domingo, 27 de enero de 2013

     Hoy estoy de enhorabuena, pues mi mujer se va a pasar la tarde con sus amigas. La Susi tampoco anda por aquí este fin de semana. Por fin voy a estar solo. Ya tocaba. Cuento con ansiedad los minutos que faltan, más que nada porque esta situación no es demasiado frecuente y, en consecuencia, hoy estoy como niño con zapatos nuevos. Me siento rejuvenecer; me parece estar esperando a los Reyes Magos. Esta vez no me traerán regalos, se los (la) llevarán siquiera por unas horas. Os aseguro que la quiero; ya sé que no da esa impresión a veces, pero comprended que ¡son tan pocos los ratos que me quedan libres…! y que aún así me los boicotea con sus interferencias. Necesitamos un poco de aire entre los dos, algo de espacio vital, pero ya sabéis que ella me prefiere a mí a estar con sus amigas. Hombre, eso está bien, es un halago, pero hay cariños que matan y, a mí, tanto amor, como que me ahoga un poco.
     El caso es que aún no se ha ido y ya estoy pensando en lo que hará esta tarde: jugará al cinquillo y al chinchón; puede que incluso también al parchís (dependerá de quiénes se junten). Se harán trampas a gogó, fijo. Merendarán té y café con pastas, y seguramente lo acompañarán también con algún bizcocho o tarta caseros. Hablarán de lo divino y de lo humano. Por supuesto, también de hombres; ¡pues no son picaronas ni nada! Contarán batallitas, hablarán de sus conquistas, de sus hijos, cortarán trajes de las ausentes.
     ¡Cómo son!
     No sé si disfruto más pensando en lo que ha de llegar o mientras me quedo a solas. Ya me estoy viendo frente a la nevera descorchando una cervecita belga “reserva”, bien fresquita, que tengo para ocasiones especiales. He puesto un vinilo en mi viejo tocadiscos. Me tumbo en el sofá cuan largo soy. Cierro los ojos y me dejo llevar por la suave música que invade la estancia.
     Suena el teléfono, y suena, y suena... No me inmuto. Sigo en mi duermevela. Al poco, oigo voces:
     - Cari, cari…
     - ¡Mmm…!
     - ¡Cari, siéntate bien, que luego te dolerá la espalda!
     - Mmm… ¿eh?
     - Despierta, venga. Y siéntate bien, hombre.
     - ¿Qué pasa? –protesto soñoliento.
     - Que Marita está mala y se pospone la reunión al sábado que viene.
     - Pfff… -resoplo malhumorado.
     Está sonando en mi viejo tocadiscos “Nos sobran los motivos”, de Joaquín Sabina.
     ¡Qué poco rato dura la vida eterna!

domingo, 20 de enero de 2013

A veces me cuenta Pablo cosas que me estremecen. Bien por su categoría informativa, bien por su imprevista simpleza.
Me dice que tiene la costumbre de comenzar sus clases de "Lengua española”, -esa asignatura tan abstracta-, con una amplia sonrisa. Para ello ha instituido entre sus alumnos la obligatoriedad (o la costumbre) de que diariamente se turnen un cuaderno en el que apuntan un chiste dialogado. El último que yo conozco contaba lo que sigue:

“Este es un chico que llega a casa, procedente del colegio y, al abrir la puerta, dice:
- Mamá, pan.”
(Y la mató).

Me ha causado una fuerte impresión. Evidentemente, no por su dificultad cognitiva, -claro está- sino, más bien,  por su simpleza interpretativa. Y porque lo había escrito un alumno con “Síndrome de Down”.
Emocionante.

domingo, 13 de enero de 2013

     Los enamorados me parecen unos seres tiernos, dulces, encantadores y patéticos al mismo tiempo. Se buscan a todas horas, se telefonean en cualquier momento y pasan largos ratos diciéndose cosas vacías, insulsas a veces, sin comunicarse realmente nada de nada. Pero ellos son felices, lo cual no es poco en estos tiempos. Viven anhelantes esperando el momento de estar juntos para, luego, mirarse dulce y estúpidamente sin que medien apenas unos suspiros entre ellos. Se abrazan tiernamente, se cogen de la mano, se susurran palabras tontas y cariñosas, algunas extremadamente tontas, pero se les perdona todo porque están enamorados. Están en otro mundo –su mundo- la vida es de color rosa y los problemas y las preocupaciones son menores porque hay amor.
     Es curiosa la terminología que utilizan algunas parejas de enamorados para llamarse. Desde el clásico “cariño” que nos decimos algunas parejas de veteranos (al que anteponemos un rotundo “¡Sí!” -por la cuenta que nos tiene) hasta el manido y sobeteado “churri”, hay muchas, muchísimas expresiones: tesoro, cielito, amorcito, bombón, cuchicuchi, chati, corazón… En fin, lo importante es que muestran su cariño para con el otro, aunque muchas veces acaben devolviéndose las fotos. 
     La Susi ha estado enamorada. Mejor aún: la Susi es amor en estado puro. Ama la vida, ama a la gente, a las flores, al cielo, al mar… Saluda a todo aquel que se cruza en su camino. Es optimista por naturaleza y siempre tiene una sonrisa en su rostro para aquel que la quiera recibir.
     “Querido diario…” –escribe siempre. A veces se refugia en él y le cuenta intimidades que harían sonrojarse a cualquiera, pero no por picantonas (ya estabais pensando mal, ¿eh?), sino porque de ellas dimanan una inmensa ternura y una ingenuidad “impropias” de una chica de su edad. (¡Como si la edad fuera un elemento incompatible con la sensibilidad!). Quizás por eso la quiero tanto, porque es natural como la vida misma, pero en su versión dulce.
     Muchas veces, en casa, a la hora de comer, toma el protagonismo y nos cuenta largas y delicadas historias que yo escucho embelesado y arrobado por su voz dulce y melodiosa mientras mi mundo se detiene –al igual que mi cuchara en su camino a la boca. De este encantamiento se encarga de sacarme mi mujer al atizarme, con energía y por debajo de la mesa, una buena patada en la espinilla. Sorprendido por tan aviesa acción, doy un brinco controlado y trato de recomponer –como puedo- mi figura y el saber estar de caballero.
     ¡Bruja!

domingo, 23 de diciembre de 2012

     Echo de menos aquellos tiempos en que viajabas en tren como en familia. Los trenes de aquel entonces no eran como ese pájaro genérico que vuela bajito a 300 Km/h. Había trenes con máquinas de carbón en los que, al entrar en un túnel, más te valía subir la ventanilla si no querías morir intoxicado por el humo. Eran tiempos de economías restringidas en que sacabas billete para el vagón de tercera, que tenía asientos corridos de madera.
     ¡Jo! La gente era muy maja y enseguida te daba conversación y, al final, a veces descubrías que aquella persona era pariente lejana de una prima segunda de tu cuñada Agustina, la de Valladolid, que se había casado con Agapito, el muchacho aquel que estuvo haciendo la mili con un primo tuyo en La Bañeza. Y te dabas cuenta de que el mundo es un pañuelo.
     Oye, entonces te daba una alegría enorme retrotraerte a aquellos tiempos y prometías llevarle recuerdos de su parte. ¡Qué emoción sentías! Y qué satisfacción la del deber cumplido cuando, finalmente, le transmitías esos recuerdos a la citada persona. Ella te los devolvía llena de fervor y cariño y te encomendaba la misión de devolvérselos pero, claro, eso ya era más complicado por razones obvias.
     ¡Bueno (je, je)! Y cuando un desconocido bajaba del compartimento de las maletas aquella cesta enorme de mimbre, que era algo así como un cajón de sastre lleno de comida de todo tipo: chorizo del pueblo, -de la matanza, naturalmente; salchichón, bocadillo de tortilla de patatas, la tartera con pimientos (que el “tupper” aún no se había inventado), la hogaza de pan hecho a mano y la navaja de Albacete y, tras apuntarte con ésta, como si te estuviera atracando, te decía: ¿Ud. gusta?
     ¡Y a ver quién era el guapo que le decía que no! ¡Oh…! A ver quién podía resistirse a tamaña tentación.
     Luego de un traguico de la bota de vino, en animada conversación o echando una partidica de cartas y, tras fumarnos un cigarrillo recién liado, sellábamos una eterna amistad.
     ¡Qué tiempos!


Nota del autor: Durante estas vacaciones navideñas no publicaré nada. Os concedo un pequeño descanso. Mientras, prepararé alguna nueva tontería de esta entrañable familia.
Nos vemos puntualmente el 13 de enero de 2013. Que paséis una feliz Navidad, que tengáis unos buenos Reyes y, lo dicho, hasta entonces.

domingo, 16 de diciembre de 2012

     Mi hijo, el de Barcelona, es un tipo feliz, pero últimamente está enfadado con el mundo. Resulta que sus amigos se van casando. Su “pandi” se va reduciendo lenta e inexorablemente y ya solo se ven de tiempo en tiempo y, cada vez menos. En el último año se le han casado dos “coleguis”, y otro está a punto.
     Y, claro, esto produce en él y en su chica, una especie de desasosiego existencial porque se van dando cuenta de que poquito a poco van quedándose solos. Así que, en nuestro último encuentro, con mucha calma, nos planteó que estaban pensando en cambiar su estado civil.
     A mí, que a veces me dan ataques cachondos mentales, es un decir, le solté algo así como:
 - ¿Vas a hacer el servicio militar ahora?
 - Papá… No te quedes conmigo –respondió visiblemente enojado. Te estoy hablando en serio.
 - Pues hijo, no lo entiendo -mentí . Tú te has mostrado toda la vida como una persona liberal y siempre has predicado que lo importante es que las personas se quieran, no sus papeles.
- Ya, -responde un poco dubitativo- pero es que siento que la sociedad me estafa. Si te casas, tienes todos los parabienes sociales. Si no lo haces, te miran como a un tipo simpático, un poco loco, que va a su aire; pero no tienes ningún derecho social, ninguna prerrogativa. Ni siquiera tienes derecho a heredar o recibir una pensión en caso de fallecimiento de tu pareja. Por otra parte, ¿por qué tenemos que perder 15 días de vacaciones pagadas por un papel? Eso no es justo –confirma.
     La verdad es que me parece que no deja de tener su lógica, pero sigo chinchándole:
- ¿Y tus principios? –le acorralo. ¿Tienes más si no me gustan estos? –le lanzo como pulla.
- Ya, bueno… -se excusa. La gente evoluciona, las ideas se adaptan a las nuevas situaciones… No hay que ser inmovilistas.
-  Bien, bien, replico conciliador (no vale la pena hacer sangre).
De repente, mi mujer empieza a llorar. La miramos sorprendidos.
- No, no me pasa nada –hipa. Es que estoy muy contenta. Esa chica… parece tan maja… Te hace tan feliz…
(A mí, esta mujer –la mía, claro- es que me desespera. Cuando no es por una cosa es por otra. ¡Siempre igual!)
- Mamá, que tampoco es seguro que nos casemos… -la anima.
Pero ya hace rato que mi mujer no escucha. Ha dicho lo que tenía que decir y sigue gimoteando, a lo suyo. Al cabo de un rato cesa repentinamente en sus lloriqueos y pregunta muy seria y solemne:
- Hijo, tengo una duda: ¿Te vas a cortar el pelo? ¿Te vas a casar con esa camiseta? ¿Te vas a adecentar un poco? (ver el episodio del 24 de junio).
     A mí me asaltan un montón de dudas, ya que, conociendo a mi hijo y sabiendo cuáles son sus gustos, no lo veo claro del todo. El día de la boda (si finalmente esta llega) mi mujer y yo iremos muy elegantes. Ella, madrina, del brazo de su hijo. Y su novia y él, ¿camiseta de tirantes con agujeros y pantalones “Aladdin”? ¿De Prada o de Armani? Las sandalias, ¿unos “Manolo’s? (Blahnik, of course)”. Las rastas, ¿“chez” Llongueras, quizás? ¿O tal vez de Rachel Zoe? El piercing  y los aretes, ¿de Tiffany, NY city?
     ¡Ah!, Chi lo sa.

domingo, 9 de diciembre de 2012

     Ya sé que las poesías que robo de los diarios de la Susi, no pasarían de la primera fase eliminatoria en un concurso literario de poesía de pueblo pero, os las traigo aquí porque sé que sois almas sensibles y puras como la de ella y las apreciáis en lo que valen, siquiera sea por el cariño con que las escribe y por el desgarro doloroso que hay en alguna.

domingo, 2 de diciembre de 2012


     Mi Santa es de esas mujeres tradicionales, de las de toda la vida, que ya, desgraciadamente, no se llevan. De gustos sencillos, coqueta, pero descatalogada. Se pasea por la vida a la antigua usanza. Viste con naturalidad, se adorna con lo justo y siempre va emperifollada cuando sale a la calle. En casa se relaja y prepara su aspecto exterior. Es muy apañada y le gusta tener los rulos siempre puestos para que su peinado esté a punto. La laca se la compra por bidones, creo yo. Desde luego, no se le mueve un pelo de su sitio, ya haya vendaval en la tierra o galerna en el mar. Se pasea por la casa con su bata de boatiné y duerme con redecilla. De esta guisa no presenta un aspecto muy glamuroso, ciertamente. Sus modelitos son de estilo clásico. A veces se los corta y cose ella misma con una vieja “Singer”; y otras, le ayuda una amiga que hizo un cursillo de corte y confección con CEAC, creo. Es frecuente escuchar a cualquier hora del día el clásico ritmo mecánico de la vieja máquina de coser.  Pero también se los compra “prêt-à-porter” con el dinero que me sisa todas las semanas. Duerme con camisón en verano o con pijama de franela en invierno y con los bigudíes puestos, lo cual invita a soñar con prontitud con los angelitos.
     El pelo lo tiene rubio, a mechas, y confieso que realmente no sé de qué color es en verdad, porque siempre se lo he conocido así. En alguna parte escuché que la mayoría de los hombres, a partir de los 40 somos calvos y, las mujeres, en cambio, son todas rubias. Ella, desde luego, es una precursora en esto de teñirse el pelo.
     Se empolva la cara con mucho mimo y dedicación y, reserva, generalmente, un viernes al mes por la tarde para ir a la peluquería. Allí está en su ambiente. Coincide con sus amigas, cotillea las revistas de moda (aunque no la siga nunca), se entera de los chascarrillos y de la vida social de los famosetes del momento y critica todo lo que se le pone por delante. Son los dulces momentos en que aprovecho para hacer mis cosas y ser yo mismo.
     ¡Libre, al fin!

domingo, 25 de noviembre de 2012


     Tuve también, en mis tiempos mozos, otra novieta. Fue durante la época del servicio militar. Duró poco más de lo que tardó en pasar aquel tiempo de obligado cumplimiento. La relación que mantuvimos fue la que cualquiera de vosotros se puede imaginar: escasa y a base de cartas y llamadas telefónicas, mayormente (pocas estas últimas, que no estaba la economía para derroches). También hubo algunas visitas gracias a los rebajes y permisos varios que nos daban en el cuartel para ahorrarse gastos de comida y alojamiento de los soldados. Cualquiera podría pensar que yo era entonces un donjuán empedernido. Nada más lejos de la realidad. Yo era más bien retraído, pero me dejaba querer. ¿Es malo eso? Yo creo que no. Esta chica no era tan esplendorosa como aquella vasca de la que os hablé, pero tenía su encanto, qué duda cabe. Era riojana. Una chica maja, extravertida y charlatana. Hablaba casi más con los ojos y con las manos que a través de sus palabras. He de confesar que, a veces, podía llegar a ser un poquito cargante.
     No sé qué tienen algunas personas que enseguida parece que tratan de liarte presentándote a su familia. Escarmentado como estaba de la relación con la vasca y con su padre, huía de toda maniobra de aproximación a aquélla. Nunca me había contado gran cosa de los suyos y solo aquel aciago día comprendí dónde me estaba metiendo.
     Su padre era un hombre corriente, de aspecto normal, serio, con cara de pocos amigos, pero correcto en el trato. No diré que tenía un aire siniestro, pero había algo en él que me mantenía alerta. Nunca supe a qué se dedicaba hasta una tarde en que mi novia y yo paseábamos acaramelados por las cercanías del parque de La Florida. Lo vimos venir desde lejos, acercándose lentamente. A medida que se aproximaba, mi cara debía de ir cambiando de color. Cómo sería aquello que se me cortó la inspiración poética. Paloma, mi novia, corrió hacia él y lo besó, con cariño, en la frente. A mí me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Me pasó lo que a cierto grupo étnico que tiene, por naturaleza, aversión a determinados uniformes. El suyo era de color verde oliva, con botonadura dorada y sombrero acharolado. Fue un arrebato. Fue un instinto irreprimible. Eché a correr y ya no volví.
     No lo pude remediar.

domingo, 18 de noviembre de 2012


     Los mercadillos y, en general los lugares transitados, son buenos sitios para la observación del género humano, pues nos proporcionan pequeños chascarrillos diarios.     
     Hay una mujer que acude semanalmente a nuestro lugar de compra. Es pequeña, menuda, vivaracha y muy habladora. Recorre el puesto arriba y abajo un montón de veces hasta que termina de comprar. Lo toca todo. Aprieta los melones con energía para ver si están en su punto, toquetea la fruta sin piedad, elige los albaricoques y las cerezas previa cata. A todo le saca defectos, sin embargo.
     - Jose, hijo, ¡pero qué naranjas tienes hoy! ¡Si da pena verlas! –le reprocha la mujer.
     - Consuelito –añade con temple el tendero- son las últimas… Vienen de la cámara.     Mejor no te las lleves, que seguramente la semana que entra vengan nuevas.
     - Pues, hijo, no sé para qué las vendes, si no están buenas –replica garbosa.
     - Mujer…, buenas, están. Lo que ocurre es que son de cámara, porque si no, en esta época… ya me dirás.
     Ni le escucha. Ha dicho lo que tenía que decir y ha vuelto a sumirse en sus pensamientos.
     - Joseee… -vuelve a la carga- tienes que darme dos melones. Pero buenos, ¿eh? Que la otra vez me soltaste dos pepinos de campeonato. Que a mi marido le gustan más pasaos. Ah, y ponme media sandía de la rayada y otra media de la negra; pero dámelas buenas, que te conozco – le advierte con el dedo.
     Increíble la capacidad de esta mujer para hablar tanto en tan poco tiempo. Yo no pierdo detalle. El tendero se da cuenta de ello y me hace un guiño cómplice. Luego se pone a cantar a media voz por otro lado del puesto “Si tú fueras mi mujer… Si tú quisieras…Todo sería distinto… De otra manera” (una vieja canción de Lorenzo Santamaría http://www.youtube.com/watch?v=feR_3GHJicI&feature=related)
     Consuelito parece no oír y sigue a lo suyo.
     - Jose -insiste- dame también otro para Amparín, mi hija, que ya sabes que le encantan. Ah, y ponme también pepinos y patatas. Pero, no sé…, porque aún las tengo de la semana pasada, que me sobraron algunas. Chico, ponme un par de kilos, añade sin mucha convicción. A ver, ¿qué te parece? –pregunta de forma retórica.
     Consuelito prosigue sin dar tregua.
     - Huy, Jose, las cerezas están riquísimas (¡menos mal que hay algo bueno! –pienso yo). Pero están carísimas (¡vaya, hombre! –rectifico). ¡Ni que fueran percebes, hijo! –exclama enojada. ¿Que son del Jerte? –se pregunta. Pues para mí, las de aquí, de la montaña, son mucho mejores –se responde. Bueno, bueno, bueno, no me digas nada, que “ya sé que tus productos son los mejores del mercado” –explica con cierto retintín. Ponme cuarto y mitad. Pero dámelas buenas, que luego me toca tirar la mitad. Y así.
     Felizmente, pide la cuenta.
- ¿Tanto? –pregunta extrañada. Pues sí que tienes caros los precios, hijo, refunfuña al despedirse.
- ¡Hale!, Consuelito, hasta el viernes. Que tengas buen día – anima Jose.
(Tanta paz lleves…). 

domingo, 11 de noviembre de 2012


     Ya no se escribe. Creo que se ha perdido totalmente el gusto por la relación epistolar. La vida cambia, la rapidez se impone y la relación interpersonal se ha hecho instantánea y más efectiva. Los contactos se hacen a base de móvil, sms, mms, chat o videoconferencia. La carta es un “emilio” urgente, sin encabezamiento, sin saludo, sin despedida, sin posdata, sin orden ni concierto; aderezado con faltas de ortografía, hijas del desconocimiento y de las prisas, donde no se cuidan ni las formas ni el estilo.
     Aún quedamos, sin embargo, románticos de la comunicación a la antigua usanza, cuando hablar por teléfono era casi poner una conferencia desde el otro mundo, con las grandes limitaciones que ello tenía. A mí me hacía muchísima ilusión mandar y recibir cartas. Escribir en el sobre la dirección era un ritual de buena letra y de composición artística. Introducir la carta en el sobre, motivo de gran emoción. Y luego, añadir el remitente. Ah, eso era la consagración del inicio de una gran aventura que tenía el punto álgido cuando, tras pegar el sello, la introducíamos cuidadosamente en el buzón.
     Después de viajar durante días por intrincados caminos, sorteando innumerables peligros, llegaba, por fin, a su destino. Aquella correspondencia pareciera que se la llevaran personalmente al destinatario de tanto como tardaba. Pero ahí estaba finalmente. Había cartas de varios tipos: comerciales, que eran cartas muy aseadas, con sobre de ventana, y que en mi caso eran pocas y no demasiado bienvenidas; luego, las manuscritas, cuyo remitente yo intentaba adivinar por la letra. También estaban las tarjetas postales, que tenían un plus, porque solían ser de familiares o amigos viajeros desde el lugar de vacaciones, lo que le daba cierto empaque social a la comunicación y nos ponía los dientes largos. Además, las coleccionábamos.
     Me gusta escribir. Confieso que pertenezco a la vieja escuela. También reconozco que me he adaptado sin problemas a la forma actual de comunicación y al uso de los correos electrónicos y de todos los medios modernos actuales. A veces, sin embargo, la morriña me invade y vuelvo al ritual clásico.
     Escribir es para mí toda una aventura. Las cartas (hablo de las personales) se extienden a lo largo de varios folios manuscritos de cuidada letra, de estrictos márgenes y de presentación exquisita. Empiezo la carta y paso horas y horas ante ella. Puedo comenzarla hoy y tardar varios días en completarla. Y no es por falta de ideas o de cosas que contar, sino porque escribo, corrijo, borro, tacho, rehago, rectifico, ordeno, leo, releo, imagino… Sobre todo, disfruto. Es verdad que hay un componente egoísta, pero eso nos ocurre en todas las actividades que realizamos voluntariamente en la vida, so pena de que seamos masoquistas. Y aún así, también disfrutamos.
     Hoy me ha dado por escribir estas tonterías porque la Susi ha recibido una carta de las de verdad, con sello y toda la pesca. Venía emocionadísima, excitadísima, no cabía en sí de gozo, porque la criatura, de esas cosas sabe bien poco, pues ella es muy de este mundo.
     Y a mí, que en el fondo soy un gran sentimental, me ha retrotraído a mis tiempos de juventud.
     Le he hablado de mis años de mili, cuando -ansiosos- esperábamos impacientes la carta de la familia o de la novia. Cada día nos reuníamos en torno a la mesa del cabo de guardia y, este, con un gran fajo de cartas en su mano, subido sobre ella, iba desgranando los nombres de los ansiosos y esperanzados compañeros.
-         Parra, López, Fernández…
-         Aquí, aquí -gritaba cada uno con su emoción contenida.
     Y el cabo las lanzaba con gran precisión a la zona de donde procedía la voz.
     Buenas y malas noticias, que de todo había, pero generalmente, buenas. Nos gustaba comentar con los amigos las misivas recibidas. Era como si también nos hubieran escrito a nosotros.
     Por la tarde, en tiempo de siesta o de relax, tratábamos de cumplir con nuestros correspondientes contándoles cómo iban transcurriendo aquellos –mayoritariamente- insulsos días.
     Algunos enamorados perfumaban las cartas con su loción del afeitado. Otro, que yo recuerde, le envió a su prometida un mechón del pelo que le cortaron tras un arresto.       Otros, emulando a un pintamonas, llenaban el sobre de cursis corazones atravesados por flechas y sonoros besos que apenas permitían descubrir la dirección.
     Faltos de recursos económicos, muchas de las veces, cuando escribíamos a algún amigo que hacía la mili en algún otro acuartelamiento del país, no poníamos sello. En un lugar bien visible escribíamos aquella tontería de “De soldado a soldado, paga el Estado”. Puedo asegurar que, por increíble que parezca, muchas de las cartas llegaban felizmente a su destino. Sería que los carteros sabían de nuestras estrecheces porque también ellos fueron soldados de reemplazo y se solidarizaban con nosotros.
     Otras veces, si poníamos sello, le dábamos la vuelta. Era nuestra forma tonta y pacífica de protestar contra el “abuelito”.
     Me ha emocionado la Susi. Parecía una niña de las de antes con un par de zapatos nuevos de charol y su carta en la mano.
     ¡Qué bonito que aún haya gente así!