domingo, 26 de mayo de 2013

     Nicolás, ese seguidor incondicional que tengo y que comenta en público (¿entendéis la indirecta -seguidores silentes-, que como mucho me mandáis correos privados para compadecerme?), me escribe categórico: “Ya sabes que el crimen perfecto es el suicidio”.   Me pongo reflexivo y deduzco si no será porque no hay culpable al que perseguir. Sí, me confirmo al cabo de un rato. Debe de ser por eso.
     El caso es que, pensándolo bien, creo que es muy complicado. Hay que tener valor para hacerlo. La gente creerá que los suicidas son cobardes. No, ni mucho menos. Hay que tener agallas. Así que no, no es por falta de coraje, que de eso me sobra, sobre todo por el hartazgo mental que tengo a veces (¡cuánta razón llevo!), sino porque es complicado suicidar a una persona que quizás no lo desee. Tampoco es cosa de preguntarle, ¿no?
     - Cariño, ¿quieres que te suicide? No te va a doler –podría decirle utilizando la más seductora de mis sonrisas.
     No sé, no me convence. Además, estaría el problema de la carta, porque ha de haber una carta dirigida al juez en términos claros y rotundos. Sr. Juez: (ya sabes)... Ha de ser desgarradora, supongo. Que inspire piedad, lástima, compasión sin límites. Y que parezca veraz. Que la gente se conduela y diga cosas tristes como “llevaba muy mala vida, la pobre. Sus hijos la habían abandonado y, aunque su marido estaba permanentemente a su lado y la consolaba... el pobre se ha quedado tan solo...”
     Además, tendría que convencerla para que la escribiera de su puño y letra. ¡Uf, demasiadas complicaciones!
     Temo, sin embargo, que la gente, a estas alturas del blog conozca nuestras disputas y cargue contra mí. Me acusarían sin piedad, me acorralarían como a una hiena herida, querrían sangre, sin duda.
     -Soy inocente, Sr. Juez, yo... en realidad... no quería... –me excusaré sin ninguna convicción. Fue ella. Lea Ud. el blog, empápese de él, compruebe cómo me zahería constantemente, ante propios y extraños. Sr. Juez, ahora ha llegado el momento y ha ejecutado su venganza.
     Sería más fácil si el suicidio me lo perpetrara a mí mismo.
     No tendría que dar explicaciones.

domingo, 19 de mayo de 2013

     A mi Santa le encanta el cine. Le gusta, por lo general, todo lo que se pone en la pequeña o gran pantalla en este formato. Le apasiona, en fin. A mí, ni fu ni fa. Me agrada, sí, pero no me apasiona. Soy más de cine de actor. Me gustan los grandes actores e intérpretes clásicos como Humphrey Bogart o Marlon Brando en aquellos inolvidables peliculones: Casablanca o El padrino, por poner solo un par de ejemplos. Y, como películas de este calibre no las echan todos los días, no veo mucho cine.
     Supongo que mi pereza por el séptimo arte proviene de la actitud de mi mujer quien, al final, consigue que me desenganche y coja un libro o el periódico.
     Ocurre que en casa es capaz de ver 2 o 3 películas a un tiempo, mediante el zapeo. Es un mareo, la verdad, aunque para ella parece ser algo natural. Me cuesta trabajo comprender que pueda seguir todas a un tiempo. ¿Será verdad que nosotros tenemos solo una neurona?
     A mí lo que me encanta es recrearme una y otra vez en los diálogos, medir las palabras una por una, empaparme de los gestos de complicidad de los actores, escuchar esos silencios tan profundos, -con las miradas entrecruzándose-, sentir la emoción de la tensión, gozar del striptease pecaminoso del guante de Gilda...
     - ¡Cochino! Todos los hombres sois iguales. Tenéis la mente sucia -grita mi Santa desde un extremo de la otra habitación.
     - (¡Ya estamos! Pero esta vez no te voy a contestar, ¡bruja!).
     Cuando no coinciden dos películas en distintas cadenas (cosa verdaderamente extraña) y ha de contentarse con la de turno, -si la ha visto- acostumbra a anticiparme los acontecimientos y me desincentiva. Eso de saber quién es el asesino antes de tiempo, -por poner un ejemplo clásico- me desmotiva  profundamente.
     Así que ahora me estoy empapapando secretamente de la película Crimen perfecto y voy a tratar de recrear la escena criminal del filme. Claro que corregiré algunos errores perpetrados por el aprendiz de brujo, ya que, muy a su pesar, no consiguió su objetivo final. En fin, un crimen perfecto es exactamente lo mismo que un matrimonio perfecto. Y el mío lo es.
     Yo ya voy acumulando pacientememente el rencor a través de los años. En cuanto tenga mi plan acabado, lo pondré en práctica y terminaré con esta humillante situación que me inflige, a diario, mi “Santa”. Ni una película puedo ver tranquilo. Que se vaya preparando para lo que le espera, señorita Escarlata.
     A Dios pongo por testigo.

domingo, 12 de mayo de 2013

     Como espejo que soy, guardo recuerdos de toda clase desde tiempos inmemoriales. He tenido ante mí a todo tipo de gentes: reyes, príncipes, mendigos, artistas, estadistas... Gente normal, incluso.
Cuando el espejo mismamente no se había inventado aún, yo ya realizaba servicios a través de ciertos elementos de la naturaleza. En mí ha estado la cualidad de reflejar y verse reflejado. Pero el espíritu de autosatisfacción es maligno, como ya conocéis. Narciso, muy presumido él, se enamoró de su propia imagen  y le fue como ya sabéis todos.
     - ¿Versión griega o romana?
     - Tanto da.
     Recuerdo con mucho cariño a un tartamudo. Todo un ejemplo de superación intentando, con gran esfuerzo, sobreponerse a su dificultad articulatoria que, por cierto, logró con mi ayuda.
     También están los tipos “encantados de haberse conocido”. Son, realmente, patéticos. No hallan en sí ninguna clase de defecto por más que pasen los años. Se quieren con  ímpetu, se idolatran, se adoran por encima de todas las cosas. Algunos, en el anonimato de la soledad del cuarto de baño o de su habitación, me besan con delectación, con pasión y con gozo. No me abrazan porque suelo estar pegado a la pared y ello es un incordio, mayormente. Sin embargo, me besan, como ya he dicho. Y son felices, muy felices.
     Los cachas de gimnasio son mis actores preferidos. Me encanta verlos, -orgullosos y  seguros de sí mismos-, lucir su musculatura, muchas veces hipertrofiada a base de compuestos de origen más que dudoso y realizando gestos y posturas realmente absurdos. ¡Con qué poquito se conforman algunas personas!
     A mi modesto entender, las proporciones del cuerpo humano según el sentido artístico de los escultores y pintores renacentistas no se corresponde gran cosa con los estándares actuales -de según quiénes-, entre los aficionados a los gimnasios. No imagino yo al “David” de Miguel Ángel actualizado y remasterizado. ¡Qué horror!
     Para los desinhibidos, para los que no tienen complejos, para los que gustan reírse de sí mismos, para los que aman provocar reacciones en el espectador, tenemos los espejos cóncavos y convexos de las ferias, que nos devuelven imágenes deformadas de la realidad y que actúan como terapia curativa de nuestro ego.
     He conocido actores que ensayaban sus papeles ante un espejo. Incluso he visto a directores de colegios e institutos. O conferenciantes también. Así, supongo, corregían sus defectos declamativos e interpretativos y comprendían cómo les verían los demás. Algunos oradores, vendedores,  pulpitófilos y sermoneadores en general, tienen por costumbre utilizarme para preparar sus discursos más o menos sugerentes. Me divierten estos tipos egocéntricos y ególatras, (ensimismados y de sí mimados) ya que ellos mismos son sus propios crédulos feligreses a los que tratan de vender su homilía.
     A fe mía que lo consiguen muchas veces.

domingo, 5 de mayo de 2013

     He aquí el trabajo presentado por una alumna de la tutoría de Pablo sobre un tema libre. Me parece, cuanto menos, original. Como es un poco largo me he permitido dividirlo y ofrecéroslo en dos pequeñas dosis. Espero que no os moleste.

     Hola. Soy un espejo. Soy tu espejo.
     Yo reflejo los espacios, les doy profundidad, los amplifico y reflejo la luz natural o artificial. Es importante que me coloques en el lugar adecuado para que muestre lo que quieres destacar.
     Un espejo dice mucho de la gente, marca la forma de ser de quien lo ha comprado y le imprime carácter. Hay muchos tipos de espejos.
     ¿Empezamos por el tamaño? Pequeño, en el bolso, junto al “rimmel” y a los retocadores estéticos de cualquier mujer: coquetería. Dispuesto para ser consultado en cualquier momento, -con discreción-, en el coche, en un semáforo en rojo, en un stop, en un atasco, a media mañana, para retocarse un poco empolvándose la nariz discretamente... Me encanta acompañarte, decirte que estás guapa o darte algún consejo: “En el lado izquierdo necesitas más colorete. Los labios, difumínalos más... Estás supergenial. ¡Qué bien te veo! ¿Y esas ojeras? ¡Ah!, la noche ha sido muy larga, ¿verdad? Has descansado poco. Ese flequillo está muy largo, tienes que llamar a Luigi, tu estilista, (en realidad se llama Luis, pero como vivió en Italia algunos años...”)
     Colocado en el lugar acertado, luciré muy bien en cualquier parte. Puedo, incluso, hacer las veces de un cuadro. Combíname con otros de diferentes tamaños y te devolveré la realidad multiplicada. Soy, como puedes imaginar, decorativo.   
     Adopto mil formas y estilos: moderno, clásico, funcional, veneciano, con o sin moldura... y nunca paso de moda.
     ¿Qué tenemos que todo el mundo nos necesita? ¿Será porque me adapto a ti, a tus circunstancias, a tus necesidades, a tu interés en un momento determinado?
     Llévame al cuarto de baño y te reflejaré tal como eres: sin tapujos. Examínate. Mírate con tranquilidad, pausadamente. De arriba abajo. Tómate tu tiempo. A solas. Esa espinilla, ese punto de grasa, la imperfección que hay que corregir... Tu pelo, suave y dócil (¡ay!, la cana que asoma); quizás rebelde e hirsuto o anunciando entradas, tal vez. Pero, allí, solos, frente a frente, tú y yo, -los dos-, te diré lo que quieras escuchar. Tú decides lo que quieres oír. Tal vez necesites maquillar la realidad de tus años, del tiempo provocador e irreverente que te acusa sin piedad, o acaso piensas que aún hay tiempo.
     No vale la pena que te enfades conmigo. Sabes que soy veraz: “Al pan, pan; y al vino, vino”. De nada te sirve irritarte conmigo. No hagas como aquel que rompió el espejo en mil pedazos y cada uno de ellos le gritaba después lo que no le gustó oír. Además, te esperarán siete años de mala suerte.
     Y si no quieres reconocer la realidad, úsame como espejo retrovisor, para saber que el pasado difiere -¡y mucho!- del tiempo presente (pero no pierdas de vista el norte, no vaya a ser que el presente se te acabe).

(continuará)

domingo, 28 de abril de 2013

     Hoy quiero presentaros una poesía que he extraído del diario de la Susi, en una fase de su vida en la que estaba profunda y perdidamente enamorada.
     Se la escribe su novio en dos pequeñas estrofas de versos octosílabos y a las que la Susi responde ardorosamente, llena de pasión.
     Como veréis, no tiene mayor valor literario. Solo es una pequeña muestra de la pasión, entrega y enamoramiento que en aquella época padecía la pobre. Espero que sepáis apreciar la belleza del bosque en su conjunto y que la rama que se encuentra próxima a vosotros no os tape la visión global del mismo.


domingo, 21 de abril de 2013

     Mi mujer es muy clásica (léase, comodona) y siempre ha pensado que conducir era como el coñac “Soberano”, cosa de hombres. Por esa razón siempre ha viajado como una señora, acompañada de su chófer personal. Pero los tiempos han cambiado mucho y hay que adaptarse. De modo que empezó a ir a la autoescuela. Mientras estudiaba la teórica todo iba bien, si exceptuábamos los clásicos problemas con los test o con las preguntas trampa de los mismos por su indefinición. Sin embargo, las verdaderas dificultades y sofocos comenzaron cuando alternó estos con las prácticas; cuando cogió el coche, vaya
     Mi Santa ha sido capaz de poner de los nervios al gerente de la autoescuela, a su profesor e incluso a un guardia que estuvo a punto de multarla por saltarse un semáforo. Por suerte, su instructor tuvo la habilidad de saber convencer al funcionario de que era un lance sin más importancia en el aprendizaje de las normas de circulación automovilística y de que ella era apenas una novata. En fin, pelillos a la mar.
     El asunto de los cambios de marcha nunca ha sido su fuerte. Ella cree que como sus toallas son suaves y no rascan, tampoco lo hará la caja de velocidades aunque no pise a fondo el embrague. Y no es así, claro. De modo que cuando dejó, finalmente, la autoescuela, con su rutilante carnet de conducir en la mano, creo que le abrieron las puertas de par en par y le pusieron una alfombra roja, incluso, -no como muestra solemne de respeto-, sino para que se fuera más rápidamente y no causara más estropicios. Su carnet me ha salido por un por un ojo de la cara, tanto por los destrozos causados que tuve -¡obviamente!- que pagar, como por las repeticiones, derechos de matrícula, renovaciones de papeles, clases extras...
     Lo pasado, pasado. Al final, yo bromeaba con mi mujer (aunque está visto que las bromas las carga el diablo) y le decía que, en los semáforos, si la luz estaba en rojo para los peatones y estos cruzaban, en caso de atropello se obtenían “bonus” en el carnet de conducir. Ella reía abiertamente. Naturalmente que nunca se lo creyó. Pero un buen día en que viajábamos, -ella al volante, con la “L” recién estrenada, y yo de copiloto-, le dio repentinamente un ataque de risa (y para mí que visionó nítidamente la imagen de la que anteriormente he hablado), apretó los dientes, sujetó con firmeza el volante y enfiló con decisión hacia un viejecito que se aventuró en la travesía, al grito de “esto lo pagan doble, ¿no?”.
     Reaccioné con presteza y evité el atropello, pero no la colisión con el semáforo. Nada serio. Apenas un leve toque. El susto fue, sin embargo, morrocotudo. Y es que no se le pone nada por delante a esta mujer de rompe y rasga.
     Ni siquiera las farolas.

domingo, 14 de abril de 2013


    Estoy preocupado por mi salud. Últimamente no me encuentro muy bien que digamos. Duermo poco, me despierto en medio de la noche sin motivo aparente y después ya no puedo conciliar el sueño; no tengo apetito, estoy bastante inquieto y desconozco el motivo; curiosamente me llevo bien con mi mujer. Hace ya algún tiempo que no discutimos; y ello me preocupa, francamente. Se muestra, incluso, más comprensiva conmigo. A tal punto ha llegado la situación que, por fin, la semana pasada me decidí a ir al médico. No quise decirle nada a ella; no deseaba alarmarla, no quería que se preocupara; en fin, no quise que conociera mi debilidad. Nunca hay que descubrirle al enemigo tus puntos débiles: sería tu ruina total. Como era fin de mes y había que cerrar balances, tenía la coartada perfecta para llegar más tarde a casa sin que sospechara nada. De modo que pedí cita. Después de esperar casi una hora a que me llamaran, accedí a la consulta. Me senté frente al médico. Este me miró de arriba abajo, inexpresivo.
     Después rompió el silencio con un lacónico "Usted dirá". Y le dije, ¡vaya si le dije! Mientras yo le hablaba, él garabateaba, indiferente, en un papel usado. Finalmente, tomó uno limpio y escribió: "Pasee". Luego, sin decir nada, me lo entregó. Como viera que permanecía quieto, sin articular palabra, añadió en tono condescendiente: "relájese, haga vida al aire libre, salga, fatíguese, olvide los problemas, váyase de viaje... Verá cómo se encuentra mejor".
     Me fui de la consulta con un aire de perplejidad, no muy convencido de que el ojo clínico de aquel galeno diera para tanto. Deduje que me había diagnosticado estrés. Y yo, aunque no soy un hipocondríaco de tomo y lomo, acudí con presteza al diccionario y busqué la palabrita de marras. Lo que encontré no me gustó en absoluto.
     El DRAE era contundente: “Tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves”. Estaba muy claro: mi mujer. Pero, ¿cómo deshacerme de esas situaciones agobiantes que originan reacciones en la mente que influyen en el cuerpo o alteran gravemente la mente? ¿Justo ahora que llevaba una vida apacible sin discusiones con mi mujer, sin los buitres carroñeros de mis hijos revoloteando a mi alrededor y dejándose caer sobre la presa para sacarme unos euros? ¿Ahora que todo iba bien yo tenía estrés?
     Así que llamé a mi amigo Pablo para que nos deprimiéramos juntos (¿para qué están los amigos, si no?). Tomamos unas copas, hablamos largo y tendido, se nos hizo bastante tarde y, ¡por fin!, sonó el teléfono. ¡Cielos, mi mujer! –exclamé yo-. Aparté el auricular del oído y entoné una letanía sincrónica con ella: “¿Dónde estás?, ¿con quién estás?, ¿qué haces?, ¿sabes las horas que son? Y yo aquí, sola, en casa, pensando que habrías tenido un accidente”.
     Desde entonces me encuentro mejor.
     Pablo, no.

domingo, 7 de abril de 2013


     Hoy celebro con vosotros, queridos amigos, amigas, fans, mediopensionistas y, en fin, pringados todos que os atrevéis a leerme, mi quincuagésimo segundo texto. O sea, para los de la Logse o despistadillos en general, hace ya 52 capítulos que os castigo con mis chorradas insoportables. Mi querida, adorada, idolatrada y no sé cuántas cosas más, cantante de éxito, Alaska, creo que editó una canción titulada "Pero qué público más tonto tengo" cuando pertenecía al grupo punk "Kaka de Luxe". 

     Pues, eso: si al cabo de un año de martirio que os he infligido semana tras semana, aún seguís -anhelantes- esperando mis miserias semanales, solo os diré que con vosotros lo tengo fácil y que gracias por seguirme, pues lográis que mi ego permanezca incólume a pesar de las tonterías que os cuento.

     Gracias, gracias, gracias.


      No me gusta la tele. Últimamente me aburre demasiado. Además, reconozco que estoy desarrollando un tic muy extraño con el dedo a base de tanto zapeo para, al cabo, volver al inicio y quedarme sin saber muy bien qué ver.  Únicamente veo los anuncios, porque los programas que se ofrecen me desagradan. O son muy violentos o muy sositos o muy marujiles, inanes o, directamente... me duermo. El caso es que a todo le veo defectos. Total que, dejando aparte lo mejor de la programación, los anuncios, he decidido que no vale la pena seguir pegado a la caja tonta por más tiempo. De modo que, en un alarde de cordura, la he castigado mirando a la pared.
     Me han llovido un montón de críticas por todas partes. Mi Santa me ha dicho de todo, menos bonito. Resistiré. Me encuentro pletórico. Además, que no se queje, que use la de la salita (así la dejo confinada en un recinto más pequeño. ¡Qué malo soy!). Mis amigos me consideran un esnob, ¡qué le vamos a hacer! A Pablo le da la risa y me chincha. Se lo perdono porque es mi mejor amigo. Ahora he recuperado el gusto por las manualidades y por la radio.
     Como también he recuperado el placer por la lectura, acostumbro a leer el periódico a diario. La ventaja de los periódicos es que las noticias se pueden releer, pero ¡qué horror, cuánta tristeza! Afortunadamente, también se puede envolver el bocadillo que te llevas a diario a la oficina, aunque el problema es su tinta, que lo ensucia todo.
     ¿Y la radio? ¡Qué gran amiga! Por la noche, me duerme con su suave y delicada voz. Me arrulla como hacía mi madre cuando era pequeño y por las mañanas me despierta con alegre música y me llena de energía. Procuro, sin embargo, eludir las noticias: guerra aquí y bomba allá. Desastres por doquier.
     Aunque no me gusta el fútbol, de vez en cuando escucho la transmisión deportiva acalorada de los locutores. Ese ¡huy! apenado de un chutazo que no lo fue tanto y que ni siquiera rozó el larguero, sino que salió estratosféricamente disparado por encima de la portería camino del cielo, le dan la emoción a un deporte un tanto absurdo en el que unos alocados contrincantes se empeñan frenéticamente en ir hacia  lugares opuestos.
    Nunca entenderé este mundo absurdo. Los del norte van al sur y los de Villarriba se pelean con sus ancestrales vecinos de Villabajo. Un solo carril con vehículos en sentido contrario. Choque de trenes.
     La vida en estado puro.




domingo, 31 de marzo de 2013

     Son como niños, Pablo, son como niños. Te lo cuento. Ya sabes que no hay ayuntamiento, corporación municipal o concejo que se precie, que no disponga, -a base de nuestros impuestos, naturalmente-, de fabulosas instalaciones deportivas municipales, que la salud y la forma física de los contribuyentes es muy legítima y necesaria, ya que si estos pobrecitos explotados fenecieran, ¿quién habría de seguir pagando las formidables expensas que nos cuestan los políticos? Bueno, no quiero ponerme muy crítico con esta pandilla de golfos apandadores, así que dejémoslo estar.
     El caso es que de un tiempo a esta parte les ha dado por llevar -al público en general y al pagano en particular- las bondades del ejercicio físico. ¿Cómo? ¿Con grandes campañas publicitarias? ¿Con educación social? ¿Con concienciación educativo-formativa? 
     ¡Quia!
     Se han gastado una pasta gansa en sacar a la calle la cultura del “bien estar”, o sea, del estar en forma, montar unos parques gimnásticos eólico-sociales-recreativos, al aire libre y con poco gasto, es decir, para mantener en “forma” a un segmento de la sociedad: la tercera, cuarta o quinta edad; esa gente perezosilla que, harta de trabajar toda la vida, se adhiere a su derecho a vivir según su criterio del “dolce far niente”, tan mediterráneamente genuino, y que ha decidido morirse lo más tarde posible.
     Sucede que esos ayuntamientos, corporaciones municipales -o lo que diablos sean (con perdón)- son unos irresponsables o unos retorcidos villanos.
     Los viejos, -¡qué caramba!- son una especie en peligro de supervivencia. Cuestan un ojo de la cara en recursos médicos, medicamentos farmacéuticos, cuidados, terapias, rehabilitaciones... Pero son molestos porque tardan en morirse y ya no aportan, aunque sí consumen, ingentes cantidades de recursos públicos que antes pagaron para otros.
     Así que, ¡a por ellos! (disimuladamente, -of course-, sin que se note). Por eso, en el maremágnum de aparatos formativos, saludables, vigorizantes, etc. han olvidado(?) casualmente añadir algún cartel con las recomendaciones / instrucciones de uso.
     Mi Santa, que ya sabes cómo es, se lanzó nada más verlos, a darles un uso conveniente. Por más que le recomendé moderación, sosiego, calma, consejo y, sobre todo, cordura de uso, ella, cegada por la emoción, por el deseo de rejuvenecimiento “fórmula gimnasio en 10 días” se lanzó insensata –como una insensata niña -a reconducir sus dificultades atléticas en un santiamén.
     Y como “lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible”, no pude convencerla de la tontería que estaba cometiendo, aventurando su integridad física en tan vano intento de rejuvenecimiento exprés.
     Total, que se me dislocó la tibia y el peroné izquierdos y tiene una fisura en una costilla flotante causados por una caída de lo más tonta.
     Pero todo tiene sus ventajas. A partir de ahora tengo motivos para darle por donde más le duele: depende de mí.
     ¡Qué “malo” soy!

domingo, 24 de marzo de 2013

     Madre, yo quiero ser artista. Creo que alguna vez  todos hemos tenido ensoñaciones de ese tipo. Pero, ¿por qué será que nos gusta conseguir aquello que queda muy lejos de nuestro alcance? Podríamos intentar aspirar a lograr metas sencillas. Pero, no; lo que nos gusta es lograr metas casi imposibles para las que no estamos, ni de lejos, dotados.
     Tenía yo un amigo en la infancia que quería ser cantante de ópera. Decía que vivían muy bien, ganaban mucho dinero, se pasaban el día viajando y cantando. Cigarras, vaya.
Para lograrlo, participaba en el coro del colegio y era primera voz solista. Estaba muy orgulloso de sus éxitos pero, ¡oh, la vida! ¡Cuánta crueldad, cuánto desengaño!
     Resulta que, como todo bicho viviente, creció, se desarrolló y... le cambió la voz. Adiós cuentos de lechera, adiós proyectos, adiós viajes y placer.
     A mí me habría gustado ser aviador, piloto, emular a los grandes navegantes y lograr grandes metas. Por desgracia, tengo aversión a las alturas, vértigo, y soy incapaz de lanzarme al agua desde un trampolín en la piscina municipal de mi pueblo en un día canicular de verano.
     Descartada esa opción, me incliné por un mundo más próximo y tangible. El del dinero. Bueno, lo de próximo y tangible, cuando lo posees. Yo tenía, sin embargo, la esperanza de lograrlo. Era la época de los personajes hechos a sí mismos. Onassis, Rockefeller, Bill Gates, mi tío... Nunca entendí bien lo de los panes y los peces, así que, si no conoces el truco, malamente podrás hacer magia. Nunca me enriquecí.
     Cuando me hice adolescente me planteé metas más realistas, que no reales. Así que me puse manos a la obra. Estudié Ciencias Económicas y Empresariales y me planteé entrar a trabajar en un gran banco, vestir de cuello blanco y ser un gran prohombre. Los deseos y la cruda realidad se confunden muchas veces. Los sueños viajan por un lado y la vida, indiferente, unas veces viaja en paralelo y nos adelanta por la izquierda o por la derecha, indistintamente; y otras, nos atropella pasándonos por encima. Mi familia tuvo problemas económicos – ironías de la vida- y tuve que ponerme a trabajar. De modo que los estudios quedaron colgados, aunque luego los finalicé. Ya, las oportunidades no fueron las mismas. Alejado de toda posibilidad de enriquecerme con facilidad, me puse a trabajar. Cuando estaba con mis amigos, me divertía fantasear y jugar con las palabras. No ponía mucho énfasis en su pronunciación y así, con un calculado desinterés, decía que de “mayor” quería ser drentista, y  de esta forma no quedaba bien claro si era lo uno o lo otro. Y a mí, esa indefinición me divertía mucho. Y me di cuenta de que jugar con las palabras podía ser divertido. Empecé a cartearme con la familia, con los amigos, participé en algunos concursos literarios de tercera (nunca gané nada), llegó internet y la comunicación se hizo global. Ahora escribo un blog y cuento tonterías.   Y tengo seguidores. ¡Vaya, soy un genio!
     Incluso, algunos me leen.

Para ti, Lucía