domingo, 2 de marzo de 2014

Un adiós no es para siempre

      Queridos seguidores, queridos sufridores, queridos míos:
    Con gran dolor de mi corazón debo anunciaros, muy a mi pesar, el término –de momento- de este esperpéntico blog.
     Por una parte, no acabo de tener sustanciosas noticias de mi querida Susi. Supongo que está bien, pero me entristece no tener nada nuevo que ofreceros.
   Mis hijos están desaparecidos en combate. Pablo parece muy afectado por mi jubilación (él no puede jubilarse aún) y no me envía noticias de sus alumnos, ni de sus trabajos, ni de sus inquietudes o proyectos. Mi Santa casi me ha abandonado para echarse en brazos de Puri, del cinquillo y de las interminables reuniones con sus amigas y me ha dejado un recuerdo de ella a base de lavadoras inacabables, montañas infinitas de plancha y una enorme pila de cacharros sucios en el fregadero que no sé cómo gestionar correctamente. Dudo entre poner el suavizante en el tambor de lavadora directamente o echar un chorrito después de la colada, para que huela mejor. Las camisas no me quedan bien, la ropa me sale amarillenta y me he convertido en una odiosa y despreciable maruja. Ahora comparto recetas y trucos caseros en la cola de la pescadería con mis homólogas. Les doy la vez y discuto como un verdulero si alguien se me cuela.
     Presiento, por otra parte, que no he sabido conjugar mis intereses de jubilación con la realidad de la vida postlaboral. Me encuentro al borde de la depresión. Mis amigos me miran con conmiseración  y cierta tristeza. Me preguntan: “Antón, ¿estás bien? Tienes mala cara –me dicen”.
    Me avergüenzo de mí mismo.
   P.S.: (Aunque no todo es tan negativo, porque libraré los jueves y tal vez algún día me reencuentre con vosotros, amados míos). 

domingo, 23 de febrero de 2014

Pasar a mejor vida

     “Pasaré a mejor vida”. Eso creía yo que iba a ocurrir cuando me decidí a firmar los papeles de la propuesta de jubilación que me hizo mi jefe: que pasaría a mejor vida. ¡Ja!
     Hombre, la verdad es que no tener que levantarte a las 7 de la mañana para ir al trabajo es mucho. Quedarte en la cama un ratito más, remolonear y desperezarte a tu aire es una gozada, francamente. Homogeneizar los días de la semana, saber que siempre es domingo, un sueño. Disponer de tu tiempo para dedicarlo a tus cosas es demasiado. Leer, escribir, pasear, “bricolear” a gusto, sencillamente insuperable.
     Pasé algún tiempo mientras se tramitaba mi solicitud de jubilación venga a hacer planes: se acabó poner el despertador; a partir de ahora desayunaría en la cama mientras leía los diarios en internet. A media mañana, bien desperezado y con el cuerpo bien dispuesto, me pondría manos a la obra en mis proyectos de bricolaje. A mediodía, acudiría a almorzar con mis excompañeros de trabajo, a darles un poco de envidia...
-    Antón, qué bien te ves –me dirían. Cómo se nota que vives en otra galaxia –añadirían con cierta envidia.
     Y yo, le quitaría importancia al asunto con una mentirijilla piadosa del tipo:
-     “No creas, no creas, que la vida es muy monótona. Al principio, bien; pero luego te acostumbras, echas de menos a los compañeros, te aíslas socialmente y... la verdad, algunas veces os envidio un poco. Lleváis una vida tan ordenada... Y no como yo, que no sé en qué día vivo”.
    Por la tarde, siesta, un paseo y lectura que alternaré con la escritura de mis memorias, que serán, sin duda, todo un bestseller entre mis amigos. En fin, una vida de pequeños placeres que me he ganado a través de mis años de trabajo.
     Pero está visto que mi Santa iba haciendo sus planes al tiempo que yo los míos. Y, sin duda, eran bien diferentes:
-“Tráeme el desayuno a la cama. Me voy a la pelu. Saca el lavavajillas. Pon la lavadora y tiéndela. Pasa el aspirador. Controla la comida, que está en el fuego. Hoy vendré tarde, que me quedo a comer en casa de Puri..." Y así.
     Ahora bien, le he dejado las cosas muy, pero que muy claras:
     El jueves, libro.
     ¡Faltaría más!



domingo, 16 de febrero de 2014

Mi infancia (6)

     Coleccionábamos de todo. Apreciábamos mucho los billetes de tren que buscábamos afanosamente en las vías o bien se los solicitábamos a los viajeros al final del recorrido. Eran de cartón, rectangulares, como fichas de dominó grandes que guardábamos cuidadosamente en las pequeñas cajas de cerillas a las que habíamos quitado el recipiente en el que se depositaban aquéllas. Todo ello lo atesoraba en una gran caja de zapatos. El conjunto quedaba muy propio. Los billetes servían como moneda de cambio para los juegos.
     Si jugábamos a “montar”, los dejábamos caer desde una altura determinada pegados a la pared. El billete que montaba se quedaba con todos los que había en el suelo. Aquellos billetes tenían valor facial. Los billetes más deseados eran los de primera clase que no estuvieran picados o taladrados; luego, los de segunda y, finalmente, los de tercera. Como también eran de colores diferentes, teníamos un abanico importante para cambiarlos en nuestro particular mercado. Así, por ejemplo, los de primera sin picar que tuvieran una raya roja eran los más buscados y se podían cambiar por varios de segunda o de tercera clase -a precio de mercado- el cual venía determinado por las ansias de usura de nosotros según el día y el pardillo de turno.
     Ya asomaban claramente los destellos negociadores, predelincuenciales y mafiosillos de los miembros  que formábamos aquella banda de “moco verde”.
     En mis múltiples tardes ociosas de reclusión, con buen tiempo, y cansado de leer o de maquinar barbaridades, decidía ponerlas en práctica. Así, por ejemplo, acostumbraba a asomarme a la ventana y charlaba  con mis amigos –me gritaban, más bien- las últimas novedades de aquéllos que disponían del bien más preciado para mí de la libertad no restringida.
     Yo era “de la piel del diablo” –término que acuñaron contra mí algunas de las beatas bien pensantes que en otro tiempo se admiraron de mis dos coronillas y de mi indómito peinado. También yo era un poco huevón y gilipichi: un “toca narices”, al fin y al cabo, como os relato a continuación:
     De vez en cuando me asomaba a la ventana y echaba billetes de tren como si fuera un sabroso maná que todo el mundo quisiera atrapar. Aquellos angelitos se lanzaban en pos de ellos y, cuanto más enfrascados estaban mis compañeros en recoger aquel producto de origen casi celestial, cuando más ahínco ponían en atrapar aquella lluvia inopinada de billetes, repentinamente les caía un aguacero procedente de mi mala leche concentrada y de un hermoso cubo. Luego, con la celeridad del rayo, cerraba la ventana y me escondía como si ello pudiera minorar la sed de venganza de aquellos bañistas improvisados.
      A veces tenía suerte y, como pasaba tanto tiempo castigado, a mi regreso a la vida en la calle con la pandilla se habían olvidado aquellos incidentes.
     En cambio, otras, ocurría que me estaban esperando para hacerme pagar por todas mis gamberradas.
     ¡Inmisericordes!

domingo, 9 de febrero de 2014

Jubilación

     Ayer recibí una noticia que no querría haber recibido en la vida; al menos, en mucho tiempo. Mi jefe se acercó a mí, como otras veces, para supervisar mi trabajo, charlar conmigo y contrastar opiniones. Arrimó una silla y se sentó a mi lado como había hecho en tantas y tantas ocasiones. Me preguntó:
     -¿Cómo van los “rankings”? ¿Hemos mejorado? (Justamente tenía en ese momento la estadística de barras del último período y se la mostré).
     -No está mal, -respondí con cierto entusiasmo. Creo que hemos mejorado un poco. Dados los tiempos que vivimos no me parece una mala evolución –añadí.
     Titubeó un poco.
      -¿Quieres un café? –me preguntó.
    -Buf, -resoplé. No, gracias, no. Acabo de tomarme uno. Van a ser demasiados –le respondí. Últimamente tengo la tensión un poco alta y tengo que cuidarme –zanjé.
     -Antón... -susurró mi jefe en un tono gutural, algo resacoso, que pareciera que le costaba respirar. Tengo una propuesta... (hizo una breve pausa y continuó) que no... (nueva pausa; ahora me miró a los ojos y añadió al tiempo que enarcaba suavemente las cejas) que no... (repitió) podrás... rechazar... (y estiró el final de estas palabras hasta el infinito, al tiempo que rodeaba con su brazo mi cuerpo)...
     Por un momento me estremecí. Había algo demasiado solemne y misterioso en sus palabras. Su tono me inquietaba.
     -¿Dónde habré oído yo estas palabras? –pensé. Y como un relámpago acudieron a mi mente las palabras de don Vito Corleone (Marlon Brando) a Johnny Fontane (Al Martino) en El padrino.
     -Verás, -me dijo en tono paternalista- te he incluido en la lista. Aún no es definitiva –intentó tranquilizarme. Creo que es, sin embargo, una buena opción.  
     Parecía ser una buena oferta, pero yo estaba incómodo.     
    Hablaba con frases entrecortadas y firmes que él alargaba intencionadamente para darle un aire más inquietante aún. Eran como pequeños picotazos que yo recibía en mi cabeza. Me alargó un papel. Comprendí enseguida que eran las condiciones que yo podría firmar si quería. A bote pronto no parecían demasiado malas. Había que hacer ajustes en la empresa y eliminar personal. Debería pensarlo porque, en el fondo, el cambio era brusco y, aunque no puedo quejarme de la vida que llevo en la oficina...
     Pasaría a mejor vida.

domingo, 2 de febrero de 2014

Yo estuve allí

     Estuve con mi Santa en la convocatoria “Rodea el Congreso” del pasado 25 de septiembre de 2012. No hace falta que os cuente que no pudo ser, ni de cómo estaba aquello de protegido. Posteriormente, a la convocatoria del 14 de diciembre, no pudimos acudir.
     Mi Santa es una persona algo testaruda y perseverante, de modo que aquello, aunque en alguna medida le frustró, le dio argumentos para ver la manera de conseguir el objetivo previsto. Aquel día, ella, como el general MacArthur cuando hubo de abandonar las Filipinas ante el ataque japonés, exclamó: “Me voy, pero volveré”. Y se prometió que lo lograría.
     Yo, en aquel momento, no le di mayor importancia. ¡Cosas de mi mujer!-pensé. Ya se le pasará. Lo mismo que a mí, que se me olvidó completamente.
    Pero la vida sigue, y así, un buen día me invitó a visitar Madrid. Eligió las fechas navideñas porque la ciudad, en esos días está muy bonita, muy adornada, hay mucho  ambiente... 
  Como unos turistas más paseamos por sus calles, recorrimos sus avenidas, caminamos lo que no está escrito, nos dieron las tantas... y caímos -¡mira tú!- por Neptuno. Creo que ya había entrado la madrugada y no había apenas gente. De allí, por la Carrera de San Jerónimo, al Congreso de los Diputados. Ante la puerta principal, el segurata de turno, tocado con tricornio, se paseaba -aburrido- entre los leones de la entrada. Salió de su indiferencia cuando me aproximé (se ve que en exceso) a la entrada con intención de sacar una foto. Se acercó a mí para advertirme, momento en que mi Santa, en un alarde de juventud, arrancó a correr como una loca al grito de “banzai”, a modo de ataque militar desesperado, y se coló por la calle Fernanflor, que está justito a la derecha del edificio según se mira. El guardia civil, sorprendido, intentó en un principio perseguirla. Apenas dio tres o cuatro pasos y regresó donde yo estaba, pero se encontró con que yo ya me había alejado lo suficiente de allí como para que él abandonara su puesto. Con desgana, se encogió de hombros y debió de pensar lo mismo que yo.
   Casi no me había recuperado del susto cuando, por la calle Zorrilla esquina con la Carrera de San Jerónimo, apareció ella exultante. Su rostro, feliz, triunfante...Estaba pletórica e iba haciendo con los dedos el signo de la victoria.
     ¡Lo había conseguido!

domingo, 26 de enero de 2014

Urgencias

     Soy una persona algo obsesiva con mi salud. No es que sea un hipocondríaco, pero me preocupo por ella. La semana pasada padecí un pequeño accidente doméstico y me llevé un buen susto: me caí en la bañera y me di un tremendo golpe en la parte parietal occipital del cráneo (todo ello según la versión del sesudo galeno que me atendió en urgencias).
     Al escuchar el sonoro batacazo que me arreé, acudió presta al aseo mi Santa quien, tras constatar mi penoso estado, se desmayó.
     De modo que allí estaba yo solo e inerme para solucionar aquella extraña situación. Tras incorporar penosamente mi cuerpo doliente como pude, me sequé, me vestí, espabilé –a medias- a mi Santa y la metí en el coche no sin grandes dificultades.
     Allá que llegué a urgencias y allí que me surgió la primera duda: ¿a quién debían atender antes? Yo dije que “las damas primero” (la educación machista recibida es lo que tiene), aunque a mí me doliera terriblemente la cabeza. Apenas me había percatado de que tenía una brecha de la que aún manaba un hilillo de sangre ya casi coagulado. Iba a medio vestir. Mi cara, ensangrentada, debía de ser un “poema”. La gente me miraba con estupor, como si se hubieran encontrado repentinamente con Norman Bates, el de “Psicosis”. Me cedían el paso, medrosos, como si fuera un terrible asesino o un apestado.
     Finalmente me derrumbé. No sé bien cuánto tiempo pasó desde que accedí a urgencias hasta que salí por la puerta del hospital, pero me pareció una eternidad. En contra de lo que la gente pudiera pensar, no regresé con un turbante en la cabeza, ni siquiera con un esparadrapo o un vendaje llamativo. A mí, la verdad, me habría gustado que así hubiera sido, para poder fardar en la oficina o siquiera para parecer importante delante de mi Santa y que me tuviera en cuenta por una temporada y que me cuidara, me diera calditos, me hiciera mimos... En fin, que me hiciera todas esas cosas que nos gustan a los hombres que no presumimos todos los días de machotes.
     En realidad salí del hospital un poco abatido, triste, desolado y un poco avergonzado porque, aparte del chichón evidente que llevaba (bañado en betadine) y un par de puntos de sutura que me habían colocado, no había nada más.
     Mi Santa, muy cariñosa, se acercó a mí rauda y veloz; acercó sus manos a mi rostro y examinó mi herida. Tras unos segundos gritó “urbi et orbi”: “Debería darles vergüenza tener matasanos que no saben hacer una vainica doble”.
     Para vergüenza, la mía. Sí.

domingo, 19 de enero de 2014

Soledad (La Susi íntima)

     Apenas tenemos noticias relevantes de la Susi desde que decidió irse a EE.UU. He rebuscado en su diario algo ilusionante que mantenga vivo su recuerdo. He escogido esta poesía que, aunque no es gran cosa, muestra bien a las claras un poquito de su ternura. 
     O a mí, así me lo parece.










domingo, 12 de enero de 2014

Mi infancia (5)

     A veces, cansado de la lectura o simplemente por distracción, me asomaba a la ventana de mi habitación y veía a los niños del barrio jugar en la plazoleta de debajo de mi casa a las chapas, la peonza o al “gua” con las canicas.
     Juguetes no teníamos muchos y la mayoría eran de fabricación casera. Por ejemplo, las chapas de las botellas las revestíamos interiormente con la imagen de nuestros deportistas favoritos. Después le colocábamos encima, lo más ajustado posible, un cristal que habíamos cogido previamente del vertedero, al que finalmente recortábamos y redondeábamos a base de comerle los bordes al introducirlo entre juntas de baldosas (imaginaos cómo acabarían estas) y, finalmente, lo fijábamos con masilla de cristalero, que era como una especie de plastilina que olía muy mal. Así teníamos enmarcados a nuestros héroes. Si se trataba de fútbol, Puskas, Suárez, Gento... O ciclistas como Manzaneque o Bahamontes eran nuestros favoritos.
     Las chapas eran un bien muy preciado. Con tiza que cogíamos de la escuela, pintábamos circuitos ciclistas que había que seguir sin salirse del camino. Aquello tenía de todo: ríos en los que si caías te obligaban a empezar; estrechamientos por los que no cabían dos chapas y, que en caso de que una chocara con la otra y la sacara del camino, debía pagar con billetes de tren, con otra chapa o con alguna canica, la posibilidad de poder seguir en la carrera, etc.
     Las canicas las elaborábamos con barro del monte, modelado y redondeado, puesto a secar y cocido al horno; después, una manita de pintura si se podía. Aquello, como es evidente, constituía una guarrería de innumerables huellas que yo iba dejando por toda la casa con el enfado consiguiente de mi madre, mayormente, quien se “bastaba” por sí sola y a la que no le temblaba el pulso lo más mínimo.
     Tenía mi madre un arte, un saber hacer, un control y un dominio de la zapatilla más que evidente a juzgar por la cantidad de zapatillazos que yo recibía cada día. Y eso, a pesar de que era bastante rápido en evitarla por la cuenta que me tenía. Esas situaciones cotidianas no supusieron para mí ningún trauma infantil, ni la denuncié ante un juez de menores. Tampoco le oí decir jamás “ya verás cuando llegue tu padre” o cosas parecidas.
     Porque, ya, “si eso”, también él me atizaba.


domingo, 22 de diciembre de 2013

La San Silvestre

     Mi hijo el mayor, el cachondo mental, me propone participar en la San Silvestre Vallecana de este año. Él es un atleta consumado y yo no sé realmente si tomármelo en serio o debo pensar que se quiere reír de mí. Evidentemente, pienso que está de guasa. Le sigo la broma, pero poco a poco el asunto va tomando un cariz más serio y profundo. Tanto es así que finalmente amenaza con ser definitivo e inamovible. Ya ha comprometido a su tía “Mon-t-se”, a su marido, a su novia, a mi Santa -a la que disfrazará de árbol porque le da vergüenza que la reconozcan- y a no sé quién más. La va a liar parda.
     Yo me defiendo como puedo; me disculpo diciendo que ya no tengo años para ello. Insiste una y otra vez, es más pesado que una vaca en brazos. No cede. Intenta liar a todo el mundo.
     Yo no sé cómo escabullirme, pues está muy pelmazo. Alego en mi defensa que hace mucho tiempo que no hago ejercicio físico, que estoy mayor (pretendo dar pena). Digno hijo de su madre, no me escucha, no me hace caso y va a la suya. Insiste. Insisto. Lucho para defenderme y evitar el imposible: escaquearme. Así que, finalmente, en un postrer intento por evadirme, aseguro que iré en taca-taca.
     - Genial –responde. Hay un apartado para el humor –dice con gran gozo. Yo iré con un gorrito de Papá Noël y de tu manita si hace falta. Tú ya sabes que lo importante es participar.
     - ¡Cría cuervos!

     Nota del autor
     Queridos seguidores:
    Os dejo una temporadita tranquilos mientras disfrutáis de unas merecidas vacaciones sin mis  historietas. Sin embargo, regresaré el 12 de enero. Espero que hayáis sido buenos y que los Reyes os hayan traído muchos regalos a todos.
     Que paséis unas felices Navidades y tengáis un próspero Año Nuevo y todo eso.

domingo, 15 de diciembre de 2013

La Susi ha desaparecido

     La Susi hace algún tiempo que está desaparecida. La crisis también ha llamado a su puerta. Ella, que es una chica desenvuelta, decidió, como tantos otros "JASP" -jóvenes aunque sobradamente preparados- hacer las maletas y partir en busca de un futuro más esperanzador que el presente que aquí tenía. Así, un buen día en que estábamos todos reunidos nos comunicó con su habitual desparpajo, como que no quiere la cosa, -y sin anestesia- que se iba a “hacer las Américas”.
     Como es natural, nos quedamos muy sorprendidos y repentinamente enmudecimos todos. Sentí que se mascaba la tragedia. El silencio fue total.
     El primero en reaccionar fue Pablo, su padre. Tan solo fue capaz, por un instante, de inspirar lenta y profundamente el aire enrarecido de la salita y dar un fuerte resoplido después. Luego se llevó la mano a la boca, apoyó el codo en la mesa y miró a ninguna parte. Estaba desolado.
     Yo lo observaba, entristecido. Sabía el terrible mazazo que suponía que la niña de sus ojos se marchara de casa. Ya hace algún tiempo, cuando estuvo de Au Pair, primero en Austria y después en Irlanda, costó trabajo acostumbrarse. Ahora, América... Demasiado lejos.
     Así estábamos: absortos y traumatizados por el anuncio de la Susi hasta que, finalmente, tras lo que parecía un inacabable silencio, mi mujer preguntó inquisitiva, en su estilo habitual, realizando una batería incesante de preguntas que disparaba infatigable, como una ametralladora:
     - ¿Qué? ¿A Argentina? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Con quién? ¿Por qué? ¿Nos escribirás? ¿Quieres que hable con Puri? Fabio, su marido, es argentino. Ya sabes que lleva muchos años aquí... y la verdad es que no le va mal del todo, ¿no?
     (Mi mujer en estado puro. Todos abatidos por el sorpresivo anuncio y, ella, en cambio, ¡como siempre!, a lo suyo).
     - Ya, pero es que Fabio vive en España y ella se va de España -recalcó Pablo con cierto retintín. Además, nadie ha hablado de Argentina – prosiguió. Allá tampoco están para tirar cohetes, dijo finalmente.
     - Irá a la América de habla hispana, tal vez a algún lugar de Sudamérica –supuse yo. Ahora muchos jóvenes están empleándose en Chile, un país que está alcanzando un cierto desarrollo económico y social.
     - La verdad es que... -titubeó la Susi- me gustaría poner en valor mis conocimientos de inglés y vivir en un país grande, acogedor, donde las oportunidades existieran realmente. Un país donde nadie se sintiera extraño... ¡¡¡Estados Unidos!!! -exclamó con energía.
     Bueno... Esta chiquilla siempre haciendo locuras -pensé yo. Ahora nos quedamos todos un poco huérfanos. Hasta mi Santa estaba preocupada por su porvenir.
     Ciertamente, una cosa era vestir vaqueros, tomarse una hamburguesa en un McDonald’s o en un Burger y beber CocaCola, y otra muy diferente era irse tan lejos para revivir "el sueño americano".
     ¿Triunfará la Susi en América? 
     Who knows!

domingo, 8 de diciembre de 2013

Pensará el lector...

     Pensará quizás el lector que -con tanto hablar de mi Santa y de mi azarosa vida de pareja   - ésta se halla plena de desaires provocados por nuestra relación tormentosa (?). Quizás el avispado lector sospeche que nuestra vida está vacía y que ya nada nos une. Nada más lejos de la realidad. ¡Ah, las fabadas y los postres contundentes que prepara! ¡Y luego, los regímenes de hambre a que me condena para compensar los excesos previamente cometidos! Tanto lo uno como lo otro unen muchísimo, os lo digo yo.
También une mucho dormir en una cama redonda y giratoria. Tengo vértigo, me mareo y me abrazo a lo que puedo. Así que me pego a ella para no caerme al suelo. Ahí, en ese momento, en el lecho del dolor, se aprovecha de mí y me somete a un tercer grado con sus innumerables preguntas: ¿me quieres..., [...], me amas...? Yo, en tal situación, digo a todo que sí, más que nada por acabar pronto y ver si me pudiera dormir y se me pasara el mareo. Pero ella insiste en seguir haciéndome el amor, aunque yo preferiría dormir o en todo caso algo de sexo. Pero, no; como siempre, ella, a lo suyo. 
     Quiero a mi esposa.
     - ¿?
     ¡¡¡Sí, qué pasa!!! Sí, la quiero. Es cierto que a veces lo que quiero es no verla. Ella tiene sus defectos, como todo el mundo, pero me quiere. Ella también me quiere... Unas veces lejos, muy lejos; otras, aunque no lo parezca, amarrado a su vera; las más -indiferente- me deja hacer lo que yo quiera (siempre y cuando esté dentro de sus esquemas teóricos de la libertad, pues en caso contrario me lo hace saber. ¡Y cómo!).
     A veces, para demostrarme que me quiere (digo yo que es para eso) me abraza muy fuerte, muy fuerte. Tan fuerte y con tanto sentimiento que casi me ahoga. Por eso yo rehúyo el combate cuerpo a cuerpo: porque me gana. Fijo.
     Creo que en un par de ocasiones he tratado en este blog de la posibilidad de deshacerme de mi Santa, tal era la desesperación que tenía en aquellos momentos. Una de ellas fue con la película “El crimen perfecto” y la siguiente con el suicidio sugerido, que casi se me vuelve en contra. Recordáis que también pensé en el divorcio. Y luego, como vi que era muy caro, en la espantada, es decir, en el “ahí te quedas”.
     En una ocasión, viendo que todos los supuestos contemplados para deshacerme de ella eran inútiles, le dije muy serio aquello que había oído en una película: “Aquí sobramos uno de los dos”. Ella, presta, me abrió la puerta y me invitó a salir. Yo, decidido, fui a la habitación y cogí la maleta que tenía preparada hacía tiempo y me dirigí a casa de mi madre.
     A las dos horas oí el timbre de la puerta, observé por la mirilla y vi que era ella. Abrí y, con la sonrisa de quien se sabe vencedor del pulso, le pregunté:
     - ¿Al fin te has dado por vencida?
     Me miró muy seria, de arriba abajo, hizo una mueca de desprecio, me cogió de la oreja y me dijo:
     - Anda, arrea para casa, que te has llevado mi maleta.
     (Si es que...)

domingo, 1 de diciembre de 2013

Novios

     María Antonia y Juan Luis se quieren. Están muy enamorados. Y como todas las parejas, salen juntos los domingos, pasean por el parque, van al cine, se hacen arrumacos y dejan ver su amor por donde quiera que van. Y, como todas las parejas de enamorados, planean su futuro. Ellos, tras un largo periodo de noviazgo, han decidido –por fin- casarse. Ahora tendrán que comunicárselo a sus respectivas familias. Les asaltan las dudas sobre si les aceptarán mutuamente. Como son tan conservadores, ¿se lo tomarán bien? Ella es algo mayor que él y esto puede ser un obstáculo según su opinión. Él no es de “buena” familia, así que tal vez sea rechazado por la de ella. Lo peor quizás sea el golpe emocional que recibirán sus hijos al saber la noticia de la boda. Claro que, estos, con casi sesenta años de edad, no deberían sorprenderse de nada.
     -“Teníamos que regularizar nuestra situación por el bien de los niños, no queríamos darles ningún disgusto” -han dicho los novios para justificar el retraso de su decisión. Todo sea por el bien de ellos –han añadido finalmente.
     Era una decisión muy seria, ciertamente.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Quien te entienda, que te compre o, ahí la tienes: báilala

     Confieso que no entiendo a la gente. Yo, como Pablo Neruda, “confieso que he vivido” (aunque menos) y que he visto muchas cosas (menos aún). Incluso he conocido a gente normalita. Pero, o soy muy limitadito, o no acabo de entender a cierto sector del público. Sin ir más lejos, las mujeres.
     Mi mujer, mi Santa, ese pedazo de monumento que Dios (“perdonadme, heterodoxos”, que diría Sábato, D. Ernesto) me impuso como castigo (todo el mundo tranquilo, que ahora está echando la siesta y, por tanto, no es peligrosa) tiene sus cosillas.
     En fin, dicho lo que antecede, paso a explicaros el porqué de lo que procede, de mi estado de ánimo.
     Vivir con mi mujer es vivir en un clima permanente de ansiedad, en estado de sitio, ¡cómo no!  Es una guerra incruenta que vivimos a brazo partido (casi siempre es ella quien me lo parte) luchando por imponer nuestras ideas (es el caso de ella) o por no perder las pocas que me quedan (me defiendo como puedo).
     El viernes pasado me llevó de “rebajas” (¿alguna novedad?... ¡Ah, por eso!). De rebajas aquí y allá  y al “cortinglés”, y se gastó una pasta. ¡¡¡Menos mal que era para ahorrar!!!
     Y digo yo: si era para ahorrar, ¿por qué no nos quedamos en casa viendo la tele como hace el común de los mortales? Y entonces, a lo mejor se fija en mí y me dedica un ratico.  
     Total, se compró dos vestidos (de los cuales uno, mejor desnuda, -con perdón- y el otro, lo va a devolver -¡seguro!-, porque le queda como a un santo dos pistolas).
     Los zapatos – porque también se compró zapatos- los descambiará, pues se empeña en meterse con calzador un 36 (que es una muestra) cuando lo suyo, de normal, es un 38-39.
     Y al final, la cuenta, una “bagatela”, un dinero que, en el mejor de los casos, amortizaré parcialmente con las devoluciones que lo permitan. Y con el resto haremos un monumento a los deseos de lo que pudo ser y no fue por culpa de mi amorcito (creo que se está despertando, así que termino).
     En fin, una pasta gansa.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Mi infancia (4)

      Pasé muchos días castigado en mi casa sin poder salir con la pandilla debido a mis travesuras.
     De ahí vino un poco mi afición a leer. Como no teníamos televisión (muy poquita gente en mi barrio la tenía), ni se habían inventado las videoconsolas, ni había ordenadores ni forma de divertirse, a ratos me dio por la lectura, y otras, por poner en marcha “efervescentemente” mi efervescente mente. Cuando esto último sucedía, malo: tarde o temprano habría de ocurrir algo catastrófico. También la mayor parte de las veces mis lecturas iban encaminadas a poner en práctica ciertos experimentos de química que había en la “Enciclopedia Álvarez”, que era el “veintiúnico” libro que utilizábamos en la escuela. En ese pozo del saber que era mi libro de texto, encontraba uno de todo: desde cómo diseccionar una rana hasta cómo fabricar un electroimán o realizar la electrólisis.
     Supongo que en aquella época quise emular a Thomas Alba Edison. Me leí su biografía de cabo a rabo (ese fue el período de mayor tranquilidad en mi hogar) e hice posteriormente todo tipo de experimentos con la luz eléctrica. Logré realizar cortocircuitos que pusieron en peligro la integridad de mi casa y las del vecindario, conseguí fundir los plomos una y mil veces en un solo día, me explotó alguna bombilla, quemé el frigorífico por sobrecarga en la red, me dieron mil bofetones por atrevido...
     En definitiva, mis padres no hacían carrera conmigo. Así, pues, yo no sé qué les tenía más cuenta: que me quedara castigado en casa por mis múltiples fechorías y fundiera los plomos, que provocara un cortocircuito de aúpa, etc. o que saliera a la calle y liara una de las mías. Por eso, a veces me castigaban sin salir durante semanas y al poco me condonaban el castigo y lo sustituían por la libertad condicional, advirtiéndome muy seriamente que, si incumplía el acuerdo, el castigo sería aún mayor.
     Yo era de cabeza dura y las gamberradas me podían. Esta fue la razón por la cual -finalmente- mis padres me llevaron interno a un colegio.
      Pero esto es otra historia y aún habría de transcurrir mucho tiempo.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Fittipaldi

      Querido Pablo:
     Ya sabes que mi Santa se sacó el carné de conducir hace algo más de un año. La verdad es que estoy muy satisfecho con los progresos que ha hecho durante este tiempo. Ya no va pegada al volante, que parecía que quería asomarse al parabrisas como si fuera al balcón de su casa. Por fin ha desaparecido la “L” de principiante del cristal trasero del coche y ahora tiene una seguridad en sí misma que para mí la quisiera yo en algunas ocasiones. Tiene un manejo del vehículo nada comparable al de un piloto de fórmula 1, evidentemente, aunque ya les gustaría a algunos tener su aplomo y su eficiencia en la conducción.
     El peinado no se le mueve mucho porque usa laca en proporciones exageradas pero, aunque así no fuera, tampoco se le alteraría gran cosa debido a los nervios tan templados que exhibe -incluso con la ventanilla bajada.
     Cualquiera diría que ha conducido toda la vida, cualquiera pensaría que nació con un volante entre las manos. Ni que fuera descendiente directa de Juan Manuel Fangio, aquel mítico piloto de los tiempos de Maricastaña ¡Qué desparpajo muestra, qué naturalidad, qué confianza, qué aplomo, qué dominio, qué seguridad...! ¡Qué todo!
     ¡Qué tiempos aquellos en los que no sabían cómo deshacerse de ella en la autoescuela! Aquel dicho machista de los años 70 “Mujer al volante, peligro constante”, no va con ella.
     Si me permites la expresión, te diré que “le he comprado” un cochecillo de segunda mano por su cumpleaños, para su uso exclusivo, para que lo disfrute y vaya a comprar con él, para que vaya a casa de sus amigas, para que sea autónoma, para que me deje en paz, ¡qué caramba!
     Cuando hace buen tiempo baja la ventanilla y apoya el brazo izquierdo sobre la puerta, asomando el codo y sujetando el volante con dos dedos. Porque no fuma, pero con un buen puro en la boca... ¡qué estilazo tendría! Tacos, lo que se dice tacos, no gasta, pues es muy educada pero, al volante, tiene tendencia a utilizar un vocabulario bastante grueso, -como de camionero de los de antes. Cuando se tercia alguna discusión con algún pobre conductor (lo de pobre lo digo porque ya sabes cómo es ella, que no se calla ni bajo el agua) ... ¡que no le pase nada!
     Al volante siempre es “muy obediente” (como ella dice) con las señales de tráfico. Nunca sobrepasa los límites de velocidad permitidos. Recibe de vez en cuando alguna sinfonía sonora cuando, en un exceso – en mi humilde opinión- de celo, pone el coche en mínimos de velocidad aduciendo que ella practica la conducción eficiente (sostenible, que se dice ahora); es decir, ni acelerones, ni frenazos, ni brusquedades que provoquen un gasto innecesario de combustible. A tal punto llega su sentido de la prudencia y del ahorro que al divisar un semáforo ya frena previendo que pueda ponerse rojo. Ello ha provocado en algunos conductores (energúmenos, sin duda), alguna sonora pitada (¡bah, ni caso, cariño!). Con el semáforo en rojo, ella siempre apaga el motor (sentido de la economía, respeto por el medio ambiente, cuidado con la capa de ozono, interés por el cambio climático... y no sé cuántas cosas más).
     Claro que, el otro día, al arrancar después del consabido semáforo, algo falló y el coche no se le puso en marcha. ¡Menuda la que se montó! Hubo que esperar ¡tres (3) semáforos! ¿Crees que perdió los nervios? ¡Qué va! Y mira que escuchó pitidos. Ella -muy digna-, a lo suyo, como siempre. Y como no arrancaba, al final, a empujar. No, no, ella no: los de la orquesta de pito y púa. Luego lo contaba y se reía: “Los que más gritaron fueron los que empujaban con más ganas para sacarme de allí” –decía entre sonoras carcajadas.
     Me lo contaron ayer. Yo no estaba con ella.
     ¡Afortunadamente!

domingo, 3 de noviembre de 2013

Mi cama

     Querido Pablo:
     Sabes que no soy persona que tenga un afán de protagonismo excesivo. Más bien soy bastante tímido y algo introvertido. Porque, aparte de este blog que empecé por casualidad gracias a las malas compañías y a los cantos de sirena de una amiga, mi vida pasa sin demasiados aspavientos.
     Sin embargo, de un tiempo a esta parte me encuentro como protagonista en el trabajo y con la autoestima un tanto alterada, aunque maldita la gracia que me hace a mí todo ello.
     En la oficina, unas veces los compañeros me guiñan el ojo cuando nos cruzamos. Otros, más zalameros, practican el cuerpo a cuerpo con un potente abrazo que me deja hecho polvo y  me dan una palmadita cariñosa que me tritura, finalmente. También los hay más sobrios, que se conforman con decirme “¡Antón, machote!” (Si ellos supieran...). Las sonrisas son un elemento cotidiano por los pasillos. Más de dos me han pedido que les preste las llaves de mi casa.
     Las féminas, algunas tan liberales, me gritan “¡tigre!”, al pasar. Amparín, el otro día, cuando estaba yo sacando un café de la máquina, me tocó suavemente en el hombro y, cuando me giré, me empujó con fuerza contra la pared, colocó su mano derecha a la altura de mi rostro y me miró fijamente a los ojos mientras su mano izquierda me sujetaba por la corbata. No dijo nada, pero me escrutó de arriba abajo con... –no sé..., de forma rara..., tal vez con lascivia- y luego, desdeñosa, me soltó y se fue, como haciendo un desplante torero y con la cabeza bien alta. Prendas íntimas no me han tirado todavía, aunque al paso que vamos, ya veremos.
     Tengo mala cara, sonrío con una mueca forzada y algo estúpida. Camino pegado a la pared -no sé por qué- como si quisiera protegerme de algún potencial peligro.
     En la oficina se ha corrido la voz de que tengo en casa una cama un poco especial. Disponer de una cama giratoria como la mía tiene su cosa. Y si además es redonda, aparte del mareo que te pueda proporcionar, también da mucho morbo.
     ¡Si lo sabré yo!

domingo, 27 de octubre de 2013

Seguidores por el mundo

        Queridos amigos de este humilde blog:
       Hoy estoy feliz, hoy estoy henchido de gozo. Hoy ha llegado a mi humilde morada una hermosísima tarjeta postal procedente de la India. Me la escribe y envía alguien cuya firma no logro descifrar. Sin embargo, debe de tratarse de algún fiel extremo al que no puede calificarse de follower -seguidor- sino más bien de fan -admirador- lo cual, sin duda alguna, ya es otro nivel.
     Disculpad mi emoción, pero estoy como un niño (de los de antes) con zapatos nuevos.
       Mi seguidor, mejor mi fan, hace alarde de ser el seguidor (recalco: el seguidor, -no un seguidor cualquiera- más internacional).
        Permitidme, -¡oh, seguidores!- la pequeña licencia de que copie algunos párrafos:

Antón Hernández y “la Susi”
Varanasi, 10 de octubre de 2013 (después de comer)
Estimado Antón:
Te escribe tu seguidor más internacional (por favor, permíteme que te tutee). [Esta forma de expresión ha calado en mí. Yo, que debo dar las gracias a este enorme público que me lee y soporta cada domingo]. Aprovecho un momento de sosiego al borde del Ganges para dejar volar mis pensamientos y compartirlos contigo y con nuestra querida y entrañable Susi ” (1). [Sublime, simplemente sublime].

Me habla del bien y del mal, de lo que hace, de cosas tan simples como cortarse el pelo y recortarse la barba por 1 €; de su próximo viaje a Nepal...
También me habla del mar, la mar. Cual “marinero en tierra” echa de menos su mar: Un mes... y ya va para dos sin ver el mar... Y luego, añade algo muy bonito: por más lejos que te vayas, los pensamientos no se alejan. A veces es mejor no pensar y hacer las cosas despacito. Aquí la gente se toma la vida con mucha calma; no llenan el día de cosas. Hay mucho tráfico, sí; pero eso es sólo cuestión de supervivencia.
Además me envía un pequeño dibujo a modo de resumen en el que plasma su cotidianeidad

(1)      Hago constar que en ningún momento se refiere para nada a mi Santa.
-         ¿Por...?
-         No, por nada, je,je.





domingo, 20 de octubre de 2013

Mi cumpleaños

     Hoy celebro mi cumpleaños. Como cada año, recibo las habituales felicitaciones de familiares y amigos: Pablo, la Susi, mi Santa, mis cuñados/as, mis sobrinos/as, mis seguidores/as, mis hijos... ¿Mis hijos? ¡Ah, pues va a ser que no! Solo he recibido la felicitación de uno de ellos: la del liberal, la del que va por libre. Pero no ha venido a casa a celebrarlo y a comer con nosotros porque estaba muy liado ¡Mira tú por dónde! Del de tendencias perroflautiles no me extraña mucho, no. Va a su bola, ya se sabe. En cambio, su novia, sí ha tenido el detalle de mandarme un correo electrónico con su correspondiente postalica. ¡Qué “ilu”! (En fin, vaya lo uno por lo otro).
     Yo siempre he dicho que calladito estaría más guapo a veces. Y es que se me ha ocurrido hacerle un comentario, así, como de pasada, a mi mujer, en plan “pues qué pena que no estemos todos...” o “el de Barcelona no se ha acordado...” y tal, cuando mi Santa me ha saltado al cuello en defensa de sus hijos, como no podía ser de otra manera (?).
     -Eres un egoísta, -me echa en cara. Solo piensas en tus cosas. ¿Qué crees?, ¿que no te quieren? Pues que sepas que siempre te tienen en su pensamiento y bla, bla, bla.
     - Pero si yo... solo era un simple comentario... –replico sin mucha confianza en ser escuchado (y aún menos de ser tenido en cuenta). ¿Es que uno ya no va a tener derecho ni a protestar siquiera un poquito, aunque sea en plan “light”? ¡Que es mi “cumple”!, ¡que es mi día...!
     Ni por esas. Además, con muy mala sombra, ya se ha encargado de recordarme que soy un año mayor, aunque he de reconocer que me lo ha dicho en plan suave y cariñoso, pues me ha cantado el Cumpleaños Feliz mientras sacaba del frigorífico una tarta de fresas con nata y almendra (mi favorita), aunque no ha olvidado poner una sola vela -bien grande, por cierto- en el centro.
     En verdad, más bien era un cirio. 


domingo, 13 de octubre de 2013

El gimnasio

     Desde que mi Santa se junta con sus nuevas amigas, se ha apuntado al gimnasio. Así que, para la ocasión, se ha equipado con todo un conjunto deportivo de última moda: camisetas y sudaderas transpirables de llamativos colores, culotte deportivo negro (que hace más delgada, según ella) y mallas ceñidas (que le sujetan y oprimen a modo de faja y le resaltan y exhiben  públicamente sus redondeces, ¡qué ordinariez!), zapatillas deportivas con cámara de aire y carbón activado que controla la sudoración y evita los malos olores. Y para rematar, cinta en la cabeza para recoger su pelo y darle un aire más deportivo, que así se lo parece a ella.
     Pero todo esto no tiene otro objetivo que el muy loable de perder esos kilitos rebeldes que le sobran y tratar de ponerse en forma.
     Pero solo tratar, porque conseguirlo ya es harina de otro costal, ya que, -la verdad- la pobre tiene muy poca fuerza de voluntad, y después de una agotadora sesión de gimnasia, se premia los esfuerzos que realiza con sabrosos homenajes en forma de yogures “bajos en calorías” con frutas del bosque, nueces y miel. Se empeña en argumentar que ese tipo de alimentos no engorda, que come sano y natural y que la vida es muy injusta con ella porque, a pesar de sus esfuerzos y sacrificios, no hay manera.
     A mí me recuerda a las lustrosas vacas del pueblo de mi mujer, a las vacas del tío Miguel, que viven junto a nuestra casa.
     -Ellas se alimentan de hierba -¡fíjate tú!- y la hierba, que yo sepa, no tiene muchas calorías pero, sin embargo, están muy hermosas –argumenta cuando se siente deprimida.
     Claro, lo que no explica es que estos animalitos se pasan el día come que come y, que finalmente, muchos pocos hacen un mucho.
     Como le ocurre a ella.

domingo, 6 de octubre de 2013

Mis hijos

     Tengo unos hijos que no me los merezco: cariñosos, simpáticos, buenas personas, generosos, colaboradores, amantes de sus padres y con sentido del humor. Mi mujer también tiene sus cualidades. Por ejemplo, es buena ama de casa, buena administradora de la economía familiar, buena..., buena... , esto..., em..., (tic, tac, tic, tac), ..., am ..., este..., es buena administradora..., eee..., (creo que ya lo he dicho), bueno... y me quiere, claro.
     Y aquí estoy yo, de “chico para todo” y para arreglarlo todo. Que si “cámbiame la bombilla, nene, que se me ha fundido”, que si “mira a ver qué le pasa a la puerta, que hace ruido”, que si “desatáscame el fregadero”, que si “llévame el carrito de la compra, que pesa mucho”, que si “tiéndeme las sábanas”... En fin, supongo que lo normal en una familia. Pero lo suyo -¡ay!- no es la mecánica, claro. Así, por ejemplo, ayer me encomendó la tarea de cambiarle la batería al coche.
     De modo que, como uno es un manitas consumado, decidí ponerme de inmediato manos a la obra. En ello andaba cuando llegó mi hijo el liberal, ya sabéis, el que va por libre, que es un “cachondo mental” y me dijo que aquella no era tarea para un anciano padre que lo había dado todo en la vida, que ya se merecía un descanso. Así que, con un cariñoso empujoncito, me apartó del vehículo y dijo algo así como “dejarme zolo” y “anda, páaapa, pásame la herramienta, que te lo vi a dejá niquelao”. No me enfadé con él porque quisiera retirarme de la vida laboral a tan temprana edad, sino porque me llamara anciano. Pero, bueno, a un hijo se le pueden perdonar ciertas cosas, aunque no sean muy acertadas.
     Me pidió todo tipo de herramientas. A mí se me hacía excesiva tanta parafernalia para sustituir una simple batería: llave inglesa, llaves allen, llaves de tubo, llaves fijas... Ya ves, demasiadas herramientas para dos tuercas y poco más.
     Estaba el chico en plena faena cuando, de repente, me dio la noticia que nunca me habría gustado oír:
     - Páaapa, me hace falta la llave 13-14; pásamela, porfa  -me pidió.
     - Mira a ver si está en ese montón, que ya te he dado todas las que tengo -le respondí.
     - No, no está ahí, esa no me la has dado y es justo la que necesito -terminó.
  Entonces regresé a mi armario de herramientas y busqué frenéticamente la dichosa llave. Había herramientas por doquier y justamente faltaba aquélla. También era mala suerte, porque haberlas, las había de todos tipos, tamaños y colores, producto de los regalos que mi mujer y mis hijos me habían hecho a lo largo de todos mis cumpleaños. Pues bien, aquella maldita llave no estaba. ¿Dónde la habría puesto? En fin. Yo que soy hombre eminentemente práctico, decidí ir a comprarla. Visité una ferretería, pero no la encontré. Luego, otra. Y una tercera. Así, no sé cuántas. Decidí, finalmente, que lo mejor sería acudir a mi mecánico de confianza y preguntarle dónde podía conseguir la dichosa llave.
     Cuando le conté lo que me pasaba me miró muy serio a los ojos. Hizo un mohín con la boca; luego, otro y otro. No dijo nada. Apretó los labios y, nuevamente hizo un intento de contención con todas sus fuerzas. Al fin, entre lágrimas por tanto esfuerzo, y poniéndome cariñosamente una mano sobre el hombro, me dijo:
    -Antón, esa llave no existe. Es una broma que se les ha gastado toda la vida a los aprendices de mecánico.
     Mi hijo aún estará riéndose.