segoviana de tres letras, de nariz brillante y ojos vidriosos, con los carrillos colorados, sudoroso, que bebía para olvidar, pero que se acordaba de todo ¡y encima me lo contaba quisiera que no!
     En casos como este, tendrás suerte si tu acompañante finalmente cae en brazos de Morfeo. Si no, tal vez te pases el tiempo recorriendo el pasillo de una punta a la otra o en el aseo.
     En un principio le seguí el rollo por aquello de que uno procura ser educado. Luego, me arrepentí, porque se ve que el hombre me cogió cariño y también del brazo (no sé a ciencia cierta si lo hizo para no caerse al suelo o para que yo no pudiera escaparme). El caso es que se aferró a mí como una lapa a la roca. Una vez que me tuvo entre sus brazos comenzó a contarme mil historias desordenadas con elevadas dosis de halitosis gratis incluida.
     Aduje que tenía necesidad de acudir urgentemente al baño y, tras algunas dificultades iniciales, finalmente logré alcanzar el pasillo. Busqué a la azafata que había en la parte posterior y le expliqué el caso. Ella, casi con lágrimas en los ojos (tengo mis serias dudas aún si no sería del ataque de risa reprimido que le dio) me dijo:
- ¡Cuánto lo lamento, señor. Estamos completos!
Luego de un breve silencio, añadió:
- Si quiere, puede ocupar uno de nuestros asientos aunque, al aterrizar, deberá regresar al suyo.
Que nunca os pase esto, queridos.
Así sea.

domingo, 15 de julio de 2012

     Los viajes en avión nos proporcionan multitud de situaciones pintorescas, curiosas o al menos, dignas de recordar.
     Viajar en un avión repleto y que te toque al lado una familia con niños pequeños, maleducados, mal educados o, simplemente, asilvestrados, es de las peores cosas que te pueden ocurrir.  Nótese bien que he dicho “de las peores cosas que te pueden ocurrir”, que no la peor porque, que los niños se peleen, griten, lloren, te empujen el asiento a base de golpes, patadas y demás -cada dos por tres- es desagradable, qué duda cabe. No obstante, siempre tienes la posibilidad de solicitar de los progenitores un poco de atención hacia sus hijos, hacerles notar tu malestar y tu desagrado o ponerles cara de póker (lo escribo con “k”, porque me parece a mí que así es más duro e impresiona más) a los simpáticos papás de tan desmadrados retoños como diciéndoles “si suelto el animal que llevo dentro…”.                                   
     Como último recurso también puede uno chivarse a la azafata, aunque en este caso dejas patente que lo de la cara de póker era tan solo un farol y te han guipado la jugada. Puede ser que, después de todo, no te hagan mucho caso y al cabo de un rato vuelvan a la carga pero, al menos, te habrán dado una tregua.
     Hay otro caso nada baladí: que te toque cerquita un bebé llorón. Aquí no vale ninguna de las estrategias anteriores. Toca aguantarse y rezar para que se duerma pronto. Generalmente la paciencia tiene su recompensa al poco tiempo, pues el infante acaba finalmente agotado y duerme plácidamente el resto del viaje. Si no, escuchar una buena dosis de música de tu mp3 puede ser el remedio a tanto desasosiego.
         

domingo, 8 de julio de 2012

     No me gusta llegar tarde a ninguna parte. Debo de ser un bicho raro porque, en general, la gente se retrasa muchísimo. Y si no, para muestra, no un botón, sino toda una colección. Para hacer justicia habría que excluir a mi mujer. Su caso es un caso aparte. No es impuntual, ya que siempre está en el sitio a la hora convenida. Para quien no la conoce es más exacta que un reloj suizo. Pero, en realidad, adelanta que es una barbaridad, pues siempre llega media hora antes. Vivir a su lado es estar bajo presión continua. ¡Qué agobio, Señor, qué agobio!
     Viajar con ella en avión es una experiencia totalmente prescindible. Dos semanas preparando las maletas. Tal cual. ¿Para qué, si luego se olvida de la mitad de las cosas y parte de las que lleva no se las pone? Es tan apañada que prepara su maleta… ¡y la mía! Y eso me da una rabia… Es que no sé lo que llevo en ella.
     Tenía yo gusto por ponerme el bañador tipo speedo, que últimamente he rebajado mi barriguita cervecera y quería lucir mi palmito en la playa. Pues, no; me encontré con el bañador tipo meyba, “que ahora se lleva mucho”.
     Hace ya algunos unos años celebramos las bodas de plata. Quisimos volver a Tenerife, que fue donde estuvimos de viaje de novios. En fin, lo típico. Sacamos los billetes a través de una agencia de viajes. Yo habría preferido hacerlo por internet, desde casa, pero mi mujer, empeñada en que “con la agencia es mejor, ellos te lo solucionan todo, si algo falla tienes detrás a unos profesionales como la copa de un pino resolviéndote los problemas…” Por no oírla…
     Luego, la guasita del personal: “¿Qué, a recordar viejos tiempos?” –más como una evidencia que para informarse. “Radio nostalgia, ¿eh abuelos”? –bromeaba otro. “Canal melancolía”, -remataba un tercero con evidente tono de cachondeíto.
     El día de la partida, ¡qué nervios! Y si solo hubiera sido eso… La noche anterior no pegamos ojo. En mi casa tenemos la costumbre de compartirlo todo. Si mi mujer no duerme porque está nerviosa, nadie descansa (como se ve, somos muy solidarios entre nosotros). Y como le da la neura antes de los viajes, todos de imaginaria.
     Al día siguiente, agotados, claro.
     En el extremo opuesto se situaría mi hijo pequeño. Siempre tiene que haber un contrapeso. A este le pasaría un camión por encima y no se movería.
     - ¡Ay, que llegamos tarde, que perdemos el vuelo, que solo falta…! -interviene, angustiada, mi mujer.
     - Tampoco exageres, que hay tiempo de sobra -animo yo. Sí que es necesario que nos sobre un poquito de tiempo por si hay algún contratiempo –puntualizo en plan previsor.
     - Chist… -serena mi hijo con pasmosa dicción. Y prosigue con gesto lento y calmado aleteando las manos: Tran-quis, trons… No pa-sa ná… Hay tiem… -dice sin inmutarse. Y se queda tan tranquilo.
     Mi mujer, se sofoca, se excita:
     -Ay, que me da; que me da –repite nerviosa. Se tumba en el sofá y se abanica la cara con las manos.  ¡Que me da algo! –grita, en vista de que no le hacemos demasiado caso.
     - Nene –intervengo- haz el favor, apúrate una miajilla, anda, corazón.
     - Vaaa… -replica acelerando el silabeo. Cómo os ponéis, colegas. Mira a la mama –dice en tono de reproche.   Va, anda, hazle una tilita –concluye.
     - ¿Quién? ¿Yo? –me enfado. ¡Pero si está así por tu cachaza! ¡Que parece que te has fumado algo! –le digo excitado.
     - Sa-bes que no fu-mo –replica despacito, silabeando y en voz baja, displicente.
     - Mmm… -gruño, finalmente.
     - ¿Me vais a hacer caso de una dichosa vez? –gimotea nuevamente mi mujer. ¡Que estoy muy malita…!
     - Ya voy corazón -contesto solícito. Y tú, (a mi hijo) date prisa, que así no vamos.
     - Desde luegooo…, entre la mama y tú vais a acabar es-tre-sán-do-me. Qué vida más agitada –sentencia.
     (Jo, ¿qué habré hecho yo para merecer esto?)

domingo, 1 de julio de 2012

     Hace muy poquito publiqué la opinión de la Susi acerca del verano. Realmente, el sexo débil –nosotros- no quedó muy bien parado. Así pues, me veo en la obligación de salir en defensa del sufrido y denostado macho ibérico.
     Mira, Susi, yo creo que la llegada del verano produce en todos nosotros cambios en las costumbres y también en el atuendo. Comprendo que aborrezcas a ese terrible “homo antecessor” colgado de la barra del vagón del metro/bus; o al inveterado metrosexual descatalogado, luciendo sobaquera y contraviniendo las normas de la ética odorífera.
     Habrás de reconocer conmigo que, en lo tocante a las mujeres, también tenéis lo vuestro. Porque, mira, aunque aquí alguien me trate de machista, tengo que defender a nuestro agraviado grupo social. No te falta razón en lo que dices, pero te has olvidado de las féminas.
     Acudir a la piscina municipal o a la playa es tropezarse con una ingente masa de egocéntricos modelitos -y otros, piadosamente, no tanto- embadurnados de penetrantes cremas pestilentes, patéticamente expuestos y achicharrados al sol, ansiosos de quedárselo para sí solos –si ello fuera posible. La rubicundez es norma general en esos cuerpos atormentados por la Santa Inquisición de la moda, santo y seña que demuestra vuestra ansia desmedida por lucir el moreno más rutilante frente a vuestras competidoras cueste lo que cueste. La elegancia no está instalada exclusivamente en nosotros. Vuestros bañadores: monopiezas clásicos, biquinis mínimos, -muy mínimos algunos- triquinis, los espectaculares biquinis “XXL” tipo braga-faja y, –en fin- otras prendas imposibles, adornan vuestros cuerpos en extraña competición por el asado personal.  
     ¿Consideras que cualquier trapillo que cubra vuestro cuerpo es digno de ser elevado a la gloria de la casa Christian Dior?  Pareos y enormes camisetas-bata sin costuras, entronizan vuestros cuerpos. Las de lunares y rayas son, verano tras verano, número 1 en el “Hit Parade de la moda” de playas, piscinas y lugares aledaños.
     Como tú  bien apuntabas en tu anterior entrada, que Dior nos libre de tanta hortera.
     Amén.